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Actos y autos de fe

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A Jorge Luis Borges le intrigaba que a todo lo largo de los Evangelios Cristo escribe una sola vez; lo hace sobre tierra o arena, y no llega a saberse lo que ha escrito. La escena está en el Evangelio de Juan, contada con la prosa seca del Nuevo Testamento, que, según el gran especialista Antonio Piñero, fue escrita en un griego más bien rústico y nada literario. El resultado es de una austera eficacia visual, que le hace a uno pensar en El Evangelio según san Mateo, de Pasolini. Unos letrados y fariseos le presentan a Cristo a una mujer acusada de adulterio. Hay mucha gente alrededor. Con el propósito de tenderle una trampa, los hombres citan la ley de Moisés, que castiga el adulterio con la muerte por lapidación, y le preguntan qué considera él que se debe hacer. Cristo no dice nada. Se inclina sobre la tierra y escribe algo en ella con un dedo. Los acusadores siguen preguntando. Él se incorpora y dice, en la edición castellana de Piñero: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojarle una piedra”. A continuación, vuelve a inclinarse, y escribe de nuevo. Mientras tanto, los acusadores y los curiosos y testigos, quizás lapidadores voluntarios, “salieron uno por uno comenzando por los ancianos, y se quedaron él solo y la mujer”. El relato no puede ser más lacónico, y más lleno de sugerencias que nuestra imaginación añade: el silencio después del clamor colectivo, la retirada gradual, la escena que se queda vacía, esa mujer de pie, el hombre que deja de escribir y se incorpora cuando han quedado solos los dos. Parece que es entonces cuando mira a su alrededor y se da cuenta de que toda esa gente que parecía tan dispuesta a ejercer su bárbara justicia se ha ido. Dice: “Mujer, ¿dónde están? Ninguno te ha condenado?”. Y añade, y aquí termina sin más el pasaje: “Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más”.

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¿Una memoria única? Respuesta desde la dignidad a Martín Villa

Teófilo del Valle (a la izquierda), en 1974, en la boda de su hermano Juan Antonio, en una imagen cedida del documental 'Las tres muertes de Teófilo del Valle', de Manuel de Juan.

El pasado 8 de junio, Rodolfo Martín Villa publicaba en EL PAÍS una columna de opinión titulada Relato de un “excombatiente” de la Transición. En dicho escrito, el que ocupó numerosos cargos políticos durante el franquismo y fue orgulloso militante de Falange española, no solo derrocha un absoluto desprecio hacia las querellas presentadas para reclamar lo que muchos gobiernos no han sabido o no han querido garantizar, verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición, sino que, además, y con enorme desfachatez, se presenta como una víctima de aquellos que lo único que quieren es imponer, según él, una memoria única.

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Lo siento por ese chaval

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Fue vaciando el piso de mi abuelo cuando apareció la revista olvidada. La abrí. Contenía uno de mis primeros artículos. En él recordaba la gran aventura vital que para un chico de pueblo suponía irse a Valencia a estudiar. Ya ha pasado casi un cuarto de siglo, pero en mi memoria sigue intacta aquella imagen. Hay un chico de 18 años tumbado en el camastro de un cuartucho caluroso al que sus compañeros llaman ratonera. Lee un libro de Francisco Peregil, el reportero al que más admira, ese reportero que algún día sueña ser. Suena airada la voz de Raimon por el radiocedé. Sobre el cabecero de la cama hay un cartel del año 36 con unos niños tristes, caras de hambre y brazaletes negros. Per ells! Vota les esquerres. Por la ventana ve ocho carriles para el tráfico y otros dos para el tranvía: monotonía urbana tras los cristales. Qué distinto todo al pueblo. Sobre todo, la independencia. Esa desconocida sensación de libertad. Los ojos que no te escrutan. La pregunta que no te aguarda. El pasado que no cuenta. Todo idealizado, claro: así era la juventud, así es la nostalgia.

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‘Pioneras’: bonito gol por la escuadra del cine popular más emocionante

Cincuenta y cinco años son muchos años. Pero quizá no tantos si pensamos que es el periodo comprendido entre el nacimiento de algunos de nosotros y la plena contemporaneidad. Lo que se ha podido ver, disfrutar y sufrir, en la sociedad y en el cine, a lo largo de una vida. Pues bien, España ha cambiado tanto como la distancia que hay entre Las Ibéricas F. C., película del año 1971 dirigida, producida y escrita por Pedro Masó, y Pioneras, solo querían jugar, tercer largometraje de Marta Díaz de Lope Díaz, que se estrena este viernes en cines. Dos historias de fútbol femenino.

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Pioneras, solo querían jugar

Dirección: Marta Díaz de Lope Díaz.

Intérpretes: Sofía de Iznájar, Daniel Ibáñez, Aixa Villagrán, Bruna Lucadamo.

Género: melodrama. España, 2026.

Duración: 106 minutos.

Estreno: 12 de junio.

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Recreación del primer partido de fútbol femenino en España en diciembre de 1970 en la colonia Boetticher en la película 'Pioneras, solo querían jugar'.
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