Ramala, 13 jun (Prensa Latina) El arzobispo ortodoxo griego de Sebastia, Theodosios Hanna, denunció hoy las “políticas sistemáticas de desplazamiento” impulsadas por Israel contra los palestinos en la ocupada Cisjordania.
Cuando Delphine Horvilleur (Nancy, 51 años) fue ordenada rabina, solo había tres en Francia. Tras vivir en Jerusalén y en Nueva York, cría a sus hijos en París. Allí es la entrevista. Cerca de su casa, en un café del Marais. La mujer con prisas y aparentemente desconfiada que inicia la conversación cambia de actitud a lo largo de la charla.
El vídeo del pequeño Ayoub Junaid llorando porque sus gafas se han roto acumula más de 50 millones de visualizaciones. Este niño palestino de apenas siete años, desplazado en la franja de Gaza, tiene una grave discapacidad visual y necesita de gafas especiales. En uno de los vídeos que compartió su madre, Eman Junaid, ella escribe: “Mi hijo se cayó mientras caminaba y sus gafas se han roto. Él no puede ver sin ellas. Por favor, ayúdenme”. En las imágenes se ve al pequeño Ayoub con un parche negro sobre el ojo izquierdo. “Ayúdenme a ver, quiero ver cómo los otros niños”, pide.
La Convención de las Naciones Unidas sobre el Genocidio aprobada en 1948 especifica cinco actos que constituyen este crimen cuando se cometen con la intención de destruir, totalmente o en parte, a un grupo. Los dos primeros abarcan los asesinatos en masa y los daños físicos o mentales de gravedad. El cuarto y el quinto tienen que ver con la interrupción de la continuidad biológica de un grupo. La tercera consideración (…) prohíbe “imponer deliberadamente al grupo unas condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción física”. Es decir, las formas indirectas de matar, que no golpean frontalmente a los seres humanos, sino el entorno en el que viven. Para que las “condiciones de vida” sean adecuadas hacen falta edificios, hospitales, infraestructuras sociales, redes de alcantarillado y de suministro de agua, la red eléctrica y la agricultura. La destrucción o degradación intencionada de esas estructuras disminuye la capacidad de sobrevivir de una población y, por consiguiente, es una forma de aniquilación lenta y tortuosa.
Manifestantes exibiram uma enorme faixa vermelha sobre o logotipo da Copa do Mundo perto de uma movimentada rodovia em Toronto, denunciando a associação da Fifa com Israel, horas antes da estreia do Canadá no torneio.
Os manifestantes, vestindo camisetas com a inscrição “Judeus por uma Palestina livre”, subiram em um aterro próximo e estenderam a faixa com a mensagem “Expulsem Israel da FIFA”.
Outras ações organizadas por um grupo de ativistas incluíram exigências pela libertação do proeminente médico palestino Hussam Abu Safiya, capturado pelo exército israelense em Gaza no final de 2024.
Faisal Ibrahim, porta-voz dos ativistas, acusou a Fifa de ser cúmplice das ações de Israel contra os palestinos.
“A Fifa não só ignora o fato de a Associação Israelense de Futebol jogar partidas em território ilegalmente ocupado da Cisjordânia e da Síria, como também transmite ativamente esses jogos, normalizando assim a ocupação e o apagamento territorial, o que torna a Fifa uma participante ativa e cúmplice”, disse ele à Reuters.
Em março, a entidade máxima do futebol mundial afirmou que não tomaria nenhuma medida contra clubes israelenses acusados pela Associação Palestina de Futebol de competirem estando supostamente sediados em território palestino, citando o status jurídico indefinido da Cisjordânia sob o direito internacional público.
A guerra de Israel em Gaza matou dezenas de milhares de pessoas, causou uma crise de fome e levou a avaliações de genocídio por parte de acadêmicos e de uma investigação da ONU (Organização das Nações Unidas).
Israel nega as acusações de genocídio e alega que suas ações foram de autodefesa, após militantes liderados pelo Hamas terem matado 1.200 pessoas e feito mais de 250 reféns em um ataque em 7 de outubro de 2023.
Especialistas da ONU também apelaram à Fifa e à União das Associações Europeias de Futebol para que suspendam Israel do futebol internacional.
Hace unas semanas comenzó a circular por redes sociales el vídeo de un ataque verbal que sufrió la actriz Helen Mirren (Londres, 80 años) mientras paseaba por las calles de Londres acompañada de su marido, el director de cine Taylor Hackford. El vídeo se hizo viral, y luego se supo que el incidente había tenido lugar en noviembre de 2025. En las imágenes se ve a la intérprete que ganó el Oscar, el BAFTA, el Globo de Oro y el Premio del Sindicato por La reina (2006) caminando por las calles de la capital británica, cuando un hombre se le acerca grabando con su móvil y le suelta: “Y ahí está Helen Mirren, la sionista declarada. Dijiste que Israel debería existir para siempre debido al Holocausto. Y está muy contenta de que las casas de los palestinos hayan desaparecido. Eres una malvada perra sionista”. Ahora la intérprete ha abordado el tema en el Festival de Cine de Taormina, al que acudió para recibir el premio a la trayectoria.
Ramala, 12 jun (Prensa Latina) El presidente del Consejo Nacional Palestino, Rouhi Fattouh, llamó a los parlamentos de países árabes unificar sus posturas en apoyo de Gaza y Cisjordania, que sufren hoy por los ataques y el bloqueo de Israel.
François Jozic es desde el pasado mes de octubre el nuevo director del Sónar, la gran cita de música electrónica de Barcelona. Ante sí tiene el nada desdeñable reto de mantener el nivel y personalidad de un festival que siempre fue de autor. Los tres directores que llevaron la cita a lo más alto, Enric Palau, Ricard Robles y Sergio Caballero, se desvincularon de Sónar tras la accidentada edición de 2025: medio centenar de artistas y colectivos cancelaran su presencia por la relación del festival con el fondo proisraelí KKR.
