La fórmula de comprar un piso para reformar no es nueva, pero ha evolucionado. Es una alternativa atractiva para los particulares que buscan vivienda a precios más ajustados en zonas tensionadas y con escasa oferta lista para entrar a vivir. También para inversores que quieren obtener retornos a través de la rehabilitación y reventa. Sin embargo, este tipo de producto escasea en el centro de las grandes ciudades y, además, los altos precios hacen que muchas operaciones no compensen. Por esto, el interés se ha desplazado unos kilómetros: ahora la búsqueda se concentra sobre todo en el extrarradio y en municipios cercanos con buena conexión.
Huye el cronista como puede de las metáforas manidas y las referencias históricas cuando de escribir sobre el Líbano se trata, pero la realidad no lo pone fácil. El pequeño país del Mediterráneo oriental, creado por el Imperio francés a fin de crear un refugio seguro para los católicos maronitas y consolidar su presencia en el Levante, es sinónimo desde hace medio siglo de guerra y divisiones sectarias, del sueño frustrado de la Suiza de Oriente Medio que dejó de ser (o quizá nunca llegó a ser más allá de otra metáfora forzada).
Cincuenta años después del inicio de la Guerra Civil —quince años de contienda fratricida e internacional a la vez— el Líbano, una estrecha franja de territorio montañoso entre la cordillera del Antilíbano y el mar Mediterráneo de 10.452 km² —la cifra es un eslogan político que reivindican unos y por otros— en la que conviven hasta 18 confesiones religiosa, esde nuevo escenario de una guerra que no es (del todo) la suya, como repiten sus autoridades actuales. Algunos de los actores han cambiado respecto a aquella contienda, no así el hecho ineluctable del conflicto y la destrucción.
Con el lanzamiento de varios cohetes hacia el norte de Israel el 28 de febrero pasado, apenas unas horas después de conocerse el asesinato en un bombardeo israelí sobre Teherán del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, Hezbolá arrastraba al Líbano a una nueva guerra. O más bien comenzaba una nueva fase de la contienda que había arrancado a finales del verano de 2024.
Golpeada duramente por el Ejército israelí durante aquel otoño, las partes alcanzarían el 27 de noviembre una tregua auspiciada por el entonces presidente electo de EEUU, Donald Trump, que las fuerzas del Tsahal no respetarían —los bombardeos nunca cesaron— justificando los movimientos de rearme de Hezbolá (una reorganización que, a la luz de la resistencia de la milicia en el sur, el tiempo ha demostrado).
Por su parte, la milicia leal a Teherán, un auténtico Estado para un país huérfano de un Estado funcional, evitó, sin embargo, atacar contra territorio o posiciones durante más de un año Tel Aviv mantuvo presencia en cinco puntos del sur del Líbano cercanos a la Línea Azul- israelíes. Hasta el inicio de la agresión israelo-estadounidense contra la República Islámica.
Un éxodo de más de 1,2 millones de personas
No tardarían las fuerzas israelíes en responder militarmente al ataque de Hezbolá —que demostraba así que su lealtad primera es al régimen de los ayatolás— y el día 5 de marzo desde los mandos militares del Tsahal se anunciaba la evacuación forzosa de toda la población comprendida entre el río Litani y la frontera —esto es, un 15% de la superficie libanesa— y del suburbio meridional de Beirut conocido popularmente como el Dahiyeh en vísperas de una inminente campaña aérea.
Duramente castigado ya por la anterior contienda, el espacio llamado a evacuar masivamente concentra, no casualmente, el mayor porcentaje de población chií, base popular de Hezbolá, de todo el Líbano. La orden atañó específicamente a los casi dos centenares de municipios de mayoría o total predominio chií del sur libanés, donde la organización proiraní esconde sus drones y sistemas de lanzamiento de misiles y cohetes, así como a sus combatientes. No así a las localidades de predominio cristiano, menos de un centenar, cuya población se mantuvo mayoritariamente en sus casas aun a riesgo de verse afectada por el fuego cruzado (como ha ocurrido en varios casos).
Las dos órdenes simultáneas provocaron el éxodo de más de 1,2 millones de personas, 800.000 personas de todas las edades residentes en núcleos del sur del país y más de 400.000 del suburbio-bastión de Hezbolá en la banlieu sur de Beirut hacia otras zonas más seguras del centro del país, empezando por áreas céntricas o periféricas de la capital. A ello hay que añadir las miles de personas forzadas a dejar sus hogares desde las poblaciones de mayoría chií del oriental valle de la Becá.
