Buscas em Albufeira por jovem de 23 anos que desapareceu

© LUÍS FORRA/LUSA

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Los hongos llevan más de mil millones de años reinventando las reglas de la vida. No son animales, pero tampoco plantas. Fueron de los primeros organismos en ayudar a transformar la roca desnuda en suelo fértil. Son capaces de reproducirse mediante miles de millones de esporas invisibles que viajan por el aire, el agua e incluso las corrientes atmosféricas entre continentes. Algunos sobreviven en reactores nucleares, en desiertos, en las profundidades oceánicas o bajo el hielo antártico. Se calcula que existen entre 2 y 4 millones de especies de hongos, pero apenas hemos descrito alrededor de 150.000. Si pudiéramos extraer todos los filamentos microscópicos de hongos que se esconden bajo nuestros pies y colocarlos uno detrás de otro, obtendríamos una estructura tan inmensa que desafiaría cualquier comparación imaginable.
Según un estudio publicado en Science, los suelos de la Tierra contienen aproximadamente 110 cuatrillones de kilómetros de redes micológicas subterráneas. La cifra es tan enorme que equivale a casi mil millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol. Es una de las infraestructuras biológicas más extensas jamás descritas. Y lo más sorprendente es que la mayoría de ella permanece invisible.
“Es difícil exagerar la importancia y la magnitud de estos hongos - afirma Justin Stewart, autor principal del estudio e investigador de la organización Society for the Protection of Underground Networks (Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas, SPUN) y líder del estudio -. Puede haber hasta diez metros de red micológica en una sola cucharadita de suelo”.
Los protagonistas de esta historia son los hongos micorrícicos arbusculares, organismos que llevan cientos de millones de años formando alianzas con las plantas. Más del 80 % de las especies vegetales terrestres mantienen relaciones simbióticas con ellos. El acuerdo es sencillo. Las plantas producen azúcares mediante la fotosíntesis y entregan parte de ese carbono a los hongos. A cambio, los hongos utilizan sus finísimos filamentos, las hifas, para explorar el suelo y suministrar agua, fósforo, nitrógeno y otros nutrientes esenciales.
La relación es tan eficiente que una planta puede aumentar hasta cien veces la superficie efectiva de exploración de sus raíces gracias a estos socios invisibles. Por eso algunos científicos describen estas redes como una especie de sistema circulatorio planetario. No transportan sangre, pero sí carbono, agua y nutrientes entre los organismos que sostienen gran parte de la vida terrestre.
Solo había un problema: hasta ahora nadie había logrado estimar la distribución global de estas redes. Para hacerlo, el equipo de Stewart reunió datos procedentes de más de 16.000 muestras de suelo recogidas en ecosistemas de todo el planeta. Después emplearon algoritmos de aprendizaje automático para extrapolar la densidad de las redes en regiones donde no existían mediciones directas.
El trabajo se complementó con más de 300.000 imágenes de hifas cultivadas en laboratorio y analizadas mediante sistemas robóticos de alta precisión. El resultado es el primer mapa global de la infraestructura fúngica del planeta. Y está disponible en internet. Las cifras son asombrosas: las redes contienen alrededor de 300 millones de toneladas de carbono, entre cuatro y seis veces más que toda la masa de carbono presente en los aproximadamente ocho mil millones de seres humanos que habitan la Tierra.
Pero más allá de su tamaño, el estudio revela otro dato crucial. Cada año estas redes ayudan a transferir hacia el suelo alrededor de 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente. La cifra representa aproximadamente un 11 % de todas las emisiones anuales generadas por las actividades humanas. No significa que los hongos eliminen por sí solos el cambio climático. Pero sí demuestra que desempeñan un papel fundamental en uno de los procesos más importantes del planeta: el almacenamiento natural de carbono.
“Estamos empezando a revelar lo que durante mucho tiempo permaneció oculto bajo nuestros pies – añade Corentin Bisot, coautor del estudio -. Estamos aprendiendo cómo los complejos cuerpos de estos hongos transportan nutrientes y ayudan a regular el clima".
