Por fin, Zverev ya tiene un grande: el maleficio termina en Roland Garros
Termina este Roland Garros retorcido con él, hombre de negro, brazos en alto. Por fin, Alexander Zverev triunfa y engarza ese grande que seguramente le debía su deporte y que se le había negado hasta aquí, a las puertas de la treintena. Tres opciones se le habían esfumado, pero no así esta cuarta redentora en la que Flavio Cobolli, consumido de tanto esprintar de un lado a otro, acaba desinflándose en la recta final: 6-1, 4-6, 6-4, 6-7(5) y 6-1, tras 4h 16m. El alemán, pues, ya tiene ese ese trofeo que le faltaba y le correspondía, habiendo resistido durante una década al empuje de dos fuerzas generacionales supersónicas, una por delante y otra por detrás: de Djokovic, Nadal y Federer a Sinner y Alcaraz. Demasiado para él, demasiado para cualquiera. Tiene 29 años, ahora 25 títulos y suceda lo que suceda a partir de aquí, morirá deportivamente en paz. Con un palmarés de campanillas.

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