Un grito contra las mafias: «Deténganse! ¡Conviértanse!»
Si contundentes fueron sus palabras este jueves en el muelle de Arguineguín, lugar de primera acogida de los migrantes llegados por la llamada ruta atlántica, ayer León XIV no bajó el tono de su denuncia en la plaza del Cristo de La Laguna, que representa de alguna manera el siguiente paso en este periplo por las islas: la integración. En la localidad tinerfeña se encontró ayer por la mañana con un grupo de migrantes y quienes les acompañan en el día a día desde diferentes plataformas eclesiales, después de visitar el centro de acogida Las Raíces.
«¡Deténganse! ¡Conviértanse!», dijo visiblemente enfadado al hablar de las mafias que trafican con los migrantes. «El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro», denunció con dureza. Y añadió: «Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina». El Papa utilizó un tono condenatorio que no había utilizado con nada ni con nadie a lo largo de los siete días de viaje: «Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio. Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión». Fue el grito que lanzó el Papa contra quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio».
Junto a este paso al frente, el Papa dibujó una hoja de ruta sobre cómo ha de ser la integración de quienes viene de fuera, bajo estas máximas: «La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro». Así, ha de estar marcada por la cercanía, la paciencia y «unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos».
El Papa remarcó que integrar «no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria». Más bien, implica un movimiento recíproco desde una convivencia mutua. De esta manera, quien recibe «aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro». A los que llegan, lo mismo en cayuco que en avión, les corresponde «una parte noble y necesaria», que pasa por «abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones».
Al mismo tiempo, León XIV apreció el enriquecimiento que está suponiendo para la sociedad y para la Iglesia especialmente la llegada de católicos provenientes de Latinoamérica, de Filipinas y de otras latitudes. «Déjense también evangelizar por ellos, pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes a través de quienes se integran», apuntó.
Con estas coordenadas de fondo, invitó a las plataformas eclesiales que esta tarea de integración «no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea». «Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona», determinó.
De la misma manera, lanzó un dardo contra los católicos que miran con indiferencia o rechazo a las víctimas de la migración: «Existe también un naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad.
El Papa compartió su alocución después de presenciar el testimonio de Darwin, sacerdote venezolano que ejerce su ministerio en El Hierro, que ha estado en primera línea de la crisis migratoria que ha sufrido la isla: «Vale la pena seguir ayudando, que es necesario seguir sumando voluntades y corazones y para nosotros los cristianos, descubrir en los que llegan la carne sufriente de Cristo». También estuvo atento a las palabras de Mbacke, de Senegal, el marroquí Khalid Allad y Thalia, de Colombia, que visibilizaron cómo la Iglesia les ha rescatado hasta recobrar una vida digna.


© EUROPAPRESS



















