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Descubren la mayor infraestructura biológica del planeta: abarca mil millones de veces la distancia que nos separa del Sol

Los hongos llevan más de mil millones de años reinventando las reglas de la vida. No son animales, pero tampoco plantas. Fueron de los primeros organismos en ayudar a transformar la roca desnuda en suelo fértil. Son capaces de reproducirse mediante miles de millones de esporas invisibles que viajan por el aire, el agua e incluso las corrientes atmosféricas entre continentes. Algunos sobreviven en reactores nucleares, en desiertos, en las profundidades oceánicas o bajo el hielo antártico. Se calcula que existen entre 2 y 4 millones de especies de hongos, pero apenas hemos descrito alrededor de 150.000. Si pudiéramos extraer todos los filamentos microscópicos de hongos que se esconden bajo nuestros pies y colocarlos uno detrás de otro, obtendríamos una estructura tan inmensa que desafiaría cualquier comparación imaginable.

Según un estudio publicado en Science, los suelos de la Tierra contienen aproximadamente 110 cuatrillones de kilómetros de redes micológicas subterráneas. La cifra es tan enorme que equivale a casi mil millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol. Es una de las infraestructuras biológicas más extensas jamás descritas. Y lo más sorprendente es que la mayoría de ella permanece invisible.

“Es difícil exagerar la importancia y la magnitud de estos hongos - afirma Justin Stewart, autor principal del estudio e investigador de la organización Society for the Protection of Underground Networks (Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas, SPUN) y líder del estudio -. Puede haber hasta diez metros de red micológica en una sola cucharadita de suelo”.

Los protagonistas de esta historia son los hongos micorrícicos arbusculares, organismos que llevan cientos de millones de años formando alianzas con las plantas. Más del 80 % de las especies vegetales terrestres mantienen relaciones simbióticas con ellos. El acuerdo es sencillo. Las plantas producen azúcares mediante la fotosíntesis y entregan parte de ese carbono a los hongos. A cambio, los hongos utilizan sus finísimos filamentos, las hifas, para explorar el suelo y suministrar agua, fósforo, nitrógeno y otros nutrientes esenciales.

La relación es tan eficiente que una planta puede aumentar hasta cien veces la superficie efectiva de exploración de sus raíces gracias a estos socios invisibles. Por eso algunos científicos describen estas redes como una especie de sistema circulatorio planetario. No transportan sangre, pero sí carbono, agua y nutrientes entre los organismos que sostienen gran parte de la vida terrestre.

Solo había un problema: hasta ahora nadie había logrado estimar la distribución global de estas redes. Para hacerlo, el equipo de Stewart reunió datos procedentes de más de 16.000 muestras de suelo recogidas en ecosistemas de todo el planeta. Después emplearon algoritmos de aprendizaje automático para extrapolar la densidad de las redes en regiones donde no existían mediciones directas.

El trabajo se complementó con más de 300.000 imágenes de hifas cultivadas en laboratorio y analizadas mediante sistemas robóticos de alta precisión. El resultado es el primer mapa global de la infraestructura fúngica del planeta. Y está disponible en internet. Las cifras son asombrosas: las redes contienen alrededor de 300 millones de toneladas de carbono, entre cuatro y seis veces más que toda la masa de carbono presente en los aproximadamente ocho mil millones de seres humanos que habitan la Tierra.

Pero más allá de su tamaño, el estudio revela otro dato crucial. Cada año estas redes ayudan a transferir hacia el suelo alrededor de 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente. La cifra representa aproximadamente un 11 % de todas las emisiones anuales generadas por las actividades humanas. No significa que los hongos eliminen por sí solos el cambio climático. Pero sí demuestra que desempeñan un papel fundamental en uno de los procesos más importantes del planeta: el almacenamiento natural de carbono.

“Estamos empezando a revelar lo que durante mucho tiempo permaneció oculto bajo nuestros pies – añade Corentin Bisot, coautor del estudio -. Estamos aprendiendo cómo los complejos cuerpos de estos hongos transportan nutrientes y ayudan a regular el clima".