Uno de los descubrimientos más inesperados tiene que ver con la localización de estas redes. El equipo de Stewart descubrió que cerca del 40 % de toda la infraestructura micorrícica del planeta se concentra en ecosistemas de pradera. Algunas de las mayores densidades aparecen en los humedales inundados de Sudán del Sur, los Everglades de Florida y la meseta tibetana.
El hallazgo resulta especialmente relevante porque las praderas figuran entre los ecosistemas menos protegidos del mundo y están desapareciendo a una velocidad cuatro veces superior a la de los bosques debido a su transformación en tierras agrícolas. El estudio también detectó una señal preocupante. Las grandes áreas agrícolas presentan densidades micorrícicas aproximadamente un 50 % inferiores a las observadas en ecosistemas naturales.
Los autores subrayan que todavía es necesario investigar qué prácticas agrícolas concretas son responsables de esta diferencia. Sin embargo, existe preocupación porque unas redes menos densas podrían reducir la capacidad de los suelos para almacenar carbono, reciclar nutrientes y resistir situaciones de estrés ambiental. Pero quizá la conclusión más fascinante sea que este inmenso sistema llevaba todo el tiempo bajo nuestros pies. Mientras la humanidad cartografiaba océanos, exploraba montañas y enviaba sondas al espacio, una de las mayores infraestructuras biológicas del planeta permanecía prácticamente invisible.
“Los hongos micorrícicos han moldeado la vida en la Tierra durante cientos de millones de años, pero aún comprendemos muy poco sobre cómo se distribuye la infraestructura de estos sistemas de transporte vivos en todo el planeta” afirma el biólogo Merlin Sheldrake, coautor del estudio.
El nuevo mapa no representa el final de la exploración, sino el comienzo. El equipo de Stewart identificó amplias regiones del planeta donde todavía no existen suficientes datos para comprender cómo funcionan estas redes. Porque, aunque parezca sorprendente, conocemos mejor la superficie de Marte que algunos de los ecosistemas que se encuentran apenas unos centímetros bajo nuestros pies.


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Cuando Charles Darwin observó por primera vez una venus atrapamoscas, quedó fascinado. El naturalista británico fue el primero en estudiar científicamente esta planta carnívora, la más famosa del mundo. Verla moverse con rapidez parecía algo propio de un animal. El investigador incluso llegó a pensar que debía existir algún equivalente vegetal a los músculos y los nervios. Más de un siglo después, la venus atrapamoscas sigue desafiando las ideas de los científicos sobre el movimiento de las plantas. Ahora, un equipo de físicos y biólogos ha demostrado que el secreto de su veloz trampa reside en la capacidad de modificar casi instantáneamente las propiedades mecánicas de sus paredes celulares, un cambio que desencadena el cierre de la hoja sobre la presa.
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Las oportunidades son distintas dependiendo de dónde nacemos y crecemos. No es lo mismo tener a mano un centro de salud, un polideportivo o un parque por el que caminar que tener que cruzar la ciudad para llegar a ellos, o contar o no con un medio de transporte con el que hacer ese trayecto. La segregación por barrios en las ciudades acaba concentrando en una misma área multitud de factores que construyen el contexto en el que vive su población. Y ese contexto condiciona mucho la salud de quienes viven bajo su influjo.

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A casi siete kilómetros bajo la superficie del océano Índico existe un lugar que parece sacado de una novela de Julio Verne. Allí, en una remota fractura submarina situada entre Australia y la Antártida, los científicos han descubierto el mayor, más profundo y más antiguo cementerio de ballenas conocido. El hallazgo incluye cerca de 500 restos de cetáceos distribuidos a lo largo de más de 1.200 kilómetros de fondo oceánico, algunos de ellos con una antigüedad superior a los cinco millones de años. El descubrimiento, publicado en Nature, ofrece una ventana única a la evolución de las ballenas y a uno de los ecosistemas más extraños del planeta: los llamados whale falls, o "caídas de ballena", comunidades biológicas que surgen cuando el cadáver de un cetáceo se hunde hasta el fondo marino.
Pero comencemos por el principio. El fondo abisal suele ser un lugar extraordinariamente pobre en nutrientes. A varios miles de metros de profundidad apenas llega alimento desde la superficie. Por ello, cuando una ballena muere y su cuerpo se hunde, ocurre algo parecido a la caída de un árbol gigante en medio de un desierto: los restos se convierten en una enorme fuente de energía.
