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Dormir en Picos de Europa: tres refugios de montaña para vivir una noche entre cumbres

Dormir en Picos de Europa: tres refugios de montaña para vivir una noche entre cumbres

Caminar, ascender y pernoctar en las alturas: la experiencia definitiva en la Cordillera Cantábrica

La desafiante ruta de los Picos de Europa que te llevará hasta un refugio a 2.000 metros de altitud

Picos de Europa es un universo en sí mismo. Más de 600 kilómetros cuadrados de extensión geológica: piedra caliza moldeada por milenios de lluvia, nieve, viento y sol. No son montañas dóciles, sino una fuerza antigua y sobrecogedora. Este macizo rocoso ofrece a quien camina sus senderos una experiencia de inmersión y contemplación difícilmente comparable.

Este escenario, repartido entre Asturias, Cantabria y León, es el primer parque nacional de España, declarado en 1918, y fue uno de los pioneros en la protección ambiental europea. El parque se divide en tres macizos: el Occidental o Cornión, el Central o los Urrieles y el Oriental o de Ándara. Entre sus agrestes parajes de picos elevados y desfiladeros abruptos, los albergues de montaña dejan de ser simples alojamientos para convertirse en auténticos refugios. Son los únicos lugares donde el visitante puede dormir a más de 2.000 metros de altura con la seguridad de tener un techo sobre su cabeza.

Cabaña Verónica: el “ovni” del Macizo Central

El entorno que se recorre en la caminata para llegar a Cabaña Verónica bien podría ser de otro planeta. Es un paraje desértico de paredes verticales talladas sobre caliza grisácea, donde las aristas afiladas del Tesorero y la Torre de Horcados Rojos eliminan cualquier rastro de vegetación. En medio de este paisaje lunar, a 2.325 metros de altura, se sitúa una estructura que rompe toda lógica montañera: una cúpula metálica brillante que parece una cápsula espacial accidentada. Ese es el refugio. Se trata de una pieza militar reciclada, la cúpula de una batería antiaérea que pertenecía a un portaaviones estadounidense.

Fue instalada en Picos de Europa en 1961, cuando un ingeniero, Conrado Sentíes, y un arquitecto, Luis Puey, decidieron utilizar los restos metálicos para crear una cúpula adaptada a la alta montaña que sirviera de descanso para los caminantes de Picos de Europa. Las piezas llegaron hasta su destino, a miles de metros sobre el nivel del mar, a lomos de un caballo.

Pese a su llamativo aspecto exterior, el interior de esta cápsula cuenta con lo justo. Es un ejercicio de minimalismo y supervivencia. El refugio, cuyas dimensiones no superan los 10 metros cuadrados, puede albergar a seis pernoctantes como máximo. Únicamente se puede utilizar desde Semana Santa hasta octubre. Ofrece desayunos, comidas y cenas, así como refrescos y bebidas calientes. También cuenta con un sistema de radio para emergencias. Es fundamental reservar con mucha antelación, ya que su capacidad es la más limitada de Picos.

El acceso a este peculiar refugio es uno de los más transitados y espectaculares de Cantabria. El punto de partida más cercano para empezar la caminata es el teleférico de Fuente Dé, que ahorra al visitante un desnivel de más de 700 metros en apenas cuatro minutos de trayecto. Una vez en la estación superior, El Cable, a 1.823 metros, se inicia una ruta de unos seis kilómetros —unas dos horas de marcha— por una pista evidente que se interna en el macizo. El sendero, bien señalizado como parte del PR-PNPE 23, asciende de forma sostenida entre los Joyos de Lloroza hasta alcanzar la desviación final que trepa hacia el refugio.

Refugio Collado Jermoso: el balcón infinito

Si Cabaña Verónica es un paraje lunar, Collado Jermoso es un balcón hacia la tierra. Ubicado a 2.064 metros de altura, al suroeste del Macizo Central, este refugio descansa sobre un abismo vertical de casi mil metros. La fama de sus puestas de sol no es gratuita: desde su mirador de piedra, se puede contemplar el que posiblemente sea el atardecer más impresionante de toda la cordillera Cantábrica, incendiando valles y montañas en el horizonte.

Se inauguró en 1942, después de que Diego Mella, un montañés de Castilla y León, visualizara un refugio aparentemente imposible al borde de este colosal acantilado. Jermoso ofrece una infraestructura sólida, con capacidad para dar refugio a una treintena de personas en habitaciones compartidas con literas. Cuenta con un acogedor comedor de madera, que ofrece servicio de barra, desayunos, comidas y cenas. Pernoctar en este balcón infinito tiene un coste aproximado de 18-20 euros por persona.