Uno de los descubrimientos más inesperados tiene que ver con la localización de estas redes. El equipo de Stewart descubrió que cerca del 40 % de toda la infraestructura micorrícica del planeta se concentra en ecosistemas de pradera. Algunas de las mayores densidades aparecen en los humedales inundados de Sudán del Sur, los Everglades de Florida y la meseta tibetana.

El hallazgo resulta especialmente relevante porque las praderas figuran entre los ecosistemas menos protegidos del mundo y están desapareciendo a una velocidad cuatro veces superior a la de los bosques debido a su transformación en tierras agrícolas. El estudio también detectó una señal preocupante. Las grandes áreas agrícolas presentan densidades micorrícicas aproximadamente un 50 % inferiores a las observadas en ecosistemas naturales.

Los autores subrayan que todavía es necesario investigar qué prácticas agrícolas concretas son responsables de esta diferencia. Sin embargo, existe preocupación porque unas redes menos densas podrían reducir la capacidad de los suelos para almacenar carbono, reciclar nutrientes y resistir situaciones de estrés ambiental. Pero quizá la conclusión más fascinante sea que este inmenso sistema llevaba todo el tiempo bajo nuestros pies. Mientras la humanidad cartografiaba océanos, exploraba montañas y enviaba sondas al espacio, una de las mayores infraestructuras biológicas del planeta permanecía prácticamente invisible.

“Los hongos micorrícicos han moldeado la vida en la Tierra durante cientos de millones de años, pero aún comprendemos muy poco sobre cómo se distribuye la infraestructura de estos sistemas de transporte vivos en todo el planeta” afirma el biólogo Merlin Sheldrake, coautor del estudio.

El nuevo mapa no representa el final de la exploración, sino el comienzo. El equipo de Stewart identificó amplias regiones del planeta donde todavía no existen suficientes datos para comprender cómo funcionan estas redes. Porque, aunque parezca sorprendente, conocemos mejor la superficie de Marte que algunos de los ecosistemas que se encuentran apenas unos centímetros bajo nuestros pies.

© SPUN

Densidad de los hongos en España, una de las mayores del planeta

© Tomás Munita

El equipo de Stewart recogiendo muestras en el Himalaya
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Desvelan el mecanismo que impulsa el veloz cierre de la venus atrapamoscas, la planta carnívora más famosa del mundo

Cuando Charles Darwin observó por primera vez una venus atrapamoscas, quedó fascinado. El naturalista británico fue el primero en estudiar científicamente esta planta carnívora, la más famosa del mundo. Verla moverse con rapidez parecía algo propio de un animal. El investigador incluso llegó a pensar que debía existir algún equivalente vegetal a los músculos y los nervios. Más de un siglo después, la venus atrapamoscas sigue desafiando las ideas de los científicos sobre el movimiento de las plantas. Ahora, un equipo de físicos y biólogos ha demostrado que el secreto de su veloz trampa reside en la capacidad de modificar casi instantáneamente las propiedades mecánicas de sus paredes celulares, un cambio que desencadena el cierre de la hoja sobre la presa.

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© epv

Un insecto se posa sobre una venus atrapamoscas.
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Cómo el código postal afecta a la infancia: “El cerebro de un niño pobre parece el de uno rico que no ha dormido y está estresado”

Las oportunidades son distintas dependiendo de dónde nacemos y crecemos. No es lo mismo tener a mano un centro de salud, un polideportivo o un parque por el que caminar que tener que cruzar la ciudad para llegar a ellos, o contar o no con un medio de transporte con el que hacer ese trayecto. La segregación por barrios en las ciudades acaba concentrando en una misma área multitud de factores que construyen el contexto en el que vive su población. Y ese contexto condiciona mucho la salud de quienes viven bajo su influjo.

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© Barry Lewis (In Pictures/Getty Images)

Una madre y una hija sin hogar piden dinero en Nueva Orleans en una imagen de archivo de 2020.
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Descubren el mayor cementerio de ballenas del planeta

A casi siete kilómetros bajo la superficie del océano Índico existe un lugar que parece sacado de una novela de Julio Verne. Allí, en una remota fractura submarina situada entre Australia y la Antártida, los científicos han descubierto el mayor, más profundo y más antiguo cementerio de ballenas conocido. El hallazgo incluye cerca de 500 restos de cetáceos distribuidos a lo largo de más de 1.200 kilómetros de fondo oceánico, algunos de ellos con una antigüedad superior a los cinco millones de años. El descubrimiento, publicado en Nature, ofrece una ventana única a la evolución de las ballenas y a uno de los ecosistemas más extraños del planeta: los llamados whale falls, o "caídas de ballena", comunidades biológicas que surgen cuando el cadáver de un cetáceo se hunde hasta el fondo marino.