La vista, en el Tribunal Supremo de Israel, es a puerta cerrada. A nadie se le escapa que el encarcelamiento de Hussam Abu Safiya (sin cargos y en base a acusaciones secretas que ni siquiera su abogado conoce) es, quizás, el que más movilización internacional ha generado, con peticiones de liberación de la Organización Mundial de la Salud, el Comité Internacional de la Cruz Roja o Amnistía Internacional. Es el pediatra que dirigía el hospital Kamal Adwan de Gaza y que se erigió en voz de denuncia de la invasión israelí, hasta que las tropas lo arrestaron en diciembre de 2024. Lo apresaron dentro del hospital, el único que seguía funcionando en el norte de la Franja.
Nella serata del 9 giugno, al Parlamento europeo è stato proiettato “The Sea“, il film del regista israeliano Shai Carmeli-Pollack che racconta la quotidianità palestinese attraverso gli occhi di un bambino in Cisgiordania. Alla proiezione erano presenti gli eurodeputati del Movimento 5 stelle e anche organizzatori dell’evento, Danilo Della Valle e Valentina Palmisano. Con loro, oltre alla giornalista Giulia Innocenzi, distributrice della pellicola in Italia, anche il giornalista de Il Fatto Quotidiano, Alessandro Mantovani e il deputato Dario Carotenuto: entrambi hanno partecipato all’ultima missione della Global Sumud Flotilla raccontando gli abusi e le violenze dell’Idf, subite da tutti gli attivisti.
L’obiettivo del film all’Eurocamera era quello di denunciare “il silenzio delle istituzioni europee nei confronti del genocidio israeliano in Cisgiordania”. Un tema sostenuto da Il Fatto Quotidianoche già il 6 maggio ha realizzato in media partnership la proiezione del film in oltre 130 sale in tutta Italia. Nel cinema 4 Fontane di Roma ha presentato il film in sala la vicedirettrice de il Fatto Quotidiano Maddalena Oliva. Un grande successo nonostante l’iniziale timore di ripercussioni che aveva allontanato molti distributori internazionali. Grazie a Innocenzi e alla società di distribuzione “Moscalito Film”, la pellicola ha ottenuto uno straordinario riscontro: 40 mila spettatori in Italia e 30 mila in Israele.
Il lungometraggio racconta la storia di Khaled, bambino di 12 anni della Cisgiordania, a cui viene impedito di vedere il mare per la prima volta da parte dell’occupazione israeliana. Ha avuto enorme riconoscimento internazionale, come la candidatura agli Oscar 2026, nonostante i tentativi di ostacolarlo da parte del primo ministro di Israele Benjamin Netanyahu. Per questo, sulla locandina del film si legge: “Il film che il governo israeliano non vuole che tu veda”. Anche Mantovani, parlando all’Eurocamera, ha riflettuto sulla deriva autoritaria di Tel Aviv, ricordando che il film prima del 7 ottobre era stato finanziato proprio dal Ministero della Cultura che poi lo ha censurato. “Abbiamo il dovere di dare voce al popolo palestinese a cui vengono negati persino i diritti più semplici”, ha proseguito Valentina Palmisano, a cui ha fatto eco il collega Della Valle. “La Commissione Ue adotta in maniera inequivocabile doppi standard e né Kallas né von der Leyen hanno avuto il coraggio di condannare le violazioni del diritto internazionale commesse da Israele”. Ha poi rincarato la dose Dario Carotenuto che ha parlato di “sudditanza politica” nei confronti di Tel Aviv.
Ginebra, Suiza, 10 jun (Prensa Latina) Las centrales sindicales brasileñas reafirmaron hoy aquí su solidaridad con Palestina y Cuba durante la 114 Conferencia Internacional del Trabajo, al condenar las guerras, los bloqueos y las sanciones unilaterales contra pueblos soberanos.
Ramala, 10 jun (Prensa Latina) El Ejército israelí mató a 21 mil 700 estudiantes e hirieron a más de 32 mil en los territorios ocupados desde el estallido del actual ciclo de violencia, en octubre de 2023, denunció hoy una fuente oficial palestina.
Dopo anni di guerre, di bombardamenti, di massacri, di immagini che scorrono ogni sera nei telegiornali e sui nostri telefoni, temo che in molti di noi si sia insinuata una forma di assuefazione. È una parola terribile, ma credo sia quella giusta. Una sorta di anestesia morale, forse di autodifesa, che ci porta a registrare l’orrore senza più reagire come dovremmo.
Ogni giorno ascoltiamo notizie di morti, di bambini uccisi, di famiglie distrutte. Ogni giorno ci indigniamo per qualche secondo e poi passiamo oltre. Perché la ripetizione continua del dolore rischia di consumare la nostra capacità di provare dolore. Poi, però, accade qualcosa. Qualcosa si rompe dentro e fa male.
Qualche giorno fa ho visto un servizio del TG3 sulla morte di Sam, un bambino palestinese di appena sette mesi, ucciso da un colpo d’arma da fuoco mentre si trovava in auto con i suoi genitori in Cisgiordania. Il piccolo corpo avvolto in una bandiera. E lì qualcosa si è definitivamente spezzato. Da quel momento quell’immagine mi ritorna sempre nei pensieri.
