Poland, Germany in dispute over how to disburse unblocked EU funds for Ukraine



EU imports of Russian liquefied natural gas (LNG) from the Yamal project increased by nearly 18% in the first five months of 2026, according to a report by environmental and sanctions-monitoring NGO Urgewald shared with the Kyiv Independent.
The figures show the challenges facing EU's effort to end

Volodymyr Zelensky made a rare misstep when German Chancellor Friedrich Merz proposed associate EU membership for Ukraine, offering institutional access, participation in Council meetings, gradual budget integration, and critically, Article 42(7) security guarantees.
Zelensky rejected it, insisting Ukraine deserves full and equal membership. In principle, most Europeans would agree.


Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos un artículo del analista político Vali Kaleji en The Cradle.
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Vamos:
El Cáucaso Meridional se está convirtiendo en una prueba de fuego para ver hasta dónde puede llegar Washington en el perímetro compartido por Rusia e Irán antes de que se produzca una reacción violenta.
En vísperas de las cruciales elecciones parlamentarias de Armenia del 7 de junio, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, durante una breve visita a Ereván el 26 de mayo, firmó tres acuerdos de gran importancia en una reunión con el ministro de Asuntos Exteriores armenio, Ararat Mirzoyan.
Entre ellos se incluían el «Acuerdo Marco entre la República de Armenia y los Estados Unidos de América sobre Cooperación Estratégica en relación con la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacionales (TRIPP)», la «Carta sobre la Asociación Estratégica Integral entre la República de Armenia y los Estados Unidos» y el «Marco entre la República de Armenia y los Estados Unidos de América para garantizar el suministro en la extracción y el procesamiento de minerales críticos y tierras raras».
El respaldo de Washington en época de elecciones
La breve visita de Rubio, que duró solo una hora aproximadamente en el aeropuerto de Ereván, fue una clara señal del apoyo de EE. UU. al Gobierno de Nikol Pashinyan de cara a las cruciales elecciones parlamentarias de Armenia del 7 de junio.
En los últimos años, la administración de Pashinyan se ha distanciado gradualmente de la Federación Rusa y de las instituciones regionales lideradas por Moscú, incluida la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y, más recientemente, la Unión Económica Euroasiática (UEE), al tiempo que ha buscado estrechar lazos con la UE, la OTAN y los EE. UU.
En este contexto, el secretario de Estado de EE. UU., que viajó a Ereván dos semanas antes de las elecciones, expresó su firme apoyo a Pashinyan y a su equipo, afirmando: «Tú (Ararat Mirzoyan), el primer ministro y tu equipo estáis allanando el camino hacia un futuro más brillante y más independiente para Armenia».
El presidente de EE. UU., Donald Trump, también escribió en una publicación en Truth Social:
«¡El primer ministro Nikol Pashinyan, de Armenia, un gran amigo y líder, está haciendo que su país sea fuerte, próspero y muy seguro! Nikol comparte plenamente mi visión de PAZ y PROSPERIDAD para Armenia y toda la región del Cáucaso Meridional… Nikol cuenta con mi APOYO TOTAL y ABSOLUTO para su reelección el 7 de junio de 2026».
Armenia también acogió la Octava Cumbre de la Comunidad Política Europea el 23 de mayo, lo que constituyó otra muestra del apoyo occidental al Gobierno de Pashinyan.
No obstante, sigue sin estar claro si dicho apoyo se traducirá en última instancia en una victoria electoral del Partido del Contrato Civil de Pashinyan frente a sus oponentes nacionalistas y conservadores. Un ejemplo reciente es Hungría, donde la visita del vicepresidente estadounidense J.D. Vance a Budapest y su participación en un mitin electoral junto al primer ministro Viktor Orbán no lograron evitar la derrota de Orbán en las elecciones parlamentarias tras 16 años en el poder.
La Ruta de Trump toma forma
Los tres acuerdos firmados durante la visita de Rubio a Ereván —en particular el Acuerdo TRIPP— deben considerarse una continuación y un complemento del acuerdo de paz firmado por el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev y Pashinyan en la Casa Blanca el 8 de agosto de 2025, bajo la mediación de Trump.
En virtud de dicho acuerdo, la conectividad directa entre Azerbaiyán y su República Autónoma de Najicheván a través del territorio armenio se refrendó no bajo la denominación preferida por Bakú de «Corredor de Zangezur», ni bajo el concepto preferido por Ereván de «Encrucijada de la Paz», sino bajo un nuevo título: la «Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacionales» (TRIPP), o simplemente la «Ruta Trump».
El Acuerdo TRIPP, compuesto por 11 artículos, establece el marco jurídico y operativo que rige esta ruta de tránsito. De conformidad con los artículos 1 a 4, se creará una empresa conjunta denominada TRIPP Development Company (TDC).
En virtud del acuerdo, el 74 % de las acciones y la participación mayoritaria en la empresa estarán en manos de entidades estadounidenses que operan bajo la Corporación Financiera Internacional para el Desarrollo de los Estados Unidos (DFC), mientras que Armenia conservará una participación del 26 %.
