Pensábamos que succionar CO2 de la atmósfera era la solución al calentamiento global: estábamos equivocados
La idea de aspirar el dióxido de carbono del aire para frenar el calentamiento global tiene un atractivo evidente. Permite imaginar que la atmósfera se limpia con máquinas mientras la vida de todos sigue igual que siempre. Los últimos datos, sin embargo, devuelven esa fantasía a su tamaño real.
Los números son tozudos. Las intervenciones humanas retiran hoy unos 2.200 millones de toneladas de CO2 al año, alrededor del cinco por ciento de lo que el planeta emite. La inmensa mayoría procede de plantar árboles, no de la tecnología que suele copar los titulares y las presentaciones de las grandes tecnológicas.
Las máquinas que succionan gases directamente del aire suponen apenas un 0,1 por ciento de esa cifra. Crecen rápido, a un ritmo del 40 por ciento anual, pero parten casi de cero. Para que sirvieran de algo tendrían que multiplicarse como lo hizo la solar durante dos décadas seguidas, una hazaña industrial que nadie tiene garantizada.
Una cuenta que no sale
Según el informe State of Carbon Dioxide Removal, en su tercera edición, los países han prometido retirar unos 2.700 millones de toneladas anuales en 2035 y 3.600 millones en 2050. La ciencia del clima reclama bastante más, y el hueco se ensancha con los años. El problema se agrava cuando un bosque deja de absorber CO2 al calentarse demasiado: el sumidero natural tampoco da abasto.
El sector vive además pendiente de muy pocas manos. Una sola empresa, Microsoft, ha sostenido casi todo el mercado de créditos de retirada de alta tecnología. Cuando la compañía frenó sus compras a comienzos de año, el negocio entero notó el frío, una fragilidad impropia de algo que se vende como tabla de salvación del planeta. Proyectos como el de capturar CO2 en Cádiz dependen de que esa demanda no se evapore de un día para otro.
El riesgo de mirar a otra parte
Aquí asoma la trampa de fondo. Cada foco puesto en las máquinas de succión es atención y dinero que no van a lo único decisivo, que es dejar de emitir. La captura funciona como una coartada cómoda para no tocar la raíz del problema. Lo mismo ocurre cuando se celebra que China reaprovecha el humo de sus centrales sin reducir su consumo de carbón.
Los científicos no niegan que haga falta retirar algo de carbono. El panel de la ONU lo considera inevitable para sectores difíciles de limpiar, como la agricultura. La diferencia está en la dosis y en el relato: presentar la tecnología como remedio principal adormece la urgencia de recortar emisiones. Convertir el CO₂ del aire en materia prima suena bien, aunque no sustituye a una transición energética de verdad.
Qué pide de verdad el clima
La conclusión de los autores apunta en una dirección incómoda. No hay un umbral mágico de retirada que valga para todos los países por igual, y cada región tendrá que ajustar sus planes a su propia realidad. La prioridad, repiten una y otra vez, sigue siendo llegar a cero emisiones netas hacia mediados de siglo.
Succionar carbono seguirá siendo una herramienta útil y, en algunos casos, necesaria. El error estuvo en confundir la herramienta con la cura. El aire no se limpia mientras la chimenea siga encendida.


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