Pero comencemos por el principio. El fondo abisal suele ser un lugar extraordinariamente pobre en nutrientes. A varios miles de metros de profundidad apenas llega alimento desde la superficie. Por ello, cuando una ballena muere y su cuerpo se hunde, ocurre algo parecido a la caída de un árbol gigante en medio de un desierto: los restos se convierten en una enorme fuente de energía.

Los primeros en llegar son carroñeros como peces y crustáceos. Después entran en escena bacterias especializadas capaces de aprovechar los compuestos liberados por los huesos en descomposición. Finalmente aparecen organismos extremadamente especializados, entre ellos gusanos perforadores de huesos del género Osedax, estrellas frágiles y moluscos que viven gracias a bacterias quimiosintéticas. Una sola carcasa puede alimentar ecosistemas completos durante décadas.

Los autores del estudio, liderados por Xiaotong Peng, exploraron la llamada Zona Diamantina, una gigantesca fractura submarina del sureste del océano Índico que alcanza profundidades de entre 4.600 y 7.000 metros. Tras decenas de inmersiones detectaron 476 fósiles de cetáceos y cinco comunidades activas asociadas a cadáveres relativamente recientes. Nunca se había documentado una concentración semejante. Eso ha hecho que el hallazgo rompa además varios récords.

No solo se trata del mayor cementerio de ballenas conocido, sino también del más profundo. Hasta ahora, las comunidades activas de "caídas de ballena" se habían observado a profundidades considerablemente menores. En esta ocasión, algunas aparecieron cerca de los 6.800 metros bajo la superficie. Pero uno de los aspectos más sorprendentes del descubrimiento es su antigüedad. Las dataciones indican que los restos más antiguos tienen al menos 5,3 millones de años. Esto significa que la zona ha estado acumulando cadáveres de cetáceos desde antes de que aparecieran los primeros ancestros humanos.

Para ponerlo en perspectiva, cuando algunas de estas ballenas murieron, el Mediterráneo acababa de llenarse nuevamente de agua tras la llamada Crisis de Salinidad Mesiniense y nuestros antepasados apenas comenzaban a caminar sobre sus dos patas traseras por África. Los científicos describen el lugar como una auténtica "necrópolis" marina: un archivo natural que conserva millones de años de historia evolutiva. Y la pregunta es lógica: ¿por qué se acumularon tantas ballenas allí?

La explicación más probable para el equipo de Peng combina biología, geología y pura física. La Zona Diamantina tiene forma de enorme valle en V. Los autore creen que esta topografía actúa como una especie de embudo capaz de concentrar cadáveres procedentes de una amplia región oceánica. Una vez allí, las condiciones ambientales favorecen una conservación excepcional.

Además, muchos de los fósiles pertenecen a zifios o ballenas picudas, un grupo famoso por realizar algunas de las inmersiones más profundas del reino animal. Estos cetáceos pueden descender varios kilómetros en busca de calamares y peces de aguas profundas. Sus huesos son extraordinariamente densos, lo que aumenta las probabilidades de preservación durante millones de años. La combinación de huesos muy compactos, bajas tasas de sedimentación, temperaturas extremadamente frías y la acumulación de minerales sobre los restos parece haber convertido el lugar en una cápsula del tiempo submarina.

Pero, por si esto fuera poco, hay más. Entre los fósiles recuperados, el equipo de Peng identificó una especie extinta de zifio que no había sido descrita anteriormente. La bautizaron Pterocetus diamantinae, en honor a la propia Zona Diamantina donde fue encontrada. Su descubrimiento demuestra que este gigantesco depósito de fósiles todavía puede esconder numerosas especies desconocidas para la ciencia.