Además, en virtud del artículo 6, Armenia se compromete a conceder a la empresa conjunta derechos exclusivos de uso del suelo y desarrollo a lo largo de las zonas designadas para la ejecución del TRIPP durante un período inicial de 49 años. El acuerdo también prevé una posible prórroga de 50 años adicionales por mutuo acuerdo, en cuyo caso la participación de Armenia en la TDC aumentaría al 49 %.
Armenia se ha comprometido además a asumir todos los costes financieros asociados a la adquisición de terrenos y a la eliminación de cualquier gravamen o reclamación de terceros que afecte a las zonas del proyecto. Al mismo tiempo, el acuerdo afirma explícitamente que la República de Armenia conserva la plena soberanía, integridad territorial y jurisdicción legal y ejecutiva sobre todas las zonas y proyectos asociados al TRIPP dentro de su territorio soberano.
La aplicación de este acuerdo —al igual que el acuerdo de paz entre Armenia y Azerbaiyán y el proceso en curso de normalización entre Armenia y Turquía— dependerá en gran medida de la reelección del Partido del Contrato Civil de Pashinyan en las elecciones parlamentarias del 7 de junio. Si las fuerzas políticas nacionalistas y conservadoras de Armenia salieran victoriosas, el panorama político podría cambiar significativamente.
Fuertemente críticos con las políticas de Pashinyan respecto a Nagorno-Karabaj, estos grupos nacionalistas y conservadores mantienen posiciones de línea dura tanto hacia Azerbaiyán como hacia Turquía. Tradicionalmente han mantenido relaciones más estrechas con Irán y Rusia, al tiempo que han conservado una distancia cautelosa y cuidadosamente calibrada con respecto a Occidente.
En consecuencia, un cambio de gobierno podría tener profundas implicaciones para el futuro del proceso de paz entre Armenia y Azerbaiyán, la normalización de las relaciones entre Armenia y Turquía y la aplicación del TRIPP.
Teherán ve más que un corredor
Por lo tanto, no fue de extrañar que, en medio de la atmósfera altamente polarizada y políticamente cargada de Armenia en vísperas de las cruciales elecciones parlamentarias, la inesperada y breve visita de Rubio a Ereván fuera recibida con fuertes críticas por parte de las fuerzas de la oposición.
Los partidos de la oposición y los grupos políticos de Armenia sostienen que el proyecto a gran escala de la «Ruta Trump» es, en esencia, el mismo corredor de tránsito que Azerbaiyán lleva tanto tiempo buscando bajo el nombre de «Corredor de Zangezur» y que cuenta con el firme apoyo de Ankara.
El expresidente armenio Robert Kocharyan, líder de la influyente Alianza Armenia, expresó su profunda preocupación por las implicaciones estratégicas del acuerdo, afirmando:
«Creo que el proyecto «TRIPP» es una maniobra propagandística muy fuerte por parte de EE. UU., cuyo objetivo es crear tensión entre Irán y Armenia, porque después de eso, Teherán sin duda sentirá desconfianza… Esto también es un «golpe» para Rusia».
En Irán, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Hamid Baghaei, también reaccionó a la visita de Rubio y a la firma del Acuerdo Trump, afirmando:
«La posición de la República Islámica de Irán con respecto a la seguridad en el Cáucaso Meridional es clara y no deja lugar a ambigüedades. Irán acoge con satisfacción la expansión de los intercambios económicos y la reapertura de las rutas de transporte y tránsito. Sin embargo, dado el largo historial de conducta hostil e intervención de Estados Unidos en diversas regiones del mundo, Irán alberga serias sospechas sobre las intenciones de Washington y ha expresado explícitamente su oposición a cualquier presencia desestabilizadora de este tipo en la región».
Aunque los funcionarios iraníes parecen haberse abstenido de adoptar una postura más explícita en esta fase —probablemente debido a su comprensión del delicado entorno electoral de Armenia y al deseo de evitar verse directamente involucrados en las rivalidades políticas internas del país—, Irán, en términos estratégicos, ve poca diferencia entre la «Ruta Trump» y el «Corredor de Zangezur» defendido por Azerbaiyán y apoyado por Turquía.
Desde la perspectiva de Teherán, ambas iniciativas persiguen objetivos que van mucho más allá del establecimiento de un mero enlace de transporte y tránsito entre el territorio continental de Azerbaiyán y Najicheván a través del territorio armenio adyacente a la frontera de Irán.
Los responsables políticos iraníes creen que tales proyectos podrían generar una serie de importantes retos de seguridady geopolíticos, incluidos riesgos potenciales para los 40 kilómetros de frontera entre Irán y Armenia, los pasos fronterizos y las instalaciones aduaneras de Norduz (Irán) y Meghri (Armenia), así como para la red bilateral de comercio y tránsito por la que pasan más de 80.000 camiones al año.
Además, no cabe duda de que la puesta en marcha de la Ruta Trump, como parte del Corredor Central más amplio y de una ruta emergente de energía y transporte que une Asia Central, el mar Caspio y el Cáucaso Meridional con Europa, aceleraría aún más la orientación hacia Occidente de Ereván.
