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Las OPV europeas también están en auge, pero sus grandes tecnológicas quieren cotizar en Wall Street

SpaceX acaba de captar 75.000 millones de dólares en la mayor salida a bolsa de la historia. La operación ha valorado la compañía de Elon Musk en 1,77 billones y colocará en el Nasdaq una empresa que todavía pierde dinero. Según datos de EY, Europa necesitó todo 2025 y más de cien estrenos bursátiles para recaudar unos 19.000 millones de dólares, apenas una cuarta parte de la cifra captada por SpaceX.

La diferencia puede ampliarse todavía más. OpenAI y Anthropic preparan sus propias operaciones mientras Wall Street vuelve a movilizar cantidades que parecían reservadas para los años de dinero barato. Si ambas igualaran los 75.000 millones captados por SpaceX, solo las tres grandes operaciones sumarían 225.000 millones, aunque todavía no se conocen ni el tamaño ni el calendario definitivo de sus ofertas.

Europa también ha vuelto a abrir la puerta, aunque lo está haciendo de otra manera. El continente no tiene tres gigantes capaces de absorber decenas de miles de millones en cuestión de semanas. Tiene una sucesión de empresas de defensa, software, pagos, satélites, energía, industria y consumo que quieren aprovechar el regreso de los inversores. Algunas ya han saltado al mercado. Otras esperan el momento adecuado. Las más atractivas miran directamente hacia Estados Unidos.

Bending Spoons resume mejor que nadie ese interés por despegar en Estados Unidos. La tecnológica italiana propietaria de Vimeo, WeTransfer, AOL y Eventbrite ha presentado la documentación para cotizar en el Nasdaq con una posible valoración de al menos 20.000 millones de dólares. La compañía registró ingresos de 601 millones de dólares durante el primer trimestre y pasó de las pérdidas a ganar 27,5 millones, apoyada en nueve millones de clientes de pago y más de 500 millones de usuarios mensuales. Milán vio crecer la empresa y ahora Nueva York puede quedarse con su salida a bolsa.

Otro caso es Revolut, la fintech más valiosa de Europa. Ha sido valorada en 75.000 millones de dólares en su última venta de acciones de 2025 y ahora estudia otra operación secundaria que podría elevar esa cifra hasta 115.000 millones. Su fundador, Nik Storonsky, no prevé hacerlo antes de 2028, pero lleva años cuestionando que Londres pueda ofrecer la profundidad y la liquidez necesarias para una operación de ese tamaño.

Europa produce compañías capaces de competir en todo el mundo. Lo que todavía no consigue es convencerlas de que coticen en casa. Visma parecía dispuesta a romper esa dinámica. El grupo noruego de software empresarial había elegido provisionalmente Londres para protagonizar una de las mayores OPV de la ciudad en años, con una valoración cercana a 20.000 millones de dólares. La caída de las compañías de software desde febrero ha obligado a retrasar el proceso y deja su debut pendiente hasta 2027 como pronto, según Reuters.

El mercado europeo se abre, pero no para todos

Fuera de las grandes operaciones tecnológicas estadounidenses, los inversores europeos están premiando sobre todo a las empresas con contratos visibles y negocios ligados a grandes necesidades públicas.

El fabricante checo de armamento CSG recaudó en enero hasta 3.800 millones de euros en Ámsterdam y comenzó a cotizar con una valoración de 25.000 millones. Sus acciones llegaron a subir un 28% durante el estreno, impulsadas por una cartera de pedidos de unos 14.000 millones y por el aumento del gasto militar europeo. Sin embargo, después del estreno, las acciones corrigieron con fuerza y llegaron a perder buena parte de la subida inicial.

La francoalemana KNDS prepara ahora su doble salida a bolsa en Fráncfort y París. El grupo de defensa que reúne a los fabricantes del Leopard y el Leclerc podría alcanzar una valoración cercana a 20.000 millones de euros, mientras Alemania y Francia reorganizan sus participaciones para conservar influencia sobre una de las piezas centrales del rearme continental.

España también espera su oportunidad

HIP, la plataforma hotelera de Blackstone, ha puesto en marcha una operación para su posible salida a bolsa que podría valorar el grupo alrededor de 6.000 millones de euros.

Digi España, el operador de fibra y telefonía controlado por el grupo rumano Digi Communications, había estudiado una OPV para financiar el despliegue de fibra y red móvil, pero la inestabilidad del mercado ha obligado a aplazar la operación y la compañía no espera retomarla a corto plazo.

En cuanto a Ignis, compañía de energías renovables, también explora una OPV con el asesoramiento de Citigroup y Banco Santander. La operación se encuentra todavía en fase preliminar y podría valorar la empresa por encima de 1.000 millones de euros.

Las tecnológicas españolas vuelven a plantear el mismo dilema que Bending Spoons. Las empresas más maduras y vinculadas a activos físicos pueden terminar en Madrid, mientras las que venden tecnología tienen más incentivos para estudiar una cotización en Estados Unidos.