Esto convierte al “cementerior sumergido” en, simultáneamente, un museo y un laboratorio vivo. Mientras algunos esqueletos llevan millones de años fosilizándose, otros siguen alimentando ecosistemas activos repletos de organismos especializados. Es como si los paleontólogos hubieran encontrado un bosque donde convivieran árboles petrificados del Mioceno junto a árboles vivos creciendo sobre el mismo terreno.

Los autores creen que podrían existir otros cementerios similares ocultos en distintas regiones profundas del planeta. Pero hasta ahora ninguno se había revelado con tanta claridad. La necrópolis de la Zona Diamantina demuestra que los océanos todavía conservan enormes archivos naturales de la historia de la vida. Y que, incluso en las regiones más remotas y oscuras de la Tierra, la muerte de una ballena puede convertirse en el origen de un mundo entero.

© Global TREnD, IDSSE

Restos de las ballenas encontradas en el lecho submarino
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Los astrofísicos lo tienen claro: "La IA podría llevar a la muerte de la astrofísica"

En la astronomía actual, descubrir algo nuevo suele empezar en una pantalla llena de datos, código y modelos estadísticos. El telescopio sigue siendo la imagen pública de la disciplina, pero la mayor parte del trabajo ocurre en datos, con catálogos enormes y programas que separan señales débiles de ruido.

Por eso la llegada de modelos capaces de programar, resumir artículos y proponer cálculos no preocupa solo por el empleo. En los departamentos de física se abre una duda incómoda para las universidades: qué aprende un estudiante si delega justo la parte que antes le obligaba a pensar.

La alarma no nace de un rechazo simple a la tecnología. Muchos investigadores usan estos asistentes cada día y reconocen su utilidad. El temor aparece cuando la disciplina puede perder memoria técnica, porque el resultado llega antes que la comprensión que debía construirse por el camino.

Una amenaza para aprender

Antes de llegar al miedo laboral, hay un problema de método. La información publicada por TechRadar, a partir de Science, recoge que en centros de primer nivel los modelos de lenguaje ya ayudan a escribir código, analizar matemáticas, preparar propuestas y revisar conjuntos masivos de observaciones. Esa dependencia ya había dejado señales fuera de la astronomía, como ocurre cuando los chatbots usan estudios retirados sin advertirlo; en un laboratorio, la prisa puede parecer progreso hasta que nadie sabe explicar por qué una salida es correcta.

David W. Hogg, astrofísico computacional de la Universidad de Nueva York, llevó la discusión a un documento difundido en arXiv en febrero de 2026. Allí plantea dos salidas extremas: dejar que los modelos produzcan ciencia a gran velocidad o prohibirlos con castigos. Ninguna le convence. El primer camino podría inundar la literatura con artículos que nadie tiene tiempo de verificar, un riesgo que recuerda al caso de investigadores que confiaron en ChatGPT durante un estudio y terminaron perdiendo el control del proceso. El punto débil es la responsabilidad científica, porque una máquina no firma, no recuerda por qué eligió un cálculo y no responde como autor ante sus pares.

El experimento que más ha agitado el debate llegó desde Harvard. En un ensayo publicado por Anthropic, el físico Matthew Schwartz contó que guió a Claude Opus 4.5 para elaborar un trabajo de física teórica en dos semanas, con más de 110 borradores, 36 millones de tokens y más de 40 horas de cálculo local. El resultado fue valioso, pero el propio proceso reveló trampas: el sistema ajustó gráficos para que encajaran, inventó términos y dio por verificadas operaciones que no había comprobado. La supervisión humana fue decisiva, y eso cambia la lectura del supuesto ahorro de tiempo.

El atasco editorial

El problema se agranda al mirar las revistas científicas. La American Astronomical Society ya sufre la presión de más envíos y menos revisores disponibles, según el debate recogido en la prensa científica. En una carrera por publicar más rápido, el filtro humano se vuelve más caro, y el mismo patrón aparece en la educación: La Razón ya explicó que el aprendizaje con IA puede dejar una comprensión más débil que la búsqueda trabajada.