Tal evolución podría tener consecuencias de gran alcance, incluida la eventual retirada de Armenia de la OTSC y la UEEA. El efecto acumulativo de estos acontecimientos podría ser un cambio más profundo en el equilibrio geopolítico del Cáucaso Meridional en detrimento tanto de Irán como de Rusia —un proceso que, en muchos aspectos, comenzó con la Segunda Guerra de Nagorno-Karabaj en 2020.
La guerra de 12 días entre Estados Unidos e Israel contra Irán en junio de 2025 y la más reciente guerra de 40 días en la que participaron Israel y Estados Unidos contra Irán, del 28 de febrero al 7 de abril de 2026, han agudizado la sensibilidad de Teherán hacia el proyecto de la Ruta Trump y la posible presencia de empresas estadounidenses cerca de la frontera norte de Irán.
Esta preocupación es especialmente acusada dado que, en virtud del acuerdo recientemente firmado, dicha presencia no está pensada para ser temporal. Más bien, el acuerdo prevé un periodo de concesión inicial de 49 años, con la posibilidad de una prórroga adicional de 50 años por mutuo acuerdo, lo que podría dar lugar a una duración total de 99 años.
Desde la perspectiva de Irán, esto no equivaldría simplemente a un proyecto de transporte o de infraestructura, sino al establecimiento de una huella económica y estratégica estadounidense a largo plazo en una zona geopolítica altamente sensible adyacente a sus fronteras.
Por esta razón, Kocharyan declaró durante su campaña electoral:
«Hoy en día, Estados Unidos se encuentra en un estado de confrontación con Irán. En tales circunstancias, ¿cómo puede alguien creer razonablemente que ceder el control de la sensible zona fronteriza entre Armenia e Irán a una empresa estadounidense es una decisión racional? ¿De verdad consideran que tal medida es normal y aceptable? ¿Cómo se espera que Teherán perciba y tolere tal acuerdo? Insto a las autoridades de Ereván a que se pongan, aunque sea por un momento, en la posición de Irán y vean este desafío de seguridad desde la perspectiva de Teherán».
Moscú sube la apuesta
La respuesta de Rusia hacia Armenia, sin embargo, ha sido notablemente más dura, al menos en la etapa actual. Solo unos días después de la visita de Rubio, Moscú retiró a su embajador de Ereván para consultas, citando las políticas cada vez más prooccidentales del Gobierno de Pashinyan.
En las últimas semanas, funcionarios rusos han advertido abiertamente a Armenia, especialmente en relación con la posibilidad de su retirada de la UEEA, sobre las posibles consecuencias, entre las que se incluyen el aumento de los precios del gas o la suspensión de los acuerdos energéticos preferenciales, restricciones a las importaciones de productos armenios, limitaciones al comercio de diamantes y energía, e incluso una reevaluación de ciertos ámbitos de la cooperación económica.
En esencia, a Moscú le preocupa que su participación actual en la guerra de Ucrania pueda animar a Armenia —el único Estado del Cáucaso Meridional que sigue siendo miembro tanto de la UEEA como de la OTSC— a abandonar estas instituciones lideradas por Rusia.
Dado que ni Georgia ni Azerbaiyán son miembros de ninguna de las dos organizaciones, tal desarrollo reduciría significativamente la influencia económica, geopolítica y militar de Rusia en el Cáucaso Meridional.
La aplicación del Acuerdo TRIPP y la construcción de la Ruta Trump entre Azerbaiyán y Najicheván se enfrentan a importantes obstáculos políticos y dependerán en gran medida del resultado de las elecciones parlamentarias de Armenia del 7 de junio.
Si prevalecen las fuerzas políticas nacionalistas y conservadoras de Armenia, la probabilidad de que el proyecto se suspenda o se abandone sería considerable.
Incluso si Pashinyan consigue la reelección, es probable que la puesta en marcha del proyecto provoque una fuerte oposición por parte de Irán y exponga a Armenia a posibles medidas de represalia por parte de Rusia, especialmente en los ámbitos de las exportaciones de gas natural y las restricciones a las importaciones armenias.
Publicado originalmente por The Cradle
Traducción: Geopolítica rugiente
The European Pact on Migrations and Asylum comes into full force on Friday, and Portugal’s government is delighted, saying the ‘harmonisation of entry rules will allow for better management of
The post European pact is “brake on illegal immigration”; incentive for “regular channels” appeared first on Portugal Resident.
By Hélène de LAUNZUN
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Franco-German combat aircraft programme collapses after years of disputes, showcasing the difficulty with military cooperation within the EU.
Rumours had been circulating for many months, but it was confirmed on Monday, June 8th: France and Germany have decided to abandon the core joint fighter plane component of their joint Future Combat Aircraft System (FCAS) project. With it goes a project that symbolised ambitions for deeper military cooperation between the two countries.
The project was launched in 2017 on the initiative of French President Emmanuel Macron and then-German Chancellor Angela Merkel. Its aim was to replace, by 2040, the French Rafale and the German-Spanish Eurofighter. After months of stalled progress, Chancellor Friedrich Merz and President Macron agreed that the main industrial partners involved in the project—Dassault Aviation on the French side and Airbus Defence and Space on the German-Spanish side—were clearly unable to work together because of diverging interests.