Para llegar a Collado Jermoso, el visitante debe estar bien preparado físicamente. El acceso más icónico y directo parte del pueblo de Cordiñanes (León). Es un trayecto exigente que se abre paso a través de la conocida como Vía de la Rienda. El senderista debe superar un desnivel de 1.200 metros en una ruta de unas cuatro horas que incluye pasos aéreos tallados en la roca y canales de fuerte pendiente.

Refugio de Vega de Urriellu: a los pies del gigante

Situado a 1.960 metros de altitud, Vega de Urriellu descansa literalmente a los pies de la cara oeste del Picu Urriellu, el mítico Naranjo de Bulnes. Este gigante de roca, con una pared vertical de 500 metros que se pinta de naranja brillante con la última luz del día, domina un paisaje de escala sobrecogedora.

Es la instalación más amplia del Parque Nacional, con capacidad para 96 plazas en literas compartidas. El refugio ofrece servicios más robustos que los anteriores: un comedor espacioso con desayunos, comidas y cenas, además de baños y agua corriente. Las duchas de agua fría dependen de la disponibilidad estacional del agua. La tarifa de pernocta ronda los 18-22 euros. Al ser el destino más emblemático y deseado de Picos de Europa, la reserva previa a través de su central online es prácticamente obligatoria durante casi todo el año.

El camino más transitado para alcanzar esta vega se inicia cerca del pueblo de Sotres (Asturias). Desde el Collado de Pandébano parte un sendero de unos seis kilómetros que salva un desnivel de 900 metros en aproximadamente tres horas de marcha constante. El trayecto es un despliegue de praderías que poco a poco ceden el paso a la caliza bruta. Aunque el sendero está muy marcado, el repecho final por la Canal del Ampriu pone a prueba la resistencia. La recompensa es colosal: al girar el último recodo, la silueta imponente del Naranjo alzándose sobre el refugio ofrece uno de los momentos más catárticos de la montaña española.

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Las pequeñas calas escondidas en un acantilado de Granada para disfrutar de un día tranquilo de playa

Las pequeñas calas escondidas en un acantilado de Granada para disfrutar de un día tranquilo de playa

La Costa Tropical esconde todavía algunos secretos que muy pocos se molestan en buscar

Un paseo entre dunas y naturaleza por los cuatro kilómetros de playa que unen estos dos municipios costeros de Huelva

Los acantilados de Albuñol, en la Costa Tropical granadina, guardan entre sus paredes secretos que no todos conocen. A escasos metros de la carretera, la arena oscura y el Mediterráneo tropical crean entornos de desconexión y relajación: la Playa del Ruso y La Playilla. Ambas están custodiadas por paredes de roca y se caracterizan por su serenidad y su acceso caprichoso. La primera, marcada para siempre por la historia de un desertor soviético que encontró en ella su hogar. La segunda, un rincón íntimo y no muy conocido.

La Cala del Ruso

Aquí lo único que suena es el agua contra la roca. Pequeños manantiales se escurren sobre la superficie pedregosa de los impresionantes acantilados hasta encontrarse con el mar al llegar abajo. Durante su recorrido, el agua dulce libra una batalla constante contra el salitre mediterráneo, que también lucha por impregnarse en las formaciones calizas que custodian la Playa del Ruso. No hay sombrillas de colores, ni chiringuitos, ni el runrún de la música de fondo que persigue al bañista de costa en costa. Solo la inmensidad quieta del Mediterráneo.

Cala El Ruso
Cala El Ruso

Y no es difícil entender por qué el ruso eligió este enclave como hogar: aguas cristalinas y arena oscura en un entorno casi virgen, resguardado por enormes paredes a sus espaldas, que dotan a esta playa de una atmósfera sobrecogedora. Mide unos 200 metros de largo y unos 24 de ancho —dependiendo de las mareas—. Está ubicada en el municipio de Albuñol, en la Costa Tropical granadina, a escasos kilómetros de La Rábita.

Llegar a la Playa del Ruso requiere esfuerzo, y precisamente eso es lo que la mantiene a salvo de la masificación. El acceso a pie se realiza desde la carretera de acceso a La Rábita, en la zona alta, junto a un chalet, siguiendo un sendero accidentado que no es para cualquiera. La alternativa a la caminata es acceder directamente desde el mar, a bordo de alguna embarcación. Se encuentra a unos 800 metros de navegación al oeste de la playa de La Rábita. En cualquier caso, la playa no cuenta con aparcamiento para coches, por lo que habrá que buscar plaza en los alrededores.