Para la astrofísica, el golpe es especialmente sensible. La investigación sobre galaxias, supernovas o agujeros negros exige combinar intuición física, programación y paciencia ante resultados raros, y justo esa mezcla es la que forma a los jóvenes investigadores. Un asistente puede limpiar código o sugerir lecturas, pero el criterio nace al equivocarse, al repetir una simulación y al detectar que un número huele mal antes de tener una prueba completa.

La salida que dibujan varios investigadores exige reglas claras: declarar cuándo se han usado modelos, revisar cada cálculo, conservar el trabajo lento en la formación y valorar en los jóvenes la comprensión además del número de artículos. La ciencia seguirá mirando lejos, pero la pregunta incómoda queda mucho más cerca: quién aprende de verdad cuando una máquina resuelve el problema.

© Difoosion

inteligencia artificial portada
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Mundial 2026: La enfermedad que más preocupa a la OMS

Cuando más de seis millones de aficionados comiencen a desplazarse entre Estados Unidos, Canadá y México para asistir al Mundial de Fútbol de 2026, no solo viajarán camisetas, banderas y pasiones deportivas. También lo harán millones de microorganismos invisibles. Los grandes acontecimientos internacionales siempre han representado un desafío para la salud pública. Aeropuertos abarrotados, estadios llenos, hoteles, transportes públicos y zonas de aficionados crean las condiciones perfectas para que los patógenos viajen junto a las personas.

Sin embargo, contra lo que podría parecer, la principal preocupación de los epidemiólogos no es el ébola, ni una nueva pandemia desconocida, ni siquiera la gripe aviar. La enfermedad que más inquieta actualmente a las autoridades sanitarias es el sarampión, el virus más contagioso conocido por los humanos, de acuerdo con el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC).

La razón es sencilla: una persona infectada puede transmitir el virus simplemente respirando en una habitación. El patógeno puede permanecer suspendido en el aire durante hasta dos horas después de que el enfermo haya abandonado el lugar. En una población sin inmunidad, una sola persona puede contagiar a entre 12 y 18 individuos, una cifra muy superior a la de la gripe o incluso muchas variantes del coronavirus.

“El sarampión es lo que más me preocupa”, afirmaba recientemente la especialista en enfermedades infecciosas Krutika Kuppalli, profesora de la Universidad de Texas Southwestern, en declaraciones a The Washington Post. El problema no es solo su capacidad de propagación, sino el contexto actual. Durante años, muchos países consideraron el sarampión prácticamente controlado gracias a las campañas de vacunación. Sin embargo, la situación ha cambiado.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha alertado de que los casos están aumentando rápidamente en todo el continente americano justo cuando se acerca el Mundial. Hasta mediados de mayo se habían confirmado más de 20.000 casos y 25 fallecimientos en la región, una cifra que cuadruplica los registros del mismo periodo del año anterior.

México ha registrado más de 10.000 casos desde principios de año. Estados Unidos ronda los 2.000 y Canadá también ha experimentado importantes brotes. Según la OPS, la inmensa mayoría de los afectados no estaban vacunados o se desconocía su estado vacunal. Por sí mismo, un partido de fútbol no genera una epidemia. Lo que preocupa a los expertos es el extraordinario movimiento de personas que rodea al torneo.

Por primera vez en la historia, un Mundial se celebra simultáneamente en tres países distintos. Durante más de un mes, millones de personas viajarán continuamente entre sedes separadas por miles de kilómetros. Desde el punto de vista epidemiológico, es una especie de experimento a gran escala: individuos procedentes de más de cien países mezclándose en espacios cerrados y regresando después a sus lugares de origen.

Un viajero infectado puede atravesar varios aeropuertos, alojarse en hoteles, utilizar transportes públicos y asistir a distintos partidos antes incluso de desarrollar síntomas. Por eso la OPS ha pedido reforzar la vigilancia epidemiológica, aumentar la capacidad de detección rápida y promover activamente la vacunación entre los viajeros. La situación deja una enseñanza curiosa. Las mayores amenazas sanitarias no siempre proceden de enfermedades nuevas. A veces llegan de patógenos conocidos que parecían haber desaparecido.