Llovía sobre mojado, porque las tres zonas habían sido ya duramente castigadas por la campaña israelí de finales de 2024, y en parte desalojadas. Y sólo hacía unos meses desde que cientos de miles de familias habían podido regresar a sus hogares (en el mejor de los casos) para tratar de comenzar de nuevo, cuando no para certificar las dimensiones de la destrucción. En cualquier caso, ni en la guerra de 2024 ni en la de este año toda la población civil decide marcharse de sus localidades ante el riesgo de perderlo todo aun a riesgo de perder la vida.
Para hacerse una composición de lugar sobre las características demográficas del país, los 1,2 millones de evacuados suponen más del 20% de la población de un exiguo territorio cuya población oficial roza los seis millones de habitantes. Porque el Líbano alberga una importante población refugiada: cerca de 1,3 millones de sirios (incluidos más de 716.000 registrados en ACNUR) y casi 500.000 refugiados palestinos registrados por la UNRWA, de los cuales alrededor del 53% residen en campamentos oficiales y el 47% en comunidades de acogida. Se trata de datos oficiales, y nadie duda de que las cifras reales son más elevadas.
Durante esta primavera, las agencias de la Organización de las Naciones Unidas (como OCAH y ACNUR) han calificado la situación humanitaria en Líbano como crítica y en constante deterioro. Según análisis de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC) de la ONU, 1,24 millones de personas (casi 1 de cada 4 habitantes en Líbano) sufren inseguridad alimentaria aguda. Esto se ha agravado por la quema de campos agrícolas en el sur y el aumento de más del 65% en el precio del carburante.
“La sociedad libanesa ha demostrado una enorme capacidad de resistencia en los últimos años, pero a la vez está sometida a una enorme presión. Lo que llevamos viviendo desde 2024 ha exacerbado todo lo que ya venía pasando, pues desde 2019 el país atraviesa una crisis multidimensional. Hay un efecto acumulativo de trauma social que afecta en muchos aspectos a la sociedad libanesa”, recuerda a 20minutos la jefa de la delegación de Cruz Roja Española en el Líbano Alejandra Salvat.
Una capital al límite
Desde comienzos de marzo, Beirut, una ciudad ya castigada por la superpoblación, la deficiencia de los servicios públicos, la escasez de vivienda asequible, los cortes de electricidad o la contaminación, es un refugio al aire libre. Centenares de miles de personas han venido en los últimos meses buscando techo sobre todo en su área metropolitana y comarcas vecinas con suerte desigual.
Las más afortunadas encontraron refugio en viviendas de familiares o amigos o lograron alquilar espacios vacíos. Muchos de los que, teniendo medios económicos para hacerlo, intentan arrendar temporalmente se encuentran con el problema añadido del rechazo de los propietarios a alquilar a población de religión chií por el miedo de dar cobijo, sin saberlo, a miembros de Hezbolá —la organización esconde a sus combatientes entre la población civil— buscados por Israel, lo que, a su vez, está incrementando la brecha sectaria en un país en el que el espectro de la confrontación civil nunca se disipó del todo.
Otras personas, también afortunadas, unas 150.000, habitan a día de hoy en los 634 refugios públicos colectivos habilitados (principalmente escuelas), los cuales se reportan completamente desbordados y con graves carencias de privacidad y saneamiento. Para otros muchos la solución pasa por dormir en parques o en los escasos espacios públicos abiertos, como el frontal marítimo de la capital, en tiendas de campaña o en el interior de vehículos.
Por otra parte, las mujeres y niñas representan el 52% de los ocupantes en estos refugios improvisados. La situación para la población femenina es especialmente difícil en las actuales circunstancias. “Albergues superpoblados, falta de privacidad, acceso limitado a agua potable y servicios de salud interrumpidos hacen que la menstruación, el embarazo, la atención postnatal y el cuidado infantil sean significativamente más difíciles e inseguros”, explica a este medio Ghewa Nasr, responsable de la ONG local WingWoman Lebanon, cuya labor principal es la de “la defensa de la dignidad y la salud y los derechos sexuales y reproductivos” de las mujeres del Líbano. “Estas condiciones afectan particularmente a las mujeres y niñas, mujeres embarazadas, madres recientes, mujeres con discapacidades y mujeres jefas del hogar”, afirma la activista.