Sus aguas transparentes y tropicales son ideales para observar la vida submarina. El fondo está repleto de formaciones rocosas que, combinadas con las aguas cálidas del Mediterráneo, convierten esta playa tranquila y poco frecuentada en un recinto natural ideal para una enorme cantidad de especies acuáticas. Quienes practiquen esnórquel podrán divisar con facilidad diferentes bancos de peces, pulpos y rica flora marina de la Costa Tropical. En este sentido, se recomienda preparar gafas y tubo antes de visitar la playa, ya que, por su propio carácter virgen, no cuenta con ningún establecimiento de alquiler en la zona.

La Playilla

Playa de la Playilla
Playa de la Playilla

El descenso lo anuncia todo. Desde el sendero, incluso antes de llegar a la arena oscura, el Mediterráneo ya brilla azulísimo entre los acantilados. El salitre llega primero, con la brisa fresca que ayuda a soportar el ardor sureño que abraza durante el camino; luego, el sonido, amortiguado por las paredes de roca que ciñen la cala por los flancos. Al llegar a la arena, la sensación es de estar en un lugar borrado de los mapas: La Playilla.

A unos pocos metros de El Ruso está la conocida como La Playilla. Y, si su vecina ya es un lugar aislado y cuyo carácter destaca por la calma, La Playilla lo lleva a otra dimensión. La clave de su poca concurrencia radica en que el camino que la descubre no está bien señalizado. Es un tramo sin mayores dificultades, pero que recompensa a quien lo encuentra con una playa prácticamente virgen.

La playa mide unos 300 metros de largo y su anchura varía según el tramo, aunque ronda entre los 15 y los 25 metros. También está completamente rodeada de grandes acantilados y cuenta con cuevas naturales cavadas sobre la propia roca. La arena que la forma es oscura, casi negra, fruto de la erosión de los propios muros rocosos que la flanquean. Es un enclave sin ningún tipo de servicio. A lo natural.

Visitar estas dos calas implica descubrir algo que la Costa Tropical lleva desde siempre intentando conservar sin demasiado éxito: el silencio. Aquí, quienes llegan se integran y forman parte de la quietud del paisaje. El silencio no es literal —el mar nunca calla del todo—; es más bien una cuestión del entorno, de la ausencia de ruido. Ninguna de estas dos calas cuenta con hamacas de alquiler o banderas de colores. Tienen lo mismo que tenían cuando las encontró el músico y militar ruso: agua, rocas y arenas negras.

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Sanidad eleva a 70 millones de euros la financiación del Plan Veo que ya ha beneficiado a más de 325.000 menores

La ministra de Sanidad, Mónica García, ha presentado el balance del Plan Veo tras sus primeros seis meses de funcionamiento. Desde su puesta en marcha el 17 de diciembre de 2025, un total de 325.661 personas menores de edad han accedido a estas ayudas para la adquisición de sistemas de ayuda visual. Esta cifra supera en casi un 55% las estimaciones realizadas para el mismo periodo, que preveían alcanzar a 210.210 personas beneficiarias.

Durante su intervención, García ha destacado que el Plan Veo demuestra cómo una política pública puede tener un impacto directo en la vida cotidiana de las familias. “Sabemos que ver bien condiciona el aprendizaje, el rendimiento escolar, la autonomía personal, la participación en actividades deportivas y, en definitiva, las oportunidades de desarrollo de un niño o una niña. Por eso estamos hablando de una prestación sanitaria, pero también de igualdad de oportunidades.”

El Plan Veo es un programa de ayudas destinado a financiar la compra de gafas, lentes graduadas y lentes de contacto con un importe de hasta 100 euros por beneficiario, cubriendo a la población menor de edad hasta los 16 años inclusive. Según los datos recogidos hasta mayo de 2026, el programa ha registrado una acogida creciente, alcanzando su pico de actividad en febrero y marzo, con más de 70.000 menores atendidos en cada uno de esos meses.

Ante esta elevada demanda, el Ministerio de Sanidad ha reforzado la dotación del programa con una ampliación de 23,4 millones de euros, elevando hasta los

70 millones de euros la financiación del Plan Veo en 2026. Este incremento permitirá adaptar la iniciativa a las necesidades reales de la población beneficiaria y garantizar su continuidad durante 2027.

