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Uma nova realidade estratégica no Oriente Médio

Considerações sobre a nova postura do Irã e a transformação do equilíbrio estratégico no Oriente Médio.

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Os acontecimentos mais recentes no Oriente Médio indicam que a dinâmica do conflito regional está entrando em uma nova fase. Embora o cessar-fogo firmado nos últimos meses tenha reduzido a intensidade dos confrontos diretos, os episódios recentes demonstram que os fatores estruturais que alimentam a guerra continuam presentes. A troca de ataques entre Irã e Israel revela não apenas a fragilidade dos acordos existentes, mas também uma mudança importante na postura estratégica de Teerã.

Durante anos, a política militar iraniana foi caracterizada principalmente por respostas a ações consideradas hostis. Desde 2024, todos casos de embate direto entre Irã e Israel se deram através de respostas a agressões israelenses anteriores. No entanto, os eventos do último fim de semana sugerem uma alteração significativa nesse comportamento. Ao lançar uma ofensiva contra alvos israelenses após operações militares realizadas no Líbano, o Irã demonstrou disposição para agir antes que ameaças adicionais se concretizem, apresentando suas ações como parte do direito à legítima defesa de terceiros, materializado na proteção de parceiros regionais.

A justificativa iraniana baseia-se na interpretação de que os ataques israelenses contra território libanês representam violações dos entendimentos firmados anteriormente. Segundo essa visão, a continuidade das operações militares em áreas urbanas e a ampliação das ações contra diferentes regiões do Líbano criam um cenário que legitima uma resposta proporcional. Além disso, Teerã também associa sua reação a incidentes envolvendo pirataria americana em rotas marítimas estratégicas.

O aspecto mais relevante dessa escalada não está apenas na troca de mísseis ou drones, mas na mensagem política transmitida por ela. O Irã parece sinalizar que não pretende mais limitar suas ações à defesa direta de seu próprio território. Em vez disso, demonstra disposição para responder a operações militares que atinjam atores considerados parte de seu eixo regional de alianças. Trata-se de uma mudança com potencial para alterar profundamente os cálculos estratégicos de todos os envolvidos.

Ao mesmo tempo, a reação internacional evidencia as dificuldades enfrentadas pelas potências que buscam administrar a crise. O receio de uma expansão descontrolada do conflito ocorre em um momento particularmente sensível para a economia global. Tensões militares em uma das regiões mais importantes para a produção e o transporte de energia tendem a gerar impactos imediatos sobre mercados financeiros, cadeias logísticas e expectativas de investidores.

A resposta israelense aos ataques iranianos, seguida por novas ações militares de Teerã e pela participação de aliados regionais, demonstra que o ciclo de retaliações continua ativo. O envolvimento do Iêmen, que passou a restringir o acesso de embarcações ligadas a Israel ao Mar Vermelho, traz um fator adicional de insegurança para o regime sionista – criando um front de apoio ao Irã.

Diante desse cenário, torna-se evidente que o cessar-fogo vigente possui limitações significativas. Embora tenha reduzido temporariamente o nível de violência, ele não solucionou os principais elementos que sustentam a rivalidade regional. Questões relacionadas à presença militar americana e ao expansionismo territorial israelense permanecem sem resolução, prolongando o cenário de tensões.

Contudo, talvez a principal consequência dos acontecimentos recentes seja o surgimento de um novo precedente estratégico. Ao demonstrar disposição para responder a ações realizadas contra terceiros, o Irã estabelece uma lógica de dissuasão mais ampla do que a observada anteriormente. Isso significa que futuras operações militares conduzidas por Israel ou pelos Estados Unidos contra parceiros de Teerã poderão gerar respostas diretas, mesmo quando o território iraniano não for o alvo imediato.

Da mesma forma que agora o Irã responde a ataques israelenses contra o Líbano, em breve estas retaliações poderiam ser lançadas para punir Tel Aviv por seus crimes em Gaza, no Iraque, no Iêmen e em outros países da região. Na prática, isso significa que a balança regional de poder mudou substancialmente: agora, o Irã deixa claro a Israel que seus crimes não ficarão impunes.

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La «ruta de Trump» en Armenia agranda la brecha entre Washington, Teherán y Moscú

Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos un artículo del analista político Vali Kaleji en The Cradle. 

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Vamos:

El Cáucaso Meridional se está convirtiendo en una prueba de fuego para ver hasta dónde puede llegar Washington en el perímetro compartido por Rusia e Irán antes de que se produzca una reacción violenta.

En vísperas de las cruciales elecciones parlamentarias de Armenia del 7 de junio, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, durante una breve visita a Ereván el 26 de mayo, firmó tres acuerdos de gran importancia en una reunión con el ministro de Asuntos Exteriores armenio, Ararat Mirzoyan.

Entre ellos se incluían el «Acuerdo Marco entre la República de Armenia y los Estados Unidos de América sobre Cooperación Estratégica en relación con la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacionales (TRIPP)», la «Carta sobre la Asociación Estratégica Integral entre la República de Armenia y los Estados Unidos» y el «Marco entre la República de Armenia y los Estados Unidos de América para garantizar el suministro en la extracción y el procesamiento de minerales críticos y tierras raras».

El respaldo de Washington en época de elecciones

La breve visita de Rubio, que duró solo una hora aproximadamente en el aeropuerto de Ereván, fue una clara señal del apoyo de EE. UU. al Gobierno de Nikol Pashinyan de cara a las cruciales elecciones parlamentarias de Armenia del 7 de junio.

En los últimos años, la administración de Pashinyan se ha distanciado gradualmente de la Federación Rusa y de las instituciones regionales lideradas por Moscú, incluida la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y, más recientemente, la Unión Económica Euroasiática (UEE), al tiempo que ha buscado estrechar lazos con la UE, la OTAN y los EE. UU.

En este contexto, el secretario de Estado de EE. UU., que viajó a Ereván dos semanas antes de las elecciones, expresó su firme apoyo a Pashinyan y a su equipo, afirmando: «Tú (Ararat Mirzoyan), el primer ministro y tu equipo estáis allanando el camino hacia un futuro más brillante y más independiente para Armenia».

El presidente de EE. UU., Donald Trump, también escribió en una publicación en Truth Social:

«¡El primer ministro Nikol Pashinyan, de Armenia, un gran amigo y líder, está haciendo que su país sea fuerte, próspero y muy seguro! Nikol comparte plenamente mi visión de PAZ y PROSPERIDAD para Armenia y toda la región del Cáucaso Meridional… Nikol cuenta con mi APOYO TOTAL y ABSOLUTO para su reelección el 7 de junio de 2026».

Armenia también acogió la Octava Cumbre de la Comunidad Política Europea el 23 de mayo, lo que constituyó otra muestra del apoyo occidental al Gobierno de Pashinyan.

No obstante, sigue sin estar claro si dicho apoyo se traducirá en última instancia en una victoria electoral del Partido del Contrato Civil de Pashinyan frente a sus oponentes nacionalistas y conservadores. Un ejemplo reciente es Hungría, donde la visita del vicepresidente estadounidense J.D. Vance a Budapest y su participación en un mitin electoral junto al primer ministro Viktor Orbán no lograron evitar la derrota de Orbán en las elecciones parlamentarias tras 16 años en el poder.

La Ruta de Trump toma forma

Los tres acuerdos firmados durante la visita de Rubio a Ereván —en particular el Acuerdo TRIPP— deben considerarse una continuación y un complemento del acuerdo de paz firmado por el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev y Pashinyan en la Casa Blanca el 8 de agosto de 2025, bajo la mediación de Trump.

En virtud de dicho acuerdo, la conectividad directa entre Azerbaiyán y su República Autónoma de Najicheván a través del territorio armenio se refrendó no bajo la denominación preferida por Bakú de «Corredor de Zangezur», ni bajo el concepto preferido por Ereván de «Encrucijada de la Paz», sino bajo un nuevo título: la «Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacionales» (TRIPP), o simplemente la «Ruta Trump».

El Acuerdo TRIPP, compuesto por 11 artículos, establece el marco jurídico y operativo que rige esta ruta de tránsito. De conformidad con los artículos 1 a 4, se creará una empresa conjunta denominada TRIPP Development Company (TDC).

En virtud del acuerdo, el 74 % de las acciones y la participación mayoritaria en la empresa estarán en manos de entidades estadounidenses que operan bajo la Corporación Financiera Internacional para el Desarrollo de los Estados Unidos (DFC), mientras que Armenia conservará una participación del 26 %.

Además, en virtud del artículo 6, Armenia se compromete a conceder a la empresa conjunta derechos exclusivos de uso del suelo y desarrollo a lo largo de las zonas designadas para la ejecución del TRIPP durante un período inicial de 49 años. El acuerdo también prevé una posible prórroga de 50 años adicionales por mutuo acuerdo, en cuyo caso la participación de Armenia en la TDC aumentaría al 49 %.

Armenia se ha comprometido además a asumir todos los costes financieros asociados a la adquisición de terrenos y a la eliminación de cualquier gravamen o reclamación de terceros que afecte a las zonas del proyecto. Al mismo tiempo, el acuerdo afirma explícitamente que la República de Armenia conserva la plena soberanía, integridad territorial y jurisdicción legal y ejecutiva sobre todas las zonas y proyectos asociados al TRIPP dentro de su territorio soberano.

La aplicación de este acuerdo —al igual que el acuerdo de paz entre Armenia y Azerbaiyán y el proceso en curso de normalización entre Armenia y Turquía— dependerá en gran medida de la reelección del Partido del Contrato Civil de Pashinyan en las elecciones parlamentarias del 7 de junio. Si las fuerzas políticas nacionalistas y conservadoras de Armenia salieran victoriosas, el panorama político podría cambiar significativamente.

Fuertemente críticos con las políticas de Pashinyan respecto a Nagorno-Karabaj, estos grupos nacionalistas y conservadores mantienen posiciones de línea dura tanto hacia Azerbaiyán como hacia Turquía. Tradicionalmente han mantenido relaciones más estrechas con Irán y Rusia, al tiempo que han conservado una distancia cautelosa y cuidadosamente calibrada con respecto a Occidente.

En consecuencia, un cambio de gobierno podría tener profundas implicaciones para el futuro del proceso de paz entre Armenia y Azerbaiyán, la normalización de las relaciones entre Armenia y Turquía y la aplicación del TRIPP.

