León XIV se convierte en ídolo y referente de los católicos más jóvenes

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El Papa León XIV se ha dado este martes su primer baño de masas en Barcelona, en el Estadio Olímpico, donde ha cerrado una vigilia de plegaria por la tarde que ha comenzado con una vuelta en papamóvil que se ha alargado más de 15 minutos con el público entusiasmado. Ante 40.000 personas entregadas y de todas las edades, que a las tres de la tarde (cinco horas antes) ya comenzaban a subir en grandes grupos por la montaña de Montjuïc, ha cerrado un acto de cuatro horas con actuaciones musicales, vídeos y debates. En su discurso, León XIV ha hablado de cuestiones de fe, como “la fatiga de creer” o “las noches del camino eclesial”; pero también ha escuchado los testimonios de tres jóvenes que han puesto sobre la tablero realidades como la salud mental o la violencia de género.
El reciente episodio en el que Donald Trump interrumpió una entrevista tras ser cuestionado por la periodista pone en evidencia un problema cada vez más preocupante: la descalificación sistemática del periodismo cuando cumple su función esencial. Preguntar, contrastar y exigir pruebas no es una provocación sino el núcleo del trabajo periodístico en toda democracia. Cuando un dirigente opta por acusar a la prensa de parcialidad en lugar de responder, no solo evita la rendición de cuentas; también socava la confianza en uno de los pilares fundamentales de la vida pública. Una sociedad sin prensa libre no es más fuerte sino más vulnerable frente a la desinformación y el abuso de poder.

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Hace poco leí un libro traducido al español como La edad ridícula y que firma Maryam Madjidi. Cuenta episodios de una joven de familia iraní que crece en la periferia de París. Si es cierto que los adolescentes españoles están volviendo a girar hacia un racismo y clasismo que creíamos zanjado, este es un libro que podría resultar adecuado como lectura formativa. Herederos de la senda que abrió la fallecida Marjane Satrapi con Persépolis, muchos iraníes en el exilio se benefician de un respaldo familiar insólito, y del hecho de proceder de una cultura milenaria, en muchos casos refrendada con el acceso universitario. Han dejado su huella en todos los sectores donde se han asentado y, pese al desastre de la política de Trump, que ha destrozado el atisbo de revolución interna que soñaba con derrotar a la dictadura clerical que los oprime desde hace décadas, hay que confiar en que logren algún día recuperar su autonomía y libertad. A lo largo del texto Madjidi reflexiona, entre otros ritos de la adolescencia, sobre los profesores que le inyectaron la pasión, pero también aquellos que se la achicaron. La autora los resume en dos tipos reconocibles: los Guerreros vencedores y los Guerreros vencidos.

© Ángeles Visdómine (EFE)
Recién llegada a Madrid, entablé amistad con una muchacha que, al enterarse de que yo me había confirmado con 18 años (lo más cercano que conoce la Iglesia al consentimiento), rogó que le explicase el asunto de la Santísima Trinidad. Si en edad de votar yo me había reafirmado en mis creencias, debía de ser que controlaba el asunto. “No entiendo lo de Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Quién es el Padre? ¿San José?”, dijo. Me dio un ataque de risa. Mira que confundir al creador del mundo según la Biblia con el marido de la Virgen María, ese hombre que no contribuyó ni con una gotita de semen al ADN de Jesús y sin embargo siguió siendo su P. P. “¿Eso qué es? ¿Partido Popular?”. Seguía yo descojonada, como si el concepto padre putativo tuviese lógica y todo el delirio que acababa de enunciar fuese recta razón, hasta que reparé en la mirada de la muchacha. Había cierta pena, también un respeto compasivo. No intentó rebatirme: en su colegio laico le habían enseñado a respetar todos los credos. En el mío, católico y regre, un cura viejales me había montado un pollo cuando en un concurso de debate me posicioné a favor del aborto. Casi logró hacerme pasar vergüenza, aunque los adolescentes son muy vanidosos y la atención que recibí me pareció dulce. Tuvieron que pasar bastantes años para que comprendiese los motivos del sacerdote: me había atrevido a insinuar que mi cuerpo me pertenece. Y encima lo había dicho con un lenguaje llano y práctico, en el que llamaba al pan, pan (no cuerpo de Cristo) y al vino, vino (no sangre de la alianza nueva y eterna). Llevan siglos usando conceptos teológicos como canicas de trile para convencer a los hombres de buena voluntad de que la última palabra la deben tener siempre ellos, y que su moral debe regir todo. Por eso les interesa tanto poner la zarpa sobre el cerebro de la IA, no sea que nos dé permiso para abortar. Tuve que acabar admitiendo frente a aquella amiga que yo tampoco tengo ni idea de quién es el padre.

© J. J. Guillén / EFE / Pool (Europa Press)

Los directivos de TikTok decidieron no desactivar las notificaciones durante horario escolar, desoyendo las recomendaciones de su propio equipo de seguridad, y pagaron millones de dólares a asociaciones de padres y profesores para que hablaran bien en los centros de las redes sociales. Snapchat mandaba alertas a los adolescentes mientras estaban en clase para que compartieran lo que estaba pasando en el aula. Los ejecutivos de Google sabían que YouTube recomendaba vídeos a los estudiantes durante la jornada lectiva que nada tenían que ver con sus clases. Meta pagaba a “embajadores adolescentes” para que promocionaran Instagram y repartieran regalos entre sus amigos del colegio.

© JUAN BARBOSA