El continente europeo cuenta con más de 160 empresas en el programa de preparación para cotizar de Euronext y con fondos de capital riesgo que necesitan vender miles de participaciones acumuladas durante los últimos años. Sin embargo, cada gran operación tecnológica que cruza el Atlántico reduce la profundidad del mercado que deja atrás.

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El motín del “Schatz”: por qué el BCE vigila más a Kevin Warsh que a su propia inflación

Junio viene fuerte, muy fuerte. Por si el calendario no venía ya cargado por la salida a bolsa de SpaceX, el mercado estará muy pendiente de las reuniones de nueve bancos centrales. Pero mientras Elon Musk sueña con conquistar el espacio, los bancos centrales siguen atrapados en la misión más terrenal de controlar la inflación sin estrellar la economía.

El Banco Central Europeo (BCE) será el primero en debutar el 11 de junio, en un momento en el que, además de la inflación, el equipo de Christine Lagarde ve cómo el dólar sigue imponiendo su ley y el mercado de deuda empieza a desafiar el relato de calma que intenta sostener Fráncfort.

La semana siguiente llegará el turno de la Reserva Federal (Fed), con todas las miradas puestas en el debut de Kevin Warsh al frente de la institución. Y ahí Europa también se la juega, porque además de estar pendiente de sus propios datos, no podrá perder de vista lo que decida Washington.

Y aunque el mercado no espera ahora mismo un movimiento agresivo del BCE, eso no significa que la situación sea tranquila. La inflación de la eurozona ha escalado hasta el 3,2% en mayo y el euro se mueve bajo la presión de un dólar fuerte. Si la divisa europea se debilita, el golpe llegará por el encarecimiento de la energía, las materias primas y las importaciones más caras. Es decir, más inflación importada.

Xavier Chapard, estratega de LBP AM, apunta precisamente a ese riesgo: “una subida de tipos a mediados de junio se ha vuelto prácticamente inevitable, aunque su escenario central sigue contemplando una única subida este año”, señala. Con los tipos oficiales en el 2%, Fráncfort intenta mantener una hoja de ruta previsible, pero el margen de maniobra empieza a estrecharse.

El mercado desafía al BCE

El aviso más serio no viene de los discursos. Viene de la deuda. El bono alemán a dos años, conocido como Schatz, es una de las referencias más sensibles a los movimientos de tipos a corto plazo en las últimas semanas ha empezado a exigir más dinero a los inversores.

Su rendimiento ha pasado del entorno del 2,53% a superar el 2,65% en el mercado secundario. Puede parecer un movimiento pequeño, pero en renta fija es una señal relevante, ya que el mercado está diciendo que no compra del todo el mensaje de calma del BCE.

La última vez que el Schatz se desvió con tanta claridad de la estrategia oficial fue durante el golpe inflacionista posterior a la pandemia, cuando el mercado terminó empujando al BCE a abandonar los tipos negativos de forma abrupta.

Ese recuerdo pesa en Fráncfort. Porque cuando la deuda se rebela, los bancos centrales dejan de controlar por completo las condiciones financieras reales de la economía.

Los bonos ya están endureciendo las condiciones

El problema para el BCE es que el mercado puede endurecer las condiciones financieras incluso sin una subida oficial de tipos. Si los bonos ofrecen más rentabilidad, financiarse cuesta más. A los estados, a las empresas y, al final, también a los hogares. El encarecimiento de la deuda pública se filtra hacia el crédito, las hipotecas y la inversión.

El bono alemán a diez años refleja ya esa tensión. Su rentabilidad ha pasado de moverse cerca del 2,7% a situarse en torno al 3,03%. Federated Hermes advierte que, si el conflicto con Irán persiste y los precios de la energía se mantienen elevados, “Europa será una de las regiones más perjudicadas”. La Comisión Europea ha rebajado ya sus previsiones de crecimiento para la UE del 1,4% al 1,1% en 2026 y ha elevado su previsión de inflación al 3,1% por el impacto del shock energético.

La sombra de la Fed

Por si esto fuera poco, a esta presión interna se suma la amenaza exterior de Estados Unidos. Kevin Warsh llega con un perfil más duro, más inclinado a mantener una política monetaria restrictiva. Si Warsh decide endurecer la política monetaria en Estados Unidos en su debut de este mes, los inversores globales podrían mover en masa sus capitales hacia el dólar para capturar esos mayores rendimientos seguros, presionando la cotización del euro.

En este sentido, Pedro del Pozo, director de inversiones financieras de Mutualidad, afirma que “las bajadas de tipos que parte del mercado esperaba en enero en Estados Unidos han quedado prácticamente descartadas”.

Y un euro débil es una pesadilla para Fráncfort. El BCE podría perder su soberanía y tendría que doblegarse ante las decisiones de Washington. Verse obligado a subir tipos no porque la economía europea esté fuerte, sino porque Washington empuja al BCE contra la pared.