Teherán ve más que un corredor

Por lo tanto, no fue de extrañar que, en medio de la atmósfera altamente polarizada y políticamente cargada de Armenia en vísperas de las cruciales elecciones parlamentarias, la inesperada y breve visita de Rubio a Ereván fuera recibida con fuertes críticas por parte de las fuerzas de la oposición.

Los partidos de la oposición y los grupos políticos de Armenia sostienen que el proyecto a gran escala de la «Ruta Trump» es, en esencia, el mismo corredor de tránsito que Azerbaiyán lleva tanto tiempo buscando bajo el nombre de «Corredor de Zangezur» y que cuenta con el firme apoyo de Ankara.

El expresidente armenio Robert Kocharyan, líder de la influyente Alianza Armenia, expresó su profunda preocupación por las implicaciones estratégicas del acuerdo, afirmando:

«Creo que el proyecto «TRIPP» es una maniobra propagandística muy fuerte por parte de EE. UU., cuyo objetivo es crear tensión entre Irán y Armenia, porque después de eso, Teherán sin duda sentirá desconfianza… Esto también es un «golpe» para Rusia».

En Irán, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Hamid Baghaei, también reaccionó a la visita de Rubio y a la firma del Acuerdo Trump, afirmando:

«La posición de la República Islámica de Irán con respecto a la seguridad en el Cáucaso Meridional es clara y no deja lugar a ambigüedades. Irán acoge con satisfacción la expansión de los intercambios económicos y la reapertura de las rutas de transporte y tránsito. Sin embargo, dado el largo historial de conducta hostil e intervención de Estados Unidos en diversas regiones del mundo, Irán alberga serias sospechas sobre las intenciones de Washington y ha expresado explícitamente su oposición a cualquier presencia desestabilizadora de este tipo en la región».

Aunque los funcionarios iraníes parecen haberse abstenido de adoptar una postura más explícita en esta fase —probablemente debido a su comprensión del delicado entorno electoral de Armenia y al deseo de evitar verse directamente involucrados en las rivalidades políticas internas del país—, Irán, en términos estratégicos, ve poca diferencia entre la «Ruta Trump» y el «Corredor de Zangezur» defendido por Azerbaiyán y apoyado por Turquía.

Desde la perspectiva de Teherán, ambas iniciativas persiguen objetivos que van mucho más allá del establecimiento de un mero enlace de transporte y tránsito entre el territorio continental de Azerbaiyán y Najicheván a través del territorio armenio adyacente a la frontera de Irán.

Los responsables políticos iraníes creen que tales proyectos podrían generar una serie de importantes retos de seguridadgeopolíticos, incluidos riesgos potenciales para los 40 kilómetros de frontera entre Irán y Armenia, los pasos fronterizos y las instalaciones aduaneras de Norduz (Irán) y Meghri (Armenia), así como para la red bilateral de comercio y tránsito por la que pasan más de 80.000 camiones al año.

Además, no cabe duda de que la puesta en marcha de la Ruta Trump, como parte del Corredor Central más amplio y de una ruta emergente de energía y transporte que une Asia Central, el mar Caspio y el Cáucaso Meridional con Europa, aceleraría aún más la orientación hacia Occidente de Ereván.

Tal evolución podría tener consecuencias de gran alcance, incluida la eventual retirada de Armenia de la OTSC y la UEEA. El efecto acumulativo de estos acontecimientos podría ser un cambio más profundo en el equilibrio geopolítico del Cáucaso Meridional en detrimento tanto de Irán como de Rusia —un proceso que, en muchos aspectos, comenzó con la Segunda Guerra de Nagorno-Karabaj en 2020.

La guerra de 12 días entre Estados Unidos e Israel contra Irán en junio de 2025 y la más reciente guerra de 40 días en la que participaron Israel y Estados Unidos contra Irán, del 28 de febrero al 7 de abril de 2026, han agudizado la sensibilidad de Teherán hacia el proyecto de la Ruta Trump y la posible presencia de empresas estadounidenses cerca de la frontera norte de Irán.

Esta preocupación es especialmente acusada dado que, en virtud del acuerdo recientemente firmado, dicha presencia no está pensada para ser temporal. Más bien, el acuerdo prevé un periodo de concesión inicial de 49 años, con la posibilidad de una prórroga adicional de 50 años por mutuo acuerdo, lo que podría dar lugar a una duración total de 99 años.

Desde la perspectiva de Irán, esto no equivaldría simplemente a un proyecto de transporte o de infraestructura, sino al establecimiento de una huella económica y estratégica estadounidense a largo plazo en una zona geopolítica altamente sensible adyacente a sus fronteras.

Por esta razón, Kocharyan declaró durante su campaña electoral:

«Hoy en día, Estados Unidos se encuentra en un estado de confrontación con Irán. En tales circunstancias, ¿cómo puede alguien creer razonablemente que ceder el control de la sensible zona fronteriza entre Armenia e Irán a una empresa estadounidense es una decisión racional? ¿De verdad consideran que tal medida es normal y aceptable? ¿Cómo se espera que Teherán perciba y tolere tal acuerdo? Insto a las autoridades de Ereván a que se pongan, aunque sea por un momento, en la posición de Irán y vean este desafío de seguridad desde la perspectiva de Teherán».

Moscú sube la apuesta

La respuesta de Rusia hacia Armenia, sin embargo, ha sido notablemente más dura, al menos en la etapa actual. Solo unos días después de la visita de Rubio, Moscú retiró a su embajador de Ereván para consultas, citando las políticas cada vez más prooccidentales del Gobierno de Pashinyan.

En las últimas semanas, funcionarios rusos han advertido abiertamente a Armenia, especialmente en relación con la posibilidad de su retirada de la UEEA, sobre las posibles consecuencias, entre las que se incluyen el aumento de los precios del gas o la suspensión de los acuerdos energéticos preferenciales, restricciones a las importaciones de productos armenios, limitaciones al comercio de diamantes y energía, e incluso una reevaluación de ciertos ámbitos de la cooperación económica.

En esencia, a Moscú le preocupa que su participación actual en la guerra de Ucrania pueda animar a Armenia —el único Estado del Cáucaso Meridional que sigue siendo miembro tanto de la UEEA como de la OTSC— a abandonar estas instituciones lideradas por Rusia.

Dado que ni Georgia ni Azerbaiyán son miembros de ninguna de las dos organizaciones, tal desarrollo reduciría significativamente la influencia económica, geopolítica y militar de Rusia en el Cáucaso Meridional.

La aplicación del Acuerdo TRIPP y la construcción de la Ruta Trump entre Azerbaiyán y Najicheván se enfrentan a importantes obstáculos políticos y dependerán en gran medida del resultado de las elecciones parlamentarias de Armenia del 7 de junio.

Si prevalecen las fuerzas políticas nacionalistas y conservadoras de Armenia, la probabilidad de que el proyecto se suspenda o se abandone sería considerable.

Incluso si Pashinyan consigue la reelección, es probable que la puesta en marcha del proyecto provoque una fuerte oposición por parte de Irán y exponga a Armenia a posibles medidas de represalia por parte de Rusia, especialmente en los ámbitos de las exportaciones de gas natural y las restricciones a las importaciones armenias.

Publicado originalmente por The Cradle

 Traducción:  Geopolítica rugiente

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Franco-German defence rift deepens with collapse of FCAS programme

By Hélène de LAUNZUN

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Franco-German combat aircraft programme collapses after years of disputes, showcasing the difficulty with military cooperation within the EU.

Rumours had been circulating for many months, but it was confirmed on Monday, June 8th: France and Germany have decided to abandon the core joint fighter plane component of their joint Future Combat Aircraft System (FCAS) project. With it goes a project that symbolised ambitions for deeper military cooperation between the two countries.

The project was launched in 2017 on the initiative of French President Emmanuel Macron and then-German Chancellor Angela Merkel. Its aim was to replace, by 2040, the French Rafale and the German-Spanish Eurofighter. After months of stalled progress, Chancellor Friedrich Merz and President Macron agreed that the main industrial partners involved in the project—Dassault Aviation on the French side and Airbus Defence and Space on the German-Spanish side—were clearly unable to work together because of diverging interests.

It was one of Europe’s largest military programmes, with an estimated total cost of €100 billion. The technological ambition was highly advanced: more than just a fighter jet, the system was to integrate combat drones, connected sensors and a next-generation digital network, thereby forming what was described as a ‘combat cloud.’

Disagreements between the industrial parties have multiplied in recent months, centring on the sharing of industrial responsibilities, intellectual property, and the governance of the project. In the spring, Macron was still insisting he believed in it, but progress remained elusive.

For defence expert Jean-Dominique Merchet, the programme had in fact been “on life support” for several months, and the German decision to formalise the end merely confirmed a shared recognition of irreconcilable industry positions rather than a unilateral move. The fact that the announcement came from Berlin—without a joint statement from partner countries France and Spain—confirms the major political setback for Macron, who has been the project’s main champion since its launch in 2017. According to Merchet, the announcement definitively confirms the now insurmountable disagreements between Dassault Aviation and Airbus over the development of the fighter plane intended to form the core of the programme. The analyst is now questioning the future of the other components of the FCAS, notably the combat cloud, the engines, and the support drones. This failure could undermine another major Franco-German project, the future European battle tank, which is itself already facing numerous difficulties.

Similar frictions have affected other joint efforts in recent years. In some cases, one side  has withdrawn or scaled back its commitment—as in the case of the Tiger helicopter, where Germany backed out, or the Eurodrone, where France is currently discussing exit terms; in others, like the MAWS maritime patrol programme and the CIFS future artillery system, it’s due to delays, differing priorities, and mutual strain.

For both countries, the failure tests their ability to advance next-generation capabilities.

For France, the failure of the FCAS will test the national defence industry’s ability to bounce back. France must now consider the possibility of a new-generation programme that it would lead alone or in cooperation with other potential partners such as Sweden, Italy, India or the United Arab Emirates. Germany is expected to consider options including additional F-35 acquisitions or interest in alternative collaborative frameworks.

The failure of the FCAS is highly symbolic at a time when, under American pressure, Europe was seeking to assert its strategic autonomy. The programme, which symbolised Europe’s ability to carry out its major armaments projects autonomously in the face of the United States and China, illustrates above all the persistent difficulties European states face in effectively coordinating their industrial, strategic, and national interests.