Non ho visto un palestinese. Non ho visto un israeliano. Non ho visto una bandiera, una fazione o una ragione geopolitica. Ho visto un bambino di sette mesi morto tra le braccia di sua madre. In quel momento emerge qualcosa che va oltre la politica, oltre le appartenenze religiose, oltre gli schieramenti. Scava nel nostro più profondo senso di umanità, si insinua oltre le barriere dell’assuefazione e della distanza, fa male, sanguina. E ciò che ne scaturisce è la sete di giustizia che vien fuori, rossa, scarlatta e ci ricorda che noi siamo vivi. Ancora. Per questo ho sentito il bisogno di scrivere.
Non scrivo queste parole per alimentare l’odio verso qualcuno. Non mi interessa partecipare alla gara delle tifoserie che troppo spesso accompagna ogni conflitto. Non mi interessa stabilire da che parte stare. Non ho condanne sommarie da attribuire.
Mi interessa chiedere giustizia.
Se la morte di Sam è stata il risultato di un errore, come è stato riferito, allora quell’errore deve essere accertato. Se esistono responsabilità, devono essere individuate. E rivolgo questo appello a chiunque possa far sentire la sua voce, le organizzazioni internazionali, le associazioni che si occupano della tutela dell’infanzia, i governi, il governo italiano, ciascuno e tutti i cittadini d’Israele. Perché se un soldato, se quel soldato, ha sbagliato, egli deve risponderne davanti a una giustizia indipendente e imparziale. Potendosi legittimamente difendere. Perché la verità non può essere sacrificata alla guerra.
La richiesta di giustizia non è un atto contro qualcuno. È un atto a favore della nostra comune umanità. Perché quando un bambino muore in questo modo e nessuno sente il dovere di accertare fino in fondo cosa sia accaduto, perdiamo tutti qualcosa. Perdiamo un pezzo di quel patrimonio morale che ci distingue dalla barbarie. Le guerre producono inevitabilmente vittime innocenti. Le chiamano “vittime collaterali”, un’espressione fredda, burocratica, quasi tecnica. Ma dietro quelle parole ci sono volti, nomi, famiglie, vite spezzate. C’è Sam. Ci sono i bambini ucraini. Ci sono i bambini sudanesi. Ci sono i bambini di tutte le guerre. E ogni volta che uno di loro muore, il nostro primo dovere non è scegliere una bandiera. È non tacere. Per questo oggi voglio dirlo con semplicità: chiediamo giustizia per Sam. Non per trasformare la sua morte in uno slogan, ma perché nessun bambino dovrebbe morire nell’indifferenza e nessuna famiglia dovrebbe essere privata del diritto alla verità.
“Viviamo in un’epoca in cui abbiamo paura: sembra che non si possano nemmeno pronunciare parole come pace, Gaza o genocidio. Si preferisce far vedere solo ciò che conviene”. Massimiliano Gallo non si sottrae dal prendere una posizione politica netta sull’attualità. Il 57enne attore napoletano è tornato a parlare di arte e impegno politico durante un incontro tenutosi al Distretto Campano dell’Audiovisivo, nell’ex Base Nato di Bagnoli, a Napoli. Come riporta Vanity Fair, Gallo ha criticato quei colleghi attori che non prendono posizione per paura di perdere il posto di lavoro: “Sono imbarazzato. Negli ultimi anni sono successe e stanno succedendo cose gravissime e nessuno dice niente. Viviamo in un’epoca in cui abbiamo paura: sembra che non si possano nemmeno pronunciare parole come pace, Gaza o genocidio. Si preferisce far vedere solo ciò che conviene”.
Gallo ha poi ricordato che l’artista “non ha il dovere, ma certamente il compito di guardare le cose con un altro occhio” e per questo ha citato il caso di Eduardo De Filippo che scrisse Napoli Milionaria! mentre gli alleati stavano entrando in città: “Un artista impiega poco tempo a capire quanto sia terribile una guerra. Non bisogna aspettare dieci anni per parlare di Gaza o di un genocidio. Abbiamo tutti paura. C’è un Ministro che non parla con chi lavora nel cinema, il settore è bloccato, e nessuno dice niente. Nemmeno i produttori. Siamo abituati a curare il nostro orticello e a pensare soltanto ai nostri interessi. Io sono abituato a dire quello che penso. Non mi sono mai preoccupato delle conseguenze, non ho mai frequentato salotti e ho sempre costruito la mia carriera da solo. Credo che molti abbiano paura di perdere il posto di lavoro”. Gallo tornerà a breve sul set per rivestire i panni dell’avvocato Vincenzo Malinconico, giunta alla terza stagione, e sta scrivendo il suo secondo film da autore/regista, dopo La salita che sarà un remake di una “grandissima commedia all’italiana che mi è rimasta dentro da sempre”.
Mi trovavo alla presentazione di un libro da parte del suo autore. Nel salone del Centro Banchi, adiacente a Piazza Caricamento di Genova, Roberto Cirelli commentava il suo recente saggio Cronache di un Paese interrotto. Diario di un prof in Palestina. Seguito per l’occasione da un buon numero di presenti, Roberto ha motivato la scelta della parola ‘interrotto’. Questa parola, derivata dalla lingua latina, significa “sospeso, temporaneamente o definitivamente… incompiuto, non condotto a termine, non continuo, spezzato”. Ce n’è abbastanza per coltivare questa parola come metafora di ciò che stiamo esperimentando oggi.
Interruzioni di strade per lavori in corso, di un programma televisivo, della vita di un Paese, del lavoro e di un sentiero. Anzi sono soprattutto i sentieri ad essere, forse malgrado loro, interrotti, spezzati, incompiuti, feriti, abbandonati, proprio come alcuni Paesi. Interrotti in piena crescita della loro storia, civiltà, cultura, passato e futuro. A volte per sempre.
