El ministro de Defensa británico, John Healey, dimitió el jueves en medio de una disputa sobre el gasto militar, acusando al primer ministro Keir Starmer de no destinar los recursos gubernamentales necesarios para defender el país.
Para los adolescentes de Belfast, desde principios de los setenta hasta los noventa, salir por la noche a quemar coches y autobuses fue el equivalente de lo que para chicos y chicas de otras latitudes es quedar a tomar un helado o ir al centro comercial, la diversión favorita de las largas noches de junio y julio, cuando el curso ha acabado y el frío y la lluvia no tienen atenazada la ciudad. Esta vez, en una reminiscencia de un pasado no tan lejano no exenta de nostalgia, el entretenimiento no ha sido lanzar cócteles molotov, piedras y ladrillos a los de la otra religión y a la policía, sino a los inmigrantes.
En el clima político y social reinante, cualquier ataque perpetrado contra un nativo por un inmigrante es como lanzar una granada. Es lo que ha ocurrido en Belfast con el acuchillamiento de un vecino de los barrios del norte de la ciudad por un refugiado político sudanés que llegó al país en el 2023, obtuvo asilo político y permiso de residencia por cinco años.