El 1 de junio, vuelta a empezar
Después de un mes de horror para la población civil, la tregua alcanzada por EEUU e Irán el 8 de abril supuso un indudable respiro en el Líbano que no tardaría en mostrarse fútil. En el país de las historias cíclicas y la eterna vuelta a empezar, en la ciudad, Beirut, que —otra manida metáfora— ha sido una y otra vez ave fénix a su pesar, la alegría para quienes habían decidido regresar a sus hogares iba a durar poco. Alegando repetidas violaciones del cese el fuego, el primero de junio el Ejército de Israel llamaba nuevamente a la evacuación del Dahiyeh beirutí. Vuelta a empezar.
“Las renovadas amenazas de ataques israelíes el 1 de junio provocaron otra vez una enorme ola de desplazamiento desde los suburbios del sur de Beirut, con miles de familias huyendo una vez más hacia otras partes de Beirut y el Monte Líbano, muchas hacia refugios ya superpoblados o a casas de familiares y amigos”, recuerda a 20minutos el portavoz de la de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) Dalal Harb.
“Muchos pasaron el día en sus autos esperando a ver cómo se desarrollaba la situación. Esto refleja un patrón más amplio en todo Líbano, donde la gente se ve repetidamente obligada a moverse al ritmo de los ataques israelíes y las órdenes de evacuación, en busca de seguridad, regresando a menudo brevemente durante los períodos de calma solo para huir nuevamente cuando la violencia se reanuda”, detalla.
Esta semana se ha producido uno de esos picos, cientos de miles de personas otra vez con lo mínimo huyendo de sus hogares, pero con incertidumbre, dudando entre volver al norte o quedarse con sus familiares
En medio de la nueva emergencia, la jefa de la delegación de la Cruz Roja Española en el Líbano, Alejandra Salvat, explica a este medio cómo “esta semana se ha producido uno de esos habituales picos, cientos de miles de personas otra vez con lo mínimo huyendo de sus hogares, pero con incertidumbre, dudando entre volver al norte o quedarse con sus familiares”.
Una frágil tregua
“La situación en el Líbano sigue siendo extremadamente volátil e impredecible. Aunque los intensos esfuerzos diplomáticos han ayudado a prevenir una mayor escalada en Beirut por el momento, los ataques casi diarios de Israel en el sur del Líbano y otras áreas continúan aumentando la inseguridad, las víctimas civiles y la destrucción generalizada de casas, hospitales e infraestructura civil. Las familias viven con miedo constante, sin saber si o cuándo es seguro regresar a casa”, constata el portavoz de ACNUR en el país levantino. Desde la entidad se denuncia que “a medida que el desplazamiento de población continúa creciendo y se hace cada vez más prolongado, las necesidades humanitarias superan rápidamente los recursos disponibles”.
Así las cosas, en un nuevo giro de guion, la intervención in extremis primero de Trump tras su tensa llamada telefónica al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y la reunión auspiciada en Washington por la Secretaría de Estado entre los embajadores de Israel y Líbano en Estados Unidos permitían esta semana que Beirut y Tel Aviv alcanzaran un acuerdo para la implementación del alto el fuego para el Líbano.
Horas después, no carente de realismo, el presidente de EEUU, Donald Trump, recordaba a sus interlocutores en la Casa Blanca que en esta parte del mundo la tregua equivale a “niveles moderados de violencia”. Y, en efecto, la violencia no se ha detenido en estos tres últimos días. Cierto es que Israel no ha bombardeado los suburbios de Beirut, pero sí sigue castigando objetivos de Hezbolá en el sur y avanzando con sus tropas por el interior del país, y la milicia proiraní continúa enfrentándose a las tropas del Tsahal.
Una parte de los libaneses respira aliviada este fin de semana, pero todos son conscientes de que solo se ha ganado algo tiempo y que un alto el fuego definitivo, por muchas que sean las promesas de las autoridades libanesas sobre un eventual repliegue de su Ejército hacia el sur y el desarme de Hezbolá, exigirá una negociación entre EEUU e Irán, que tendrá que decidir sobre la suerte de la más mimada de sus fuerzas proxy en Oriente Medio.