Fin da bambino percorrendo i sentieri nei boschi dell’Appennino ligure e, in altra stagione della vita, quelli di montagna, rimanevo meravigliato del mistero in essi nascosto. Sentieri tracciati dai passi di innumerevoli camminatori che mi avevano preceduto e di cui profittavo la sinuosità. Cammini che si inerpicavano, scendevano, avvicinavano e allontanavano dalla vetta o dalla meta finale. Sentieri con ancora la traccia delle scarpe di chi era già transitato, segni di riconoscimento, bollini colorati a seconda della destinazione e talvolta i tempi di percorrenza. In tutto ciò non era importante solo la meta ma anche il percorso in sé, il sentiero, appunto. Tornando a casa ogni tanto dalle missioni in vari Paesi dell’Africa Occidentale, col correre degli anni, mi accorgevo che alcuni dei sentieri conosciuti e camminati erano nel frattempo spariti. Inghiottiti dal tracciato di nuove strade, da insediamenti di pregevole fattura e, in particolare, dall’incuria. Al posto dei sentieri trovavo rovi con alberi abbattuti.
La parola sentiero deriva dal francese ‘sentier’ che a sua volta si innesta sul latino ‘semita’ che significa sentiero. ‘Via a fondo naturale tracciata in luoghi montani e campestri, in boschi e prati, dal passaggio di persone e di animali’… Che alcuni sentieri si interrompano non è certamente una novità. C’è poco di nuovo sotto il sole, ricorda il saggio del libro dell’Ecclesiaste: “quello che è stato è quel che sarà… c’è forse qualcosa di cui si dica ’Guarda, questo è nuovo’. Quella cosa esisteva già nei secoli che l’hanno preceduta”. Sentieri erranti nella selva (o Sentieri interrotti) è una raccolta di saggi del filosofo di origine tedesca Martin Heidegger nel 1950. Cito: “Holz è un’antica parola per dire bosco. Nel bosco [Holz] ci sono sentieri [Wege] che, sovente ricoperti di erbe, si interrompono improvvisamente nel fitto. Si chiamano Holzwege. Ognuno di essi procede per suo conto, ma nel medesimo bosco. L’uno sembra sovente l’altro: ma sembra soltanto. Legnaioli e guardaboschi li conoscono bene. Essi sanno che cosa significa ‘trovarsi su un sentiero che, interrompendosi, svia”.
Pietre Parlanti è un’associazione che si occupa della valorizzazione e riscoperta del territorio. Ha la sua sede nei pressi di Lavagna, frazione di Santa Giulia in provincia di Genova. Tra le finalità di Pietre Parlanti si nota la mappatura, pulizia e mantenimento dei sentieri, lastricati di ardesia e circondati da muretti a secco. Questi ultimi riemergono spesso da una fitta vegetazione di rovi, dimenticati da anni. L’Associazione contribuisce inoltre a condurre ricerche storico-antropologiche degli usi, costumi e tradizioni del territorio rurale. Pietre Parlanti ricorda che la bellezza del paesaggio è creata da mani che lavorano. Solo se le persone coltivano i terreni, scolpiscono declivi e colline che così diventano armonia di cultura e paesaggio. I sentieri interrotti e che ‘sviano’ nei Paesi, nelle città, nelle relazioni e dunque nella politica sono all’origine dei drammi del nostro come di altri tempi. Le Pietre possono riprendere a parlare a condizione che trovino gente disposta ad ascoltarle.
Mi trovavo alla presentazione di un libro da parte del suo autore. Nel salone del Centro Banchi, adiacente a Piazza Caricamento di Genova, Roberto Cirelli commentava il suo recente saggio Cronache di un Paese interrotto. Diario di un prof in Palestina. Seguito per l’occasione da un buon numero di presenti, Roberto ha motivato la scelta della parola ‘interrotto’. Questa parola, derivata dalla lingua latina, significa “sospeso, temporaneamente o definitivamente… incompiuto, non condotto a termine, non continuo, spezzato”. Ce n’è abbastanza per coltivare questa parola come metafora di ciò che stiamo esperimentando oggi.
Interruzioni di strade per lavori in corso, di un programma televisivo, della vita di un Paese, del lavoro e di un sentiero. Anzi sono soprattutto i sentieri ad essere, forse malgrado loro, interrotti, spezzati, incompiuti, feriti, abbandonati, proprio come alcuni Paesi. Interrotti in piena crescita della loro storia, civiltà, cultura, passato e futuro. A volte per sempre.
Fin da bambino percorrendo i sentieri nei boschi dell’Appennino ligure e, in altra stagione della vita, quelli di montagna, rimanevo meravigliato del mistero in essi nascosto. Sentieri tracciati dai passi di innumerevoli camminatori che mi avevano preceduto e di cui profittavo la sinuosità. Cammini che si inerpicavano, scendevano, avvicinavano e allontanavano dalla vetta o dalla meta finale. Sentieri con ancora la traccia delle scarpe di chi era già transitato, segni di riconoscimento, bollini colorati a seconda della destinazione e talvolta i tempi di percorrenza. In tutto ciò non era importante solo la meta ma anche il percorso in sé, il sentiero, appunto. Tornando a casa ogni tanto dalle missioni in vari Paesi dell’Africa Occidentale, col correre degli anni, mi accorgevo che alcuni dei sentieri conosciuti e camminati erano nel frattempo spariti. Inghiottiti dal tracciato di nuove strade, da insediamenti di pregevole fattura e, in particolare, dall’incuria. Al posto dei sentieri trovavo rovi con alberi abbattuti.