It was one of Europe’s largest military programmes, with an estimated total cost of €100 billion. The technological ambition was highly advanced: more than just a fighter jet, the system was to integrate combat drones, connected sensors and a next-generation digital network, thereby forming what was described as a ‘combat cloud.’
Disagreements between the industrial parties have multiplied in recent months, centring on the sharing of industrial responsibilities, intellectual property, and the governance of the project. In the spring, Macron was still insisting he believed in it, but progress remained elusive.
For defence expert Jean-Dominique Merchet, the programme had in fact been “on life support” for several months, and the German decision to formalise the end merely confirmed a shared recognition of irreconcilable industry positions rather than a unilateral move. The fact that the announcement came from Berlin—without a joint statement from partner countries France and Spain—confirms the major political setback for Macron, who has been the project’s main champion since its launch in 2017. According to Merchet, the announcement definitively confirms the now insurmountable disagreements between Dassault Aviation and Airbus over the development of the fighter plane intended to form the core of the programme. The analyst is now questioning the future of the other components of the FCAS, notably the combat cloud, the engines, and the support drones. This failure could undermine another major Franco-German project, the future European battle tank, which is itself already facing numerous difficulties.
Similar frictions have affected other joint efforts in recent years. In some cases, one side has withdrawn or scaled back its commitment—as in the case of the Tiger helicopter, where Germany backed out, or the Eurodrone, where France is currently discussing exit terms; in others, like the MAWS maritime patrol programme and the CIFS future artillery system, it’s due to delays, differing priorities, and mutual strain.
For both countries, the failure tests their ability to advance next-generation capabilities.
For France, the failure of the FCAS will test the national defence industry’s ability to bounce back. France must now consider the possibility of a new-generation programme that it would lead alone or in cooperation with other potential partners such as Sweden, Italy, India or the United Arab Emirates. Germany is expected to consider options including additional F-35 acquisitions or interest in alternative collaborative frameworks.
The failure of the FCAS is highly symbolic at a time when, under American pressure, Europe was seeking to assert its strategic autonomy. The programme, which symbolised Europe’s ability to carry out its major armaments projects autonomously in the face of the United States and China, illustrates above all the persistent difficulties European states face in effectively coordinating their industrial, strategic, and national interests.
Original article: europeanconservative.com
La nuova enciclica di Papa Leone XIV, approvata da un responsabile dell’intelligenza artificiale, sostiene di voler regolamentare l’algoritmo. Ma il Vaticano sta consacrando il potere della tecnologia o lo sta mettendo in discussione?
L’enciclica e il suo momento
Il 25 maggio 2026, nella solennità dell’Aula del Sinodo in Vaticano, si è consumato un evento che la storia ricorderà come uno spartiacque: Papa Leone XIV ha presentato personalmente la prima enciclica del suo pontificato, Magnifica Humanitas. Sulla salvaguardia della persona umana nell’era dell’intelligenza artificiale. Nessun pontefice aveva mai presenziato in prima persona alla presentazione pubblica di un proprio documento dottrinale. Il gesto, nella sua straordinaria rottura con il protocollo secolare, non era casuale. Era una dichiarazione, una di quelle che segna un passaggio epocale, e non dal punto di vista prettamente ecclesiologico, bensì per il valore che ha il contenuto di quanto è stato presentato.
A rendere l’evento ancora più denso di significato, al fianco del pontefice non era seduto un cardinale della Curia, un teologo della Pontificia Accademia delle Scienze o un filosofo della scuola fenomenologica romana, bensì Christopher Olah, cofondatore di Anthropic, l’azienda californiana che sviluppa il modello Claude. Per la prima volta nella storia contemporanea, l’intelligenza artificiale è diventata il tema centrale e fondativo del primo grande documento dottrinale di un nuovo pontefice. L’algoritmo ha ottenuto l’onore che in precedenza era stato riservato alla famiglia, alla pace, alla giustizia sociale.
La data apposta alla firma dell’enciclica — il 15 maggio — non era meno eloquente. Centotrentacinque anni prima, nello stesso giorno del 1891, Leone XIII aveva promulgato la Rerum Novarum, il documento fondativo della dottrina sociale cattolica moderna, quello che per la prima volta impegnò la Chiesa a prendere posizione di fronte alle devastazioni della rivoluzione industriale, al lavoro minorile, allo sfruttamento delle masse operaie, alla questione della proprietà privata e del salario giusto. L’attuale pontefice, che ha scelto il medesimo nome del predecessore di fine Ottocento con una deliberatezza che esclude qualsiasi ambiguità simbolica, vuole stabilire un’equivalenza esplicita e imperativa: l’intelligenza artificiale è per il nostro tempo ciò che la macchina a vapore e la fabbrica furono per il tempo di Marx e dei primi sindacati. È la questione sociale del secolo.