Los primeros en llegar son carroñeros como peces y crustáceos. Después entran en escena bacterias especializadas capaces de aprovechar los compuestos liberados por los huesos en descomposición. Finalmente aparecen organismos extremadamente especializados, entre ellos gusanos perforadores de huesos del género Osedax, estrellas frágiles y moluscos que viven gracias a bacterias quimiosintéticas. Una sola carcasa puede alimentar ecosistemas completos durante décadas.
Los autores del estudio, liderados por Xiaotong Peng, exploraron la llamada Zona Diamantina, una gigantesca fractura submarina del sureste del océano Índico que alcanza profundidades de entre 4.600 y 7.000 metros. Tras decenas de inmersiones detectaron 476 fósiles de cetáceos y cinco comunidades activas asociadas a cadáveres relativamente recientes. Nunca se había documentado una concentración semejante. Eso ha hecho que el hallazgo rompa además varios récords.
No solo se trata del mayor cementerio de ballenas conocido, sino también del más profundo. Hasta ahora, las comunidades activas de "caídas de ballena" se habían observado a profundidades considerablemente menores. En esta ocasión, algunas aparecieron cerca de los 6.800 metros bajo la superficie. Pero uno de los aspectos más sorprendentes del descubrimiento es su antigüedad. Las dataciones indican que los restos más antiguos tienen al menos 5,3 millones de años. Esto significa que la zona ha estado acumulando cadáveres de cetáceos desde antes de que aparecieran los primeros ancestros humanos.
Para ponerlo en perspectiva, cuando algunas de estas ballenas murieron, el Mediterráneo acababa de llenarse nuevamente de agua tras la llamada Crisis de Salinidad Mesiniense y nuestros antepasados apenas comenzaban a caminar sobre sus dos patas traseras por África. Los científicos describen el lugar como una auténtica "necrópolis" marina: un archivo natural que conserva millones de años de historia evolutiva. Y la pregunta es lógica: ¿por qué se acumularon tantas ballenas allí?
La explicación más probable para el equipo de Peng combina biología, geología y pura física. La Zona Diamantina tiene forma de enorme valle en V. Los autore creen que esta topografía actúa como una especie de embudo capaz de concentrar cadáveres procedentes de una amplia región oceánica. Una vez allí, las condiciones ambientales favorecen una conservación excepcional.
Además, muchos de los fósiles pertenecen a zifios o ballenas picudas, un grupo famoso por realizar algunas de las inmersiones más profundas del reino animal. Estos cetáceos pueden descender varios kilómetros en busca de calamares y peces de aguas profundas. Sus huesos son extraordinariamente densos, lo que aumenta las probabilidades de preservación durante millones de años. La combinación de huesos muy compactos, bajas tasas de sedimentación, temperaturas extremadamente frías y la acumulación de minerales sobre los restos parece haber convertido el lugar en una cápsula del tiempo submarina.
Pero, por si esto fuera poco, hay más. Entre los fósiles recuperados, el equipo de Peng identificó una especie extinta de zifio que no había sido descrita anteriormente. La bautizaron Pterocetus diamantinae, en honor a la propia Zona Diamantina donde fue encontrada. Su descubrimiento demuestra que este gigantesco depósito de fósiles todavía puede esconder numerosas especies desconocidas para la ciencia.
Esto convierte al “cementerior sumergido” en, simultáneamente, un museo y un laboratorio vivo. Mientras algunos esqueletos llevan millones de años fosilizándose, otros siguen alimentando ecosistemas activos repletos de organismos especializados. Es como si los paleontólogos hubieran encontrado un bosque donde convivieran árboles petrificados del Mioceno junto a árboles vivos creciendo sobre el mismo terreno.
Los autores creen que podrían existir otros cementerios similares ocultos en distintas regiones profundas del planeta. Pero hasta ahora ninguno se había revelado con tanta claridad. La necrópolis de la Zona Diamantina demuestra que los océanos todavía conservan enormes archivos naturales de la historia de la vida. Y que, incluso en las regiones más remotas y oscuras de la Tierra, la muerte de una ballena puede convertirse en el origen de un mundo entero.


