El momento más esperado por el mundo del fútbol llegó. Este jueves 11 de junio, el mítico Estadio Azteca se convirtió en el primer recinto de la historia en albergar tres ceremonias inaugurales de un Mundial, tras las de 1970 y 1986.
Horas antes del silbatazo inaugural del Mundial, los dioses están pendientes de un partido de pelota en un pequeño foso de la zona arqueológica de Cuicuilco, en Tlalpan, al sur de la Ciudad de México. El árbitro agarra la pelota de hule, ante la mirada atenta de los diez jugadores. “El juego de la vida y la muerte: se gana y se pierde”, dice antes de hacer rodar la redonda. Uno de los jugadores espera a su llegada, se apoya en el suelo con la mano y golpea la cadera con su cadera, con la soltura de un bailarín de breakdance. El resto de jugadores queda pendiente del movimiento del balón, como jaguares acechando a su presa. Es el inicio del breve partido de exhibición de pelota mesoamericana organizado por la Secretaría de Cultura, uno de los eventos previos a la Copa del Mundo de fútbol.
Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EE UU, México y Canadá.
México volvió a abrirle la puerta al mundo con una pelota. De nuevo hizo global aquello de “mi casa, su casa”; ningún otro país en la historia de la gran cita del balón lo ha podido verbalizar tantas veces, tres ya. Las mismas, más que ninguno también, que un mismo estadio ha acogido un partido inaugural. La gloria se queda para siempre en el totémico Azteca, por mucho que ahora quieran llamarlo Banorte o Ciudad de México: los patrocinadores pueden comprar un nombre, no una historia, menos cuando esa historia fue escrita por las deidades que alguna vez corrieron en este césped. Ante Sudáfrica, México rompió además un maleficio casi centenario. La selección que más partidos inaugurales ha jugado nunca había logrado una victoria el día del estreno. Fue en la octava ocasión que lo logró. Hay algo profundamente mexicano en no claudicar. Hay algo profundamente mexicano en permanecer en pie y seguir encontrando motivos para celebrar.
El Mundial más norteamericano empezó con un zumbido prehispánico y terminó con el gringísimo Let’s go. Como una premonición, la caracola marina que servía igual para llamar a la lluvia que a la guerra, sonó esta vez para dar arranque a la primera Copa repartida entre los tres vecinos, Estados Unidos, México y Canadá. Los Tres Amigos, que no atraviesan precisamente el mejor momento de su amistad, tendrán cada uno su propia ceremonia de inauguración. La mexicana, en la que no estuvieron presentes ninguno de los tres presidentes de los países anfitriones, tuvo guiños decorativos prehispánicos, mucho español y bastante de inglés. Una ceremonia neutra para tiempos revueltos.