La parola sentiero deriva dal francese ‘sentier’ che a sua volta si innesta sul latino ‘semita’ che significa sentiero. ‘Via a fondo naturale tracciata in luoghi montani e campestri, in boschi e prati, dal passaggio di persone e di animali’… Che alcuni sentieri si interrompano non è certamente una novità. C’è poco di nuovo sotto il sole, ricorda il saggio del libro dell’Ecclesiaste: “quello che è stato è quel che sarà… c’è forse qualcosa di cui si dica ’Guarda, questo è nuovo’. Quella cosa esisteva già nei secoli che l’hanno preceduta”. Sentieri erranti nella selva (o Sentieri interrotti) è una raccolta di saggi del filosofo di origine tedesca Martin Heidegger nel 1950. Cito: “Holz è un’antica parola per dire bosco. Nel bosco [Holz] ci sono sentieri [Wege] che, sovente ricoperti di erbe, si interrompono improvvisamente nel fitto. Si chiamano Holzwege. Ognuno di essi procede per suo conto, ma nel medesimo bosco. L’uno sembra sovente l’altro: ma sembra soltanto. Legnaioli e guardaboschi li conoscono bene. Essi sanno che cosa significa ‘trovarsi su un sentiero che, interrompendosi, svia”.
Pietre Parlanti è un’associazione che si occupa della valorizzazione e riscoperta del territorio. Ha la sua sede nei pressi di Lavagna, frazione di Santa Giulia in provincia di Genova. Tra le finalità di Pietre Parlanti si nota la mappatura, pulizia e mantenimento dei sentieri, lastricati di ardesia e circondati da muretti a secco. Questi ultimi riemergono spesso da una fitta vegetazione di rovi, dimenticati da anni. L’Associazione contribuisce inoltre a condurre ricerche storico-antropologiche degli usi, costumi e tradizioni del territorio rurale. Pietre Parlanti ricorda che la bellezza del paesaggio è creata da mani che lavorano. Solo se le persone coltivano i terreni, scolpiscono declivi e colline che così diventano armonia di cultura e paesaggio. I sentieri interrotti e che ‘sviano’ nei Paesi, nelle città, nelle relazioni e dunque nella politica sono all’origine dei drammi del nostro come di altri tempi. Le Pietre possono riprendere a parlare a condizione che trovino gente disposta ad ascoltarle.
Por Victoria Cardiel “He dejado Palestina, la tierra que amaba, para volver a mi querida patria Jordania, continuando la misión del Evangelio y la justicia”. Con estas palabras se despidió…
Di fronte alla tragedia umana che si sta consumando a Gaza e in Cisgiordania e alle conseguenze del conflitto sull’intera regione, molti osservatori cercano spiegazioni nelle categorie tradizionali della sicurezza nazionale, della geopolitica e della lotta al terrorismo. Sono certamente fattori reali e importanti. Eppure credo che, almeno in parte, esista anche una dimensione più profonda. Quella che segue è soltanto un’ipotesi che considero degna di riflessione.
La memoria della Shoah occupa un posto centrale nell’identità collettiva israeliana. Per molti cittadini non si tratta di un evento lontano studiato sui libri di storia, ma di una vicenda familiare. Nonni, genitori e parenti hanno conosciuto persecuzioni, deportazioni e sterminio. È difficile immaginare che un trauma di tale portata non abbia lasciato conseguenze profonde nel modo di percepire il mondo, le minacce esterne e il rapporto con gli altri popoli.
La mia impressione è che, soprattutto negli ambienti più nazionalisti e radicali, questa memoria possa talvolta trasformarsi in una convinzione implicita: l’idea che ciò che il popolo ebraico ha subito sia stato talmente eccezionale da collocare Israele in una condizione storica speciale, non completamente assimilabile a quella di qualsiasi altro Stato. Non parlo di vendetta nel senso immediato del termine. Piuttosto di una rivendicazione storica interiorizzata, di un bisogno permanente di affermare forza e controllo dopo secoli di vulnerabilità.
In questa prospettiva, alcune azioni che dall’esterno appaiono sproporzionate potrebbero essere percepite dai loro sostenitori come una riaffermazione di sicurezza e potenza resa necessaria dalla storia stessa.
Esiste però un paradosso che meriterebbe di essere considerato. Le grandi tragedie della storia dovrebbero insegnare all’umanità a riconoscere per tempo le sofferenze altrui e a impedirneil ripetersi. Se invece restiamo indifferenti, rischiamo di contribuire alla nascita di una nuova ferita storica destinata a segnare generazioni future. Ottant’anni fa il mondo ha lasciato al popolo ebraico una memoria di dolore che ancora oggi influenza identità, politica e visione del mondo. Nessuno può sapere come verranno giudicati gli eventi attuali, ma è legittimo domandarsi quale memoria collettiva stiamo consegnando oggi al popolo palestinese e ai suoi discendenti e con quali conseguenze.
La presenza nel governo israeliano di figure ultranazionaliste e apertamente radicali rende questa interpretazione almeno plausibile. Quando si arriva a limitare o negare perfino l’accesso agli aiuti umanitari destinati ai civili, il problema sembra andare oltre la sola sicurezza. Entra in gioco una visione ideologica nella quale qualsiasi pressione esterna viene vissuta come un’ingerenza inaccettabile.
Cercare le possibili radici psicologiche e storiche di un comportamento non equivale a giustificarlo. Al contrario, è il primo passo per affrontarlo con lucidità.
Se questa ipotesi contiene anche solo una parte di verità, allora il resto del mondo non può limitarsi all’indignazione periodica. La comunità internazionale, e in particolare i Paesi europei, dovrebbero passare dalle dichiarazioni ai fatti. Il riconoscimento di uno Stato palestinese pienamente sovrano dovrebbe tornare a essere un obiettivo concreto e non una formula ripetuta senza conseguenze pratiche. L’accesso agli aiuti umanitari deve essere garantito e le violazioni del diritto internazionale devono avere conseguenze politiche reali.
