França acusa empresa israelita de interferir em eleições

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Martin Wolf (Londres, 79 años) es un reconocido periodista británico y el analista jefe de Economía del Financial Times. Hijo de un dramaturgo judío que huyó de Viena a Inglaterra en 1937, echa mano de la historia vivida y estudiada para examinar cualquier acontecimiento presente con un doble efecto aparentemente contradictorio: le sirve, por una parte, como advertencia y, por otra, como antídoto contra el derrotismo. Aunque trabajó como economista del Banco Mundial en los años ochenta y fue miembro de la Comisión Bancaria de Reino Unido entre 2010 y 2011, tras la gran crisis financiera, la mayor parte de su carrera ha estado vinculada al periodismo económico. Desde sus columnas en el Financial Times se ha convertido en una de las voces más influyentes en el análisis político y económico internacional. Autor en 2004 del famoso título Why Globalization Works (Por qué funciona la globalización, sin traducir al español) y más recientemente de La crisis del capitalismo democrático: Por qué el matrimonio entre democracia y capitalismo se está diluyendo y qué debemos hacer para solucionarlo (2023, Deusto), ha visto muchos pilares políticos y económicos tambalearse en las últimas dos décadas. Este martes en Barcelona, a pocas horas de recibir un galardón del Cercle d’Economía de manos del Rey Felipe VI, aborda en una entrevista con el suplemento Ideas los principales riesgos del momento, en especial, el estado de eso que un día definió como un matrimonio: democracia y capitalismo.
La noticia de la muerte de David Hockney me ha sentado como la muerte de un amigo. No lo conocí personalmente nunca, pero he estado siempre muy unido a su obra, desde que yo era muy joven. Por eso lo conozco profundamente y su visión me ha afectado directamente. Hockney siempre fue un hombre luminoso que abrió muchos nuevos caminos en el arte. Él estableció la transición entre el mundo de la abstracción y la figuración, creó un puente del que toda mi generación ha bebido de una manera muy profunda. Y yo más que nadie.

© Luke MacGregor (Reuters)
Cuando el desastre de las elecciones municipales del pasado 7 de mayo en Inglaterra provocó una rebelión interna en el Partido Laborista y en el seno del Gobierno, Keir Starmer prometió que actuaría con más firmeza; que los cambios prometidos se ejecutarían con mayor celeridad, y que no iba a abandonar su puesto de primer ministro “y permitir que el país cayera en el caos” en medio de la inestabilidad geopolítica actual y de las amenazas a la seguridad del Reino Unido procedentes de actores como Rusia.

© OLI SCARFF (via REUTERS)


Como con tantos relatos, la violencia desatada esta semana en Belfast se puede contar con la historia de una calle. Lendrick Street está en la zona este de la ciudad norirlandesa. Una línea recta de apenas 200 metros. Casas humildes de dos alturas, de ladrillo a la vista, alineadas con ese estilo georgiano por el que solo la puerta y las ventanas indican que son viviendas diferentes las que habitan esos muros continuos que son los dos lados de la calle.

© EPV (REUTERS)
Una vez más, la violencia racista ha tomado las calles del Reino Unido. Una vez más, el mensaje de odio ha ganado cuerpo y ha crecido hasta su explosión en redes sociales y el incendio en el mundo físico y real. Esta semana ha sido en Belfast, la capital de Irlanda del Norte, una ciudad que creía olvidadas escenas como las que se han visto desde la madrugada del lunes al martes: gritos de odio, edificios y vehículos incendiados por una muchedumbre hostil, gente huyendo con lo puesto de sus hogares en llamas. La causa no ha sido, como hace décadas en la época de los troubles, el odio religioso entre irlandeses; el objetivo de la horda es ahora la población de origen inmigrante.

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