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Indio

Se ha muerto un hombre. Era fino y peligroso. De aspecto seco, desértico, y una voz de diablo. En el escenario —con su banda, Los Redonditos de Ricota, en sitios lúgubres durante los ochenta, en predios a los que arrastraba a cientos de miles de personas tiempo después— tenía el aspecto de un obrero metalúrgico o de un monje. No hacía falta que impostara glamour con quienes íbamos a verlo. Era un dios hecho de aceite de motor y pavimento, y nos arrastró a su territorio desde que lo vimos por primera vez. A los tristes, los fundidos, los rabiosos, a los que siempre crujíamos, nos llevó más lejos. Hizo que a los 30, a los 40, a los 50, estuviéramos tan encendidos como a los 20. Yo estaba en Berna cuando se murió. Volví de una reunión de trabajo y, cuando llegué al hotel, encontré un mensaje del hombre con quien vivo que me daba aviso. Era viernes, 5 de junio de 2026. Habían pasado unos 40 años desde que lo vi por primera vez en un tugurio oscuro del barrio de Flores, Buenos Aires. Fue la banda de sonido de buena parte de mi vida. Si no sé qué hacer, ni cómo hacerlo, lo escucho cantar Había una vez, y esa parte que dice “los espíritus soplan si quieren, y vos que recién te enterás, tarde otra vez, mi amor” me recuerda que, a veces, no se puede hacer nada, que sólo hay que esperar. Cuando supe de su muerte —tenía párkinson, sufrió un accidente cerebrovascular hemorrágico en la madrugada—, caminé hasta un puente y me quedé mirando el río Aar. El mundo seguía andando, pero ese día anduvo menos. En Buenos Aires, sus fans se reunieron espontáneamente en la Plaza de Mayo. Desde el domingo, se inició un velorio público. Se formó una fila de siete kilómetros para despedirlo. Él le dio sentido a lo que no tenía sentido. Transformó la desesperación en canciones que nos hicieron mal de tanto bien que nos hicieron. Se llamaba —se llama— Carlos Alberto Solari. Nosotros, la tribu de su calle, le decíamos Indio. Le diremos siempre.

© Nehuen Rovediello (EFE)

Seguidores del Indio Solari, en su homenaje de despedida en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, el pasado día 5.
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Rocío Carrasco, 20 años después de la muerte de Rocío Jurado: “Cuando ella se fue fui consciente de que soy la hija de un mito”

“Mi meta es ser la primera figura de la canción española”, escribió Rocío Jurado. Lo logró, a juzgar por los 20 millones de discos vendidos y los 150 discos de oro y 60 de platino atesorados. La seña clave de que lo consiguió es que 20 años después de su muerte —el 1 de junio de 2006, a los 61 años— ya es un mito consagrado. Pero para su primogénita y heredera universal, Rocío Carrasco (Madrid, 49 años), era, sobre todo, su madre, con todo lo que eso conllevaba.

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© Juan Naharro Gimenez (Getty Images)

Rocío Carrasco durante la MBFW Madrid 2026 en IFEMA, en marzo de 2026.
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