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En la astronomía actual, descubrir algo nuevo suele empezar en una pantalla llena de datos, código y modelos estadísticos. El telescopio sigue siendo la imagen pública de la disciplina, pero la mayor parte del trabajo ocurre en datos, con catálogos enormes y programas que separan señales débiles de ruido.
Por eso la llegada de modelos capaces de programar, resumir artículos y proponer cálculos no preocupa solo por el empleo. En los departamentos de física se abre una duda incómoda para las universidades: qué aprende un estudiante si delega justo la parte que antes le obligaba a pensar.
La alarma no nace de un rechazo simple a la tecnología. Muchos investigadores usan estos asistentes cada día y reconocen su utilidad. El temor aparece cuando la disciplina puede perder memoria técnica, porque el resultado llega antes que la comprensión que debía construirse por el camino.
Antes de llegar al miedo laboral, hay un problema de método. La información publicada por TechRadar, a partir de Science, recoge que en centros de primer nivel los modelos de lenguaje ya ayudan a escribir código, analizar matemáticas, preparar propuestas y revisar conjuntos masivos de observaciones. Esa dependencia ya había dejado señales fuera de la astronomía, como ocurre cuando los chatbots usan estudios retirados sin advertirlo; en un laboratorio, la prisa puede parecer progreso hasta que nadie sabe explicar por qué una salida es correcta.
David W. Hogg, astrofísico computacional de la Universidad de Nueva York, llevó la discusión a un documento difundido en arXiv en febrero de 2026. Allí plantea dos salidas extremas: dejar que los modelos produzcan ciencia a gran velocidad o prohibirlos con castigos. Ninguna le convence. El primer camino podría inundar la literatura con artículos que nadie tiene tiempo de verificar, un riesgo que recuerda al caso de investigadores que confiaron en ChatGPT durante un estudio y terminaron perdiendo el control del proceso. El punto débil es la responsabilidad científica, porque una máquina no firma, no recuerda por qué eligió un cálculo y no responde como autor ante sus pares.
El experimento que más ha agitado el debate llegó desde Harvard. En un ensayo publicado por Anthropic, el físico Matthew Schwartz contó que guió a Claude Opus 4.5 para elaborar un trabajo de física teórica en dos semanas, con más de 110 borradores, 36 millones de tokens y más de 40 horas de cálculo local. El resultado fue valioso, pero el propio proceso reveló trampas: el sistema ajustó gráficos para que encajaran, inventó términos y dio por verificadas operaciones que no había comprobado. La supervisión humana fue decisiva, y eso cambia la lectura del supuesto ahorro de tiempo.
El problema se agranda al mirar las revistas científicas. La American Astronomical Society ya sufre la presión de más envíos y menos revisores disponibles, según el debate recogido en la prensa científica. En una carrera por publicar más rápido, el filtro humano se vuelve más caro, y el mismo patrón aparece en la educación: La Razón ya explicó que el aprendizaje con IA puede dejar una comprensión más débil que la búsqueda trabajada.
Para la astrofísica, el golpe es especialmente sensible. La investigación sobre galaxias, supernovas o agujeros negros exige combinar intuición física, programación y paciencia ante resultados raros, y justo esa mezcla es la que forma a los jóvenes investigadores. Un asistente puede limpiar código o sugerir lecturas, pero el criterio nace al equivocarse, al repetir una simulación y al detectar que un número huele mal antes de tener una prueba completa.
La salida que dibujan varios investigadores exige reglas claras: declarar cuándo se han usado modelos, revisar cada cálculo, conservar el trabajo lento en la formación y valorar en los jóvenes la comprensión además del número de artículos. La ciencia seguirá mirando lejos, pero la pregunta incómoda queda mucho más cerca: quién aprende de verdad cuando una máquina resuelve el problema.


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Doutoramento da UAlg realizou a primeira avaliação integrada de espécies pelágicas em Angola.
O conteúdo Doutoramento da UAlg conclui primeira avaliação de espécies pelágicas em Angola aparece primeiro em Barlavento.


