El mensaje apareció el domingo pasado en un grupo de WhatsApp de familiares de inmigrantes detenidos en Alligator Alcatraz, en los Everglades, al oeste de Miami. “¡No hay Bravo! Todos están en Alfa ya. ¡No hay Bravo!“, escribió una mujer cuyo esposo lleva cinco meses detenido en el remoto lugar y pidió no ser identificada por temor a represalias. Bravo y Alfa son los nombres internos de los dos sectores en que se dividían las celdas del centro.
El capitalismo tal y como se conoce en Europa, el que combina economía de mercado y protección social, tenía la impronta de las dos corrientes políticas que dominaron la política de la posguerra: la democracia cristiana y la socialdemocracia. La primera estaba impregnada de la doctrina social de la Iglesia, formulada por primera vez por otro papa León, el XIII, en 1891, y actualizada por Juan XXIII en 1961. Incluso la derecha más autoritaria (y genocida) del siglo pasado, la de los fascismos de los años treinta, se adornaba con un cierto barniz social. Tras la guerra, quedó la democracia cristiana como la fuerza conservadora dominante en Europa occidental, y se definió la economía social de mercado, algo cercano a lo que luego se llamó capitalismo renano, contrapuesto al anglosajón. Eso empezó a quebrarse en las últimas décadas del siglo XX con la ola neoliberal, que surgió de EE UU (Reagan) y el Reino Unido (Thatcher) y que permeó a toda la derecha y hasta a parte de la izquierda. Se volvió a predicar el Estado mínimo, el individualismo antes que la solidaridad, los impuestos bajos antes que los servicios públicos. Pero incluso un neocon como George W. Bush defendía en el cambio de milenio un “conservadurismo compasivo”, al menos como eslogan (los hechos fueron otra cosa). Los tiempos han cambiado tanto que el papa León XIV, que ha visitado España esta semana, es visto por algunos como un temible revolucionario, cuando no un traidor, por defender valores tan propios del cristianismo como la solidaridad con el prójimo. Y también es prójimo el extranjero, venga de donde venga y como venga.
La entrada a Dübendorf desde la estación de tren es la de muchas otras localidades suizas: una calle que lleva al centro flanqueada de casas de fachadas tradicionales y edificios más modernos de pocas alturas. Pero en esta población de cerca de 33.000 habitantes, la cuarta mayor del cantón de Zúrich, el horizonte se rompe con varios rascacielos de más de 100 metros y casi 40 pisos. Crecer en altura y aumentar la densidad urbana es la respuesta de Dübendorf, situada en el área metropolitana de Zúrich, al acelerado crecimiento de la población que se discute estos días ante el referéndum en el que este domingo se decidirá si el país fija un tope de 10 millones de habitantes hasta 2050 (ahora son 9,1 millones).
León XIV finalizó este viernes su visita a España con un balance que combina un mensaje poderoso en defensa de los migrantes y contra el discurso del odio, con omisiones dolorosas. El Papa ha pasado de puntillas sobre el mayor escándalo de la Iglesia española en las últimas décadas: los abusos sexuales por parte de miembros del clero y su encubrimiento sistemático. Esta semana posiblemente deje un poso duradero en España por el poder de su palabra, por la plasticidad y la fascinación de las imágenes de la Sagrada Familia y, sobre todo, porque con sus discursos y gestos se está erigiendo, poco más de un año después de su entronización, en una figura antagónica del otro líder estadounidense global, Donald Trump. Pero el viaje también deja otro poso evidente de decepción.