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Ernesto Mallo noveliza la historia de Iceman, el asesino más despiadado de la Mafia

13 June 2026 at 04:53

Un monstruo, un ser aparentemente vacío, pero que Mallo consigue convertir un agujero (negro) que atrae todos nuestros sentidos. La sociedad occidental de antibióticos y tarta de manzana, con las últimas bombas, el olor a humo. Le llamaban Iceman ("El hombre de hielo") y además de asesinar por dinero para la mafia fue un sociópata capaz de sembrar el terror en todo Nueva York durante décadas. Una vez más, Ernesto Mallo demuestra que es un maestro de la novela negra con la novelización de la vida del criminal Richard Leonard Kuklinski. Curiosamente, usando su enorme capacidad para el manejo de los grises, los estadios intermedios, las paletas difuminadas en la sociedad, la familia, el crimen. Marcando la distancia, desde la Argentina a Estados Unidos. Kuklinski de Ernesto Mallo, editado por Siruela,

Ernesto Mallo, en la literatura noir, en la novela negra, construye detectives llenos de grises, siempre en estadios intermedios, turbios, intoxicados: veníamos de la vejez del comisario Lascano, Hilo de sangre, un tipo agotado que ya había conocido Barcelona, pero también de otras novelas notables como La ciudad de la furia, que tenía nombre de canción de Soda Stereo (Ya veníamos de usar una frase, “Me verás caer”, pero no estamos aquí para hablar de ese fantasma, de Gustavo), pero ocurría en una Buenos Aires distópica, futura pero muy cercana, que daba miedo, a punto de estallar. Ciudades que cobijan demonios con buen corazón y policías adictos a los opiáceos. Entre medio, tiros, turnos, olor a lejía, feriados, la sensación de que la madrugada se une con la mañana en un continuo inabordable.

Stan y Anna, padre y madre, abusivos, violentos, salvajes y alcohólicos, y el hijo-hermano, los dos atrapados en un ADN turbio, miraron al abismo. La Iglesia, turbia, emigrante, católicos y protestantes. Miserable. El interludio camino de la cárcel, Trenton State, donde la lectura de True Crimen será continuista con sus primeros años, cuando veía a su madre limpiando el suelo de la iglesia, un suelo que han dejado manchado los negros, los latinos. Tiempos de tebeos, de cómics, la Edad de Oro de los superhéroes, inocentes, abúlicos, el discurrir de la infancia, de radio y cine, unas viñetas que primero se alimentaron de héroes en mallas, luego de hazañas bélicas, monstruos sanguinarios y, finalmente, escapando del olor a pólvora, los criminales, los policías, detectives… aquella que carecía de violencia urbana, donde solo existían los grandes héroes, llenos de sangre, pólvora. El tiempo de los golpes no mortales ha terminado.

El alcoholismo severo de la familia del protagonista, es la semilla malvada de la violencia absoluta, bajar la mirada, las palizas, la violencia vertical, hasta colocarse contra la pared, la vida que se filtra, como el alquitrán, entre los resquicios, contaminada, afónica. Estibadores, el trabajo físico, el miedo puro, animal (incluso los golpes de su madre, que es un pájaro entre las manos del monstruo, pero que, a pesar de la diferencia física, se niega a ejercer la violencia). Sus manos de monstruo, su último instante de contención:<<Tenía miedo de mí, pero no me sentía con capacidad de matarla>>. Cuando el protagonista se descubre solo en el mundo, cuando Ernesto Mallo se muestra como el narrador poderoso, capaz de saltar entre épocas y continentes, simplemente atrapando el personaje, retomando la guía de la biografía de Richard Kuklinski.

La paz, la sexualidad, la madurez llega cuando se descubre más fuerte que su padre. No necesita matarlo para demostrarlo. Es la sensación lo que le produce el placer. Perder la virginidad. No es sexo, es usar un Bowie (sí, el mismo cuchillo que hizo que David Jones se convirtiera en un mito) para demostrar a un abusón: ¿Quién es el tonto ahora? Matrimonios fallidos. El primero no es la familia, no es el cuerpo, no son las hijas. Era muy joven, estaba ya quebrado. Gatos, vacaciones, playas, cachorros. No me gustan los fumadores ni los borrachos. Philip Morris. La adicción es el dolor, la violencia, el asesinato. Quizá los pasteles, los dulces. ¿Leyenda urbana? Linda, su primera mujer, la cocaína para la beatnik, la segunda, Bárbara, el delito, el crimen organizado, billetes llenos de sangre, billetes que hay que lavar. Negocios de montaje, cine, películas para adultos. En Escandinavia son legales. Les gusta a los americanos. Estoy leyendo FORAJIDO LITERARIO: VIDA Y TIEMPO DE WILLIAM S. Burroughts, la pornografía, la indecencia, Henry Miller, les pasaba lo mismo. Bárbara la segunda esposa, porque la primera escapó, sabía que era un monstruo, mujeres delicadas, rotas, asustadas: «Nunca maté a una mujer ni a un niño»

