Lo siento por ese chaval
Fue vaciando el piso de mi abuelo cuando apareció la revista olvidada. La abrí. Contenía uno de mis primeros artículos. En él recordaba la gran aventura vital que para un chico de pueblo suponía irse a Valencia a estudiar. Ya ha pasado casi un cuarto de siglo, pero en mi memoria sigue intacta aquella imagen. Hay un chico de 18 años tumbado en el camastro de un cuartucho caluroso al que sus compañeros llaman ratonera. Lee un libro de Francisco Peregil, el reportero al que más admira, ese reportero que algún día sueña ser. Suena airada la voz de Raimon por el radiocedé. Sobre el cabecero de la cama hay un cartel del año 36 con unos niños tristes, caras de hambre y brazaletes negros. Per ells! Vota les esquerres. Por la ventana ve ocho carriles para el tráfico y otros dos para el tranvía: monotonía urbana tras los cristales. Qué distinto todo al pueblo. Sobre todo, la independencia. Esa desconocida sensación de libertad. Los ojos que no te escrutan. La pregunta que no te aguarda. El pasado que no cuenta. Todo idealizado, claro: así era la juventud, así es la nostalgia.
