Hace poco más de un año, después de caer en la primera ronda de Wimbledon y acentuar así su crisis de resultados, Alexander Zverev se abrió en canal y confesó de forma pública que estaba sumergido en una profunda crisis que traspasaba la línea de los resultados y abarcaba también lo existencial. “A veces me siento muy solo ahí fuera, en la pista, sufriendo mentalmente; tratando de encontrar el camino para salir del agujero”. “No sé, en general, me siento solo en la vida. Muy, muy, muy solo…”, decía el alemán, quien después de un truculento viaje identitario por la soledad, las dudas y la crisis, con el yugo del marcador de un deporte tan erosivo como el tenis, encontró por fin la redención en París.
Después de tres finales perdidas y muchos años de intentos fallidos, Alexander Zverev ha logrado finalmente adjudicarse su primer Grand Slam. En un encuentro donde él partía como claro favorito y en el que en muchas fases del mismo no logró desembarazarse de los nervios que tantas veces le atenazaron, cosiguió imponerse tras una intensa lucha de más de cuatro horas y cinco sets al italiano Flavio Cobolli. Por suerte para él, el quinto set se decantó rápidamente a su favor y no tuvo así que enfrentarse a sus miedos. Creo que el tenis ha hecho justicia y le ha permitido al menos no acabar su carrera sin ningún título en uno de los grandes escenarios.
Termina este Roland Garros retorcido con él, hombre de negro, brazos en alto. Por fin, Alexander Zverev triunfa y engarza ese grande que seguramente le debía su deporte y que se le había negado hasta aquí, a las puertas de la treintena. Tres opciones se le habían esfumado, pero no así esta cuarta redentora en la que Flavio Cobolli, consumido de tanto esprintar de un lado a otro, acaba desinflándose en la recta final: 6-1, 4-6, 6-4, 6-7(5) y 6-1, tras 4h 16m. El alemán, pues, ya tiene ese ese trofeo que le faltaba y le correspondía, habiendo resistido durante una década al empuje de dos fuerzas generacionales supersónicas, una por delante y otra por detrás: de Djokovic, Nadal y Federer a Sinner y Alcaraz. Demasiado para él, demasiado para cualquiera. Tiene 29 años, ahora 25 títulos y suceda lo que suceda a partir de aquí, morirá deportivamente en paz. Con un palmarés de campanillas.
At major tournaments it’s common to see players, aware of the greater exposure these events provide, use the opportunity to make a demand. At this year’s Roland Garros they have once again called for a different distribution and a larger share of the money that, above all, these kinds of tournaments generate. The conflict is not new and — even though the Paris organizers unilaterally decided this year to raise the prize pool competitors would receive by about 10% — the players have deemed it insufficient.