Suena Delilah, no le gusta la canción, sí la de Feeling god de Nina Simone, películas porno, blanqueo de dinero, “El contacto frecuente con la sangre es algo que une a los asesinos con el personal de un quirófano”. Nace hija, la gente es bestial, él tiene que ser el más brutal de todos. “Hubiera querido ser una persona mejor, pero ya era muy tarde para ser bueno

Pat Kane, el detective construido con toxicidad y grises, agua y painkillers, la lista de siempre (tramadol, vicodín y oxi), sobre todo vicodín. Muertos, demasiados muertos, pocos muertos, el percentil, los percentiles de la estadística de los muertos y los asesinos. Hay que resolverlo, ojo, la ley, la policía, el jefe, dice: «Si fuera posible, por favor no maten a ningún inocente» Lluvia, pastillas y el superior que le pide un culpable. Ojalá lo fuera, sería lo mejor, pero el número es lo importante. Y, de pronto el hermano, el monstruo, el ADN, la genética. La policía es gris amarillento, su familia es verde, verde pútrido. En casa la madre y el padre, muertos en vida, ginebra en las venas. Recoge cianuro (todos los lectores sabemos que llega el aroma a las almendras amargas). Su hermano Joseph, que fue condenado por violar y asesinar a una niña de 12 años de edad, que al parecer fue arrojada desde el tejado de un edificio. Cuando se le preguntó acerca del crimen de su hermano Joseph, Richard respondió:«Venimos del mismo padre»

Después de que su mujer se fuera, se casa, otra vez, Bárbara, que no trabaja. Gimnasia danesa, qué es eso. Quiere lo mejor para ella. Pero Romeo, escucha, Nueva York está oxidado, Ernesto Mallo construye párrafos magníficos en su descripción del vapor y las tuberías, cómo crece la suciedad entre las dos torres, el humo industrial de Yonkers, las aguas de Hudson, cocodrilos que chapotean en las aguas emponzoñadas tras dos décadas, abuso y fábricas. Romeo, el primer acercamiento a la Mafia. Un asesino demente, sin Mafia, sin crimen organizado, es un asesino en serie, así que nos introducimos en el submundo (se niega a trabajar con grabaciones con niños, con animales). Pero, en un aviso de toxicidad desbordante, la descripción de la obsolescencia programada: tecnología para los rodajes de adultos, películas, más baratas, que terminará, primero con el vídeo en casa, luego en la red. Pero no es así. Es duro y terrible. Al final, drogas y sexo, todo controlado por el crimen. Pero Mallo, lógicamente construye el personaje, que busca una extraña seguridad vital a través de la paz de los asesinatos.

Un instante, un asesinato al azar, 10000 dólares. Sencillo. Colombo y Romeo, saben que tienen al monstruo que necesitan entre manos. Aparece la palabra, el apellido, Sampietro: «Matar lo alivia, lo calma, le quita una especie de vértigo interior». Romeo y la ginebra, la misma ginebra de sus padres, de pronta mañana, pero más final, eso no le gusta: «Algún día tendré que matar a ese hijo de puta», «Amenaza a su familia, eso es la firma de su sentencia de muerte». Todavía no ha llegado Lou Reed para componer y cantar sobre Coney Island.

Copacabana, una descripción, una sucesión de imágenes, un plano secuencia, la elaboración del asesinato. La idea de llegar hasta la víctima, no al azar, programada. Llega un elemento Bobby Souza, personaje necesario, en un estadio de mayor empatía, que peleó en Corea, tiene cáncer, quiere dinero para su hija, es un buen hombre (para ser un asesino) y, así, “no será un problema en el futuro”. Novela dentro de la novela: Cámara de Super-8 (revelar, las pruebas del dolor absoluto) «El crimen es la respuesta a algo que anda mal en la sociedad» A efectos prácticos, no es posible ningún cambio. Deja al joven Ricky Nelson, que suene “I will follow us”.