La ministra ha subrayado que esta ampliación responde a la buena evolución del programa y a la elevada demanda registrada desde su puesta en marcha.

“Tomamos esta decisión porque los datos avalan el programa, porque la demanda de la ciudadanía ha sido muy superior a la prevista inicialmente y porque creemos que pocas inversiones públicas ofrecen un retorno tan evidente en términos de salud, bienestar, rendimiento educativo e igualdad de oportunidades.”

Respecto al perfil de las personas beneficiarias durante estos primeros seis meses de funcionamiento, el informe destaca que el principal grupo de edad atendido es el de adolescentes entre 12 y 16 años, que representan más de la mitad de las ayudas concedidas, seguidos por el grupo de 6 a 11 años (40%) y los menores de 5 años (5%). En cuanto al género, el 56,5% de las personas beneficiarias fueron niñas, frente al 43,5% de niños.

Uno de los factores clave del éxito del Plan Veo ha sido la elevada participación del sector óptico. A finales de mayo de 2026, 7.718 establecimientos se habían

adherido a la iniciativa, el 73,3% del total nacional. Gracias a esta amplia red, las familias han podido acceder a las ayudas en condiciones de proximidad en todo el territorio, con la implicación de 13.487 profesionales.

En cuanto a los sistemas de ayuda visual adquiridos desde la puesta en marcha del plan en diciembre de 2025, las gafas graduadas son la opción elegida en más del 85% de los casos, el resto corresponde a la adquisición de lentes de contacto (lentillas).

En lo que respecta a la salud visual de los menores, los problemas de refracción más frecuentes que han motivado el acceso al plan son:

• Astigmatismo: presente en el 74% de los casos.

• Miopía: identificada en el 54% de los beneficiarios.

• Hipermetropía: detectada en el 42%.

© Dreamstime

Niños con gafas en la escuela
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En la frontera con Portugal: la villa de pescadores de Huelva que es perfecta para una escapada junto al mar

En la frontera con Portugal: la villa de pescadores de Huelva que es perfecta para una escapada junto al mar

Playas largas, casas blancas, gastronomía local y un río que divide dos países

Playas con bandera azul, rutas de senderismo y pazos históricos en una de las localidades costeras más grandes de la Ría de Arousa

Ayamonte está en el vértice exacto donde se encuentran el sur y el oeste de España. Es un destino tranquilo, de fachadas blancas y palmeras altas, que fluye al ritmo del Guadiana: ese río que funciona como frontera natural con Portugal, pero que, lejos de separar a ambos países, actúa como un lazo de unión. Es la arteria vital de la Eurociudad del Guadiana, un rincón donde la cultura andaluza y la portuguesa se funden en un territorio sin fronteras. Sus aguas bañan la ciudad antes de entregarse por completo al océano Atlántico.

Es la ciudad más antigua de Huelva. A lo largo de su historia ha sido habitada por fenicios, romanos y árabes. Hoy en día, esas capas de historia aún son palpables en sus calles: el empedrado del barrio de la Villa, los vestigios medievales que se asoman entre fachadas e incluso el propio nombre de la ciudad —de raíz árabe, Aya-munt—, que la historia decidió conservar intacto. Ayamonte habita su pasado con cotidianidad y lo muestra a quienes la visitan como parte natural de su identidad.

El corazón histórico de Ayamonte contempla el Guadiana desde lo alto. El barrio de La Villa escala una pequeña colina, desde donde sus miradores ofrecen una postal inesperada sobre el río y, más allá, sobre Vila Real de Santo António, que domina el horizonte portugués. En el centro de la ciudad, el tiempo parece avanzar despacio. Las calles, estrechas y adoquinadas, trazan un laberinto entre casas muy blancas, fuentes neobarrocas, placitas andaluzas, palmeras estiradas e iglesias de otras épocas. No es una ciudad de grandes monumentos, sino un conjunto de belleza y elegancia acumuladas entre cal y calma.

Y, si bien lo más recomendable en el barrio de La Villa es perderse sin rumbo, hay algunas paradas en las que conviene detenerse un poco más. La iglesia de las Angustias, que data del siglo XVI, es quizá uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. El Salvador y San Francisco completan un triángulo de templos que delimitan el barrio. Entre medias, el castillo —hoy reducido a vestigios— recuerda desde lo más alto que esta colina fue durante siglos un puesto de vigilancia sobre el río. Desde ese mirador hacia el Guadiana, el viajero puede contemplar este enclave en su máximo esplendor.