Estoy muy mal, harta. No quiero buscar trabajo en Beirut, lo que quiero es poder irme del Líbano. El problema es que quiero demasiado a este país.
Finalmente, desde Qlayaa, un pueblo de mayoría cristiana —y, por ende, fundamentalmente a salvo de los estragos de la guerra— situado a pocos kilómetros de la frontera con Israel, la joven Marie Fayad, quien ha evitado marcharse a pesar de la guerra circundante, admite y resume la dolorosa realidad de esta parte del Líbano en un soleado fin de semana de junio.
La localidad se vio sacudida esta semana por la muerte de dos hermanos y su progenitor como consecuencia de fuego de dron israelí que alcanzó su vehículo en la carretera de Khardai cuando los dos jóvenes regresaban de Beirut de hacer un examen. “Estoy muy mal, harta de la situación. No quiero buscar trabajo en Beirut, lo que quiero es irme definitivamente del Líbano. El problema es que quiero demasiado a este país”, confiesa.
Madrid lleva semanas levantando esqueletos de hierro y madera sobre sus plazas. Vallas que dibujan recorridos, escenarios a medio montar, pantallas gigantes todavía apagadas, calles que se cierran al tráfico una a una. La ciudad se prepara para uno de los mayores montajes de su historia reciente: la llegada de León XIV, el primer Papa que pisa España desde 2011, en una celebración que del 6 al 12 de junio reune a cientos de miles de personas llegadas de medio mundo bajo un lema tomado del Evangelio de Juan, "Alzad la mirada".
En un acontecimiento pensado para todos, conviene detenerse en esa palabra: todos. Porque entre la multitud habrá personas que no oyen, que no ven, que se mueven en silla de ruedas o que se cansan de estar de pie, personas mayores y personas para quienes una aglomeración es una pequeña tormenta. Prueba de organización, de acogida, de fe y también de accesibilidad. Porque en una celebración multitudinaria no basta con abrir las puertas: hay que preguntarse si todos podrán cruzarlas, entender lo que ocurre, moverse con seguridad y vivir el momento sin sentirse invitados de segunda fila.
Estar dentro: la mirada del peregrino
Javier tiene 37 años, vive en el norte de la Comunidad de Madrid y habla de la visita como quien espera algo que llevaba tiempo sin llegar. "El Papa viene a mi ciudad para compartir con nosotros la Santa Misa. Lo vivo como un regalo y un privilegio". No le mueve solo el hecho histórico, sino algo más íntimo: "A veces la rutina nubla la alegría con la que deberíamos vivir nuestra fe, y encuentros así ayudan a renovarla."
Su discapacidad, de origen físico y derivada de una espasticidad que afecta a su movilidad, forma parte de su vida, pero no es lo que ha venido a celebrar. "En la Santa Misa seré un peregrino más, y así quiero vivirlo, como cualquiera de las personas que allí nos encontremos", afirma. Lo dice sin impostura y sin esconder lo difícil: "En el día a día hay veces en las que la sociedad no está preparada o formada para ayudarnos según las limitaciones que tenemos. Pero no creo que eso eclipse a la persona". Por eso, cuando se le pregunta qué teme de ese día, su respuesta no apunta a la rampa ni al escalón, sino a algo más simple: "Sinceramente, sería perderme el acontecimiento".
En la Santa Misa seré un peregrino más, y así quiero vivirlo, como cualquiera de las personas que allí nos encontremos
Esa posibilidad tiene nombres prosaicos: "Podría perdérmelo por incidencias de salud o por problemas en las infraestructuras del transporte público, por ejemplo, que falle Renfe y no pueda acercarme hasta Sol o Recoletos con puntualidad". Por eso Javier insiste en que la accesibilidad no se juega solo en los grandes discursos, sino en los detalles que permiten estar allí a tiempo y sin miedo.
Javier valora positivamente que el formulario de inscripción inicial de la organización eclesial incluyera casillas específicas para detallar las necesidades funcionales de cada asistente, así como un chat de resolución de dudas en tiempo real. Esos detalles transmiten que la organización cuenta con su presencia desde el primer momento.
Una celebración que quiere ser de todos
Ese deseo de estar "como uno más" conecta con lo que persigue, desde la organización eclesial, Guillermo Cruz Fernández-Castañeda, sacerdote de la diócesis de Madrid e integrante del equipo encargado de que "el mundo de la discapacidad y el mundo de la enfermedad, que son dos mundos distintos, puedan estar presentes de la mejor manera".