El triángulo, el cuadrilátero, figuras planas con vértices ocupados por personajes complejos, Richard, Kane y Romeo. También Bárbaro. La familia, la orgánica, la mafiosa. ¿Un localizador? La unión con asesinato, muertes, sangre… La necesidad de usar el dinero, lavado de la cocaína, lavado del dinero en efectivo de los asesinatos, las cuchilladas que dan billetes de cien. ¿Ey, Chow, dice el policía? Eres gay, te puedes acercar a su mujer. Siente odio, miedo, dice Richard. Uno piensa que está vacío y Ernesto Mallo construye, escribe: “Si Barbara muriese, él mataría a sus dos hijas y luego se suicidaría”. Un desmayo, UCI, murió, el investigador (dentro de una burbuja de dolor, las pastillas, el vicodín). Del busca al GPS, un ordenador. Con un error de unos pocos pies, estamos en la modernidad... la obsolescencia de los medios de investigación habituales.

Salto cualitativo de la novela negra. De las huellas, de la lupa, el bourbon… De nuevo, niñas en casa de la amiga, la mujer frente a él, el odio, nunca te irás de aquí. Un cuchillo en el cuello. «Nunca vas a librarte de mí, que lo tengas claro». Madre, la madre, de ginebra y tristeza, colgada. En los ojos fríos, el incendio, la gasolina. Un negocio de cocaína, peruanos, el amigo con cáncer, un disparo, un extraño movimiento. En el agua, los muertos no hablan. Mira mi nuevo amigo, Ito es Chow, el círculo se cierra, atrapa el cuello del asesino mientras él trata de liberarse estrangulando a otros, los problemas, acumulados, todo huele a muerte, a explosión, sangre.

En un instante, la droga, la meta, los ojos de vidrio, un garito llamado Wild Wide, un tipo con apellido Kanci, un tipo con nombre Kaspar, De quién tienes miedo: LA BESTIA. Está dando de hablar en el ambiente. Se le pone el foco, un mote, un seudónimo, casi una leyenda urbana. Cuarenta multas de tráfico. Como a los impuestos de Al Capone. Los chicos de estadística, en el control del tráfico, la vigilancia urbana. Con unas pocas sustancias, de un lado a otro, se engrasan. Niños con gafitas, buscando conexiones, encendidos de anfetamina. No te das cuenta, listo, que Richard, asustado, es terrible. Lo ha seguido todo el día.

Y la Mafia, la de verdad, nada mínimo: Don Colombo, con la grappa, una sequía inédita ha dejado un coche con dos muertos. La droga, la cocaína, quién tiene la culpa: Romeo o Kublinski. Uno prefiere matar a los billetes, el otro siempre, juego, sexo, limpios. La comisión, el dinero de la mercancía la sangre en el cuello. Pepsi Diet, igual estás pasado de peso. Dos chicas, iros, Romeo. Cuando habló de su familia, en ese instante, sabía que estaba muerto. Tras eso, el peso, el azúcar, el monstruo, el brazo izquierdo como una piedra. El corazón. Intoxicado de crímenes. El amigo, con paliativos, cada día peor. Trae los polvitos del vendedor de helados. Los de la almendra amarga.

El tercer peruano. ¿Dónde fue a pagar el dinero de la droga? El azúcar comienza a llegar a su cerebro. Cierto alivio. Se cierra el círculo. Tengo, una carpeta de recortes llenos de sangre, de vísceras, de pólvora, querido Juez. Harry Blackmoon, El monje, «con esto que me trajo dudo que alguna vez vuelva a ver a la luz del día. Coloque en espera al testigo, coman la cereza. Quizá una pérdida que le ahorraría mucho dinero al estado>>. Richard, los hombres de la mafia van a por él, son duros, de pronto, el operativo policial, abortar, abortar, esto es zona de guerra.

Contra el suelo. Te mataré, la rabia, la saliva. Encerrada, Bárbara, quiero que le hagas confesar, que le digas que nos diga dónde están los cadáveres, para que sus hijas no vayan a manos del estado. Tienes que confesar tus crímenes: “Ya no hay terror en sus ojos, solo una insolencia que Richard jamás vio en ella”, la muerte, no proceses a sus hijas.

Vienes a por mí, te doy la mano, Don Colombo. Todos, al final, muertos. Juez, policía, hijos, hermanos, criminales. No hace falta explicar más. Empezó en la violencia, acabó en la muerte. La sociedad descansa cuando le hacen llegar el certificado de defunción. Ernesto Mallo, el hombre que convierte a Kublinski, el hombre de hielo, en un tótem de la desesperación.