Original article:  europeanconservative.com

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Soros’ OSF helped stir Indonesian rebellion, leaks reveal

By Kit KLARENBERG

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Leaked documents reviewed by The Grayzone expose how the Soros-run Open Society Foundations plotted to “prevent the continuation” of Indonesia’s elected government by bankrolling opposition media, youth activists groups and lawfare operations to remove President Prabowo Subianto.

Ever since the election of Prabowo Subianto as Indonesia’s President in February 2024, Jakarta has faced continuous waves of anti-government protests. Activists enraged by harsh economic conditions and elite corruption have taken to the streets in vast numbers, often engaging in fiery clashes with police and the military. A series of leaks obtained by The Grayzone indicate this upheaval has unfolded according to a well-honed plan to take down Prabowo, which drew on organic grievances but which depended heavily on funding the Open Society Foundations.

Founded by anti-communist billionaire George Soros in 1993, OSF has been described by The New York Times as “a sprawling political and philanthropic empire,” which “seeks to advance a liberal, democratic agenda.” The Washington Post described Soros as part of a network of “overt operators” carrying out “spyless coups” that were once the purview of the CIA during the Cold War. OSF has acknowledged its central role in numerous insurrections throughout the Global South.

The leaked files reveal how from 2019 onwards, OSF began pumping large sums into projects designed to promote “resistance and dissent” against Prabowo’s predecessor, Joko “Jokowi” Widodo. Much of this money has been distributed by the Jakarta-based Kurawal Foundation, the single largest recipient of OSF contributions between 2019 and 2024. Founded in 2019, Kurawal describes itself as “a social justice philanthropy…[endeavouring] to promote dignified and benevolent democracy in Indonesia and Southeast Asia.”

The organization sponsors “individuals and agents,” who can be relied upon to advance Western liberal values locally. In the leaks, Kurawal described its efforts to develop an ideal voter who would be impervious to the scourge of Prabowo-associated disinformation. This meant “cultivating a wise and virtuous democrat – as political subject – who adheres to the essential principles of democracy.” The leaks show the intended subject was anything but.

Kurawal’s OSF-funded activities intensified in late 2023, as Indonesia geared up for the Presidential election in February the next year. Prabowo, Joko’s chosen successor, won by landslide in a vote international observers judged legitimate. However, the leaks show Kurawal used its local assets to whip up a frenzy over supposedly “massive” fraud by Prabowo, fomenting so much public pressure that authorities changed electoral rules to allow more parties to run for office in 2029. (Kurawal did not respond to a request for comment from The Grayzone).

In order to topple Prabowo, OSF has financed the grooming of prospective future politicians, outreach to existing political parties, and the creation of new movements and factions that could field candidates for office locally. Simultaneously, OSF bankrolled a range of self-proclaimed ‘independent’ media outlets and activist groups, who they sought to train “to become agents of change.” In leaked documents, Kurawal boasts that its “youth political engagement” activities mean young Indonesians are “at the forefront of most social and political movements… shaping conversations on national policies.”

Kurawal’s meddling in Indonesia has global implications. Mass “Gen Z” protests that erupted in July 2025 and raged for weeks have been hailed by Western corporate media as a revolutionary inspiration for anti-government activists elsewhere. It was in Jakarta where protesters first waved cartoon Jolly Roger flags inspired by Japanese manga One Piece. A map found in the tranche of leaks notes that Kurawal is active in several countries where these flags have appeared, including in protests which have produced regime change, such as in Nepal.

Kurawal encourages ‘agitation and pushback’ against Joko

A leaked February 2025 Kurawal document called “Building Bridges, Filling Gaps,” charts a clear “strategic plan” for regime change in Indonesia and beyond, 2024 – 2029. The file was produced after five years of systematically undermining President Joko’s administration, “by providing support to civil society groups, social movement actors, and thought leaders as well as change makers who do not shy away from politically sensitive issues.” This was motivated by “Indonesia’s growing political and economic clout”, and regional influence, under his rule.

The document describes Joko scathingly, as a “pilferer” and “opportunist”, while slamming his supposedly “inward looking foreign policy.” In reality, Joko prioritized protecting Indonesia’s sovereignty, irritating Western powers by rubbishing bogus CIA-disseminated claims of “genocide” in Xinjiang, refusing to recognize Israel, and pushing for peace in Ukraine.

By “promoting dissent” during his last term in office, Kurawal sought to lay foundations for even greater attacks against Prabowo. As a leaked file explains, “the agitation and pushback was needed to show that dissent is both necessary and possible.” Resultantly, “vibrant citizen movements” that could “challenge power” and “organize and influence change” sprouted locally, with OSF help.

Kurawal’s “program taxonomy” between 2019 and 2024 focused heavily on driving “youth political engagement,” encouraging young Indonesians to attend protests, join civil society campaigns and hone social media skills. As such, the organization’s students “actively set a higher standard of accountability of political leaders,” while “shaping conversations on national policies,” and “challenging traditional political organizing.” These efforts were to be enhanced by what Kurawal called “networks or alliances among social justice groups,” legal advocacy and a new lobbying machine.

Kurawal also financed local media outlets to promote stories of purported malfeasance and other abuses of power by authorities. For example, the organization sponsored a “series of in-depth reporting on police corruption and brutality cases in prominent public interest media,” combined with “social media campaigns” while “forming a national coalition for police reform” to “ramp up public pressure.” This was cited as “one of the bright spots” in Kurawal’s work in Indonesia, during the pre-Prabowo period.

For example, in 2021, Kurawal launched TempoWitness, an online portal which claimed to connect “citizen journalists at community level with mainstream local and national media.” By contrast, Tempo has been a vehicle for slanderous attacks on independent journalists raising questions about Western financing of anti-government media outlets and NGOs in Indonesia. Among its top targets is Brian Berletic, a US citizen who resides in Thailand and specializes in exposing covert Western funding of opposition political forces in the region.

Kurawal has also sponsored documentary films, photography, and experimental art in Indonesia. The purpose is to “elicit action from citizens and community.” This included the Jakarta International Photo Festival, the region’s largest. The events attracted tens of thousands of visitors, enabling Kurawal to shepherd them into a “side event” on the subject of democracy. During these sessions, attendees were given instruction on how to use “photography and visual storytelling” in the pursuit of “democracy and human rights.”

National ‘roadshow’ to ‘radicalize’ Indonesians

When Joko left office, he enjoyed record-high approval ratings. In its “Building Bridges, Filling Gaps” document, Kurawal reluctantly acknowledged the outgoing president was “able to maintain popular public support” in an organic fashion through what they described as “populist social welfare policies.”

The leaked document notes Prabowo would continue his predecessor’s legacy, “emphasizing policies to enhance social welfare, reduce poverty, and eliminate hunger.” A dedicated section called “Bracing for the Prabowo years” outlines the new president’s likely stances and strategy over his first term in office, and how his rule can be undermined.

The leaks reveal how Kurawal released a documentary called “Dirty Vote” immediately upon Prabowo’s election claiming to expose “how instruments of power are used to manipulate elections, undermine democratic order, and maintain the status quo,” and calling “for collective action to safeguard democracy.” The video racked up over 20 million views on YouTube as Kurawal screened it across Indonesia’s university campuses throughout February and March 2024. The dedicated “roadshow” was promoted as “a moral call to protect democracy’s future from systemic abuse and electoral fraud.”

The “Dirty Vote” documentary’s narrative tracked closely with claims of fraud in the February 2024 Indonesian elections by opposition elements. While Jakarta’s Constitutional Court rejected all formal legal challenges to the vote’s results in April that year, Kurawal boasted that its propaganda efforts cemented “widespread voter grievance” over what it called “massive election fraud.” The outcry successfully triggered reforms to Indonesian electoral laws, which previously required parties receive 20% of parliamentary votes to field presidential candidates.

When authorities caved to the opposition’s pressure in January 2025, Kurawal declared, “this means that at the next election, for the first time in the country’s history, political parties big and small will be free to nominate candidates on their own.”

The newly leaked documents echoed the contents of leaked files revealing that in June 2023, the US Embassy in Jakarta privately expressed concern about Prabowo’s almost inevitably impending victory, and planned to overturn the 20% threshold in response.

If the threshold were removed, “there will be more candidates in the election,” US embassy officials noted. In such a scenario, they concluded “the US will have more options” within the field of local candidates.

After the 20% rule was changed, Kurawal said it was well-placed to “set up alternative political groupings among civil society actors,” placing special emphasis on “women, youth, environmental rights defenders.” If successful, Kurawal would oversee “their possible transformation [into] new political parties.” The group wrote that it sought to use “infiltration or pressure” to “transform and radicalize” existing parties and “mobilize the masses against the established party system.”

The document concludes by fretting that the Global South is moving “from the periphery of the international political and economic arena towards the centre,” with countries such as Brazil, India and Indonesia cultivating “enough economic and political clout to emerge as regional or global powers,” and “active agents” in the international order. In turn, this has precipitated a global shift towards “multipolarity at a faster speed.” Kurawal lamented that many of these emerging powers do not subscribe to neoliberal Western governance models.

However, the organization expressed optimism about the prospects for insurrectionary change in troublesome countries, noting how Asia “witnessed some extraordinary demonstrations of ‘people power’ in 2024,” courtesy of “civil society leaders and pro-democracy activists.” Cited examples included the removal of South Korean President Yoon Suk Yeol, and the August student-led military coup in Bangladesh.

The Grayzone has exposed how the latter was the handiwork of individuals and organizations sponsored by the National Endowment for Democracy, a known CIA cutout.

Exploiting ‘Gen-Z’ to block Prabowo’s re-election

Other leaks show how in August 2025, Ekspedisi Indonesia Baru was awarded tens of thousands of dollars by Kurawal for a project titled “Expedition to Discover New Voices”. The purpose is to transform “younger generations” of Indonesians “to become agents of change.” This is to be achieved by “[mainstreaming] alternative ideas about a ‘New Indonesia’ by distributing public knowledge through documentary films, books, and community discussions that are widely accessible to the public, especially young people.”