Se oggi non si costruisce una soluzione giusta e duratura, la ferita palestinese, aperta ormai da generazioni, continuerà atrasmettersi ai discendenti di chi la sta vivendo oggi. Ottant’anni dopo la Shoah, vediamo quanto a lungo il dolore collettivo possa influenzare l’identità e la memoria di un popolo. Dovremmo chiederci quale eredità stiamo lasciando ai palestinesi dei prossimi ottant’anni. La storia è scritta non solo da chi compie le ingiustizie, ma anche da chi le osserva e non agisce.
Il blog Sostenitore ospita i post scritti dai lettori che hanno deciso di contribuire alla crescita de ilfattoquotidiano.it, sottoscrivendo l’offerta Sostenitore e diventando così parte attiva della nostra community. Tra i post inviati, Peter Gomez e la redazione selezioneranno e pubblicheranno quelli più interessanti. Questo blog nasce da un’idea dei lettori, continuate a renderlo il vostro spazio. Diventare Sostenitore significa anche metterci la faccia, la firma o l’impegno: aderisci alle nostre campagne, pensate perché tu abbia un ruolo attivo! Se vuoi partecipare, al prezzo di “un cappuccino alla settimana” potrai anche seguire in diretta streaming la riunione di redazione del giovedì – mandandoci in tempo reale suggerimenti, notizie e idee – e accedere al Forum riservato dove discutere e interagire con la redazione.
La Federazione calcistica palestinese (Pfa) ha denunciato l’arresto e la detenzione prolungata di una giocatrice della nazionale di calciofemminile, la 20enne RandHalawani, trattenuta dalle autorità israeliane da martedì sera, assieme a un’ex calciatrice della nazionale. Secondo quanto riportato da funzionaripalestinesi, la calciatrice è stata convocata per un interrogatorio a Gerusalemme con una ex giocatrice della nazionale, NatalieAbuDiyeh. “Non sono un episodioisolato, ma fanno parte di un modello ben documentato di persecuzionesistematica degli atleti palestinesi, che continua impunemente”, ha denunciato la Federazione. Secondo il governatorato palestinese di Gerusalemme, un tribunale israeliano ha prorogato la detenzione di Halawani fino a venerdì. Martedì l’esercito israeliano ha arrestato anche l’ex giocatrice della nazionale Natalie Abu Diyeh, studentessa all’Università di Birzeit, e altre tre giovani donne palestinesi nella Cisgiordania occupata. In una dichiarazione, l’esercito ha affermato che le quattro donne erano sospettate di “promuovere attivitàterroristiche e altre attività collegate al terrorismo”.
L’Università di Birzeit ha denunciato gli arresti come parte delle “politichesistematiche di Israele che prendono di mira l’istruzionepalestinese e il diritto degli studenti a proseguire il loro percorso accademico”. Il vescovo ImadHaddad della Chiesa evangelica luterana di Giordania e Terra Santa, a cui apparteneva Natalie Abu Diyeh, ha chiesto la sua liberazione. “Siamo profondamente scioccati e inorriditi da questa notizia, così come dal fatto che la sua famiglia non sappia ancora dove sia stata portata“, ha dichiarato Haddad in un comunicato stampa. Secondo il Prisoners Club, la principaleassociazione per i diritti dei prigionieri nei territoripalestinesi, attualmente 89donne palestinesi sono detenute nelle carceri israeliane, tra cui tre minorenni e tre donne incinte. Il Prisoners Club, affiliato all’Autorità Palestinese, ha annunciato a fine maggio che oltre 9.400 palestinesi si trovavano nelle carceriisraeliane, compresi i cittadini palestinesi di Israele, talvolta chiamati arabi israeliani.
A Marinha de Israel atacou ilegalmente, em águas internacionais, navios em missão humanitária que tentavam romper o bloqueio à Faixa de Gaza no dia 18 de maio. A ação resultou na apreensão dos barcos da Flotilha Global Sumud e no sequestro de ativistas de diversos países, incluindo o Brasil.
O médico pediatra Cássio Pelegrini, que atua no atendimento a imigrantes em São Paulo, era um dos integrantes da flotilha. Pelegrini é o entrevistado do Pauta Pública desta semana e faz um relato detalhado do horror físico e psicológico vivido nas mãos dos militares israelenses, incluindo momentos de espancamentos, choques, privação de água e exposição ao frio e ao calor.
No relato a Andrea Dip, o médico relembra as cenas de tortura e violência sexual, alguns confirmados por manifestações do próprio ministro de Segurança Nacional de Israel, que chegou a divulgar em seu perfil nas redes sociais vídeos de ativistas amarrados e ajoelhados, com a legenda “bem-vindos a Israel”.
Pelegrini diz que os ativistas seguem firmes no apoio ao povo palestino: “eles fraturaram muitos corpos e foram violentos com a gente psicologicamente, mas em nenhum momento tivemos dúvida de que era o correto estar ali. Então, moralmente, a gente saiu intacto”, afirma.
Leia o relato e ouça o podcast completo:
EP 218
Dias de horror nas mãos de Israel: um relato em primeira pessoa – com Cássio Pelegrini
29 de maio de 2026
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Médico relata como foi o sequestro dos ativistas da missão humanitária que tentava levar ajuda para a Faixa de Gaza
Cássio, você era um dos integrantes da Flotilha Global Sumud e acabou de voltar para o Brasil. Poderia dizer o que aconteceu nesses dias?