La cuestión es si Fráncfort tiene fuerza suficiente para ignorar la presión del dólar, la línea dura de la Fed y el motín técnico del Schatz. De momento, los movimientos en la renta fija reflejan que el mercado quiere más rentabilidad, teme que la inflación tarde más en bajar y no descarta que los tipos sigan altos durante más tiempo. Lagarde necesita recuperar el control del relato, porque si los bonos siguen tensionándose, el mercado habrá empezado a subir los tipos por su cuenta.

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China desafía al poder del petróleo para convertirse en el primer "electroestado" global

China debería estar muy preocupada. Cada día consume entre 15 y 16 millones de barriles de petróleo, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Importa cerca de tres cuartas partes de ese volumen y alrededor de la mitad llega desde Oriente Medio. Si alguien tenía motivos para mirar con miedo hacia el estrecho de Ormuz, era precisamente Pekín.

Esa dependencia lleva años quitando el sueño a los dirigentes chinos. Ninguna gran potencia quiere dejar una parte tan importante de su economía en manos de rutas marítimas que no controla. Tampoco depender de regiones donde una crisis geopolítica puede disparar los costes energéticos de la noche a la mañana. Por eso, mucho antes de que la transición energética se convirtiera en una prioridad para Europa o Estados Unidos, China ya había comenzado a invertir cantidades gigantescas de dinero con el objetivo de reducir el peso del petróleo dentro de su economía.

Según la AIE, la electricidad representa cerca del 30% del consumo final de energía del país, una proporción superior a la de Estados Unidos y a la media europea. Detrás de ese porcentaje aparecen más de diez años de inversiones en redes eléctricas, energía solar, baterías, transporte ferroviario y vehículos eléctricos que han ido modificando poco a poco la forma en la que funciona la segunda economía mundial.

El cambio se mide sobre el asfalto

Una parte de esa transformación ya circula por las carreteras chinas. Bloomberg estima que la flota de vehículos eléctricos del país está desplazando más de un millón de barriles diarios de petróleo, una cantidad equivalente aproximadamente a toda la producción de crudo de Omán. Las previsiones, apuntan además, a que otros 600.000 barriles diarios de demanda podrían desaparecer durante los próximos doce meses si se mantienen los actuales ritmos de electrificación.

Las cifras llaman todavía más la atención cuando se observan las ventas. El mercado chino comercializa más de 12 millones de vehículos eléctricos al año, más que el total de automóviles vendidos conjuntamente en algunos de los principales mercados europeos. La consecuencia es que la demanda de gasolina ha regresado a niveles comparables a los observados durante los confinamientos de 2022, pese a que la movilidad y la actividad económica se encuentran hoy muy por encima de aquellos registros.

Mientras el automóvil privado concentra la atención de fabricantes e inversores, los analistas energéticos observan cada vez con más interés otro segmento menos visible. En 2020, prácticamente el 99% de los camiones pesados vendidos en China utilizaban motores diésel. Cinco años después, los modelos eléctricos ya representan cerca del 9% de las nuevas matriculaciones y la tendencia sigue acelerándose.

La evolución parece modesta hasta que se recuerda qué papel desempeñan estos vehículos dentro de la economía china. Son los encargados de transportar materias primas, componentes industriales y mercancías a través de miles de kilómetros de carreteras que conectan fábricas, puertos y centros logísticos. Cada punto de cuota que gana la electricidad tiene un efecto mucho mayor sobre el consumo energético que en el automóvil privado. CATL, el mayor fabricante mundial de baterías, prevé que la electrificación del transporte pesado continúe avanzando durante esta década y llegue a representar una parte muy relevante de las nuevas ventas antes de 2030.

Cambio energético

Reducir la dependencia del petróleo, sin embargo, solo era una parte del plan. La otra consistía en controlar las industrias necesarias para sustituir esa materia prima. Según la AIE, China concentra alrededor del 80% de la capacidad mundial de fabricación de paneles solares, lidera la producción global de baterías y mantiene una posición dominante en varias fases del procesamiento de minerales estratégicos.

Cuando el crudo se dispara, los gobiernos y las empresas aceleran inversiones destinadas a electrificar el transporte, la industria y la generación eléctrica. Redes, baterías, sistemas de almacenamiento, vehículos eléctricos y paneles solares pasan a ocupar una posición más relevante dentro de las estrategias energéticas nacionales. Y una parte creciente de esos equipos sale de fábricas chinas. El mismo petróleo que durante décadas otorgó influencia a productores como Arabia Saudí, Rusia o Irán está impulsando ahora inversiones destinadas a consumir menos petróleo. Cuanto mayor es la preocupación por la seguridad energética, mayor suele ser el interés por las tecnologías que permiten reducir la dependencia de los combustibles fósiles.

Adam Tooze, un destacado historiador económico británico y profesor en la Universidad de Columbia, utiliza el término electroestado para describir economías capaces de construir influencia alrededor de la electricidad del mismo modo que otros países construyeron su poder alrededor del petróleo y el gas. China sigue siendo el mayor importador de petróleo del planeta y, al mismo tiempo, lidera la producción mundial de buena parte de las tecnologías destinadas a reducir el consumo de petróleo.

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