Para él, la visita encierra dos significados "muy bonitos": "poder escuchar al Papa León todo lo que tiene que contarnos a España y a la Iglesia española, sin interpretaciones, de primera mano", y poder "mostrar una imagen total, una foto grande de la Iglesia". En esa foto, insiste, no hay invitados aparte: "Igual que entran todas las vocaciones, los laicos somos todos, y dentro de ese todos entra también el mundo de las personas que tienen discapacidad. No es que haya que buscarles un lugar específico, sino que están perfectamente dentro de la Iglesia."
Dentro de ese 'todos' entran también el las personas que tienen discapacidad. No hay que buscarles un lugar específico, sino que están dentro de la Iglesia
Lo que sabe de todo esto, dice, lo ha aprendido lejos de los despachos. Consiliario de la Hospitalidad de Lourdes, habla del santuario como de una escuela: "He conocido a gente que me decía: yo aquí vengo a aprender a vivir." De ahí extrae su idea del acompañamiento, que poco tiene que ver con resolver y mucho con escuchar. "No voy a darle al otro la respuesta que a mí me gustaría -explica-; muchas veces tienes que hacer silencio, vaciarte para poder acoger al otro. Y eso, en el fondo, es lo que ha hecho Dios con nosotros: ponerse en nuestro lugar."
Cruz cree, además, que algo ha cambiado desde la última vez que un Papa visitó Madrid. "La Iglesia ha cambiado la forma de entender la discapacidad. Hace años la idea ya estaba, pero ahora se ve de una manera más evidente", sostiene. Cada vez, dice, hay menos grupos pensados solo "para los que van en silla de ruedas", y más conciencia de "buscar el bien de la persona concreta en su realidad concreta, que esto valdría para todos".
La Iglesia ha cambiado la forma de entender la discapacidad. Hace años la idea ya estaba, pero ahora se ve de una manera más evidente
La accesibilidad no es una rampa
Que esa pertenencia sea real depende también de cómo se diseñe la ciudad para esos días. Y ahí entra una palabra que suele entenderse a medias: accesibilidad. "Siempre hablamos de accesibilidad y pensamos en la rampa. Es un mal endémico", resume José Luis Borau Jordán, arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid y jefe del Departamento de Accesibilidad al Medio Físico de la Fundación ONCE. Hasta el símbolo internacional, dice -"el fondo azul con la silueta de una silla de ruedas en blanco"-, ha hecho creer que "accesibilidad y discapacidad física son lo mismo".
No lo son. Personas ciegas o con resto visual, personas sordas a las que la información no llega "si únicamente es por audio", personas con discapacidad cognitiva o intelectual, y "un montón de personas mayores" que reclaman zonas de descanso y de sombra. Por eso, en los escenarios de Madrid se incorporarán intérpretes de lengua de signos y subtitulado en las grandes pantallas, además de zonas reservadas más resguardadas, con menos gentío, para quienes prefieren seguir la celebración en un entorno más tranquilo. Y un frente que casi nadie ve hasta que falla: la evacuación. "Es esencial que la información de emergencia llegue a cualquier persona", porque entre una multitud no todos la reciben igual ni se mueven con la misma soltura.
El propio Javier lo resume con una frase rotunda: "Las rampas son barreras del siglo pasado." Y completa lo que, para él, de verdad cuenta en una celebración así: "intérpretes de lengua de signos, libros de lectura fácil para seguir la misa, asientos, zonas de sombra, asistencia y acompañamiento de voluntarios". La lista del peregrino y la del arquitecto, sin haberse puesto de acuerdo, terminan diciendo lo mismo.
Pensarlo desde el principio
Para Borau, todo eso solo funciona si se piensa antes de levantar el primer escenario. "La accesibilidad debe incorporarse desde el principio de cualquier proceso de diseño -repite-; así es más económica, más efectiva y deja de parecer un añadido." Lo contrario, lamenta, es arrastrarla "como un mero checklist de cumplimiento normativo", con soluciones de última hora, que rara vez funcionan igual de bien. ¿Ha ocurrido así esta vez? Cree que se ha trabajado desde el inicio, aunque no se ahorra la objeción: un acontecimiento que mueve a cientos de miles de personas "demanda muchísimo tiempo", y "lo ideal hubiera sido tener más tiempo".