Il giorno successivo alla firma, il 16 maggio, Leone XIV ha approvato la creazione di una commissione vaticana permanente sull’intelligenza artificiale: per la prima volta nella sua storia bimillenaria, la Santa Sede istituzionalizza il rapporto con l’IA sotto un unico organismo di governo. Il messaggio al mondo era limpido e privo di qualsiasi ambiguità diplomatica: la Chiesa di Roma si candida a essere la coscienza globale dell’algoritmo. Ma la scelta dell’interlocutore tecnologico chiamato a condividere il palco con il pontefice non era un omaggio cerimoniale. Era uno schieramento.
Un nuovo asse tra Vaticano e Silicon Valley?
Per comprendere cosa Dario Amodei andasse a fare a Roma nei giorni successivi alla presentazione dell’enciclica — e perché il Vaticano avesse scelto precisamente Anthropic tra tutte le grandi case dell’intelligenza artificiale mondiale — occorre ricostruire il contesto geopolitico che ha precipitato questo incontro con la velocità di una crisi diplomatica.
Il 27 febbraio 2026, l’amministrazione Trump aveva firmato un ordine esecutivo imponendo a tutte le agenzie federali statunitensi la cessazione immediata di qualsiasi attività commerciale con Anthropic. Nelle ore successive, il segretario alla Difesa Pete Hegseth aveva definito la società “un rischio per la catena di approvvigionamento della sicurezza nazionale”: una qualifica mai applicata prima, nella storia americana recente, a un’impresa privata nazionale. OpenAI, l’azienda di Sam Altman, aveva colmato il vuoto con rapidità chirurgica, firmando un contratto con il Pentagono nelle stesse ore in cui Anthropic veniva messa all’indice. La frattura si era poi spostata in tribunale, con sentenze di segno opposto nei diversi gradi di giudizio e una causa ancora aperta.
Il Vaticano dunque non ha scelto OpenAI, che pure è il marchio commercialmente più potente nel settore. Non ha scelto Palantir, nonostante Peter Thiel avesse visitato Roma nel marzo precedente per una serie di seminari a porte chiuse sul rapporto tra tecnica e democrazia, accolti in ambienti curiali con quella che gli osservatori presenti hanno descritto come freddezza glaciale. Ha scelto invece l’unica azienda tra le grandi case dell’IA che aveva pagato con l’esclusione dal Pentagono il rifiuto di rimuovere i vincoli etici incorporati nei propri modelli. La Santa Sede ha scelto, in altre parole, l’interlocutore che la Casa Bianca trumpiana aveva appena respinto. E lo ha fatto nel giorno dell’anniversario della Rerum Novarum, conferendo all’operazione la solennità del precedente storico più alto della dottrina sociale cattolica.
All’evento in Aula del Sinodo, Olah aveva espresso pubblicamente ciò che raramente si sente pronunciare da chi sviluppa sistemi di intelligenza artificiale: le domande poste dall’IA, aveva detto, “sono più grandi della comunità di ricerca” e non possono essere lasciate soltanto nelle mani di scienziati o imprese. Aveva elencato tre urgenze di portata storica: il rischio di perdite di posti di lavoro su scala massiva, la distribuzione profondamente ineguale dei benefici economici tra paesi ricchi e paesi poveri, e la crescente opacità dei sistemi algoritmici — modelli sempre più complessi che nessuno, nemmeno i loro creatori, è in grado di leggere compiutamente dall’interno. Aveva aggiunto che esiste un problema ancora più grave: l’assenza di qualsiasi meccanismo capace di distribuire in modo equo i benefici economici dell’IA. “È un problema irrisolto”, aveva riconosciuto, “ed è precisamente il tipo di problema che storicamente la Chiesa si è rifiutata di permettere che il mondo ignorasse”. Un’autocritica pubblica e radicale, pronunciata da una società che vale trecento ottanta miliardi di dollari.
Anthropic: l’azienda “etica” e le sue contraddizioni
Fondata nel 2021 da Dario Amodei e dalla sorella Daniela, insieme a un gruppo di ricercatori fuoriusciti da OpenAI, Anthropic si è costruita in pochi anni una narrativa pubblica fondata su tre pilastri: sicurezza, allineamento etico e trasparenza algoritmica. Il cofondatore Olah incarna meglio di chiunque altro questa immagine: un ricercatore che studia cosa accade all’interno delle reti neurali, che si preoccupa che i sistemi di IA siano comprensibili e governabili, che sostiene la necessità di un controllo esterno, da parte di governi, istituzioni religiose, società civile, su tecnologie che nessuna singola azienda può gestire responsabilmente da sola.
È questa immagine che ha reso Anthropic appetibile agli occhi del Vaticano. Ed è questa immagine che, osservata da vicino, rivela le sue lacerazioni interne. Perché la stessa settimana in cui Olah saliva al Soglio di Pietro per ricevere quella che alcuni commentatori non hanno esitato a definire «l’unzione vaticana dell’intelligenza artificiale umanistica», giungevano le ricostruzioni di quanto era accaduto nei mesi precedenti nell’altra stanza del potere — quella del Pentagono.
