BCE sobe juros pela primeira vez desde 2023. Há dois erros passados a pesar na decisão


Para la mayoría, la jubilación se proyecta como la ansiada línea de meta: esa etapa idílica de descanso merecido, viajes programados y horas devueltas a los viejos hobbys. Sin embargo, en una sociedad ultracapitalista donde la identidad individual se construye de forma casi exclusiva a través del empleo y la productividad, el fin de la vida laboral puede transformarse en un abismo inesperado. Cuando el estatus, las rutinas y el propio valor personal han estado ligados durante décadas a una tarjeta de fichar, el vacío que deja la retirada de la primera línea no es una liberación, sino un laberinto identitario que muchos no saben cómo llenar. De hecho, no son pocos los que, tras el brindis de despedida, chocan de frente con problemas de ansiedad, desubicación y una profunda crisis de propósito al descubrir que el tiempo libre, sin un norte claro, pesa más que la peor de las jornadas laborales.
Dentro del mapa de profesiones que peor digieren este apagón, la del policía es uno de los grandes fetiches del cine y la televisión, explotando esa fina línea que separa el deber de la obsesión. La pantalla ha encontrado un filón en el conflicto de colgar la placa: desde el agente al que le encasquetan un último caso antes del retiro —el clásico Roger Murtaugh en «Arma Letal»—, hasta el veterano arrastrado de vuelta al asfalto por un cabo suelto del pasado, como el Bill Hodges de «Mr. Mercedes». Son personajes cortados por el mismo patrón: tipos devorados por la adrenalina, con vidas familiares arrasadas y para quienes el silencio de una casa vacía resulta mucho más amenazante que el peor criminal de la ciudad.
Precisamente de eso habla «El juego del asesino» («The Game»), la miniserie británica que acaba de aterrizar en Filmin. La trama nos presenta a Huw Miller (Jason Watkins), un detective recién jubilado que, lejos de disfrutar de su merecido descanso, vive completamente obsesionado con el único gran fracaso de su carrera: el caso sin resolver de un asesino en serie, el «Acosador de Ripton», que volatilizaba a sus víctimas sin dejar rastro. La monotonía de su forzosa rutina estalla en mil pedazos cuando un nuevo vecino, Patrick (Robson Green), se muda a la casa de enfrente.
Lo que en apariencia es una mudanza corriente se transforma en una pesadilla psicológica para Miller cuando cree escuchar en boca de Patrick ciertas frases hechas y latiguillos —como el escalofriante «nos vemos luego»— que el asesino utilizaba para mofarse de él durante la investigación. Convencido de que el criminal se ha instalado en su propia acera para burlarse de su retiro, el exdetective se sumerge en una espiral de vigilancia destructiva. Esta obsesión enfermiza irá escalando hasta dinamitar su entorno familiar, desoyendo los ultimátums de su esposa Alice (Sunetra Sarker) y arrastrando a su hija Margot (Indy Lewis) a un abismo de tensión donde los límites entre el instinto policial refinado y la pura paranoia de la jubilación terminan por difuminarse por completo.
A lo largo de sus cuatro capítulos de apenas 45 minutos, la miniserie nos sumerge de lleno en las pesquisas de Huw y en cómo su obsesión va adquiriendo tintes cada vez más peligrosos. Todo ello se articula a través de una tensión y un suspense que funcionan con precisión de relojero, especialmente en secuencias de puro nervio como aquellas en las que el exdetective se cuela en la casa de Patrick o en su tienda para recabar pruebas. En este duelo psicológico, el trabajo de Jason Watkins resulta clave: el actor sostiene la trama construyendo un personaje profundamente humano, un auténtico «everyday man» que despierta una empatía inmediata frente a la réplica de Robson Green, que encarna a un sospechoso mucho más estereotipado y de manual. Los inevitables giros del guion, además, mantienen siempre los pies en el suelo, dosificando las sorpresas sin traspasar en ningún momento la barrera de lo inverosímil o lo ridículo.
Precisamente por todo ello, es una pena que la serie no apueste de forma más decidida por estirar la ambigüedad y el misterio. Una vez que la trama se ve obligada a desvelar unas cartas que, todo sea dicho, se veían venir desde lejos, la propuesta se desinfla irremediablemente y se vuelve bastante genérica. Su último capítulo y un desenlace un tanto atropellado quedan muy lejos de ese suspense casi hitchcockiano —salvando las distancias y perdónenme la blasfemia— que tan bien había funcionado hasta entonces. Con todo, la serie cumple como un entretenimiento honesto, sin grandes pretensiones y fácil de ver; no revoluciona el género ni tiene por qué hacerlo. Al fin y al cabo, es un pasatiempo ideal para una tarde muerta. Y si por un casual hay algún jubilado leyendo esto que todavía no sabe cómo rellenar sus horas libres, que se ponga los cuatro episodios,


© Filmin









È un peccato che Jean-Luc Godard e Jean-Paul Belmondo non siano più vivi, perché avrebbero potuto raccontare perfettamente la storia di Fabrizio Maiello. O forse è meglio così. Perché nella loro versione il finale sarebbe stato amaro, autodistruttivo, condannato alla fierezza tragica di certi personaggi francesi. Questa storia invece appartiene a un altro approdo narrativo: non al fatalismo romantico da Nouvelle Vague, ma alla redenzione tormentata di un personaggio di Dostoevskij.
