La noticia: Elon Musk ha utilizado su red social X para alentar ataques racistas. O, dicho de otra manera, un martes. La semana pasada fue en Belfast —una ciudad que no se merecía volver a vivir la barbarie que, por desgracia, ya había vivido tantas veces antes— pero no es la primera vez, ni será la última.
En Valencia, durante las protestas en defensa de la educación pública, una profesora jubilada de 68 años es empujada por la espalda por un agente de policía y acaba con fractura nasal. En Bilbao, un grupo de activistas que regresa tras haber denunciado malos tratos y vejaciones por parte de las autoridades israelíes es recibido en el aeropuerto con cargas policiales y detenciones. Las imágenes circulan y la conversación pública se centra en la brutalidad policial. Pero este debate, por necesario que resulte en cada caso concreto, a algunas personas de este país nos evoca una pregunta incómoda: por qué determinados episodios activan una alarma social mientras otros apenas se hacen visibles.