El río: una frontera que une

Uno de los elementos que más destacan de Ayamonte es su cercanía con Portugal. Por aquí pasa un río que separa dos países: la frontera más clara posible, cada uno en su orilla. El Guadiana marca con nitidez la división, pero ese espacio físico, lejos de alejar las culturas, se ha convertido en un recurso común. Estrictamente, en un lado se habla español y en el otro portugués, pero esa frontera visible en los mapas desaparece en la vida cotidiana de quienes la habitan. El puente no es realmente un puente: es un ferry.

Es una de esas experiencias que desafían la lógica de los grandes viajes. En apenas 10 minutos, el visitante puede cruzar una frontera internacional con el pelo al viento, viendo cómo la orilla española se aleja mientras la portuguesa crece despacio. Al otro lado aguarda Vila Real de Santo António, como una prima cercana: otra ciudad de tradición marinera, diseñada por el Marqués de Pombal en el siglo XVIII con una armonía geométrica casi matemática.

Playas y luz atlántica

Playa Isla Canela
Playa Isla Canela

Al sur de la ciudad, donde el río se abre hacia el Atlántico, la Costa de la Luz llega a este enclave onubense con toda su contundencia: playas largas, arena dorada, oleaje apacible y una brisa atlántica cargada de frescura y salitre. Isla Canela es el referente más conocido, un arenal que se extiende por casi cinco kilómetros frente al océano, con el horizonte completamente despejado.

Otra opción es Punta del Moral, una versión más recogida del mismo paisaje y formada por un conjunto de casitas de pescadores. Aquí, el pescado llega a la mesa con la misma naturalidad con la que sale del mar. En ambos casos, la horizontalidad y amplitud del Atlántico impresiona a quien se acerca, especialmente durante las horas crepusculares.

Del mar al plato

La cocina está a la altura. Al ser una ciudad de tradición marinera, el pescado y el marisco llegan frescos cada mañana a las tapas y platos de bares y restaurantes. En muchos de ellos, la carta se adapta a lo que el mar haya ofrecido ese día. Destacan especialmente las gambas blancas de Huelva, que aparecen aquí en su estado más puro: a la plancha, con sal gorda y poco más.

Otros platos destacados son el atún de almadraba, la corvina y el lenguado. La única regla es que todo se despacha con esa sencillez característica de la gastronomía de kilómetro cero. La influencia portuguesa también se asoma discreta en algunos guisos, panes y postres.

Ayamonte es un destino para saborearse despacio. Sus mañanas sin prisa, sus tardes de luz, que se pueden disfrutar en una terraza de aires salados, y su singular disposición geográfica, que permite cruzar a otro país en diez minutos, definen buena parte de su atractivo. Es un lugar que invita a aflojar el paso hasta que el ritmo del Guadiana se convierte, casi sin darse cuenta, en el propio ritmo del viajero.

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Dónde es festivo el sábado 13 de junio en España y qué se celebra

Dónde es festivo el sábado 13 de junio en España y qué se celebra

Varias localidades españolas conservan la tradición de celebrar San Antonio de Padua y festejan con procesiones, romerías y verbenas

Calendario junio 2026: festivos y fechas destacadas del mes en España

El 13 de junio no es un día cualquiera. Si bien es sábado y la mayoría de gente no trabaja, en algunas localidades, entre las que destaca Ceuta, este día figura oficialmente en el calendario laboral como festivo: es el día de San Antonio de Padua, uno de los santos más venerados y queridos de la tradición española. Y más allá de la Ciudad Autónoma situada en el Estrecho de Gibraltar, son decenas los municipios que este sábado sacan al santo a la calle, montan la verbena y convierten la jornada en una celebración con siglos de historia detrás.

San Antonio de Padua nació en Lisboa en 1995 con el nombre de Fernando de Bulhôes. Es uno de los santos más milagrosos, caritativos y venerados de la iglesia católica. Murió en 1231, con apenas 36 años, y está sepultado en el santuario que lleva su nombre en Padua, Italia. Este santo cuenta con una fama popular destacada, que debe a dos roles: el de patrón de los objetos perdidos —tradición que nació cuando recuperó un libro de salmos que le habían robado a un fraile novato— y el de 'santo casamentero', que surgió siglos después cuando muchachas portuguesas le pedían novio dejando una carta a los pies de su imagen. Es a él a quien van dedicadas también todas las oraciones para encontrar objetos perdidos en todo el mundo católico.