Secondo le analisi pubblicate da La Fionda e ricostruite attraverso fonti aperte, la prima frizione tra Anthropic e l’apparato militare americano era emersa a gennaio 2026, durante l’operazione di cattura del presidente venezuelano Nicolás Maduro a Caracas, condotta dalla CIA con il supporto del sistema Maven — il programma di intelligenza artificiale applicata alle operazioni militari — e quindi, secondo quanto riportato, con il concorso del modello Claude. Anthropic aveva protestato formalmente, sostenendo che l’operazione eccedeva i limiti d’uso contrattualmente concordati. Da quel momento il rapporto si era incrinato. Il Pentagono pretendeva l’eliminazione delle clausole restrittive. Anthropic resisteva. La crisi era precipitata nel febbraio successivo con l’ordine esecutivo di Trump.
Ma la medesima fonte segnala che nelle prime ventiquattr’ore dei bombardamenti congiunti americano-israeliani sull’Iran — nelle stesse ore in cui il Pentagono cancellava ufficialmente Anthropic dalla propria catena di approvvigionamento — il modello Claude aveva contribuito a selezionare un migliaio di obiettivi. Le due notizie convivono nella stessa settimana e si illuminano a vicenda con una luce che disorienta. Non si tratta di una contraddizione irrisolvibile soltanto sul piano logico: è una contraddizione che rivela la struttura profonda dell’intero sistema in cui Anthropic opera, vuole e non vuole operare.
La tensione tra il peso commerciale di Anthropic e le parole pronunciate in Vaticano era difficile da ignorare e Olah non ha provato a nasconderla.
Ciò che emerge non è necessariamente la prova di una malafede strategica, ma qualcosa di più inquietante: la dimostrazione che le categorie di “azienda etica” e “azienda militare” non sono affatto impermeabili l’una all’altra nell’ecosistema tecnologico americano contemporaneo. Esse coesistono, si contengono, si contraddicono. E proprio questa coesistenza è il dato strutturale che nessun documento dottrinale, per quanto solenne, è in grado di dissolvere con un’unzione simbolica.
Le tre stanze del potere
Come ha osservato la brillante giornalista italiana Margherita Furlan nei suoi recenti articoli, ci sono “tre stanze”. La prima è la sala riunioni di Anthropic a San Francisco, dove si producono i modelli algoritmici. La seconda è la sala operativa del sistema Maven al Pentagono, dove tali modelli vengono integrati nelle catene decisionali militari. La terza è il salone delle udienze di Leone XIV in Vaticano, dove le istituzioni simboliche più antiche e autorevoli del mondo occidentale conferiscono legittimità morale all’intero sistema.
La metafora è efficace non perché postuli una cospirazione — essa non lo fa — ma perché descrive una struttura funzionale. Non occorre che le tre stanze comunichino direttamente, che i loro occupanti si accordino in anticipo, che esistano riunioni segrete o patti sottoscritti nell’ombra. Il potere strutturale, come aveva intuito Susan Strange nella sua analisi del declino dello Stato nelle economie avanzate, non opera attraverso intese esplicite ma attraverso convergenze di interesse che si consolidano nel tempo fino a diventare la grammatica invisibile dell’ordine mondiale.
In questa grammatica, il ruolo delle istituzioni simboliche — quelle che detengono il monopolio della legittimazione morale — è sempre stato essenziale. La Chiesa cattolica ha svolto questa funzione per secoli nei confronti del potere temporale dei re, degli imperatori, delle grandi famiglie mercantili. Il Concordato di Westfalia, il ruolo della Curia nella diplomazia europea preindustriale, la posizione della Santa Sede nei conflitti del Novecento: tutto attesta che la funzione vaticana di «camera di compensazione morale» ha attraversato indenne rivoluzioni politiche, guerre mondiali, tracolli ideologici.
Oggi quella funzione si riadatta al capitalismo delle piattaforme. La domanda che merita di essere formulata senza eufemismi è se il Vaticano, nell’intraprendere questa operazione, stia esercitando un potere critico e correttivo — come il predecessore omonimo Leone XIII lo esercitò verso il padronato industriale con la Rerum Novarum — oppure se stia svolgendo una funzione di legittimazione che consolida, piuttosto che contestare, il sistema che dichiara di voler governare.
La rivoluzione teologica dell’algoritmo
Il contenuto dell’enciclica Magnifica Humanitas merita una lettura che vada al di là del giudizio di merito sulle sue singole posizioni — condivisibili o discutibili che siano — per cogliere la trasformazione che il documento introduce nell’architettura concettuale della dottrina cattolica.
Il titolo stesso è rivelatore. “Magnifica Humanitas” — la magnifica umanità — è una formula che richiama la tradizione dell’umanesimo cristiano, la centralità della persona creata a immagine e somiglianza di Dio, la dignità inalienabile dell’essere umano come fondamento di ogni etica sociale, ma applicata all’intelligenza artificiale, quella formula svolge una funzione diversa: non difende la persona umana contro la macchina, bensì cerca di integrare la macchina nell’orizzonte della persona. Non è una critica alla tecnica; è un tentativo di addomesticarla teologicamente.
