Hipotecas más caras y depósitos igual de rácanos: la banca toma posiciones ante la subida de tipos de BCE



Fue vaciando el piso de mi abuelo cuando apareció la revista olvidada. La abrí. Contenía uno de mis primeros artículos. En él recordaba la gran aventura vital que para un chico de pueblo suponía irse a Valencia a estudiar. Ya ha pasado casi un cuarto de siglo, pero en mi memoria sigue intacta aquella imagen. Hay un chico de 18 años tumbado en el camastro de un cuartucho caluroso al que sus compañeros llaman ratonera. Lee un libro de Francisco Peregil, el reportero al que más admira, ese reportero que algún día sueña ser. Suena airada la voz de Raimon por el radiocedé. Sobre el cabecero de la cama hay un cartel del año 36 con unos niños tristes, caras de hambre y brazaletes negros. Per ells! Vota les esquerres. Por la ventana ve ocho carriles para el tráfico y otros dos para el tranvía: monotonía urbana tras los cristales. Qué distinto todo al pueblo. Sobre todo, la independencia. Esa desconocida sensación de libertad. Los ojos que no te escrutan. La pregunta que no te aguarda. El pasado que no cuenta. Todo idealizado, claro: así era la juventud, así es la nostalgia.
Una de la madrugada. Tengo 32 años y me encuentro sentada en la taza del baño de casa de mis padres mientras pienso qué futuro me espera. Mejor dicho, qué presente tengo. Dejé un trabajo que emocionalmente me llenaba, pero en el que las semanas se convertían muchas veces en 11 días seguidos, y eso me agotó. Lo dejé para opositar y ahora me enfrento a procesos con más de 20.000 personas, entiendo, igual de desesperadas que yo. Antes de encender este cigarro, me he pasado LinkedIn. Y por eso pienso qué presente me queda, nos queda, a los que nos sacamos una carrera universitaria hace más de 10 años y ya no podemos realizar convenios de prácticas, pero tampoco tenemos los cinco años mínimos de experiencia que solicitan las empresas para puestos que perfectamente, con un voto de confianza, una oportunidad, podríamos desarrollar. Pienso en esto y me acuerdo de mi padre, que sin estudios, a base de trabajo, consiguió trazar una carrera profesional sólida. Y pienso en mí, y en la gente que está como yo en este extraño limbo y supongo que estamos condenados a enfrentarnos a 20.000 personas por una plaza mientras robamos Orfidal en casa de la suegra y fumamos en la taza del WC de la de nuestros padres a la una de la madrugada. Qué futuro.

© ÓSCAR CORRAL
Pregunta. Dispongo de una segunda vivienda de dos dormitorios en Madrid que ocupa un hijo que cubre los gastos. Surge la oportunidad de alquilar la segunda habitación a una persona por dos meses por motivos de estudios. ¿Qué tipo contrato se debe articular? ¿Qué tratamiento fiscal debe hacerse? V. Saz

© Foto: Jorge Zapata (EFE) (EL PAÍS)


© Tomas Minambres (EL PAÍS)
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