 

Among the initiative’s explicitly stated “desired outcomes” is “stronger engagement from younger generations (Gen Z and Gen Alpha) in public discourse, along with greater courage to dream, speak up, and take action for Indonesia’s future.” This will hopefully precipitate “rising interest in alternative political actors” among the public, prior to Jakarta’s 2029 general election, “with an aim to elect political leaders dedicated to democracy and social equity,” so as to “prevent the continuation” of Prabowo’s rule.

“Key activities” to be conducted include “producing a documentary series” for YouTube channel Indonesia Baru “and other digital platforms,” a “public presentation roadshow” throughout the country to “spread ideas”, and “developing factual short-form content (TikTok, Reels, YouTube Shorts) on violent suppression by military and police forces, government corruption, forced land acquisition, and youth resistance to undemocratic policies.” For the latter initiative, Ekspedisi Indonesia Baru seeks to enlist “young creatives who can bring fresh perspectives and formats aligned with their peers’ digital behavior and preferences.”

Another key programming strand was publication of a book, Restart Indonesia, released in October 2025 under the revised title Reset Indonesia. A local media report on the forthcoming work quoted its lead author: “Reset is a more fitting description of the book’s content, which indeed proposes a reprogramming of Indonesia, not just a restart.” While only 2,000 copies have been printed to date, another contributor hoped many more would read the book.

“If a horror film in theaters can attract four million viewers, here’s a book that’s just as horrific,” they explained.

In July 2025, Sophia Nusantara Association was also furnished with tens of thousands of dollars in Soros financing through Kurawal, for a project titled “Guardian of Ecological Democracy” in Papua. Leaked documents described this student group as part of “the vanguard of resistance” against Indonesia’s government. Leaked documents related to the project boast how OSF’s local campus-based proxies have access to media, national networks, and modern documentation tools that can mobilize broad support.”

Kurawal foresaw its student footsoldiers “using art, research, and technology as tools of creative resistance,” managing “online campaigns and offline campaigns,” and convening “cultural festivals as a symbol of resistance.” In particular, Indonesian environmental protection issues were to be exploited as an “intellectual weapon,” to stoke public anger and “policy pressures” within Indonesia’s Presidential palace. Predicting such activity would create a potentially dangerous environment for students, Kurawal pledged to provide them with “security training” and to establish “safe houses on campus.”

‘Fighting authoritarianism with legal weapons’

In late August 2025, large-scale student-led demonstrators erupted across Indonesia. After days of extraordinary clashes, the government pledged concessions in response to protesters’ demands. The upheaval was one of Jakarta’s largest since the ousting of the CIA-installed dictator Suharto in 1998. Unrest quickly turned violent, with rioters attacking police, torching multiple government building, and looting the homes of elected parliamentarians. Local security forces initiated a heavy crackdown on the violent riots which claimed lives, leading to condemnations from groups including the OSF-funded Human Rights Watch.

At the forefront of the campaign to prosecute officials – whether nationally or internationally – was the Indonesian Legal Aid Foundation (YLBHI). Perhaps unsurprisingly, the organization has received enormous sums from OSF, via Kurawal Foundation. The leaks show YLBHI received a substantial grant from Kurawal just one month prior to the protests, to provide “critical legal education” to civil society groups, student organizations and indigenous communities to document purported abuses by authorities, and launch litigation “at the national level and through international human rights law mechanisms.”

Moreover, YLBHI’s OSF-bankrolled lawfare operations are explicitly intended to undermine the National Strategic Project instituted under President Joko in 2016. The project’s aim is to finance local infrastructure in order to generate economic growth and regional development. The effort has ignited controversy, however, due to concerns over land rights, potential environmental damage, and displacement of indigenous communities. With OSF financing, YLBHI aims to “raise critical awareness” of issues related to the National Strategic Project’s implementation.

Another target of the grant is “fighting authoritarianism with the use of legal weapons.” YLBHI is to “collaborate with local [and international] legal teams and legal experts to establish a legal aid team that can provide a rapid response, aiming to provide necessary legal assistance to social activists experiencing pressure” from authorities. These efforts will be “continuously” promoted, in order “to gain support and response from the Global South, thereby protecting the legitimate rights and interests of indigenous peoples and activists.”

With millions pumped into Kurawal over the years, it is evident Soros’ foundation is determined to stymie Prabowo in the next election. While he may not remain in office to face his opponents at the ballot box, one thing is clear: his replacement will be owe a debt of gratitude to some powerful forces overseas.

Original article:  thegrayzone.com

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The ICC: he who pays the piper calls the tune

The ICC: 84% funded by imperialist powers, 0% justice for their crimes. From the CIA to French rapists, the Court shields the West while targeting Russia, Libya, and Africa. He who pays the piper calls the tune.

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In order to persecute rulers deemed inconvenient to imperialism, the ICC overrode its own basic principle: limiting its jurisdiction to countries that ratified the Rome Statute. Yet while Gaddafi’s Libya and Putin’s Russia became targets of the ICC, the United States has remained immune. And it has demonstrated that, even while not being a member of the Court, it is the one truly in command.

When Bensouda sought to investigate war crimes in Afghanistan — not restricting her inquiry to the actions of the Taliban and the Islamic State, but also including what she viewed as the greatest perpetrators of that war (the U.S. military and the CIA) — she came under intense pressure from Washington, pressure that ultimately resulted in government sanctions. Her and her relatives’ bank accounts were frozen, and her husband was subjected to surveillance.

Eventually, Bensouda was replaced by a new prosecutor compliant with the United States. Karim Khan altered the focus of investigations into Afghanistan, declaring that priority would be given to the Taliban and ISIS while the United States would no longer be prioritized, citing a lack of resources for a broader undertaking.

During one of France’s many military interventions in Africa this century (between 2013 and 2016), soldiers raped and sexually abused children in displaced persons camps in the Central African Republic. The UN, although it devoted limited attention to the case, was accused of a “serious institutional failure” by an independent commission for having allowed the atrocities to continue. The ICC — which could have intervened, since France is a State Party and French magistrates failed to convict any soldier due to an alleged lack of evidence — preferred to remain silent on the matter.

During the same period, amid its intervention in the Sahel, French soldiers — including mercenaries from the Foreign Legion — were accused of murdering civilians and training and arming security forces responsible for massacres, summary executions, and rapes. French leaders likewise had little to fear.

On the other hand, the ICC even pretended to examine war crimes committed by the United Kingdom in Iraq, including the torture of prisoners. But it justified closing the case by claiming that British authorities were already conducting domestic investigations — even though the Office of the Prosecutor itself acknowledged there was a “reasonable basis” to believe British troops had committed war crimes.

The United Kingdom punished no officers, even though a later public inquiry concluded that there had been widespread violence and an institutional silence — in other words, responsibility reaching high military ranks. Since the United Kingdom had not truly been capable of concluding the matter, the ICC could have intervened, given that London is party to the Rome Statute. But the ICC once again washed its hands of the issue.

Now, as Bensouda revealed, Israel is also protected — and not only through U.S. sanctions, but also through the actions of an ICC bureaucracy working hand in glove with the Mossad, allowing direct and illegal Israeli interference without taking any action against it.

A Structure Dominated by Imperialist Nations

According to data made available in the ICC’s latest financial report, referring to 2024 and published in July 2025, it is possible to calculate that around 84% of the Court’s total funding comes from imperialist and associated countries (NATO members, Switzerland, Austria, Japan, South Korea, Australia, and New Zealand). Yet together they account for only 28% of the Court’s States Parties. Meanwhile, the remaining countries (72%) contribute just 16% of the Court’s budget.

There is a clear structural imbalance in the ICC’s financing. Naturally, this is directly related to the Court’s partial conduct. As the saying goes, he who pays the piper calls the tune.

The ICC itself considers that 60% of African countries that belong to it are “non-represented” or “under-represented” in its internal structure. In other words, only 40% have some form of representation. For Latin American and Caribbean countries, this percentage is even lower: only 14% of the Court’s members are adequately represented. For Asia-Pacific countries, the figure is 28%. By contrast, half of the imperialist and associated countries are properly represented, a far higher percentage than in the other regions.

According to a report by the Assembly of States Parties, 56% of ICC staff in 2024 came from the group composed of Western European and related countries. Only 16% were African, 11% came from Eastern Europe, 8% from Asia-Pacific, and 8% from Latin America and the Caribbean.

Among the Court’s current 18 judges, eight belong to imperialist and associated countries, and five maintain academic and/or professional ties with hegemonic institutions in those countries. The others are senior state bureaucrats, generally from countries whose state apparatus is intrinsically dependent on imperialism.

Thus, it is clear that the ICC’s victims will always be leaders who are inconvenient to imperialist powers. While even Putin has had an arrest warrant issued against him by the Court and African governments remain its preferred target, no NATO country has ever been seriously troubled by ICC proceedings.

The bombings using prohibited weapons in Yugoslavia in 1999, the torture at Abu Ghraib and Guantánamo, the massacres in Iraq and Afghanistan, the rapes in Africa, or, more recently, the massacre at the school in Minab and the weekly killings of fishermen in the Caribbean and the Eastern Pacific, do not concern ICC judges.

For this very reason, the majority of sovereign countries that refuse to kneel before imperialism have never joined the ICC. Cuba accused the Court of pursuing a “selective policy against developing countries.” North Korea described its maneuvers as “a product of hostile forces.”

But together with Burundi’s declaration, perhaps the best definition of what the ICC is came from the Deputy Secretary of the Russian Security Council, Alexander Venediktov: “A compliant puppet in the hands of the collective West.”

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A new strategic reality in the Middle East

Considerations on Iran’s new posture and the transformation of the strategic balance in the Middle East.

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The recent developments in the Middle East indicate that the dynamics of the regional conflict are entering a new phase. Although the ceasefire reached in recent months has reduced the intensity of direct confrontations, recent events demonstrate that the structural factors fueling the war remain in place. The exchange of attacks between Iran and Israel reveals not only the fragility of existing agreements but also an important shift in Tehran’s strategic posture.

For years, Iranian military policy was characterized primarily by responses to actions it considered hostile. Since 2024, every case of direct confrontation between Iran and Israel occurred with an Iranian response to a previous Israeli attack. However, the events of the past weekend suggest a significant change in this behavior. By launching an offensive against Israeli targets following military operations conducted in Lebanon, Iran demonstrated a willingness to act before additional threats materialize, presenting its actions as part of the right to collective self-defense, expressed through the protection of regional partners.

