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Los silencios del papa Prevost 

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El Papa ha conseguido que España, un país con 1.621 acusados de abusos y más de 3.000 víctimas documentadas, hable durante una semana de migración, de humanismo, de polarización… y sólo marginalmente de los abusos, no sea que la Iglesia se ofenda. ¿Cómo es posible que aceptemos este desplazamiento? León XIV diseñó su viaje para presentarse como el papa político pos-Francisco, y habló de migración, de dignidad, incluso denunció en el Congreso la xenofobia, escogiendo con precisión qué cosas siguen siendo “espirituales” e inexpugnables al lenguaje de la justicia. En Montserrat, donde una investigación encargada por la propia abadía concluyó que el monje Andreu Soler abusó de menores durante más de 30 años, no dijo una palabra sobre el asunto. En la Conferencia Episcopal, sentado a su mesa, estuvo el cardenal Rouco Varela, acusado de encubrir dos casos de pederastia y por uno de los cuales el arzobispado de Madrid acabó condenado a indemnizar en 2007. Allí, ante los obispos y a puerta cerrada, sí habló de “justicia” y “reparación”, pero fuera, donde todo el mundo le escuchaba, sólo dijo “herida”. Utilizó las palabras del derecho donde no se le oía y las del consuelo ante la opinión pública. Pero las palabras solo obligan si se dicen en voz alta. Por eso, Montserrat fue el lugar donde el silencio se convirtió en acto.

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