Cuando más de seis millones de aficionados comiencen a desplazarse entre Estados Unidos, Canadá y México para asistir al Mundial de Fútbol de 2026, no solo viajarán camisetas, banderas y pasiones deportivas. También lo harán millones de microorganismos invisibles. Los grandes acontecimientos internacionales siempre han representado un desafío para la salud pública. Aeropuertos abarrotados, estadios llenos, hoteles, transportes públicos y zonas de aficionados crean las condiciones perfectas para que los patógenos viajen junto a las personas.
Sin embargo, contra lo que podría parecer, la principal preocupación de los epidemiólogos no es el ébola, ni una nueva pandemia desconocida, ni siquiera la gripe aviar. La enfermedad que más inquieta actualmente a las autoridades sanitarias es el sarampión, el virus más contagioso conocido por los humanos, de acuerdo con el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC).
La razón es sencilla: una persona infectada puede transmitir el virus simplemente respirando en una habitación. El patógeno puede permanecer suspendido en el aire durante hasta dos horas después de que el enfermo haya abandonado el lugar. En una población sin inmunidad, una sola persona puede contagiar a entre 12 y 18 individuos, una cifra muy superior a la de la gripe o incluso muchas variantes del coronavirus.
“El sarampión es lo que más me preocupa”, afirmaba recientemente la especialista en enfermedades infecciosas Krutika Kuppalli, profesora de la Universidad de Texas Southwestern, en declaraciones a The Washington Post. El problema no es solo su capacidad de propagación, sino el contexto actual. Durante años, muchos países consideraron el sarampión prácticamente controlado gracias a las campañas de vacunación. Sin embargo, la situación ha cambiado.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha alertado de que los casos están aumentando rápidamente en todo el continente americano justo cuando se acerca el Mundial. Hasta mediados de mayo se habían confirmado más de 20.000 casos y 25 fallecimientos en la región, una cifra que cuadruplica los registros del mismo periodo del año anterior.
México ha registrado más de 10.000 casos desde principios de año. Estados Unidos ronda los 2.000 y Canadá también ha experimentado importantes brotes. Según la OPS, la inmensa mayoría de los afectados no estaban vacunados o se desconocía su estado vacunal. Por sí mismo, un partido de fútbol no genera una epidemia. Lo que preocupa a los expertos es el extraordinario movimiento de personas que rodea al torneo.
Por primera vez en la historia, un Mundial se celebra simultáneamente en tres países distintos. Durante más de un mes, millones de personas viajarán continuamente entre sedes separadas por miles de kilómetros. Desde el punto de vista epidemiológico, es una especie de experimento a gran escala: individuos procedentes de más de cien países mezclándose en espacios cerrados y regresando después a sus lugares de origen.
Un viajero infectado puede atravesar varios aeropuertos, alojarse en hoteles, utilizar transportes públicos y asistir a distintos partidos antes incluso de desarrollar síntomas. Por eso la OPS ha pedido reforzar la vigilancia epidemiológica, aumentar la capacidad de detección rápida y promover activamente la vacunación entre los viajeros. La situación deja una enseñanza curiosa. Las mayores amenazas sanitarias no siempre proceden de enfermedades nuevas. A veces llegan de patógenos conocidos que parecían haber desaparecido.
El sarampión fue durante siglos una de las principales causas de mortalidad infantil. La introducción de la vacuna transformó radicalmente ese panorama. En muchos países, las nuevas generaciones apenas han visto casos de la enfermedad. Sin embargo, cuando disminuyen las tasas de vacunación, el virus encuentra de nuevo oportunidades para propagarse.
Los expertos no esperan que el Mundial desencadene una gran crisis sanitaria internacional. Las autoridades de los tres países llevan años preparando sistemas de vigilancia específicos para el torneo. Pero sí consideran que el campeonato será una prueba importante para la salud pública global en una época marcada por la recuperación desigual de las coberturas vacunales.
En cierto modo, el Mundial de 2026 servirá para algo más que coronar al mejor equipo del planeta. También mostrará hasta qué punto las sociedades modernas siguen siendo capaces de contener enfermedades que la ciencia aprendió a prevenir hace más de medio siglo.

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