Rapirò Gianfranco Zola di Marco Cattaneo (De Agostini) è un libro che riesce in un’impresa rara: prendere una vicenda da cronaca nera e trasformarla in un rocambolesco Bildungsroman, senza mai scadere nel moralismo o nel compiacimento strappalacrime. Cattaneo, che molti conoscono per la sua capacità di governare con disinvoltura il caos narrativo da lui stesso creato nelle dirette e nelle improvvisazioni di Elastici (la trasmissione più libera e folle, da lui condotta, del bellissimo format Cronache di Spogliatoio), declina qui la stessa sapiente mercurialità per raccontare una storia piena di svolte improvvise, beffe karmiche tragiche e agnizioni commoventi.
Il ritmo resta sempre controllato, anche quando il materiale rischierebbe continuamente di scivolare nella retorica (forse la vicinanza in studio con Fabrizio Biasin e la sua memorabile rubrica su “I poveri soldati” è servita da potente antidoto).
In questo frangente, la materia da trattare è preziosa quanto fragile. Fabrizio Maiello era un talento purissimo. A Monza, da bimbo, lo chiamavano “il Brasiliano”, per l’imprevedibilità nei dribbling e la leggerezza con cui gli riuscivano le giocate più difficili col pallone ai piedi. L’aura della promessa, gli allenamenti a cui sacrificare le distrazioni adolescenziali, il padre che con inquietante profezia gli addita a monito il carcere accanto allo stadio, prefigurando le sliding doors di un’esistenza romanzesca.
Poi arriva il ginocchio distrutto. Fine della carriera. E inizio dell’avventura criminale. Cominciano le rapine, la droga, il carcere. Ma il libro evita accuratamente la scorciatoia sociologica. Non cerca alibi, né costruisce santini. Mostra semplicemente un uomo che precipita e che, a un certo punto, smette di distinguere fra rabbia e destino. La svolta avviene il 31 ottobre 1994. Maiello organizza il sequestro di Gianfranco Zola. Un miliardo di lire di riscatto. Autogrill, appostamento, fuga: sembra la scena di un noir anni ‘70, di quelli amati da Tarantino.
Poi succede qualcosa che manda in cortocircuito tutto il piano, la macchina narrativa, il destino stesso.
Zola si avvicina, sorride e dice: “Ciao ragazzi”. Maiello, con la pistola nascosta dietro alla schiena, davanti alla disarmante umanità del suo idolo sportivo decide di non rapirlo. Spiazzato e commosso, gli chiede un autografo sulla carta d’identità. Gesto dalla potenza simbolica rivelatoria: la firma del campione che Maiello sarebbe potuto essere sul simulacro formale della sua identità smarrita.
L’autentica redenzione arriverà dopo, nell’OPG di Reggio Emilia, quando Maiello usa il proprio carisma da “Maradona delle carceri” (da anni era divenuto una “star” per i suoi palleggi da record senza far cadere mai la palla) per difendere un detenuto disabile continuamente bullizzato e umiliato dagli altri internati. È quello il passaggio decisivo della sua vita: non il crimine mancato, ma la scelta di sacrificare se stesso per proteggere qualcuno di ancora più fragile, che deciderà di accudire come un fratello bisognoso di cure quotidiane. Una storia talmente incredibile da essere assolutamente vera (non solo il contrario).
Forse, non è un caso che abbia incontrato questa storia grazie a quella che Jung avrebbe definito “sincronicità”. Ero a Milano per lavoro, dovevo incontrarmi con Giuseppe Pastore e Ilaria Mencarelli (ritorno a segnalare ai cinefili il loro interessante podcast Noodles), mi invitano alla presentazione del libro, temo di non poter fare in tempo ma… scopro che l’evento si sarebbe tenuto nello stesso edificio in cui già mi trovavo: con uno straniante effetto alla Inception, sono stato catapultato dentro la redazione di Cronache di Spogliatoio, incontrando dal vivo Siani, Pastore, Cattaneo, ovvero le voci che tutti i giorni mi parlano nelle cuffie, da fedele ascoltatore di Cronache, come già raccontai su queste colonne.