La festividad se celebra cada 13 de junio para conmemorar su muerte y honrar su legado. Se le rinde tributo a su vida como fraile franciscano, teólogo y defensor de los pobres. Es una festividad que la Iglesia Católica ha celebrado desde el siglo XIII, pero en España la devoción lo ha convertido en una tradición que va más allá de lo puramente religioso.

La tradición se celebra con más fuerza en Ceuta, en donde es festivo local y se organizan romerías, procesiones y otras tradiciones. El 13 de junio también está marcado en rojo en el calendario de Collado Villalba, en la Comunidad de Madrid, o Granadilla de Abona, en Tenerife; así como otros lugares en los que está incluido como festivo municipal. Esto refleja la arraigada tradición, que gracias a la autonomía municipal, se puede celebrar en diferentes localidades de manera independiente. Y es que cada ayuntamiento cuenta con dos festivos locales al año para amoldar el año laboral a sus tradiciones más significativas. Las fiestas suelen combinar tradición, música y actividades para todas las edades, principalmente concentradas en los núcleos antiguos o históricos de las distintas localidades que celebran.

El caso de Ceuta: seis siglos de devoción

El origen portugués de San Antonio —que nació en Lisboa—, así como su pertenencia a la orden franciscana, hizo arraigar su devoción en Ceuta desde la conquista portuguesa de la ciudad en 1415. En la ciudad peninsular, las fiestas llevan por nombre 'La Romería de San Antonio', que se celebra cada año el día 13 de junio y es una de sus citas más multitudinarias. Miles de fieles suben cada año hasta la cima del Monte Hacho a tomar pan bendito y disfrutar de la fiesta.

La concentración de peregrinos se cita en el Parque de San Amaro, desde donde se encaminan hasta la ermita del Monte Hacho, donde se celebra la misa solemne presidida por el vicario general de Ceuta, seguida de la procesión entre sus pinos y el tradicional reparto de panecillos benditos.

Otras verbenas para festejar San Antonio

Pero la devoción por el santo portugués no se limita únicamente a Ceuta. En Brieva (Segovia), la fiesta en honor a San Antonio de Padua se ha recuperado debido a su interés y cada año cobra más protagonismo. El sábado más cercano al de 13 de junio, el Ayuntamiento, la Asociación de Peñas y la Asociación Cultural celebran misa, procesión y una cena para todos los vecinos en la plaza del pueblo que culmina con una velada musical.

Lo mismo ocurre en otras localidades de Castilla y León de las provincias de Salamanca, Zamora o Ávila, donde San Antonio figura entre los patronos más venerados. En estas zonas rurales, la festividad suele mantener un marcado carácter tradicional, con misas solemnes, procesiones y actos organizados por cofradías y vecinos.

Además, municipios de la Comunidad de Madrid, como Navacerrada, La Cabrera, Collado Villalba y Horcajuelo también festejan este día cuya celebración se extiende incluso a la capital de España.

Fiestas de San Antonio de la Florida en Madrid

Este 2026, las Fiestas de San Antonio de la Florida volverán a inaugurar el calendario de verbenas de Madrid entre el 8 y el 15 de junio, con epicentro en el parque de la Bombilla y los alrededores de la ermita donde se conservan los célebres frescos de Goya. El día grande será, como marca la tradición, el 13 de junio, cuando miles de madrileños participen en algunos de los rituales más emblemáticos de la ciudad, como la bendición y reparto de los panes de San Antonio o la popular ceremonia de los alfileres, vinculada a la búsqueda de pareja.

A ello se sumarán la misa solemne, la procesión por las calles del barrio, conciertos, verbenas, actividades familiares y propuestas culturales que convierten esta celebración en una de las más castizas de Madrid. La fiesta mantiene además costumbres centenarias asociadas a las chulapas y chulapos, las modistillas y el ambiente popular que cada año llena de música y color uno de los rincones más tradicionales de la capital.

Desde grandes ciudades hasta pequeñas localidades rurales, la festividad de San Antonio de Padua continúa siendo una ocasión para reivindicar la identidad local, mantener vivas costumbres centenarias y dar la bienvenida a la estación festiva por excelencia: el verano.

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Tornano i fenicotteri in Albania: anche un Paese piccolo può dare lezioni di resilienza civile

La stampa internazionale, sempre pronta a trasformare un’anomalia in un caso geopolitico, ha subito parlato di “simbolo della nuova Albania”. E in effetti questi fenicotteri che tornano nelle lagune di Karavasta e Narta sembrano voler dire una cosa semplice: se perfino noi torniamo, forse qualcosa si muove.