The Iranian justification is based on the interpretation that Israeli attacks on Lebanese territory constitute violations of previously established understandings. According to this view, the continuation of military operations in urban areas and the expansion of actions against different regions of Lebanon create a scenario that legitimizes a proportional response. In addition, Tehran also links its reaction to incidents involving what it describes as American piracy on strategic maritime routes.

The most significant aspect of this escalation lies not merely in the launching of missiles or drones, but in the political message it conveys. Iran appears to be signaling that it no longer intends to limit its actions to the direct defense of its own territory. Instead, it is showing a willingness to respond to military operations targeting actors considered part of its regional alliance network. This represents a shift with the potential to profoundly alter the strategic calculations of all parties involved.

At the same time, the international response highlights the difficulties faced by powers attempting to manage the crisis. Fears of an uncontrolled expansion of the conflict come at a particularly sensitive moment for the global economy. Military tensions in one of the world’s most important regions for energy production and transportation tend to generate immediate impacts on financial markets, logistics chains, and investor expectations.

Israel’s response to the Iranian attacks, followed by further military actions by Tehran and the involvement of regional allies, demonstrates that the cycle of retaliation remains active. The involvement of Yemen, which has moved to restrict access to the Red Sea for vessels linked to Israel, adds an additional factor of insecurity for the Zionist regime, creating a supporting front for Iran.

In light of this scenario, it becomes evident that the current ceasefire has significant limitations. Although it has temporarily reduced the level of violence, it has not resolved the principal elements sustaining regional rivalry. Issues related to the American military presence and Israeli territorial expansionism remain unresolved, prolonging the atmosphere of tension.

However, perhaps the main consequence of recent events is the emergence of a new strategic precedent. By demonstrating a willingness to respond to actions carried out against third parties, Iran is establishing a broader deterrence logic than previously observed. This means that future military operations conducted by Israel or the United States against Tehran’s partners could trigger direct responses, even when Iranian territory itself is not the immediate target.

Just as Iran is now responding to Israeli attacks against Lebanon, in the future such retaliatory measures could be launched to punish Tel Aviv for its actions in Gaza, Iraq, Yemen, and other countries in the region. In practical terms, this means that the regional balance of power has changed substantially: Iran is now making it clear to Israel that its actions will not go unanswered.

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A kick in the Baltics… Will Russia hit back like Iran?

A kick in the Baltics might be what it takes to concentrate Russophobic minds. Before it’s too late.

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Russia’s flagship international business summit in St Petersburg was targeted with Ukrainian drones that used Estonian territorial waters to evade Russian air defenses. Other Baltic states are also implicated in carrying out the large-scale attack last week.

According to the well-informed Borzikkman channel, scores of kamikaze drones were launched from ships in the Baltic Sea. They flew at low altitude over Estonian territorial waters before striking St Petersburg. The flight path was designed to take Russian defenses by surprise.

Most of the drones were shot down by Russian defenses, but a few managed to hit their targets. The biggest hit was on the St Petersburg oil terminal. That had the desired propaganda effect of creating a pall of black smoke visible to delegates on the opening day, June 3, of the St Petersburg International Economic Forum (SPIEF).

Western media outlets like the BBC were delighted to report on the embarrassing vista in the skies over Russia’s second city and a forum that President Putin would address.

The BBC’s Steve Rosenberg was positively gleeful, writing: “The abiding image of SPIEF 2026 will be the huge plume of thick black smoke which dominated the St Petersburg skyline on Wednesday… All the delegates saw the smoke as they arrived at the expo centre on the edge of the city.”

Drones from ships in the Baltic Sea with flights through Estonian territorial waters means that NATO states were involved in the execution of the air strikes. On the same day, NATO chief Mark Rutte was in Kiev on an unannounced visit to meet the Ukrainian leader, Vladimir Zelensky.

The level of NATO participation in waging war on Russia with its Ukrainian proxy has become absurdly obvious. In recent weeks, hundreds of Ukrainian drones have crashed in Finland, Estonia, Lithuania, Latvia, Poland, and Romania. The Kiev regime has repeatedly apologized to European capitals for the infringements that have resulted in injuries to civilians. Still, the European Union and NATO take no action to sanction or reprimand Kiev. They indulge in the claims that the drones are being redirected by Russian electronic jamming. Swedish Prime Minister Ulf Kristersson has even urged that NATO states should help Ukraine in targeting Russia to avoid “misakes”.

The duplicity is contemptible. Russian military intelligence has pinpointed drone manufacturing sites in the Baltic states and other NATO nations that are participating in Ukrainian attacks.

Dmitry Medvedev, deputy chairman of Russia’s National Security Council, commented: “The Russian Defence Ministry’s statement should be understood extremely literally: the publication of production sites for drones and other military equipment in Europe is a register of potential legitimate targets for the Russian armed forces.”

Evidently, the NATO states are providing targeting data and permitting the use of their territory to maximize the attacks on Russia. Hundreds of Russian civilians have been killed in these NATO-assisted drone operations, the most dreadful being the murder of 21 students at a college dormitory in Starobelsk, Lugansk, on May 22. Last week, on the same day as the drone attack on St Petersburg, eight civilians were killed, and 10 were injured when their bus was blown up in an air strike while traveling through the Donetsk region towards Crimea.

Anger across Russia is growing, analyst Stas Krapivnik told Danny Haiphong’s channel. Russia has retaliated with heavy strikes on military sites and decision-making centers across Ukraine. But, as Krapivnik points out, Moscow is under pressure to take action against NATO culprits from where the Ukrainian offensives are stemming. He says that Russia should do like Iran is doing, hitting back hard where it hurts.

Since the U.S. and Israel launched their aggression against Iran 100 days ago, on February 28, the Iranians have destroyed dozens of American installations across the Persian Gulf and Israeli bases with their formidable arsenal of hypersonic and ballistic missiles, as well as drones.

When Israel violated a shaky truce by bombing Beirut’s southern district of Dahiyeh at the weekend, Iran struck back immediately, as it had warned it would do, to hit airbases in Israel and a U.S. base in Saudi Arabia.

Iran’s defiance has put manners on Washington. Israel is a slow learner, but it will come round to realizing that Iran is not going to take any aggression lying down. It’s hitting back hard and fast in the places that hurt. The days of U.S. and Israeli aggression with impunity are over.

The other thing is that Tehran has called Trump’s bluff about his “madman threats” to escalate the war and obliterate Iran. The Iranians have demonstrated to Washington and the Israelis that the aggressors have much more to lose if they persist in their belligerence.

Russia might want to take note, as Krapivnik, Borzikkman, Sergey Karaganov, and other analysts have advised. The EU and NATO are acting with impunity and a delusional sense that they can escalate attacks on Russia, killing civilians and damaging Russia’s economy, all because of some cynical charade that Ukraine is alone in carrying out the attacks.

Of course, the risk is that if Russian hypersonics were to take out a NATO drone-launching ship in the Baltic Sea, then that would trigger the U.S.-led military alliance’s joint defense commitments. In that case, we are potentially in a situation of World War Three.

But hold on a moment. Are we not already in that situation, given that, despite the charade, NATO states are directly involved in attacking Russia, its capital, Moscow, and St Petersburg, and killing hundreds of civilians?

The NATO and EU leaders are so imbued with Russophobia and arrogance that they are beyond rational thinking. The only language they understand is direct threat and force. Unless they pay a price, the deranged Russophobic leaders will keep escalating as they are doing.

Iran has shown a viable self-defense policy. The enemy is hit hard for daring to aggress against the Iranian people.

A kick in the Baltics might be what it takes to concentrate Russophobic minds. Before it’s too late.

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La PapIA, sommo pontefice digitale

La nuova enciclica di Papa Leone XIV, approvata da un responsabile dell’intelligenza artificiale, sostiene di voler regolamentare l’algoritmo. Ma il Vaticano sta consacrando il potere della tecnologia o lo sta mettendo in discussione?

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L’enciclica e il suo momento

Il 25 maggio 2026, nella solennità dell’Aula del Sinodo in Vaticano, si è consumato un evento che la storia ricorderà come uno spartiacque: Papa Leone XIV ha presentato personalmente la prima enciclica del suo pontificato, Magnifica Humanitas. Sulla salvaguardia della persona umana nell’era dell’intelligenza artificiale. Nessun pontefice aveva mai presenziato in prima persona alla presentazione pubblica di un proprio documento dottrinale. Il gesto, nella sua straordinaria rottura con il protocollo secolare, non era casuale. Era una dichiarazione, una di quelle che segna un passaggio epocale, e non dal punto di vista prettamente ecclesiologico, bensì per il valore che ha il contenuto di quanto è stato presentato.

A rendere l’evento ancora più denso di significato, al fianco del pontefice non era seduto un cardinale della Curia, un teologo della Pontificia Accademia delle Scienze o un filosofo della scuola fenomenologica romana, bensì Christopher Olah, cofondatore di Anthropic, l’azienda californiana che sviluppa il modello Claude. Per la prima volta nella storia contemporanea, l’intelligenza artificiale è diventata il tema centrale e fondativo del primo grande documento dottrinale di un nuovo pontefice. L’algoritmo ha ottenuto l’onore che in precedenza era stato riservato alla famiglia, alla pace, alla giustizia sociale.

La data apposta alla firma dell’enciclica — il 15 maggio — non era meno eloquente. Centotrentacinque anni prima, nello stesso giorno del 1891, Leone XIII aveva promulgato la Rerum Novarum, il documento fondativo della dottrina sociale cattolica moderna, quello che per la prima volta impegnò la Chiesa a prendere posizione di fronte alle devastazioni della rivoluzione industriale, al lavoro minorile, allo sfruttamento delle masse operaie, alla questione della proprietà privata e del salario giusto. L’attuale pontefice, che ha scelto il medesimo nome del predecessore di fine Ottocento con una deliberatezza che esclude qualsiasi ambiguità simbolica, vuole stabilire un’equivalenza esplicita e imperativa: l’intelligenza artificiale è per il nostro tempo ciò che la macchina a vapore e la fabbrica furono per il tempo di Marx e dei primi sindacati. È la questione sociale del secolo.

