A 20 años del chispazo del procés independentista: el Estatut que cambió la política catalana
Este 18 de junio se cumplen 20 años del referéndum que ratificó el nuevo Estatut de Autonomía de Cataluña, una norma que nació con la voluntad de actualizar el llamado autogobierno catalán y redefinir el encaje de Cataluña en España, pero que acabó convirtiéndose en uno de los principales detonantes del independentismo contemporáneo. Lo que comenzó como una reforma estatutaria impulsada desde el consenso político derivó, tras años de negociaciones, recursos judiciales y recortes, en un punto de inflexión que marcaría la política catalana durante la década siguiente.
El referéndum se celebró el 18 de junio de 2006 y dio la victoria al 'sí' con el 73,9% de los votos. Sin embargo, la participación se quedó en el 49,4%, una cifra inferior tanto a la registrada en el referéndum del Estatut de 1979 como a la media de participación en las elecciones autonómicas catalanas. En total, 1,88 millones de catalanes respaldaron el texto, frente a los 528.745 votos contrarios. El 5,3% votó en blanco y el 0,9% emitió votos nulos. Pese al amplio respaldo obtenido en las urnas, el nuevo Estatut iniciaba ese mismo día una larga y accidentada travesía política y judicial que acabaría redefiniendo el mapa político catalán.
El gran proyecto de Maragall
La reforma del Estatut de 1979 fue la gran apuesta política del entonces presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, y uno de los compromisos centrales del primer Govern tripartito, formado por PSC, ERC e ICV. Tras meses de negociaciones entre las fuerzas del Govern y CiU, liderada entonces por Artur Mas, el texto fue aprobado por el Parlament el 30 de septiembre de 2005 con un amplio consenso. El denominado Estatut de Miravet —llamado así por la localidad tarraconense donde se celebraron algunas de las negociaciones clave— ampliaba notablemente las competencias de Cataluña.
El nuevo texto, integrado por 232 artículos frente a los 58 del Estatut de 1979, reforzaba las competencias exclusivas de la Generalitat, planteaba una nueva arquitectura financiera, establecía la creación de una Agencia Tributaria de Catalunya que debía recaudar y gestionar el 100% de los impuestos y otorgaba más peso a las instituciones judiciales catalanas.
Además, en su primer artículo definía a Cataluña como una "nación". Aquella definición simbolizaba la voluntad de una parte importante del catalanismo político de avanzar hacia un modelo territorial más federal y con un mayor reconocimiento de la singularidad catalana.
El inicio del conflicto
Sin embargo, buena parte de las aspiraciones iniciales del texto se diluyeron durante su tramitación en las Cortes Generales. Pese a la promesa realizada en 2003 por José Luis Rodríguez Zapatero, entonces líder de la oposición, de apoyar el Estatut que aprobara el Parlament, el texto fue objeto de intensas negociaciones en Madrid.
El acuerdo alcanzado en enero de 2006 entre Zapatero y Artur Mas supuso la modificación de cerca de la mitad del articulado. La definición de Cataluña como "nación" quedó relegada al preámbulo, sin valor jurídico, mientras que el articulado pasó a utilizar el término "nacionalidad".
También se rebajaron aspectos clave relacionados con la financiación. El proyecto inicial contemplaba la creación de una Agencia Tributaria de Cataluña con capacidad para recaudar y gestionar la totalidad de los impuestos, una aspiración que finalmente quedó reducida a un consorcio compartido con el Estado.
Los cambios provocaron la ruptura del consenso político que había hecho posible la aprobación del texto en el Parlament. ERC, que había participado en la negociación inicial, decidió pedir el voto negativo en el referéndum al considerar que el Estatut había sido desvirtuado. La decisión de los republicanos desencadenó una grave crisis en el Govern. Maragall expulsó a los consellers de ERC y convocó elecciones anticipadas para otoño de 2006. El PP también pidió el 'no', aunque por motivos diametralmente opuestos.
Pocos días después del referéndum, el PP presentó un recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional. Comenzó entonces un largo periodo de incertidumbre política y judicial que se prolongó durante cuatro años. La sentencia, hecha pública en julio de 2010, anuló total o parcialmente varios artículos relacionados con el uso preferente del catalán, la financiación y las instituciones judiciales catalanas, además de establecer una interpretación restrictiva sobre otros aspectos clave del texto.
El tribunal rechazó, entre otras cuestiones, que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña se convirtiera en la última instancia judicial en la comunidad autónoma y descartó la creación de un órgano propio de gobierno del poder judicial catalán.
Aunque el término "nación" pudo mantenerse en el preámbulo, el Constitucional dejó claro que carecía de eficacia jurídica. La resolución fue percibida por una parte importante de la sociedad catalana como una desautorización de un texto que había sido aprobado por el Parlament, negociado en el Congreso y refrendado en las urnas.
El chispazo del procés
La sentencia del Tribunal Constitucional desencadenó una multitudinaria manifestación en Barcelona el 10 de julio de 2010 bajo el lema "Som una nació. Nosaltres decidim". Aquella movilización, que reunió a más de un millón de personas según los organizadores, marcó un antes y un después en la política catalana.
Para numerosos analistas e historiadores, aquel episodio supuso el auténtico punto de partida del procés independentista. Hasta entonces, el independentismo era una opción minoritaria en Cataluña. A partir de la sentencia, el apoyo a la secesión comenzó a crecer de forma sostenida hasta llegar a ser la mitad de la población en su punto más álgido en 2018. Sin embargo, el apoyo a la independencia hoy se encuentra en alrededor del 35%.
De hecho, una idea ampliamente extendida entre sectores del independentismo es que el recorte del Estatut hizo que muchos catalanes dejaran de creer en la posibilidad de encajar Cataluña dentro del Estado autonómico. "No era independentista hasta la sentencia del Estatut" se convirtió, con el paso de los años, en una frase habitual entre activistas y ciudadanos favorables a la independencia.
Muchos sostienen todavía hoy que, si el texto aprobado en referéndum se hubiera respetado íntegramente, una parte significativa de la sociedad catalana no habría abrazado el independentismo. El propio procés, con episodios como la consulta del 9 de noviembre de 2014, el referéndum unilateral del 1 de octubre de 2017 y la declaración de independencia fallida, no puede entenderse sin el impacto político y emocional que tuvo la sentencia del Constitucional.
Un legado incómodo veinte años después
Dos décadas después de aquel referéndum, el Estatut sigue ocupando un lugar incómodo en la política catalana. Ni el Parlament ni la Generalitat han organizado actos institucionales para conmemorar su vigésimo aniversario.
ERC reivindica el texto como un Estatut "mutilado" por unos "jueces haciendo política", mientras que el PSC será la única gran formación que celebrará un acto conmemorativo junto al expresidente José Montilla. El PP, impulsor del recurso ante el Constitucional, evita cualquier referencia al Estatut en la ponencia política de su próximo congreso.
Sin embargo, muchos de los debates que planteó la reforma siguen plenamente vigentes: la financiación autonómica, el déficit fiscal, la gestión de las infraestructuras, el traspaso de Rodalies o el reparto competencial entre el Estado y las comunidades autónomas.


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