Ma la domanda vera è: si muove davvero? O è solo l’ennesima operazione di maquillage politico in un mondo dove tutti fingono di cambiare per non cambiare nulla?

Per capire la portata di questa “rivoluzione rosa”, bisogna ricordare che l’Albania ha già conosciuto la rivoluzione più cupa del Novecento europeo: quella di Enver Hoxha, il dittatore che trasformò il Paese in un bunker a cielo aperto. Un regime che vietava religioni, libri, viaggi, idee, perfino i jeans. Altro che fenicotteri: lì non volava nemmeno una mosca senza autorizzazione del Partito del Lavoro.

Eppure, paradossalmente, proprio in quel Paese che aveva abolito Dio per decreto oggi convivono pacificamente musulmani sunniti, bektashi, ortodossi e cattolici. Una convivenza che farebbe invidia a mezzo mondo, soprattutto a quelle potenze che predicano tolleranza mentre esportano bombe.

Mentre i fenicotteri si moltiplicano nelle lagune albanesi, il resto del pianeta sembra impegnato in una gara a chi si autodistrugge più velocemente. Gli Stati Uniti oscillano tra isolazionismo e muscoli, l’Europa si scopre improvvisamente fragile, la Russia continua a giocare a Risiko con i confini, la Cina osserva e aspetta, il Medio Oriente è un incendio permanente. E l’Albania?

Fa quello che può: cerca investitori, cerca stabilità, cerca di non essere risucchiata dalle tensioni regionali. E intanto si gode i fenicotteri, che almeno non chiedono ministeri, non fanno colpi di Stato e non pretendono riforme costituzionali.

E i giovani? Sono loro i veri protagonisti mancati della rivoluzione. I giovani albanesi guardano i fenicotteri con un misto di tenerezza e ironia: “Beati voi che potete migrare senza visti”. Perché la verità è che la nuova Albania la stanno costruendo più gli emigrati che i residenti. Chi resta lotta con stipendi bassi, corruzione endemica, politica opaca. Chi parte manda soldi, idee, competenze. E allora la rivoluzione dei fenicotteri diventa un monito: tornare è possibile, ma solo se il Paese diventa un posto dove valga la pena restare.

La rivoluzione dei fenicotteri non è solo una rivoluzione. È un’immagine, un simbolo, un promemoria. Ricorda all’Albania che la bellezza può tornare, ma solo se trova un ambiente che la protegge. Ricorda ai giovani che il futuro non è scritto, ma va costruito. Ricorda al mondo che perfino un Paese piccolo, povero e spesso ignorato può dare lezioni di convivenza religiosa e resilienza civile. Ricorda infine a noi, osservatori distratti, che a volte basta un fenicottero rosa per capire che la politica, quando non cambia davvero, resta solo un grande stagno.

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La playa interior de Teruel: el nuevo enclave acuático entre montañas y en el corazón del Maestrazgo

La playa interior de Teruel: el nuevo enclave acuático entre montañas y en el corazón del Maestrazgo

Aguas turquesas, roca caliza y deportes acuáticos en un enclave de interior situado junto a uno de los embalses más singulares de Aragón

El arenal de montaña que ha dado a la provincia de Ourense su primera playa condecorada con bandera azul

Aguas azul turquesa, arena fina y sol radiante a más de 100 kilómetros del mar más cercano. La playa del embalse de Santolea es la nueva gran apuesta turística de la comarca del Maestrazgo de cara al verano. Enclavada a orillas de una presa artificial y rodeada por un paisaje rocoso y escarpado, esta zona de baño entre montañas ofrece actividades como piragüismo, paddle-surf o navegación sin motor, todo ello en un entorno de gran valor paisajístico y geológico.

Inaugurado el 22 de abril de 2026, el proyecto responde a una histórica demanda de espacios acuáticos en la región y se convirtió en una realidad tras la finalización de las obras de la presa en 2022. Esta iniciativa, financiada a través del Fondo de Inversiones de Teruel (FITE), supuso una inversión de 106.761,28 euros destinada a labores de limpieza, accesibilidad e infraestructura turística.

La playa está situada en el término municipal de Castellote, en la comarca del Maestrazgo, a pocos metros de la carretera local TE-39. Desde Alcañiz, la ciudad de referencia más próxima, el trayecto es de 45 kilómetros —unos 40 minutos en coche—, mientras que desde Zaragoza, la capital aragonesa, la distancia es de 140 kilómetros, aproximadamente una hora y cincuenta minutos por carretera. El acceso en transporte público es limitado, como suele ocurrir en este tipo de entornos rurales del interior, por lo que el coche es la opción más recomendable.