Eu estava a bordo do Cabo Blanco, o penúltimo barco a ser interceptado. A gente estava a 89 milhas náuticas da costa de Gaza. Eram três navios-prisão. No nosso caso, a gente foi interceptado no segundo dia e eles foram mais violentos com os ativistas. Antes de ser levado para o navio-prisão, a gente foi levado para um navio de guerra. Esse navio de guerra se aproximou do nosso barco, muito próximo.
A gente estava com medo que eles fossem atropelar o nosso barco. E depois os soldados apareceram no bote, chegaram próximo da gente, pediram para a gente ir para a parte dianteira do barco. Foi difícil, porque o navio de guerra faz muitas ondas ali no mar.
Então, fomos levados até esse navio. Chegando lá, fomos vendados. A gente permaneceu cinco horas vendados ali, ajoelhados. E começou a tortura psicológica.
Gritavam com a gente, nos chamavam de terroristas, perguntavam quanto a gente tinha recebido de dinheiro para fazer parte da flotilha, faziam sons de sirene, ligavam e desligavam a sirene, cantavam músicas, davam risada, jogavam cheiros, perfume…
Tinha uma senhora turca, que não falava nenhum outro idioma além do turco, e com algum problema de saúde começou a gritar. E eles foram muito violentos com ela ali naquele momento também. Depois dessas cinco horas, eles botaram a gente num outro bote pra levar pro navio-prisão. E aí, nesse navio-prisão, foi feita uma verificação de passaporte.
Quando eu mostrei meu passaporte brasileiro, eles disseram que iam me tratar como Tiago Ávila, que é outro ativista da flotilha. E fui levado para uma sala escura. Pediram para eu sentar e, assim que eu me sentei, cinco soldados começaram a me dar golpes com arma. Eu senti minha costela quebrar nesse momento e levantei, meio que instintivamente. Eles me fizeram sentar novamente e me bateram mais tempo. Depois me fizeram tirar toda a roupa. Eu senti muito medo, porque a gente sabe que os sionistas usam estupro como arma de guerra.
Molharam minha roupa e me fizeram vestir. Estava muito frio. Eu fui jogado para dentro do quadrado de contêineres que formava um navio-prisão. Uma companheira me reconheceu e eu falei para ela: “Estou com a costela fraturada”. E aí ela me disse: “Várias pessoas aqui já estão com fraturas”. Eles já estavam lá desde o dia anterior. Eu não sabia exatamente onde eu estava, eu estava em choque, então eu imaginava que a gente estava em alguma parte interna do navio. Só no outro dia que eu consegui ver que a gente estava a céu aberto.
Durante a noite, eles entraram, jogaram bomba de fumaça, bomba sonora, alvejaram o pé de um ativista, que fraturou o tornozelo e ainda está internado. Eles ligavam luzes, apontavam laser de arma com munição letal contra nós. Éramos 188 pessoas nesse navio-prisão, distribuídas em três contêineres. Não tinha espaço para as pessoas dormirem.
Também a gente não encontrava posição, e quando alguém precisava ir ao banheiro, acabávamos pisando uns sobre os outros.
No dia seguinte, quando amanheceu, eu e outros médicos que estavam lá, começamos a contar o número de incidentes para, assim que a gente tivesse contato com nossos advogados, pudéssemos informar. Então, só naquele navio-prisão, a gente contou 35 fraturas, 22 lesões por taser [arma de eletrochoque] na região cefálica [cabeça] e do pescoço, e também 10 casos de violência sexual.
Ao amanhecer, fomos colocados ajoelhados sob o sol durante quatro horas e eles tocaram o hino de Israel 72 vezes, a gente contou. Algumas pessoas passaram mal. A gente não sabia para onde a gente estava ou para onde estávamos indo. Fomos sendo retirados ali, em grupos de dez, para uma parte próxima do porto de Ashdod [Israel].
No porto, havia duas tendas: uma menor e uma grande. Quando eu passei na tenda menor, outra sessão de espancamento. Eu gritei que eu estava com a costela fraturada, mas eles continuaram batendo ainda assim. Fomos separados em grupos menores dentro da tenda grande, colocados em posição de estresse, com as mãos atadas por um zip muito apertado, que cortava a circulação das nossas pernas. Eu não conseguia sentir meus pés. Ao mesmo tempo, eles falavam pra gente não se mexer.
Eu tinha medo de qualquer movimento pudesse ser um motivo para eu ser selecionado, porque pouco tempo depois, eles começaram a retirar pessoas desses grupos menores e aí levavam para a violência física e também para violência sexual. Eu consegui ouvir o som das pessoas sendo estupradas muito perto de mim. E a gente ficou ali umas três horas.
Acho que essa é uma das cenas também que aparece no vídeo que o Itamar Ben-Gvir divulgou. Na verdade, o vídeo mostra a gente em posição de estresse. Eu acho que tem um frame ali daquele vídeo que aparece uma ativista com a calça abaixada, a calcinha aparece, mas o pior mesmo não aparece ali.
Depois, eu fui deixado na mão da polícia israelense. Cada ativista era acompanhado por um policial. O policial oferecia esse ziplock [algema plástica] que estava prendendo minhas mãos para outros policiais, para eles puxarem e deixarem mais apertado.
Eu estava sendo carregado quase ajoelhado, tinha que andar rápido e ele ia golpeando minhas costas. Às vezes acariciava minhas costas e me obrigava a falar frases em hebraico, que eu não sabia o que era. Chamava os colegas para me ver falando essas frases em hebraico.
A gente foi deixado ali no porto por bastante tempo, até que eu fiquei na frente de um delegado. Eu pedi para falar com um advogado. E tinha um grupo de advogados que defendia os ativistas ali, e eles estavam ocupados tentando cuidar de todos. Como ele demorou para vir me atender, eles simplesmente começaram a me fazer perguntas em hebraico e eu sempre repetia que precisava falar com o meu advogado, que precisava da presença do consulado e que eu precisava de atendimento médico, porque eu estava com a costela fraturada. Mas eles preencheram um formulário e me entregaram para ir para a prisão.