E poi ho incontrato Fabrizio Maiello. Stringergli la mano e guardarlo negli occhi è stata un’emozione che porterò dentro di me per molto tempo.
L'articolo Rapirò Gianfranco Zola: il libro di Marco Cattaneo su Fabrizio Maiello riesce in un’impresa rara proviene da Il Fatto Quotidiano.
New research from scientists at the Centre for Ecological Research in Hungary finds that some birds living in cities are changing their songs to compete with traffic and other urban noise.

Este espacio escénico, construido en el interior de una cavidad formada por la lava del Volcán de la Corona, está considerado uno de los auditorios más singulares del mundo
La cueva de cristales gigantes que se visita dentro de una mina de Almería
Hay auditorios construidos junto al mar –como el de Sidney–, en el corazón de grandes ciudades o integrados en modernos edificios de vanguardia –como la majestuosa obra barcelonesa–. Pero pocos auditorios pueden presumir de encontrarse dentro de una antigua cavidad creada por una erupción volcánica. En Lanzarote existe uno de esos lugares excepcionales. Se trata del auditorio de Jameos del Agua, un espacio escénico levantado en el interior de un enorme túnel volcánico y considerado una de las obras más sorprendentes del patrimonio cultural canario.
Este auditorio se encuentra realmente dentro de una formación geológica creada por la lava. Los Jameos del Agua están situados en el interior del túnel volcánico originado por la erupción del Volcán de la Corona. Lo que hoy contemplan los visitantes como un espacio cultural comenzó siendo una gigantesca galería natural excavada por la propia actividad volcánica de la isla hace miles de años.
Según explica la web oficial del Cabildo de Lanzarote, “designa a la abertura provocada por el hundimiento del techo de un tubo volcánico como consecuencia de la pérdida de los gases acumulados en su interior”. Gracias a ese fenómeno natural se generaron los espacios que hoy forman parte de uno de los lugares más emblemáticos de Lanzarote.
Todo comenzó con el Volcán de la Corona, situado en el norte de la isla. Durante la erupción, la lava avanzó formando largos conductos subterráneos. Cuando el flujo volcánico cesó, algunas de esas galerías quedaron vacías y terminaron convirtiéndose en enormes túneles naturales. En determinados puntos, el techo colapsó y aparecieron las aberturas conocidas como jameos.
Uno de los elementos más sorprendentes del complejo es el lago interior que da nombre al lugar. La web oficial explica que esta “formación geológica singular se originó por la filtración, al encontrarse por debajo del nivel del mar”. Además, no es un simple estanque, pues tiene vida. “En este lago natural de aguas transparentes viven varias especies de fauna endémica de la isla, destacando la especie Munidopsis polimorpha, un cangrejo minúsculo, albino y ciego de origen desconocido”, que se ha convertido en uno de los símbolos biológicos de la isla.
El valor natural del entorno es tan importante que la zona se encuentra protegida como Sitio de Interés Científico de los Jameos y forma parte del Parque Natural del Volcán y Malpaís de La Corona. Además, posee la consideración de Bien de Interés Cultural, una figura que reconoce tanto su relevancia geológica como su importancia patrimonial.
La transformación de este espacio natural en un centro cultural está estrechamente ligada a la figura de César Manrique, el artista lanzaroteño que dedicó buena parte de su vida a integrar arte y naturaleza sin alterar la esencia del paisaje insular. Gracias a esa filosofía, una antigua cavidad volcánica acabó convirtiéndose en uno de los espacios culturales más originales del planeta.
El Cabildo describe el auditorio de Jameos del Agua como “un espectacular espacio escénico erigido en el interior de la gruta volcánica”. Con capacidad para unos 500 espectadores, este recinto aprovecha la morfología natural de la cavidad para crear un entorno imposible de reproducir mediante arquitectura convencional. Además, destaca que debido a sus características geológicas y a sus peculiares condiciones acústicas se trata de un espacio único en el mundo. Las propiedades del propio túnel volcánico contribuyen a generar una experiencia sonora excepcional, motivo por el que el auditorio se ha convertido en la sede principal del Festival de Música Visual de Lanzarote.
Hoy, los Jameos del Agua forman parte de cualquier lista sobre qué ver en Lanzarote. Sin embargo, más allá de su belleza paisajística, representan algo todavía más singular: la demostración de que una formación creada por la lava puede transformarse en un espacio cultural de referencia sin perder su esencia natural. El resultado es un lugar donde geología, arte y música conviven dentro de un mismo túnel volcánico, ofreciendo una experiencia que difícilmente puede encontrarse en otro rincón del mundo.