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¿Qué estamos haciendo con el campo? ¿Está acabando la agroindustria y el ecologismo con él?

Aunque también juegue por la banda derecha y sea defensor del campo, a diferencia de su primo hermano ([[LINK:TAG|||tag|||67bf17bf451c8e45235ba863|||el dorsal nº 5 de la selección española de fútbol]]), el escritor Julio Llorente no tinta los espejos de sus gafas de naranja porque prefiere ver la realidad con la nitidez que sólo ofrece el cristal transparente. Fruto de su análisis meridiano de la cotidianidad es su primer ensayo, «El sentido del campo» (Deusto), donde explica por qué no habrá cultura sin agricultura, y los efectos de la agroindustria en el mismo.

«El origen del libro fueron las tractoradas de 2024 contra las políticas de la Unión Europea sobre la agricultura y la ganadería», explica Julio Llorente. Sin embargo, estas protestas son apenas el asidero de una reflexión que aspira a llegar mucho más lejos. Porque si algo sostiene el autor a lo largo de la obra es que la crisis agraria no afecta únicamente a quienes viven de la tierra. «Creo que a nuestros agricultores se les está dispensando un trato muy injusto», afirma. Una injusticia que «no solo les concierne a ellos, sino a todos».

El ensayo se mueve precisamente en ese doble plano: por un lado, se pregunta «hacia dónde va el campo», cuál es el futuro de nuestros cultivos; por otro, trata de desentrañar «el significado profundo de la agricultura». Es ahí donde aparece una de las tesis centrales del libro: «el agricultor es algo así como un custodio civilizatorio». La expresión resume una convicción que atraviesa toda la obra. «El vínculo entre agricultura y cultura es mucho más estrecho de lo que cabía pensar» y, por eso, «si es etimológico es ontológico también», dice. «No es casualidad que al declive occidental le haya precedido como causa o seguido como síntoma una crisis agraria», sostiene Llorente, quien cree que existe «algo de causa y algo de síntoma» en esa relación y recurre a una observación de Gustave Thibon atribuida a Simone Weil: «A veces hay una dependencia sutil entre los fenómenos más altos y los más bajos». A su juicio, basta con mirar la historia para advertir esa conexión. «La agricultura propició el asentamiento y el asentamiento propició la cultura».

«La agricultura propició el asentamiento y el asentamiento propició la cultura».

Y añade una frase que resume buena parte de su pensamiento: «La cultura al final nace de la permanencia, del arraigo, del trato constante y amoroso del hombre con un espacio». Desde esa perspectiva, el deterioro del mundo rural deja de ser un fenómeno sectorial para convertirse en una cuestión cultural. «Precisamente eso es lo que me permite afirmar, con cierta duda, que efectivamente al declive agrario le seguirá una decadencia».

Contra el nomadismo

La permanencia y el arraigo constituyen otro de los ejes del ensayo. «La idolatría de la libertad conlleva el repudio del compromiso», escribe. Durante la conversación desarrolla la idea y sostiene que «la elección es indisociable de la renuncia; quien elige es menos libre que antes de haber elegido». Según su diagnóstico, hemos terminado identificando la libertad con «una amplitud casi infinita de posibilidades» y, por ello, «terminamos repudiando la elección». El resultado es una sociedad que «ha identificado felicidad con novedad y con cambio y mira con suspicacia la permanencia». Frente a esa tendencia, reivindica el arraigo. «Yo intuyo que la felicidad, que la plenitud del hombre, tiene más que ver con la permanencia y con el arraigo». Porque «solo de ese modo, permaneciendo, arraigando, puede cuidar, puede amar».

«La idolatría de la libertad conlleva el repudio del compromiso»

Por eso el agricultor se convierte para él en «el paradigma de la permanencia», alguien que «no solo domina una técnica, sino que está atado a un espacio de alguna manera, vinculado a él». Junto a estas reflexiones aparecen cuestiones como la propiedad, el consumo o los límites. «Solo nos apropiamos de las cosas cuando las tratamos», escribe. Para Llorente, «la propiedad en sentido profundo no nace de un contrato sino de un trato», –«La tierra pa’ quien la trabaja», podría afirmar el autor en consonancia con los miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), aunque asegura que su aplicación práctica podría ser «catastrófica»– mientras que «solo un cambio de nuestros hábitos de consumo provocará un cambio de las prácticas agrícolas». Son ideas distintas que desembocan en una misma preocupación: recuperar el cuidado frente a la lógica de lo inmediato y recordar que «solo podemos hacernos cargo de lo que es limitado».

«la propiedad en sentido profundo no nace de un contrato sino de un trato»

Cuando la conversación aterriza en la situación concreta de agricultores y ganaderos europeos, el tono se vuelve más severo. «La desolación agraria no responde a la esencia de su trabajo, sino a su coyuntura». El autor insiste en que no pretende idealizar la vida rural. El sacrificio siempre ha formado parte del oficio. «La desesperación de los agricultores europeos no tiene que ver con la naturaleza de su oficio», sino con «unas políticas muy concretas» que comprometen «su supervivencia» y «su subsistencia». A su juicio, existe una contradicción evidente: «Al mismo tiempo que se somete a los agricultores europeos a exigencias fitosanitarias muy exhaustivas y a regulaciones casi innumerables, se comercia con países donde tales regulaciones no imperan». El resultado es que «se obliga a competir a los agricultores en desigualdad». Y concluye: «Esto es injusto y se llama competencia desleal».

© Cedida

Julio Llorente, autor del ensayo, posa con el mismo en un parque de Madrid
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