Fomos colocados em um ônibus-prisão, que é uma espécie de camburão, numa cela muito pequena. Não tinha espaço para os joelhos, tinha duas caixas de escuta, então a gente era, imagino, que gravado ali. Cabiam duas pessoas em cada celazinha. Eu estava ali com um companheiro que eu já conhecia, da Grécia. Dava pra ouvir cachorros latindo lá fora, ouvir pessoas gritando. A todo momento a gente não sabia para onde estávamos indo. A gente só imaginava pelo histórico do que aconteceu nas outras flotilhas.
Demorou muito tempo para chegar na prisão, que era bastante longe de Ashdod.
Depois eu fiquei sabendo que era a prisão de Tsukiyomi. Chegando na prisão, fui espancado novamente pelos guardas. A gente passou por verificação de passaporte, inscrição na prisão. Fizeram a gente ficar nu de novo. Deram uma roupa quente pra gente. Fazia muito calor.
Passamos por uma espécie de avaliação médica que, na verdade, era pura formalidade. A gente ficava na frente dos profissionais de saúde que escreviam. Mesmo com a costela fraturada, fizeram fotos só do meu tórax e aparecem nos registros de lá as minhas lesões nas costas.
Depois, a gente foi levado para um local com uma tela em que apareciam cenas de pessoas sendo decapitadas, pessoas sofrendo violência física. Eles obrigavam a gente a assistir aquilo e ficavam chamando a gente de terrorista, dizendo que eles eram nossos amigos do Hamas.
Depois, a gente ficou um tempo aguardando numa cela muito pequena. Eram 13 pessoas numa cela de talvez cinco metros quadrados. Não tinha banheiro.
E eu comecei a examinar alguns companheiros que estavam ali, a identificar as fraturas de costela. Tinha muitas pessoas em greve de fome, em greve de sede também. Muita gente desidratada.
Depois, a gente foi levado para uma cela maior. Eram 29 pessoas, mas não tinha cama para todo mundo, muitas pessoas dormiram no chão. Tinha poeira, rato, não tinha banheiro, não tinha água. Então, esse dia todo, a gente teve privação de água. E no navio-prisão, eles ofereceram um pão congelado que a gente usava a temperatura do pão para colocar em cima dos ferimentos das contusões para aliviar um pouco a dor.
No dia seguinte, a gente foi algemado novamente nas mãos e nos pés. Eles corriam com a gente para machucar os pés e seguravam a algema junto com o cabelo, a gente ficava com a mão próxima da cabeça. O tempo todo, violência psicológica. [Eles eram] muito agressivos verbalmente. Eles usavam uma tática de dar instruções. Às vezes falavam para você sentar ao mesmo tempo que falavam para você se levantar. E isso gerava insegurança, um medo de punição e aumentava o estresse.
A gente foi colocado com esse moletom quente dentro do camburão novamente.
Ficou estacionado ali umas duas horas. Depois de um tempo começou a se movimentar e a gente, pelo meio do deserto, não sabia para onde estava indo. Eu imaginei que a gente pudesse estar indo para algum tipo de tribunal, ou que a gente tivesse algum acesso ao advogado. Só quando eu consegui ver por uma fresta do ônibus a palavra “aeroporto” [foi] que eu entendi que a gente possivelmente ia ser deportado.
Fomos colocados dentro de um avião. Quem informou para onde estávamos indo foi a tripulação. Foi o primeiro momento de liberdade. Eu tava muito preocupado, porque eu ouvia as pessoas sofrendo violência sexual. Então eu pedi pra tripulação poder usar o rádio pra dar uma mensagem. Eu instruí que quem tinha passado por violência sexual, assim que chegasse no destino, fosse ir para o hospital para começar a tomar as profilaxias.
A gente chegou em Istambul. Foram 67 pessoas para o hospital, 12 internações e os mais diversos tipos de lesões: traumatismo cranioencefálico, lesão de vértebra, lesão de nariz, pessoas que tiveram fratura de dente, fratura de costela, pneumotórax, contusão pulmonar, fratura de braço, fratura de tornozelo, rabdomiólise [destruição grave de fibras musculares que pode levar à sobrecarga de órgãos como rins e fígado] e fora o trauma, as pessoas com sintomas de estresse pós-traumático.
Isso me emociona porque eles fraturaram muitos corpos e foram violentos com a gente psicologicamente, mas em nenhum momento tivemos dúvida de que era o correto estar ali. Então, moralmente, a gente saiu intacto.
Eu ouço os relatos dos colegas e a lucidez com que eles falam da Palestina. E a gente sabe que, de fato, o nosso privilégio de passaporte estrangeiro, aquilo ia acabar em algum momento.
Nós temos 9 mil prisioneiros palestinos nesse momento. Quatrocentos são crianças.
Uma criança brasileira palestina morreu na prisão israelense com sinais de tortura física e a causa da morte foi desnutrição. Eles deixaram essa criança sem comida até a morte.
E até esse momento, a família ainda não teve o direito de velar o corpo de Walid Ahmad, que é cidadão brasileiro.
A gente tem também 400 profissionais de saúde presos em Gaza, presos na Palestina ocupada nesse momento. Uma voz, um rosto desses profissionais de saúde é um pediatra e diretor do hospital, que recusou a evacuar o hospital e deixar os seus pacientes para trás. Está preso há mais de 500 dias. E os relatos da família são parecidos: fraturas de costela, problemas de saúde, falta de atendimento médico e nenhuma acusação formal contra ele. Uma detenção ilegal.