Isabél Zuaa cancela espetáculo e denuncia racismo



“¡Maricón!”. No era la primera vez que lo oía, pero sí era la primera vez que se lo decían dentro de un campo de fútbol. También era la primera vez que tanta gente se lo gritaba al unísono: “¡Maricón!”. “Alguna vez, saliendo de fiesta con mis amigos, me lo habían dicho. En ese momento se pasa muy mal, pero siempre preferí obviar los insultos. Siempre consideré que era mejor ignorarlos”, explica el futbolista Nacho Ruiz (Torrent, Valencia, 29 años). El 16 de noviembre del año pasado, fue distinto. “Ese día me lo dijeron en un partido y más veces que en toda mi vida. Juego al fútbol desde que tengo seis añitos. Empecé en el Valencia y debuté profesionalmente con 19 en el Espanyol y nunca me había pasado esto”, reconoce.
Ángela Esteban-Librero
David López (Another Agency)
Cristina Serrano
Miguel Sancho
Lidia Lara
Marina Marco

© Santiago Belizón (EL PAÍS)

Como con tantos relatos, la violencia desatada esta semana en Belfast se puede contar con la historia de una calle. Lendrick Street está en la zona este de la ciudad norirlandesa. Una línea recta de apenas 200 metros. Casas humildes de dos alturas, de ladrillo a la vista, alineadas con ese estilo georgiano por el que solo la puerta y las ventanas indican que son viviendas diferentes las que habitan esos muros continuos que son los dos lados de la calle.

© EPV (REUTERS)
Una vez más, la violencia racista ha tomado las calles del Reino Unido. Una vez más, el mensaje de odio ha ganado cuerpo y ha crecido hasta su explosión en redes sociales y el incendio en el mundo físico y real. Esta semana ha sido en Belfast, la capital de Irlanda del Norte, una ciudad que creía olvidadas escenas como las que se han visto desde la madrugada del lunes al martes: gritos de odio, edificios y vehículos incendiados por una muchedumbre hostil, gente huyendo con lo puesto de sus hogares en llamas. La causa no ha sido, como hace décadas en la época de los troubles, el odio religioso entre irlandeses; el objetivo de la horda es ahora la población de origen inmigrante.

© Peter Morrison (AP Photo/Peter Morrison)
Una de la madrugada. Tengo 32 años y me encuentro sentada en la taza del baño de casa de mis padres mientras pienso qué futuro me espera. Mejor dicho, qué presente tengo. Dejé un trabajo que emocionalmente me llenaba, pero en el que las semanas se convertían muchas veces en 11 días seguidos, y eso me agotó. Lo dejé para opositar y ahora me enfrento a procesos con más de 20.000 personas, entiendo, igual de desesperadas que yo. Antes de encender este cigarro, me he pasado LinkedIn. Y por eso pienso qué presente me queda, nos queda, a los que nos sacamos una carrera universitaria hace más de 10 años y ya no podemos realizar convenios de prácticas, pero tampoco tenemos los cinco años mínimos de experiencia que solicitan las empresas para puestos que perfectamente, con un voto de confianza, una oportunidad, podríamos desarrollar. Pienso en esto y me acuerdo de mi padre, que sin estudios, a base de trabajo, consiguió trazar una carrera profesional sólida. Y pienso en mí, y en la gente que está como yo en este extraño limbo y supongo que estamos condenados a enfrentarnos a 20.000 personas por una plaza mientras robamos Orfidal en casa de la suegra y fumamos en la taza del WC de la de nuestros padres a la una de la madrugada. Qué futuro.

© ÓSCAR CORRAL

Empieza el circo mundialista y David Beckham descubrirá este viernes su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Es el guiño del imperio del entretenimiento a la Copa del Mundo, y casi el único. En el bulevar de los Oscar, entre saraos y buscavidas que imitan a Michael Jackson, hay que rastrear mucho para encontrar referencias a la gran cita del fútbol, pese a que a 20 kilómetros de allí Estados Unidos arranca su concurso contra Paraguay (madrugada del viernes al sábado, 3.00; DAZN).

© John Dorton/USSF (Getty Images)

Laura Bates (Oxford, 39 años) ha investigado durante años el mundo de la machosfera, ese oscuro reducto de las redes, cada vez con más tentáculos, donde habitan hombres resentidos —los llamados incel o célibes involuntarios— que sueñan con violar o asesinar a las mujeres que los rechazan; donde supuestos gurús enseñan cómo tratarlas con mano dura o donde, desde hace unos años, circulan deepfakes, vídeos pornográficos realizados con inteligencia artificial, en los que niñas y mujeres que no han dado su consentimiento son sometidas, a partir de fotos suyas, a abusos y violaciones virtuales, pero con consecuencias e impacto psicológico reales y devastadores. Bates fundó en 2012 Everyday Sexism Project, una web que ha atendido las denuncias, anónimas o no, de más de 200.000 mujeres que han encontrado en ese repositorio la ayuda para expresar sus miedos, su rabia o su frustración, y que han informado a gobiernos e instituciones de realidades que no necesariamente acaban en un juzgado o con los culpables castigados. En 2023 le dio forma a estas ideas en su aclamado libro Los hombres que odian a las mujeres (Capitán Swing).

© Claudia Janke