Il giorno successivo alla firma, il 16 maggio, Leone XIV ha approvato la creazione di una commissione vaticana permanente sull’intelligenza artificiale: per la prima volta nella sua storia bimillenaria, la Santa Sede istituzionalizza il rapporto con l’IA sotto un unico organismo di governo. Il messaggio al mondo era limpido e privo di qualsiasi ambiguità diplomatica: la Chiesa di Roma si candida a essere la coscienza globale dell’algoritmo. Ma la scelta dell’interlocutore tecnologico chiamato a condividere il palco con il pontefice non era un omaggio cerimoniale. Era uno schieramento.

Un nuovo asse tra Vaticano e Silicon Valley?

Per comprendere cosa Dario Amodei andasse a fare a Roma nei giorni successivi alla presentazione dell’enciclica — e perché il Vaticano avesse scelto precisamente Anthropic tra tutte le grandi case dell’intelligenza artificiale mondiale — occorre ricostruire il contesto geopolitico che ha precipitato questo incontro con la velocità di una crisi diplomatica.

Il 27 febbraio 2026, l’amministrazione Trump aveva firmato un ordine esecutivo imponendo a tutte le agenzie federali statunitensi la cessazione immediata di qualsiasi attività commerciale con Anthropic. Nelle ore successive, il segretario alla Difesa Pete Hegseth aveva definito la società “un rischio per la catena di approvvigionamento della sicurezza nazionale”: una qualifica mai applicata prima, nella storia americana recente, a un’impresa privata nazionale. OpenAI, l’azienda di Sam Altman, aveva colmato il vuoto con rapidità chirurgica, firmando un contratto con il Pentagono nelle stesse ore in cui Anthropic veniva messa all’indice. La frattura si era poi spostata in tribunale, con sentenze di segno opposto nei diversi gradi di giudizio e una causa ancora aperta.

Il Vaticano dunque non ha scelto OpenAI, che pure è il marchio commercialmente più potente nel settore. Non ha scelto Palantir, nonostante Peter Thiel avesse visitato Roma nel marzo precedente per una serie di seminari a porte chiuse sul rapporto tra tecnica e democrazia, accolti in ambienti curiali con quella che gli osservatori presenti hanno descritto come freddezza glaciale. Ha scelto invece l’unica azienda tra le grandi case dell’IA che aveva pagato con l’esclusione dal Pentagono il rifiuto di rimuovere i vincoli etici incorporati nei propri modelli. La Santa Sede ha scelto, in altre parole, l’interlocutore che la Casa Bianca trumpiana aveva appena respinto. E lo ha fatto nel giorno dell’anniversario della Rerum Novarum, conferendo all’operazione la solennità del precedente storico più alto della dottrina sociale cattolica.

All’evento in Aula del Sinodo, Olah aveva espresso pubblicamente ciò che raramente si sente pronunciare da chi sviluppa sistemi di intelligenza artificiale: le domande poste dall’IA, aveva detto, “sono più grandi della comunità di ricerca” e non possono essere lasciate soltanto nelle mani di scienziati o imprese. Aveva elencato tre urgenze di portata storica: il rischio di perdite di posti di lavoro su scala massiva, la distribuzione profondamente ineguale dei benefici economici tra paesi ricchi e paesi poveri, e la crescente opacità dei sistemi algoritmici — modelli sempre più complessi che nessuno, nemmeno i loro creatori, è in grado di leggere compiutamente dall’interno. Aveva aggiunto che esiste un problema ancora più grave: l’assenza di qualsiasi meccanismo capace di distribuire in modo equo i benefici economici dell’IA. “È un problema irrisolto”, aveva riconosciuto, “ed è precisamente il tipo di problema che storicamente la Chiesa si è rifiutata di permettere che il mondo ignorasse”. Un’autocritica pubblica e radicale, pronunciata da una società che vale trecento ottanta miliardi di dollari.

Anthropic: l’azienda “etica” e le sue contraddizioni

Fondata nel 2021 da Dario Amodei e dalla sorella Daniela, insieme a un gruppo di ricercatori fuoriusciti da OpenAI, Anthropic si è costruita in pochi anni una narrativa pubblica fondata su tre pilastri: sicurezza, allineamento etico e trasparenza algoritmica. Il cofondatore Olah incarna meglio di chiunque altro questa immagine: un ricercatore che studia cosa accade all’interno delle reti neurali, che si preoccupa che i sistemi di IA siano comprensibili e governabili, che sostiene la necessità di un controllo esterno, da parte di governi, istituzioni religiose, società civile, su tecnologie che nessuna singola azienda può gestire responsabilmente da sola.

È questa immagine che ha reso Anthropic appetibile agli occhi del Vaticano. Ed è questa immagine che, osservata da vicino, rivela le sue lacerazioni interne. Perché la stessa settimana in cui Olah saliva al Soglio di Pietro per ricevere quella che alcuni commentatori non hanno esitato a definire «l’unzione vaticana dell’intelligenza artificiale umanistica», giungevano le ricostruzioni di quanto era accaduto nei mesi precedenti nell’altra stanza del potere — quella del Pentagono.

Secondo le analisi pubblicate da La Fionda e ricostruite attraverso fonti aperte, la prima frizione tra Anthropic e l’apparato militare americano era emersa a gennaio 2026, durante l’operazione di cattura del presidente venezuelano Nicolás Maduro a Caracas, condotta dalla CIA con il supporto del sistema Maven — il programma di intelligenza artificiale applicata alle operazioni militari — e quindi, secondo quanto riportato, con il concorso del modello Claude. Anthropic aveva protestato formalmente, sostenendo che l’operazione eccedeva i limiti d’uso contrattualmente concordati. Da quel momento il rapporto si era incrinato. Il Pentagono pretendeva l’eliminazione delle clausole restrittive. Anthropic resisteva. La crisi era precipitata nel febbraio successivo con l’ordine esecutivo di Trump.

Ma la medesima fonte segnala che nelle prime ventiquattr’ore dei bombardamenti congiunti americano-israeliani sull’Iran — nelle stesse ore in cui il Pentagono cancellava ufficialmente Anthropic dalla propria catena di approvvigionamento — il modello Claude aveva contribuito a selezionare un migliaio di obiettivi. Le due notizie convivono nella stessa settimana e si illuminano a vicenda con una luce che disorienta. Non si tratta di una contraddizione irrisolvibile soltanto sul piano logico: è una contraddizione che rivela la struttura profonda dell’intero sistema in cui Anthropic opera, vuole e non vuole operare.

La tensione tra il peso commerciale di Anthropic e le parole pronunciate in Vaticano era difficile da ignorare e Olah non ha provato a nasconderla.

Ciò che emerge non è necessariamente la prova di una malafede strategica, ma qualcosa di più inquietante: la dimostrazione che le categorie di “azienda etica” e “azienda militare” non sono affatto impermeabili l’una all’altra nell’ecosistema tecnologico americano contemporaneo. Esse coesistono, si contengono, si contraddicono. E proprio questa coesistenza è il dato strutturale che nessun documento dottrinale, per quanto solenne, è in grado di dissolvere con un’unzione simbolica.

Le tre stanze del potere

Come ha osservato la brillante giornalista italiana Margherita Furlan nei suoi recenti articoli, ci sono “tre stanze”. La prima è la sala riunioni di Anthropic a San Francisco, dove si producono i modelli algoritmici. La seconda è la sala operativa del sistema Maven al Pentagono, dove tali modelli vengono integrati nelle catene decisionali militari. La terza è il salone delle udienze di Leone XIV in Vaticano, dove le istituzioni simboliche più antiche e autorevoli del mondo occidentale conferiscono legittimità morale all’intero sistema.

La metafora è efficace non perché postuli una cospirazione — essa non lo fa — ma perché descrive una struttura funzionale. Non occorre che le tre stanze comunichino direttamente, che i loro occupanti si accordino in anticipo, che esistano riunioni segrete o patti sottoscritti nell’ombra. Il potere strutturale, come aveva intuito Susan Strange nella sua analisi del declino dello Stato nelle economie avanzate, non opera attraverso intese esplicite ma attraverso convergenze di interesse che si consolidano nel tempo fino a diventare la grammatica invisibile dell’ordine mondiale.

In questa grammatica, il ruolo delle istituzioni simboliche — quelle che detengono il monopolio della legittimazione morale — è sempre stato essenziale. La Chiesa cattolica ha svolto questa funzione per secoli nei confronti del potere temporale dei re, degli imperatori, delle grandi famiglie mercantili. Il Concordato di Westfalia, il ruolo della Curia nella diplomazia europea preindustriale, la posizione della Santa Sede nei conflitti del Novecento: tutto attesta che la funzione vaticana di «camera di compensazione morale» ha attraversato indenne rivoluzioni politiche, guerre mondiali, tracolli ideologici.

Oggi quella funzione si riadatta al capitalismo delle piattaforme. La domanda che merita di essere formulata senza eufemismi è se il Vaticano, nell’intraprendere questa operazione, stia esercitando un potere critico e correttivo — come il predecessore omonimo Leone XIII lo esercitò verso il padronato industriale con la Rerum Novarum — oppure se stia svolgendo una funzione di legittimazione che consolida, piuttosto che contestare, il sistema che dichiara di voler governare.

La rivoluzione teologica dell’algoritmo

Il contenuto dell’enciclica Magnifica Humanitas merita una lettura che vada al di là del giudizio di merito sulle sue singole posizioni — condivisibili o discutibili che siano — per cogliere la trasformazione che il documento introduce nell’architettura concettuale della dottrina cattolica.

Il titolo stesso è rivelatore. “Magnifica Humanitas” — la magnifica umanità — è una formula che richiama la tradizione dell’umanesimo cristiano, la centralità della persona creata a immagine e somiglianza di Dio, la dignità inalienabile dell’essere umano come fondamento di ogni etica sociale, ma applicata all’intelligenza artificiale, quella formula svolge una funzione diversa: non difende la persona umana contro la macchina, bensì cerca di integrare la macchina nell’orizzonte della persona. Non è una critica alla tecnica; è un tentativo di addomesticarla teologicamente.

Categorie fondamentali della tradizione cristiana vengono infatti reinterpretate nel documento in chiave tecnologica. Il discernimento — che nella tradizione ignaziana è il processo spirituale di distinzione tra mozioni buone e cattive nell’anima del credente — diventa una categoria applicabile ai sistemi algoritmici: discernere, nel nuovo lessico, significa anche valutare l’impatto delle tecnologie sulla vita umana. La coscienza — che nella teologia morale cattolica è il santuario interiore in cui la persona risponde direttamente a Dio — viene estesa a includere la responsabilità delle organizzazioni che sviluppano IA. La verità — che nella tradizione scolastica è l’adaequatio rei et intellectus, l’adeguazione dell’intelletto alla cosa — deve fare i conti con sistemi che producono output probabilistici e che possono generare ciò che i tecnici chiamano allucinazioni.