El sarampión fue durante siglos una de las principales causas de mortalidad infantil. La introducción de la vacuna transformó radicalmente ese panorama. En muchos países, las nuevas generaciones apenas han visto casos de la enfermedad. Sin embargo, cuando disminuyen las tasas de vacunación, el virus encuentra de nuevo oportunidades para propagarse.

Los expertos no esperan que el Mundial desencadene una gran crisis sanitaria internacional. Las autoridades de los tres países llevan años preparando sistemas de vigilancia específicos para el torneo. Pero sí consideran que el campeonato será una prueba importante para la salud pública global en una época marcada por la recuperación desigual de las coberturas vacunales.

En cierto modo, el Mundial de 2026 servirá para algo más que coronar al mejor equipo del planeta. También mostrará hasta qué punto las sociedades modernas siguen siendo capaces de contener enfermedades que la ciencia aprendió a prevenir hace más de medio siglo.

© AP

Avalancha en el estadio de Heysel en la final de la Copa de Europa entre Liverpool y Juventus
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Juan Luis Arsuaga: "Me irrita que cuando pido servicios públicos, los políticos me den tolerancia. La tolerancia no quita la fiebre"

Asume el rol de antropólogo estrella para lanzar un mensaje: "Nunca ha habido en España tanto tribalismo. Es una involución grave y evidente" Leer

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Una nueva 'huella dactilar' de Van Gogh que puede destapar el mayor secreto del arte: cuántos cuadros falsos cuelgan en los museos

Una técnica científica analiza la textura microscópica de las pinceladas, una especie de ADN geométrico, que promete detectar las falsificaciones Leer

Una técnica científica analiza la textura microscópica de las pinceladas, una especie de ADN geométrico, que promete detectar las falsificaciones
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Neurocientista lembra que a ciência é antídoto contra a desinformação

O neurocientista norte-americano Steve Ramirez, investigador da Universidade de Boston, vai liderar em Lisboa e Porto o primeiro evento europeu National Geographic Live, durante o qual irá explicar como é possível ativar, implantar e apagar memórias. 

Intitulado “Untangling the Mind” (“Desembaraçando a mente”), o evento passa por Lisboa a 16 de junho e vai até ao Porto no dia 18, com ambas as sessões esgotadas.

O neurocientista vai falar da estrutura do cérebro, como funcionam as suas conexões e químicos, como produz música e algumas das coisas mais extraordinárias que consegue fazer, com foco na memória.  

“Vou falar da investigação contemporânea sobre a memória, que inclui como visualizar memórias, como ativar ou apagar memórias, e até como mudar ou implantar memórias no cérebro”, disse à Lusa o neurocientista, alertando para a necessidade de definir objetivos do conhecimento, já que a ciência é por si mesma “o melhor antídoto” contra a desinformação.

Ramirez explicou que há um benefício terapêutico na ativação de boas memórias. “Sabemos que, quando recordamos uma memória positiva e refletimos sobre ela, isso ativa os sistemas de dopamina do cérebro”, apontou. Coloca-nos de bom humor, expande a criatividade e a flexibilidade cognitiva durante algumas horas, estabiliza o ritmo cardíaco e pode inundar o corpo com hormonas que dão a sensação de euforia, descreveu.

O estudo biológico do funcionamento da memória pode ajudar a aumentar o volume nas memórias boas e reduzi-lo nas memórias más. É uma pesquisa que poderá ter resultados em contextos médicos, como no tratamento de Alzheimers ou de depressão. 

Mas não só. Ramirez, que inclui uma sessão de perguntas e respostas com a audiência no evento, espera que as pessoas retirem ideias práticas para a sua vida. “Podemos ver a memória como uma ferramenta que se pode usar para o nosso próprio bem-estar”, afirmou, chamando-lhe um canivete suíço. 

“A mensagem não é apenas de que a memória é poderosa, mas de que pode trabalhar para si”. 

No entanto, isso significa também que há um risco de manipulação e implantação de memórias falsas. Steve Ramirez comparou a memória a um Lamborghini que vai parar à era dos Flintstones e por isso precisa de cautela, cintos de segurança e ‘airbags’. 

“O marketing e a psicologia já perceberam todas as formas de implantar ideias e decisões na nossa cabeça. Queremos que este trabalho nos explique como isso funciona e porquê”, adiantou Ramirez. “E se nos podemos proteger contra isso”.