Categorie fondamentali della tradizione cristiana vengono infatti reinterpretate nel documento in chiave tecnologica. Il discernimento — che nella tradizione ignaziana è il processo spirituale di distinzione tra mozioni buone e cattive nell’anima del credente — diventa una categoria applicabile ai sistemi algoritmici: discernere, nel nuovo lessico, significa anche valutare l’impatto delle tecnologie sulla vita umana. La coscienza — che nella teologia morale cattolica è il santuario interiore in cui la persona risponde direttamente a Dio — viene estesa a includere la responsabilità delle organizzazioni che sviluppano IA. La verità — che nella tradizione scolastica è l’adaequatio rei et intellectus, l’adeguazione dell’intelletto alla cosa — deve fare i conti con sistemi che producono output probabilistici e che possono generare ciò che i tecnici chiamano allucinazioni.
Quello che si profila non è soltanto un aggiornamento lessicale o un’operazione di marketing dottrinale. È qualcosa di più profondo e meno reversibile: la progressiva trasmigrazione del linguaggio teologico nell’orbita del linguaggio tecno-gestionale. Una volta che la Chiesa ha accettato di parlare di «algoritmi etici», di «allineamento dei modelli», di «governance dell’IA» come categoria spirituale, la direzione del prestito concettuale tende inevitabilmente a rovesciarsi. Non è più soltanto la Chiesa a prestare alla tecnica il suo vocabolario morale: è la tecnica che comincia a prestare alla Chiesa il suo vocabolario funzionale. E quando il linguaggio della salvezza cede il passo al linguaggio dell’ottimizzazione, della previsione e della gestione algoritmica della realtà, qualcosa di essenziale si è già trasformato.
Vi è poi una questione che nessuno dei commenti entusiastici sull’enciclica ha finora affrontato con la necessaria franchezza: quella dell’autorità epistemica. Chi detiene, nell’era dell’algoritmo, il potere di stabilire cosa è vero? La tradizione cattolica ha risposto a questa domanda in modo preciso per secoli: il Magistero della Chiesa, attraverso la sua interpretazione della Rivelazione, è il punto di riferimento normativo per la coscienza del credente. Ma i grandi modelli di linguaggio — addestrati su miliardi di testi, capaci di produrre risposte plausibili su qualsiasi argomento, accessibili a qualunque persona dotata di uno smartphone — stanno diventando, nella pratica quotidiana di centinaia di milioni di persone, una nuova forma di autorità epistemica. Non dichiarata, non consacrata, non responsabile verso alcuna istituzione. Ma di fatto operante.
Dalla Rerum Novarum alla Magnifica Humanitas
Il parallelo tra Leone XIII e Leone XIV, tra la Rerum Novarum del 1891 e la Magnifica Humanitas del 2026, non è soltanto una trovata retorica. È una chiave interpretativa che illumina tanto le somiglianze quanto, soprattutto, le differenze strutturali tra i due momenti storici.
Leone XIII scrisse la Rerum Novarum in un contesto nel quale la Chiesa era chiaramente estranea al potere economico dominante. L’industria del tardo Ottocento era governata da capitalisti che non avevano bisogno della benedizione papale per affermare la propria legittimità: la avevano costruita attraverso il mercato, la forza, e un’ideologia liberale che la religione aveva largamente emarginato come retroguardia del pensiero. In quel contesto, la presa di posizione della Chiesa a favore del salario giusto e dei diritti dei lavoratori era un atto che andava contro gli interessi del potere dominante. Costava qualcosa. Aveva un’autonomia reale.
Il contesto attuale è profondamente diverso. Anthropic non è un padrone settecentesco che sfrutta bambini nelle miniere. È un’azienda che vale trecento ottanta miliardi di dollari, che ha nel proprio capitale Amazon, Google, Sequoia Capital, BlackRock e la Qatar Investment Authority, che si presenta già con un’elaborata narrativa etica e che viene a Roma non come interlocutore scomodo, ma come alleato desiderato. Il Vaticano non si pone in opposizione a questo potere: cerca di negoziare con esso una posizione di influenza all’interno di un sistema che non mette in discussione.
La domanda che la dottrina sociale della Chiesa dovrebbe porsi — e che l’enciclica sfiora senza rispondere — è strutturale: è possibile governare eticamente un sistema la cui architettura economica di fondo produce disuguaglianze radicali, concentrazione monopolistica del potere conoscitivo, e tendenza intrinseca all’utilizzo militare, semplicemente negoziando con i suoi protagonisti più moderati? O è necessario interrogare il sistema stesso, le sue condizioni di produzione, la sua governance, la sua appropriazione privata dei benefici collettivi?
Antonio Gramsci, nei Quaderni del carcere, scriveva che ogni egemonia si costruisce prima sul piano della cultura e solo dopo si traduce in dominio sul piano politico. L’enciclica Magnifica Humanitas è esattamente questo: un atto di egemonia culturale, un tentativo di scrivere la cornice morale dentro cui la prossima ondata tecnologica dovrà muoversi. Ma un atto di egemonia culturale può essere anche, paradossalmente, uno strumento di incorporazione: esso legittima i propri interlocutori mentre pretende di governarli.
Il rischio della religione tecnocratica
C’è un’ultima questione che questa vicenda pone con forza e che nessuna celebrazione istituzionale può neutralizzare: quella della progressiva convergenza tra potere spirituale e potere tecnologico, e del rischio che tale convergenza produca non un controllo della tecnica da parte dell’etica, ma una sacralizzazione della tecnica attraverso l’etica.
