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Etgar Keret, el humor como arma ante el fracaso

15 June 2026 at 00:40

Tras setenta y tres años de rodaje, ciento catorce de montaje, y noventa y seis de edición de sonido, se estrenó la película «La vida», un metraje con la misma duración que la de su propia grabación. A su estreno fueron invitados los mejores críticos de cine, y dado la larguísima duración de la proyección algunos de ellos murieron en el intento. No se trata esta de una historia real, sino de «La versión del director», uno de los incómodos, entretenidos y sorprendentes relatos que Etgar Keret publica en su nuevo libro. Es conocido el autor (Tel Aviv, 1967) por lo irónico de sus ideas, por la arbitrariedad de sus narraciones. Y en su nueva obra, «El blues del fin del mundo» (Siruela), así lo refuerza. Resuelve las tramas sin miedo a lo incómodo, mezclando la cara más cruel de la sociedad con las más profundas (tratando de ser pacíficas) realidades de la vida. «Somos meros espectadores ante la decadencia absoluta», afirma el autor a este diario a través de una videollamada, a la que se conecta desde su casa de Tel Aviv. Y lo dice, añade, desde su propia y peculiar experiencia.

Keret escribe según percibe su entorno, y «la sensación que tengo ahora es de un desastre global. Mis personajes saben que no tienen el control del mundo, y que su lucha es mantener su humanidad». Es así como el autor escribe sobre una inteligencia artificial capaz de producir para todas las personas del mundo un alma gemela, sobre un hombre que descubre que un asteroide bautizado con el nombre de su mujer está a punto de impactar contra la Tierra, o sobre la fila interminable que hay que esperar para, al parecer, llegar al paraíso. Una serie de desafíos de apariencia distópica, y que el escritor articula mediante un humor absurdo que, asegura, «es lo único que nos puede salvar. El humor es el arma del fracaso, pues no te hace falta si puedes cambiar la realidad. Es una forma de decirnos que no podemos tener las cosas de la forma en que queremos, pero no por ello queremos desistir».

Una psicosis

Keret es un testigo activo de la realidad de su país. Aunque no descarta una cierta distancia a veces, necesaria a la hora de analizar su vida familiar y privada. Asegura desde la capital israelí que «esto es una locura. Si vas a la playa, ves a gente escuchando música y a niños comiendo helado. Pero, si prestas atención, se pueden escuchar de fondo las bombas explotando en Gaza. Es una psicosis. El niño que come helado no puede salvar Oriente Medio, pero puede reconocer la situación, llorar, hacer algo».

El autor se ha mostrado a lo largo de su trayectoria crítico y constructivo respecto a su país, así como ha tratado de aportar ayuda ante la situación de los ciudadanos: tras los ataques del 7 de octubre, Keret se ofreció voluntario para apoyar a las personas de los kibutzim afectados. «Mi esposa y yo hemos recibido amenazas de muerte durante una década, en la Universidad de Bielorrusia está prohibido leer mis libros, todo el tiempo hay bomberos volando sobre mi cabeza... Hay miles de niños muertos y las personas que los mataron hablan mi lenguaje, comieron la misma comida que yo y algunos han leído mis libros. Es algo inimaginable, pero yo no puedo sentirme culpable», se sincera el escritor.

Y quizá no sea optimista con la situación que está por venir, pero sí trata de ser realista: «Los conflictos en el mundo siempre empiezan, pero nunca terminan», afirma, refiriéndose a «Rusia y Ucrania, Israel y Gaza, Estados Unidos e Irán... La idea de todo esto es que, cuando no tienes una historia de la que hablar, empiezas una. En mi libro lucho por mantener la humanidad, mientras que en la vida nos estamos embarcando en el Titanic, discutiendo entre unos y otros para tener una mejor habitación».

El factor tecnológico está muy presente en «El blues del fin del mundo», afectando ante todo a la creciente soledad del ser humano. ¿Las pantallas nos han desensibilizado frente al dolor vecino? «Nos hacen menos humanos, nos transforman en usuarios. Hemos pasado de la actividad a la pasividad. Hace diez años, ibas al cine y elegías qué película ver, aunque te equivocaras. Ahora, en Instagram, ¿quién es el responsable de que te aparezca un chico en un barco o un accidente de coche? Nos están separando de nuestra identidad». Tiempos, al parecer, inhumanos, y frente a los que los relatos de Keret actúan como leves pinchazos que alivian más que curan, que reprenden más que consienten. Que, como la vida misma, aprietan, pero no ahogan.

© Lielle Sand

Etgar Keret, el humor como arma ante el fracaso

Muere el artista David Hockney

12 June 2026 at 10:55

El reputado y reconocido artista británico David Hockney ha fallecido a los 88 años en su residencia, según ha confirmado su publicista. Considerado una de las figuras más influyentes e iconoclastas del arte contemporáneo de los siglos XX y XXI, el artista británico deja un legado imborrable definido por su vibrante uso del color, la luz de California y su constante experimentación técnica. Aunque siempre rechazó ser considerado como tal, lo cierto es que Hockney fue uno de los mayores representantes del arte Pop, pues a través de sus obras plasmaba su realidad contemporánea, desde un prisma superficial a la vez que atento a la sensibilidad de los matices.

Nacido en Bradford, Inglaterra, en 1937, Hockney desarrolló sus estudios en la Universidad de Arte de Bradford y en el Royal College of Art en Londres, cultivando por tanto durante toda su vida una pasión artística que basó en la audacia del color y las formas. Las grandes inspiraciones en su obra fueron Dubuffet y Picasso, así como conoció a Warhol en los años 60. Además, pronto se ganó la imagen de "enfant terrible" de la escena pop británica, dado su perfil inconfundible: pelo rubio, gafas de pasta y absoluta libertad a la hora de mostrar su profunda personalidad.