¿Cómo nació el rock pesado en español? La primera edición patria de este histórico LP argentino

10 June 2026 at 04:51

El origen del rock pesado en español, una grabación perdida queBeat Generacion edita en España por primera vez. Un disco anárquico, hijo de su tiempo, convulso y pre dictarorial, donde todo era posible y todo estaba vigilada. No había nada así en el mundo. Menos en español. El segundo volumen de la Pesada (editado originalmente en 1972 y recuperado en 2026 por Beat Generación), sigue siendo el de un proyecto ecléctico, variado, con distintos músicos y estilos, con la cabeza visible del gordo, de Billy Bond, pero, esta vez, con una formación más estable: las guitarras crujientes y bluseras se las reparte el mito Pappo con Kubero Díaz (uno de los grandes del rock argentino, inmortalizado por Miguel Abuelo en su LP solista Buen día, día, con aquella joyita, "Días de Kuberito Díaz"), que había tocado en la seminal La Cofradía de la Flor Solar.

Mientras que Pappo ofrecía ese tono blues argentino tan auténtico, Kubero tenía un punto más psicodélico.

Con un tema de Díaz se abre el LP, abre urbano y salvaje, es La pálida ciudad, con la voz de Billy, anfetamínica, tratando de seguir el violín de Jorge Pinchevsky, casi una guitarra solista. La maldita máquina es el segundo corte, con el bajo de Alejandro Medina (que se encarga de la composición junto a Rubén de León), de Manal, sosteniendo la épica de un tema, 1972, que está cerca de lo que hacían en Inglaterra los Led Zeppelin y, sobre todo, Black Sabbath. El fraseo de Bond más que cantar, mastica… la pareja Jorge Álvarez/Billy Bond se encargan de Blues para mis amigos, un tema que surge del espíritu de improvisación, exagerado, llevando el intercambio instrumental sobre una sucesión melódica de más de siete minutos. Esa propuesta, de manual, muy del gusto de la época, más de resina y cigarrillo, de trago y de ruleta. La batería, compartida por Luis Gambolini (compadre de Bond desde el principio) y con Javier Martínez, al que se nombra: “que canta y toca. Ya hablamos de Javier Martínez en Motel Margot, de su labor como letrista y compositor en Manal (Javier Martínez, Alejandro Medina y Claudio Gabis, un trío superdotado), definiendo Buenos Aires como un blues eléctrico desconocido en España y que, tras la muerte de Martínez en 2024, dejó huérfano. Martínez letrista y Martínez músico, como Billy Bond y Pappo, son extraños, extraterrestres en el planeta Europa y que, por lo menos en parte, estamos recuperando gracias a reediciones como esta. Cierra la primera cara del LP Que descanses en paz, casi un juego, una miniatura de dos minutos, con piano y violín (Jorge Pinchevsky y Roberto Lar) que suena a entretenimiento menor. Fonética y gamberrismo de estudio.

Damos la vuelta al vinilo para abordar Para qué nos sirven, rock frenético de onda corta, setentero total, a Jorge Álvarez y Bond se une Pappo en la composición. Estamos en plena dictadura de Lanusse y aquí las metáforas había que utilizarlas con tiento. Tiempos duros, tiempos difíciles. Iba a volver Perón, iban a llenar de sangre las calles de Buenos Aires y el monte de Tucumán los montoneros, Billy se iría Brasil. Otros para España. Mientras el violín de Pinchevsky se clavaba en el alma. El uso del violín es un detalle cualitativo en el proyecto, Pinchevsky estaría con Sui Generis grabando Vida, pero, incluso, puedes seguirlo en los créditos hasta momentos tan delirantes como “La hija de lágrima” de Charly García o como músico estable en bandas del progresivo internacional como Gong. Palabras mayores.

El segundo tema de la cara B es Voy a ver un amigo, con música de Pappo y letra de Javier Martínez. Entre las burbujas ácidas, el movimiento y el sueño, hay aviso por lo que está a punto de llegar. Pronto caminar por la ciudad iba a ser un peligro y el mundo tendría que llevarse el bajón a casa. Un piano tocado con energía de percusión reaviva la sensación de crudeza y violencia. El final, que parecía una humorada, no lo es: La Marcha de San Lorenzo, escrita por Cayetano Alberto Silva, una tonada militar, usada de manera patriótica en las escuelas argentinas. Vertida en un oscuro blues, asalvajado y grotesco. San Martín y compañía. Aquí es con

No olvidemos que, años más tarde, Charly García grabó El himno nacional argentino. Cosas que aquí, en España, no entendemos.

Este segundo volumen de la Pesada es más prolijo en su organización instrumental, pero adolece del éxtasis de composición que tenía el primero de sus discos. Algunos de sus temas parecen improvisaciones de estudio, pero, al tener una nómina de colaboradores olímpicos, el disco sigue siendo un objeto imprescindible para un tiempo y un lugar. Si no te lo pillas, es que no has entendido nada. Ni Calamaro ni Robert Johnson ni Rosalía. Ahí lo dejo. Bueno, ni Radiohead, pero es que, si estás leyendo esto, ya lo sabías.

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