Quello che si profila non è soltanto un aggiornamento lessicale o un’operazione di marketing dottrinale. È qualcosa di più profondo e meno reversibile: la progressiva trasmigrazione del linguaggio teologico nell’orbita del linguaggio tecno-gestionale. Una volta che la Chiesa ha accettato di parlare di «algoritmi etici», di «allineamento dei modelli», di «governance dell’IA» come categoria spirituale, la direzione del prestito concettuale tende inevitabilmente a rovesciarsi. Non è più soltanto la Chiesa a prestare alla tecnica il suo vocabolario morale: è la tecnica che comincia a prestare alla Chiesa il suo vocabolario funzionale. E quando il linguaggio della salvezza cede il passo al linguaggio dell’ottimizzazione, della previsione e della gestione algoritmica della realtà, qualcosa di essenziale si è già trasformato.

Vi è poi una questione che nessuno dei commenti entusiastici sull’enciclica ha finora affrontato con la necessaria franchezza: quella dell’autorità epistemica. Chi detiene, nell’era dell’algoritmo, il potere di stabilire cosa è vero? La tradizione cattolica ha risposto a questa domanda in modo preciso per secoli: il Magistero della Chiesa, attraverso la sua interpretazione della Rivelazione, è il punto di riferimento normativo per la coscienza del credente. Ma i grandi modelli di linguaggio — addestrati su miliardi di testi, capaci di produrre risposte plausibili su qualsiasi argomento, accessibili a qualunque persona dotata di uno smartphone — stanno diventando, nella pratica quotidiana di centinaia di milioni di persone, una nuova forma di autorità epistemica. Non dichiarata, non consacrata, non responsabile verso alcuna istituzione. Ma di fatto operante.

Dalla Rerum Novarum alla Magnifica Humanitas

Il parallelo tra Leone XIII e Leone XIV, tra la Rerum Novarum del 1891 e la Magnifica Humanitas del 2026, non è soltanto una trovata retorica. È una chiave interpretativa che illumina tanto le somiglianze quanto, soprattutto, le differenze strutturali tra i due momenti storici.

Leone XIII scrisse la Rerum Novarum in un contesto nel quale la Chiesa era chiaramente estranea al potere economico dominante. L’industria del tardo Ottocento era governata da capitalisti che non avevano bisogno della benedizione papale per affermare la propria legittimità: la avevano costruita attraverso il mercato, la forza, e un’ideologia liberale che la religione aveva largamente emarginato come retroguardia del pensiero. In quel contesto, la presa di posizione della Chiesa a favore del salario giusto e dei diritti dei lavoratori era un atto che andava contro gli interessi del potere dominante. Costava qualcosa. Aveva un’autonomia reale.

Il contesto attuale è profondamente diverso. Anthropic non è un padrone settecentesco che sfrutta bambini nelle miniere. È un’azienda che vale trecento ottanta miliardi di dollari, che ha nel proprio capitale Amazon, Google, Sequoia Capital, BlackRock e la Qatar Investment Authority, che si presenta già con un’elaborata narrativa etica e che viene a Roma non come interlocutore scomodo, ma come alleato desiderato. Il Vaticano non si pone in opposizione a questo potere: cerca di negoziare con esso una posizione di influenza all’interno di un sistema che non mette in discussione.

La domanda che la dottrina sociale della Chiesa dovrebbe porsi — e che l’enciclica sfiora senza rispondere — è strutturale: è possibile governare eticamente un sistema la cui architettura economica di fondo produce disuguaglianze radicali, concentrazione monopolistica del potere conoscitivo, e tendenza intrinseca all’utilizzo militare, semplicemente negoziando con i suoi protagonisti più moderati? O è necessario interrogare il sistema stesso, le sue condizioni di produzione, la sua governance, la sua appropriazione privata dei benefici collettivi?

Antonio Gramsci, nei Quaderni del carcere, scriveva che ogni egemonia si costruisce prima sul piano della cultura e solo dopo si traduce in dominio sul piano politico. L’enciclica Magnifica Humanitas è esattamente questo: un atto di egemonia culturale, un tentativo di scrivere la cornice morale dentro cui la prossima ondata tecnologica dovrà muoversi. Ma un atto di egemonia culturale può essere anche, paradossalmente, uno strumento di incorporazione: esso legittima i propri interlocutori mentre pretende di governarli.

Il rischio della religione tecnocratica

C’è un’ultima questione che questa vicenda pone con forza e che nessuna celebrazione istituzionale può neutralizzare: quella della progressiva convergenza tra potere spirituale e potere tecnologico, e del rischio che tale convergenza produca non un controllo della tecnica da parte dell’etica, ma una sacralizzazione della tecnica attraverso l’etica.

Le narrazioni transumaniste e postumaniste — quelle che promettono il superamento dei limiti biologici dell’uomo, l’immortalità digitale, la fusione tra intelligenza umana e artificiale — entrano in tensione profonda con la tradizione cristiana su ogni piano: antropologico, escatologico, sacramentale. Un essere umano che può essere indefinitamente migliorato, potenziato, preservato attraverso la tecnologia non ha più bisogno di redenzione, di grazia, di resurrezione. La morte stessa — cardine della soteriologia cristiana — diventa un problema tecnico in attesa di soluzione ingegneristica.

Eppure le élite digitali che promuovono queste visioni — con il loro peculiare misto di millenarismo secolare, utopismo tecnologico e ansia da rischio esistenziale — stanno progressivamente occupando lo spazio simbolico che un tempo apparteneva alle grandi narrazioni religiose. Esse parlano di minacce esistenziali all’umanità, di salvezza attraverso l’allineamento dell’IA, di un futuro in cui la tecnica deciderà la sopravvivenza o l’estinzione della specie. Hanno adottato, in altre parole, la struttura formale del pensiero escatologico senza la sua sostanza teologica: la fine del mondo senza il Dio che la governa, la salvezza senza la grazia, il peccato originale senza il perdono.

In questo scenario, il rischio che il Vaticano corre non è tanto quello di essere ingannato da Anthropic, quanto quello di prestarsi, inconsapevolmente o deliberatamente, a un processo di sacralizzazione del tecno-capitalismo che si avvale del linguaggio morale della Chiesa per conferire una patina di profondità a ciò che è in realtà puro esercizio di potere economico e strategico. Non si tratta di supporre malafede: si tratta di riconoscere la forza delle strutture, che agiscono indipendentemente dalle intenzioni dei singoli attori.

Il filosofo della tecnica Jacques Ellul aveva avvertito decenni or sono che il rischio supremo della civiltà tecnologica non è la macchina che si ribella all’uomo, ma la macchina che l’uomo finisce per adorare — trasformando l’efficienza in valore ultimo, l’ottimizzazione in virtù, la previsione in profezia. Quando le istituzioni che storicamente hanno custodito il senso del limite, della finitezza e della trascendenza si mettono al servizio di questa nuova liturgia, non è detto che ne diventino gli officianti consapevoli, ma ne diventano comunque parte.

Chi controlla il significato?

La vera posta in gioco nell’incontro tra il Vaticano di Leone XIV e l’intelligenza artificiale di Anthropic non è di natura tecnologica. Non riguarda la sicurezza degli algoritmi, né la distribuzione dei benefici economici, né i vincoli d’uso nei contratti militari — per quanto tutte queste questioni siano di enorme rilevanza pratica. La vera posta in gioco è simbolica e politica nel senso più alto del termine: chi controlla il significato morale della rivoluzione tecnologica in corso?

La scena del 25 maggio 2026 — un cofondatore di una delle aziende più potenti del pianeta seduto accanto al vescovo di Roma nel giorno dell’anniversario della più importante enciclica sociale della storia cattolica — è una scena di ridefinizione del potere culturale dell’Occidente. Non soltanto perché il Vaticano ha scelto di schierarsi con la fazione della Silicon Valley che la Casa Bianca trumpiana ha escluso dai propri contratti militari. Ma perché, nel farlo, ha accettato di svolgere una funzione di legittimazione che ogni sistema di potere necessita e ricerca: la funzione di tradurre il dominio economico e tecnico in autorità morale riconosciuta.

La domanda che resta aperta — e che la storia dei prossimi decenni dovrà rispondere — è se il Vaticano stia realmente tentando di governare la rivoluzione dell’intelligenza artificiale attraverso la forza autonoma della propria tradizione morale, oppure se ne stia diventando parte integrante: non il giudice del sistema, ma il suo sacerdote. Non il profeta che parla al potere, ma il cerimoniere che lo consacra.

Leone XIII, nel 1891, aveva pagato il prezzo della propria autonomia: la Rerum Novarum aveva scontentato i capitalisti cattolici quanto i socialisti atei, e nessuno dei due campi l’aveva abbracciata con entusiasmo. Era rimasta un documento scomodo, capace di disturbare tutte le comode certezze del proprio tempo. Sarà la Magnifica Humanitas capace della medesima scomodità? Sarà in grado di interrogare il sistema invece di legittimare i suoi protagonisti più moderati? Saprà porre la domanda che nessuna delle parti coinvolte vuole sentirsi porre: a chi appartiene il futuro che l’intelligenza artificiale sta costruendo, e a quali condizioni ne sarà distribuita la ricchezza?

Sono domande che la cerimonia del 25 maggio ha suggerito senza rispondere. E forse è in questo silenzio che risiede, più che nelle parole ufficiali, il vero significato dell’incontro tra il Vaticano e l’algoritmo. La questione non riguarda soltanto la tecnologia. Riguarda chi ne controlla il significato simbolico e morale. E chi controlla il significato, in ultima analisi, controlla il futuro.

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La grande rete di collusione israeliana

Come Israele si avvale di altri paesi della regione per raggiungere i propri obiettivi militari in Iran.