Sus famosísimas piscinas construyen gran parte de su imaginario visual, llegando a definir una estética singular, y destacando obras como "A bigger splash" o "Portrait of an artist (pool with two figures)". Ambas escenas que aluden al amor, a la lujuria y a la pérdida bajo el cielo de la gran ciudad. Una época que se complementa con sus ambiciosos retratos, para los que utilizaba el fotomontaje, así como la pintura abstracta de paisajes o, en sus últimos años, las obras de arte creadas a partir de la tecnología 3D.

De hecho, en los años recientes Hockney experimentó en diversos campos, incluyendo el diseño de escenografía y vestuarios para óperas y ballets. Su arte llegó a implementar herramientas tales como el iPad, con el que creó gran cantidad de pinturas digitales que envió a amigos y conocidos por correo electrónico. "En realidad, sólo me interesa la tecnología relacionada con las imágenes. Me interesa todo aquello que permita crear una imagen", explicó en 2013 durante una entrevista con la revista "Interview".

Más allá de una arrolladora personalidad creativa, el artista también hizo historia en el mercado del arte: en 2018 se alzó en Christie's de Nueva York con una venta de su "Portrait of an artist (pool with two figures)" por la cifra de 90,3 millones de dólares, convirtiéndose entonces en el artista vivo más cotizado del planeta. Asimismo, Hockney ha sido distinguido con la Orden del Mérito del Reino Unido y el Premio Shakespeare.

A pocas semanas de cumplir 89 años, fallece un artista con una gigante trayectoria, de prolífica y rica producción creativa. Si bien gran parte de su mito se fraguó entre los rascaciones de Londres y el sol de Los Ángeles, el creador pasó sus últimos años en Normandía, rodeado de la propia naturaleza que cultivó en sus cuadros. Ahora, su legado pictórico se seguirá ofreciendo a los espectadores en las colecciones de la Tate Modern de Londres o el MOMA de Nueva York -en España, el Thyssen Bornemisza, el Reina Sofía y el Guggenheim cuentan con obras suyas-, consolidándose, una vez más, su figura como un hombre que redefinió las leyes del arte contemporáneo.

© AP

Britain Obit Hockney

© AP

Britain Obit Hockney

© AP

Britain Obit Hockney

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Julian Barnes, Premio Princesa de Asturias de las Letras: "Estoy encantado"

10 June 2026 at 11:00

El novelista británico Julian Barnes (Leicester, 1946) ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras. El también periodista, educado entre Londres y Oxford, es considerado una de las mayores revelaciones de la narrativa inglesa de las últimas décadas. El jurado de la Fundación ha destacado "su condición de extraordinario narrador y ensayista, dotado de humor, ironía y de un 'optimismo melancólico y un pesimismo alegre', según sus propias palabras. Barnes ofrece una visión lúcida, cálida y compasiva del género humano, y emplea la memoria como configuradora de identidad sin renunciar a la imaginación, con el amor como principio esencial".

Barnes es autor de numerosas novelas, cuentos y ensayos, destacando entre sus más tratados temas el del amor, el paso del tiempo, el duelo, la memoria o la naturaleza esquiva de la verdad. A través de una prosa irónica y reflexiva, de una sensibilidad narrativa devastadora, es considerado, a sus 80 años, un autor fundamental de la literatura a nivel internacional. Su obra, según continúa el acta del jurado, "reelabora, con mirada europeísta, la historia de la literatura, el arte, la música e incluso la gastronomía, hasta alcanzar un estilo único, que lo singulariza dentro de una generación de autores británicos especialmente brillantes, que ha marcado la literatura contemporánea".

Ante la noticia del galardón, el autor ha dicho estar "encantado" y "sumamente honrado" por sumarse a la nómina de galardonados. "Estoy encantado de recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras, del que tenía conocimiento desde hace muchos años", ha dicho en unas declaraciones difundidas por la Fundación Princesa de Asturias. Ha destacado, asimismo, que "la valía de un premio siempre reside en la calidad de quienes lo han recibido anteriormente", y por ello se siente "sumamente honrado" de unirse "a este listado de tan distinguidas personas de todo el mundo".

Las grandes tesis

Tras graduarse en Lenguas Modernas en el Magdelen College de la Universidad de Oxford, Barnes trabajó como lexicógrafo para el diccionario Oxford y como crítico literario en diferentes medios. Fue redactor en el "Sunday Times" y en el "New Statemant", además de columnista en "The Observer" y "The New Yorker". Calificado por sus novelas e historias cortas como posmodernista, debutó en la literatura con la publicación de "Metrolandia" (1980), su primera novela, por la que ganó el Premio Somerset Maugham. Dos años después publicó "Antes de conocernos", así como la obra que consolidó su reputación fue "El loro de Flaubert" (1984). Con ella planteó una de las grandes tesis de su literatura, la del pasado como territorio inalcanzable, así como fue finalista del Premio Booker, galardón que ganó en 2011 por "El sentido de un final".

Fue el pasado mes de mayo cuando Barnes visitó por última vez España, para promocionar "Despedida", obra con la que dice adiós a la literatura. "Empecé a escribir este libro sin saber si sería el último o que lo dejaría por un tiempo sin acabar hasta después de mi muerte", explicaba en una entrevista concedida a este diario. "Pensé que lo debía acabarlo. La verdad es que no sé que se siente al ser el último. He sido periodista y escritor de ficción y seguramente seguiré con ensayos y críticas si me lo piden. Pero cuando has dicho todo y has tocado todas melodías ya está. He escrito sobre todo y he dicho todo lo que debía hacer", añadía.

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