Le narrazioni transumaniste e postumaniste — quelle che promettono il superamento dei limiti biologici dell’uomo, l’immortalità digitale, la fusione tra intelligenza umana e artificiale — entrano in tensione profonda con la tradizione cristiana su ogni piano: antropologico, escatologico, sacramentale. Un essere umano che può essere indefinitamente migliorato, potenziato, preservato attraverso la tecnologia non ha più bisogno di redenzione, di grazia, di resurrezione. La morte stessa — cardine della soteriologia cristiana — diventa un problema tecnico in attesa di soluzione ingegneristica.
Eppure le élite digitali che promuovono queste visioni — con il loro peculiare misto di millenarismo secolare, utopismo tecnologico e ansia da rischio esistenziale — stanno progressivamente occupando lo spazio simbolico che un tempo apparteneva alle grandi narrazioni religiose. Esse parlano di minacce esistenziali all’umanità, di salvezza attraverso l’allineamento dell’IA, di un futuro in cui la tecnica deciderà la sopravvivenza o l’estinzione della specie. Hanno adottato, in altre parole, la struttura formale del pensiero escatologico senza la sua sostanza teologica: la fine del mondo senza il Dio che la governa, la salvezza senza la grazia, il peccato originale senza il perdono.
In questo scenario, il rischio che il Vaticano corre non è tanto quello di essere ingannato da Anthropic, quanto quello di prestarsi, inconsapevolmente o deliberatamente, a un processo di sacralizzazione del tecno-capitalismo che si avvale del linguaggio morale della Chiesa per conferire una patina di profondità a ciò che è in realtà puro esercizio di potere economico e strategico. Non si tratta di supporre malafede: si tratta di riconoscere la forza delle strutture, che agiscono indipendentemente dalle intenzioni dei singoli attori.
Il filosofo della tecnica Jacques Ellul aveva avvertito decenni or sono che il rischio supremo della civiltà tecnologica non è la macchina che si ribella all’uomo, ma la macchina che l’uomo finisce per adorare — trasformando l’efficienza in valore ultimo, l’ottimizzazione in virtù, la previsione in profezia. Quando le istituzioni che storicamente hanno custodito il senso del limite, della finitezza e della trascendenza si mettono al servizio di questa nuova liturgia, non è detto che ne diventino gli officianti consapevoli, ma ne diventano comunque parte.
Chi controlla il significato?
La vera posta in gioco nell’incontro tra il Vaticano di Leone XIV e l’intelligenza artificiale di Anthropic non è di natura tecnologica. Non riguarda la sicurezza degli algoritmi, né la distribuzione dei benefici economici, né i vincoli d’uso nei contratti militari — per quanto tutte queste questioni siano di enorme rilevanza pratica. La vera posta in gioco è simbolica e politica nel senso più alto del termine: chi controlla il significato morale della rivoluzione tecnologica in corso?
La scena del 25 maggio 2026 — un cofondatore di una delle aziende più potenti del pianeta seduto accanto al vescovo di Roma nel giorno dell’anniversario della più importante enciclica sociale della storia cattolica — è una scena di ridefinizione del potere culturale dell’Occidente. Non soltanto perché il Vaticano ha scelto di schierarsi con la fazione della Silicon Valley che la Casa Bianca trumpiana ha escluso dai propri contratti militari. Ma perché, nel farlo, ha accettato di svolgere una funzione di legittimazione che ogni sistema di potere necessita e ricerca: la funzione di tradurre il dominio economico e tecnico in autorità morale riconosciuta.
La domanda che resta aperta — e che la storia dei prossimi decenni dovrà rispondere — è se il Vaticano stia realmente tentando di governare la rivoluzione dell’intelligenza artificiale attraverso la forza autonoma della propria tradizione morale, oppure se ne stia diventando parte integrante: non il giudice del sistema, ma il suo sacerdote. Non il profeta che parla al potere, ma il cerimoniere che lo consacra.
Leone XIII, nel 1891, aveva pagato il prezzo della propria autonomia: la Rerum Novarum aveva scontentato i capitalisti cattolici quanto i socialisti atei, e nessuno dei due campi l’aveva abbracciata con entusiasmo. Era rimasta un documento scomodo, capace di disturbare tutte le comode certezze del proprio tempo. Sarà la Magnifica Humanitas capace della medesima scomodità? Sarà in grado di interrogare il sistema invece di legittimare i suoi protagonisti più moderati? Saprà porre la domanda che nessuna delle parti coinvolte vuole sentirsi porre: a chi appartiene il futuro che l’intelligenza artificiale sta costruendo, e a quali condizioni ne sarà distribuita la ricchezza?
Sono domande che la cerimonia del 25 maggio ha suggerito senza rispondere. E forse è in questo silenzio che risiede, più che nelle parole ufficiali, il vero significato dell’incontro tra il Vaticano e l’algoritmo. La questione non riguarda soltanto la tecnologia. Riguarda chi ne controlla il significato simbolico e morale. E chi controlla il significato, in ultima analisi, controlla il futuro.

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