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Lo scorso dicembre, Israele è diventato il primo Paese a riconoscere formalmente il Somaliland, una regione autonoma separatasi dalla Somalia decenni fa. Il Somaliland, nella Somalia nordoccidentale, è da tempo in conflitto con il governo di Mogadiscio, avendo dichiarato l’indipendenza nel 1991 mentre la Somalia sprofondava nella guerra civile e nel caos. Da allora, il Somaliland ha governato la maggior parte del territorio che rivendica senza ricevere il riconoscimento internazionale.

Il primo ministro Netanyahu ha dichiarato che Israele moltiplicherà gli sforzi per istituire una cooperazione immediata con il Somaliland in settori quali agricoltura, sanità, tecnologia ed economia. Si è inoltre si è congratulato con il presidente del Somaliland, Abdirahman Mohamed Abdullahi, elogiandone la leadership e invitandolo a visitare Israele.

Il premier israeliano ha affermato che la dichiarazione «rientra nello spirito degli Accordi di Abramo, firmati su iniziativa del presidente Trump» nel 2020 per normalizzare le relazioni diplomatiche di Israele con gli Emirati Arabi Uniti e il Bahrein, a cui si sono aggiunti successivamente altri Paesi.

Netanyahu, il ministro degli Esteri Saar e il presidente Abdullahi hanno firmato una dichiarazione congiunta di reciproco riconoscimento. Abdullahi ha dichiarato in una nota che il Somaliland avrebbe aderito agli Accordi di Abramo, definendoli un passo avanti verso la pace regionale e globale, e annunciato che il Somaliland si impegna a costruire partenariati, a rafforzare la prosperità reciproca e a promuovere la stabilità in Medio Oriente e Africa.

Senonché, rivela un’inchiesta della «Cnn», il Somaliland ha fornito a Israele una base logistica sistematicamente impiegata come scalo per i bombardamenti strategici sull’Iran condotti nel contesto dell’Operazione Roaring Lion. In tali condizioni, il riconoscimento diplomatico accordato al Somaliland viene a configurarsi come una sorta di contropartita per la concessione di un avamposto strategico situato all’imboccatura del Mar Rosso.

La “relazione speciale” istituita con il Somaliland rappresenta tuttavia una singola tessera di un mosaico molto più ampio, in cui rientrano Paesi parimenti cruciali come Iraq ed Emirati Arabi Uniti.

Sempre nel corso della guerra contro l’Iran, l’Israeli Defense Force si è avvalsa di due basi segrete in territorio iracheno che fungevano da basi avanzate per il supporto logistico e l’espletamento di operazioni di ricerca e soccorso. L’esistenza di queste due basi in Iraq era già stata segnalata dal «Wall Street Journal» e dal «New York Times», che smentivano seccamente le rassicurazioni fornite dal governo iracheno sul punto.

Le strutture sono andate a rafforzare l’influenza israeliana sul Paese, che storicamente si esercita attraverso il Kurdistan. I legami tra Israele e i rappresentanti kurdi risalgono infatti agli anni ’50 , quando il Mossad avvicinò il potente Mustafà Barzani per minare le aspirazioni nazionalistiche del Baath iracheno che era salito al potere a Baghdad, identificato fin da allora come il più temibile nemico regionale dello Stato ebraico.

L’intesa ha aperto progressivamente le porte all’addestramento dei peshmerga kurdi da parte di istruttori militari israeliani e agli investimenti dello Stato ebraico, cresciuti in maniera esponenziale in seguito alla guerra contro l’Iraq sferrata dagli Usa nel 2003. Molti sono stati infatti gli appalti ottenuti da società israeliane per la ricostruzione e l’ammodernamento delle infrastrutture nelle regioni settentrionali dell’Iraq, tra cui anche quello, ottenuto grazie anche all’intercessione del ministro per le Infrastrutture Yosef Paritzky, per la rimessa in sesto dell’oleodotto Kirkuk-Haifa, rimasto chiuso fin dal 1948. «Non passerà molto prima che il greggio iracheno fluisca verso Haifa. È solo una questione di tempo e il petrolio iracheno inonderà il Mediterraneo», dichiarò nel 2003 un raggiante Netanyahu (allora ministro degli Esteri).

Sempre nell’area kurda, imprese israeliane hanno acquistato terreni per costruire case, fabbriche e capannoni, alimentando la crescita economica della regione, e consolidando la profondità strategica israeliana nel nord dell’Iraq, come spiega Seymour Hersh: «in una serie di interviste in Europa, in Medio Oriente e negli Stati Uniti, svariati funzionari mi hanno confidato che alla fine dello scorso anno Israele era giunto alla conclusione che l’amministrazione Bush non sarebbe stata in grado di stabilizzare l’Iraq, e che Israele aveva bisogno di altre opzioni». Il governo di Ariel Sharon aveva quindi «deciso di rafforzare la posizione strategica di Israele intensificando i legami stretti molto tempo prima con i kurdi iracheni e stabilendo una presenza significativa sul terreno della regione semi-autonoma del Kurdistan. Molti funzionari hanno descritto la decisione di Sharon – che prevede un notevole impegno finanziario – come una mossa potenzialmente spregiudicata che potrà creare persino più caos e violenza, mentre la ribellione in Iraq continua ad allargarsi». L’intelligence di Tel Aviv «è silenziosamente al lavoro nella regione nord-irachena, fornendo addestramento ad unità kurde e, cosa più importante per Israele, guidando covert-operation all’interno del Kurdistan siriano ed iraniano. Israele si sente particolarmente minacciato dall’Iran, la cui posizione nell’area è stata rafforzata dalla guerra».

Durante gli anni precedenti, le autorità israeliane avevano evitato che i rapporti con il Kurdistan raggiungessero una dimensione strategica per evitare di guastare la relazione che stavano costruendo con Ankara. Eppure, nemmeno l’importanza capitale rivestita dalla Turchia si è rivelata capace di spezzare i contatti israelo-kurdi. Non stupisce quindi che all’indomani della rottura diplomatica con Ankara, il legame con i kurdi abbia assunto un accresciuto valore geopolitico.

Allo sfruttamento del territorio iracheno come trampolino di lancio per le operazioni contro l’Iran, Israele ha affiancato un netto avvicinamento agli Emirati Arabi Uniti. Nelle scorse settimane, il governo Netanyahu ha autorizzato lo schieramento negli Emirati di sistemi Iron Dome e Iron Beam, unitamente al personale preposto alla loro gestione.

Il principale snodo cruciale di cui Israele ha beneficiato per condurre operazioni militari contro l’Iran è tuttavia costituito dall’Azerbaijan, uno dei pochissimi alleati di Israele tra i Paesi musulmani che copre qualcosa come il 40% del fabbisogno petrolifero dello Stato ebraico. A loro volta, le aziende belliche israeliane hanno rifornito nel corso degli anni l’Azerbaijan di droni, sistemi radar, apparati di intelligence ed equipaggiamenti militari, e sono anche entrate a far parte di un consorzio costituito per fornire a Baku la collaborazione necessaria a realizzare un satellite di osservazione dal costo stimato di circa 200 milioni di dollari.

Il volume dell’interscambio tra i due Paesi raggiunge ogni anno cifre alquanto ragguardevoli, ma molte operazioni commerciali rimangono coperte da segreto, come confermato da un cablogramma classificato reso pubblico da «WikiLeaks» in cui l’ambasciata statunitense paragonava le relazioni bilaterali fra Azerbaijan e Israele a «un iceberg, visto che come questi grandi blocchi di ghiaccio nasconde i nove decimi della sua consistenza sotto la superficie».

Secondo Joshua Kucera, analista senior del Crisis Group, la relazione altamente collaborativa instaurata con Tel Aviv garantisce per di più a Baku la possibilità di trarre indirettamente beneficio dall’incessante attività di condizionamento su Casa Bianca e Congresso svolta dalla potente Israel Lobby.

Nel corso dei due più recenti conflitti del Nagorno-Karabakh, le forze azere hanno messo in campo contro l’esercito armeno tecnologie e sistemi d’arma israeliani e beneficiato dell’assistenza militare e di intelligence di Tel Aviv. Già nel 2016, lo specialista israeliano Yossi Melman sottolineava che la penetrazione israeliana nel sistema di difesa azero si era spinta molto più in profondità di quanto i numeri disponibili non potessero acclarare: «apparentemente, Israele e Azerbaijan sono una strana e male assortita coppia, ma d’altra parte Israele non è mai troppo selettivo nella scelta degli amici quando si tratta di vendita di armi ed interessi nazionali. Un rapido sguardo alla mappa mostra che l’Azerbaijan confina con l’Iran, nemico giurato di Israele».

Durante l’Operazione Roaring Lion, sostiene la «Cnn» sulla base di confidenze rese da ben quattro fonti di alto livello, unità speciali israeliane di commando e intelligence avrebbero portato avanti azioni in territorio iraniano coordinandosi con una serie di basi operative impiantate nelle zone di territorio azero limitrofe al confine settentrionale dell’Iran.

Le sortite in Iran partite dalle basi azere hanno registrato il coinvolgimento di diverse decine di soldati, tra cui membri delle forze speciali israeliane, delle forze d’élite di elisoccorso e personale del Mossad.

Secondo una delle fonti sentite dalla «Cnn», è dall’Azerbaijan che sarebbe stato pianificato l’assassinio, consumato il 4 marzo, di Rahman Moghaddam, direttore della divisione intelligence del Corpo delle Guardie Rivoluzionarie Islamiche.

Dal quadro dipinto dalla «Cnn» emerge una vasta rete di collusione fondata su specifiche convergenze di interessi, che pone Israele nelle condizioni di espandere la propria presenza militare e di intelligence fino alle frontiere dei Paesi nemici.

La mappa che ne risulta «è inedita nella storia di Israele: basi avanzate in Iraq — paese con cui Israele è tecnicamente in stato di belligeranza — operazioni da territorio azero, Iron Dome negli Emirati, scali nel Corno d’Africa, coordinamento con gli Stati Uniti che usavano la stessa rete come infrastruttura logistica per i propri attacchi. Netanyahu ha visitato segretamente gli Emirati con il capo del Mossad e il capo di stato maggiore. Gli Emirati hanno detto di non averlo mai visto. L’Iraq ha detto che non c’erano basi straniere. Il Somaliland ha incassato il riconoscimento e non ha commentato. È la diplomazia del silenzio conveniente: ognuno nega quello che tutti sanno, e nel frattempo le operazioni continuano».

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