O neurocientista apontou que todos temos memórias implantadas e nos lembramos de coisas que não aconteceram exatamente dessa maneira. “Conseguimos fazer coisas incríveis com a neurociência moderna, como ativar ou apagar memórias. Mas qual é a ética? Qual o objetivo?”

Isso, referiu, é importante definir para evitar, por exemplo, a eficácia de sistemas de manipulação em massa. “A ciência é o melhor antídoto para a desinformação”, realçou. 

Para o especialista norte-americano, este campo é tão vasto que um dia poderemos ter uma tecnologia que permita descarregar e ver memórias como se fosse um filme. 

“Isso não quebra nenhuma lei da física”, declarou, frisando que através de elétrodos é possível registar num computador o que um rato está a ver. “Tendemos a ter cenários visuais nos nossos sonhos e essa atividade aparece no córtex visual. Por isso, é descodificar o campo visual”. 

Precisamos de ferramentas que consigam fazer a descodificação, mas Ramirez pensa que é possível, talvez nos próximos vinte anos. “Não é magia. É só ciência complexa que pode parecer magia”. 

Ramirez será acompanhado pelo biólogo e etólogo português Eduardo Sampaio, investigador do Instituto de Comportamento Animal Max Planck, na Alemanha, que falará sobre a diversidade de cérebros e processos cognitivos no meio animal.

O National Geographic Live é um formato de conferências em que os oradores são Exploradores National Geographic (National Geographic Exploreres). Esta é a estreia do formato na Europa e a primeira parte de cada sessão ficará a cargo do biólogo e etólogo português Eduardo Sampaio.

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Scott Lowe, investigador: “Los gobiernos deben financiar la ciencia porque las farmacéuticas buscan ayudar, pero quieren ganar dinero”

Pensó que quería ser ingeniero químico, pero se equivocó. Las estructuras de los aminoácidos que estudiaba su compañero de cuarto en la universidad le fascinaron y le llevaron a la bioquímica, la genética y la investigación. Después, pasó por lugares como el laboratorio Cold Spring Harbor o el MIT de Massachusetts, y desde hace unos años dirige un gran equipo en el Memorial Sloan Kettering de Nueva York, uno de los centros oncológicos más prestigiosos del mundo, donde estudia procesos relacionados con el cáncer y el envejecimiento y lidera el programa de biología y genética.

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© Rick DeWitt (Memorial Sloan Kettering Cancer Center)

Scott Lowe, biólogo especializado en cáncer, del Instituto Sloan Kettering (SKI).
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Científicos españoles descubren que estábamos equivocados con el origen de nuestras células

Las ciencias son complejas, aunque, de vez en cuando, hojeando los libros de texto, podemos dar con explicaciones que casi parecen fábulas. Érase una vez, un microorganismo que engulló a otro y, en lugar de ser digerirlo, lo mantuvo vivo en su interior, dando lugar a las células que constituyen animales, plantas, hongos… Siendo estrictos, en un libro de texto encontraríamos esta explicación adornada con términos técnicos. Algo así como que una bacteria interiorizó a una arqueobacteria, ambas células sencillas cuyo interior todavía no tiene compartimentos (orgánulos) en los que guardar el ADN o sintetizar proteínas. A estas células sencillas las llamamos procariotas frente a las eucariotas que nos forman a nosotros.

Esta “fábula” científica sobre el origen de las células eucariotas se llama “teoría endosimbionte” y explica, por ejemplo, cómo adquirimos unos orgánulos llamados mitocondrias, capaces de producir energía mediante la “respiración celular”. O, por ejemplo, cómo adquirieron las células vegetales sus cloroplastos, que también producen energía, pero mediante la fotosíntesis. Tanto las mitocondrias como los cloroplastos fueron, hace mucho muchísimo tiempo, arqueobacterias que quedaron atrapadas por las bacterias. Pues bien, esta teoría propuesta por Lynn Margulis cuenta con un enorme consenso, pero un grupo de investigadores de instituciones españolas acaba de proponer una versión más compleja y menos fabulada de esta historia.