La comparación con la última visita papal a Madrid, hace ya quince años, le sirve para medir el avance. Entonces, recuerda, el Grupo Social ONCE apoyaba sobre todo con recursos, como sillas de ruedas portátiles. Hoy, en cambio, muchas de esas necesidades ya han sido asumidas por la propia organización. La accesibilidad ha dejado de ser una aportación externa para integrarse en la planificación del propio acto. "Se va evolucionando -resume-, y ya no solo en este evento, sino en toda la sociedad: hay cosas que se van asumiendo como propias."
Llegar no es lo mismo que vivirlo
Aun así, Borau distingue con cuidado entre dos cosas que suelen confundirse: poder acceder a un acto y poder vivirlo en igualdad. "Lo que no se puede permitir es ir a una zona que me han dicho que es reservada y no poder acceder porque hay escalones, o no poder ver el escenario", advierte: esas zonas deben garantizar el cien por cien de accesibilidad. El resto, ser practicable, pero "sabiendo de antemano a qué nos vamos a enfrentar".
Su receta no es apartar a nadie, sino multiplicar las opciones. "Hay que dar toda la información existente para que todo el mundo pueda elegir". Y debajo de todo, una convicción que es casi un manifiesto de su oficio: "Soy arquitecto y soy el primero que aboga por buscar espacios usables por todo el mundo, lo más democráticos posible, para toda la ciudadanía en igualdad de condiciones." De ahí su forma de leer la cita: un acto que reúne a cientos de miles de personas "no tiene ningún sentido que deje fuera a un diez por ciento" de ellas, porque "es un evento de todos, y las personas con discapacidad están allí como ciudadanía de pleno derecho".
Lo que no se puede permitir es ir a una zona que me han dicho que es reservada y no poder acceder porque hay escalones, o no poder ver el escenario
La pregunta que cambia el trato
Si el diseño resuelve la mitad del reto, la otra mitad la decide el trato, y es ahí donde las tres voces coinciden. Cruz enumera los errores que conviene esquivar: dejar la discapacidad "en un lateral, como un apartado secundario"; confiar en una inclusión ingenua que cree que basta con abrir todas las puertas; y caer en el paternalismo, ese que asoma "cuando hablamos con los diminutivos, del pobrecito". Frente a ello, una pregunta del Evangelio que todavía le desarma: "¿Qué quieres que haga por ti?".
Borau lo lleva al terreno práctico: la buena atención "no es un máster ni un grado superior, son cosas muy básicas". "A una persona con discapacidad no hace falta gritarle; hay que hablarle despacio, que pueda leer los labios, y preguntar siempre en qué se le puede ayudar, porque cada persona es un mundo." Javier lo confirma desde el otro lado: lo que más agradece es "la mano tendida y la disponibilidad de las personas por si necesito pedir ayuda".
Lo que se queda
El 12 de junio, cuando se desmonte el último escenario y Madrid recupere su tráfico, la ciudad habrá medido algo más que su destreza para acoger a una multitud. Borau lo sueña en voz alta: una ciudad sin zonas reservadas ni rampas de última hora, no porque renuncie a ellas, sino porque dejarían de hacer falta; calles concebidas, desde el primer plano, para que cualquiera circule "en igualdad de condiciones". A eso lo llama, sin solemnidad, diseñar un espacio más democrático.
Lo que ocurra esos días será, en el mejor de los casos, un anticipo. Cruz lo dice a su manera: los grandes acontecimientos «solo tienen sentido cuando hay una vida cotidiana detrás, y esta visita no inventará nada que las parroquias no hagan ya, en voz baja, el resto del año". Quizá ese sea el verdadero examen de la capital: no solo cómo recibe al Papa un fin de semana de junio, sino qué parte de esa accesibilidad decide quedarse a vivir en sus aceras el lunes siguiente.
Daniel y Gabriela se conocieron en Internet. Para ella, una madre joven de 19 años y separada ya del padre de su hija, él se le antojaba una nueva ilusión; una promesa de futuro. Era once años mayor que ella, supuestamente más estable y con un buen trabajo en el conservatorio de Vitoria. Pero todo se truncó la madrugada 25 de enero de 2016.