Detectives del genoma

"Durante mucho tiempo, hemos explicado el origen de las células complejas como una historia con dos protagonistas principales: una arquea y la bacteria que dio lugar a la mitocondria. Nuestro estudio sugiere que esta narrativa es incompleta y que hubo más actores en el escenario, incluidos otros grupos bacterianos y virus gigantes que pudieron facilitar el intercambio genético", explica el Dr. Toni Gabaldón investigador ICREA en el IRB Barcelona y el Barcelona Supercomputing Center-Centro Nacional de Supercomputación, BSC-CNS.

Para hacernos una idea, reconstruir el pasado es difícil cuando tenemos que remontarnos 66 millones de años y contamos con fósiles de reptiles realmente descomunales. En este caso, desentrañar el origen de las células eucariotas supone retroceder 30 veces más, hasta hace 2000 millones de años. Y, por supuesto, en lugar de tener fémures del tamaño de una persona, hay que buscar indicios de formas de vida realmente minúsculas. En este caso, los investigadores han apostado por una estrategia diferente y, en lugar de buscar huellas en las rocas, las han buscado en el ADN de los descendientes de aquellas primeras células eucariotas a la que llamamos LECA (último ancestro común de los eucariotas). Porque, del mismo modo que cada uno de nosotros conserva fragmentos del genoma de sus abuelos, hay genes que arrastramos casi sin cambios desde aquellos tiempos proverbiales.

Más protagonistas

"Todos los genomas conservan huellas de su historia. En el caso de los eucariotas, esas huellas nos hablan de antiguas alianzas entre microorganismos. Comprenderlas nos ayuda a responder una pregunta muy profunda: qué somos y de dónde venimos", concluye el Dr. Gabaldón. Y, tras compararlos y dar con fragmentos en común que podrían haber sido heredados de LECA, los expertos han concluido que entraron en escena más personajes de los que imaginábamos. Aparte de aquella bacteria y la arqueobacteria que interiorizó, hubo al menos otros tres. Una bacteria conocida como Myxococcota pudo aportar funciones relacionadas con el metabolismo de los lípidos y la producción de membranas celulares. Otra llamada Planctomycetota contribuyó a la aparición de esos compartimentos internos tan propios de las eucariotas.

De hecho, los investigadores sospechan que LECA pudo haber surgido en ambientes con una gran cantidad de microorganismos, permitiendo estas simbiosis y la transferencia de ADN entre unas bacterias y otras. En concreto, este paso de material genético pudo estar relacionado con un virus de gran tamaño, el Nucleocytoviricota.

"Estamos tratando de reconstruir una historia que ocurrió hace miles de millones de años y de la que no tenemos fósiles directos. Por eso hemos sido muy conservadores: solo hemos conservado las señales evolutivas más robustas, aquellas con una fuerza comparable a las señales ya aceptadas para la arquea ancestral y para la bacteria que dio origen a la mitocondria", explican Moisès Bernabeu, Saioa Manzano-Morales y Marina Marcet-Houben, coautores del estudio e investigadores del grupo de Genómica Comparativa liderado por el Dr. Gabaldón en el IRB Barcelona y el BSC. Dicho con otras palabras, puede que para contar la historia completa tengamos que introducir incluso más personajes, pero han preferido ceñirse a aquellos de los que tenemos pruebas realmente firmes.

Y es que, aunque hemos empezado etiquetando a la teoría endosimbionte clásica de “fábula”, la verdad es que toda explicación humana es una simplificación por el mismo motivo que los mapas no pueden ser nunca tan detallados como el territorio que representan.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • La teoría endosimbionte de Lynn Margulis ha ganado un gran apoyo académico hasta el punto de que se imparte en la enseñanza segundaria obligatoria. Sin embargo, cuando se propuso en los años 60, la comunidad fue especialmente crítica con ella y tardó en abrirse camino hasta los libros de texto.

REFERENCIAS (MLA):

  • Gabaldón, Toni, et al. "Gene Ancestries Reveal Diverse Microbial Associations during Eukaryogenesis." Nature, vol. 634, no. 8034, 10 June 2026, doi:10.1038/s41586-026-10639-9.

© SwissBioPics

Interior de LECA, el último ancestro común eucariota
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