Esta playa no está diseñada para competir con el Mediterráneo, el Atlántico o el Cantábrico. Su propuesta es otra: ofrecer a los habitantes de los municipios cercanos un espacio tranquilo junto a un agua limpia y calmada, rodeado por paredes de roca caliza. Aunque se trata de un paisaje abierto, la sensación es de recogimiento.

El recinto cuenta con una zona de arena habilitada, aparcamiento, señalización informativa sobre el entorno, áreas de descanso con mesas y bancos y un pantalán recién instalado desde el que muchos visitantes acceden al agua. Se trata de una infraestructura sencilla, pero equipada con lo necesario para pasar una jornada cómoda. Las actividades principales son el piragüismo y el paddle-surf, que conviven con la pesca, la navegación sin motor y el baño. Es un destino pensado para disfrutar de un día al aire libre en familia o con amigos.

Pero el atractivo de Santolea no se limita al agua. El embalse se asienta sobre un territorio de gran valor geológico y paleontológico. La zona cuenta con importantes yacimientos del Cretácico Inferior y se encuentra junto al Bosque Pétreo, otro enclave de gran interés natural e histórico. A escasos kilómetros, el castillo templario de Castellote domina el valle desde lo alto de su peña. Más allá de esta localidad, la comarca del Maestrazgo concentra cuatro de los seis Monumentos Naturales de Aragón, con parajes como el Nacimiento del Río Pitarque o los Órganos de Montoro, que por sí solos justifican la visita.

La historia de Santolea: décadas de historia sumergida

Pero Santolea no es solo una playa. Es también décadas de historia sumergida. El origen del embalse se remonta a los años treinta del siglo pasado, cuando se construyó la primera presa sobre el río Guadalope, que ya desplazó y anegó poblaciones cercanas. Décadas más tarde, en los años setenta, la infraestructura fue reconstruida. Esta vez, sin embargo, terminó por engullir todo lo que quedaba del pueblo. La villa de Santolea, que había llegado a contar con varios cientos de habitantes y cuya economía se basaba principalmente en la agricultura y la ganadería, fue despoblada y demolida para dar paso a las aguas del nuevo proyecto. Sus calles, iglesias, casas y campos de cultivo desaparecieron bajo el embalse.

En 2018, sin embargo, el pantano inició un nuevo proceso de remodelación que concluyó en 2022 y que es el que, hoy en día, permite la existencia de la playa fluvial. Durante estas obras, Santolea tuvo que ser vaciado, lo que dejó al descubierto restos de los núcleos que habían permanecido bajo el agua durante décadas. El hallazgo más destacado fue el antiguo puente de Castellote, una construcción del siglo XVI que había permanecido sumergida durante noventa años y que emergió prácticamente intacta. Su aparición movilizó a numerosos vecinos de la zona, que impulsaron una iniciativa para desmontarlo piedra a piedra y reconstruirlo posteriormente, al tiempo que se rendía homenaje a la memoria del pueblo desaparecido.

Cuando finalizaron las obras de la presa, la capacidad del embalse aumentó hasta los 111 hectómetros cúbicos, permitiendo recuperar un gran espejo de agua estable. Lo que nació como un proyecto destinado a garantizar el suministro de agua a los municipios cercanos terminó abriendo también una oportunidad turística. La misma agua que borró Santolea del mapa se ha convertido décadas después en uno de los paisajes más singulares del interior de Aragón.

La nueva playa fluvial da comienzo a una etapa distinta para el embalse de Santolea, que suma el atractivo turístico a su función histórica de abastecimiento. Un espacio que aspira a convertirse en uno de los referentes turísticos del Maestrazgo durante la temporada estival.

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Art Laietà celebra 25 vendimias con más de 500 profesionales del sector

Art Laietà (conocida durante años como Alta Alella) celebró ayer 25 vendimias acompañada por 500 profesionales del sector vitivinícola. Aunque el proyecto comenzó hace 35 años, los primeros vinos y cavas no llegaron al mercado hasta 2001. Una trayectoria que no solo habla de tiempo, sino también de coherencia y fidelidad a una manera de entender el vino: arraigada al territorio, respetuosa con la naturaleza y comprometida con la expresión del paisaje de Alella.

El encuentro profesional permitió a los asistentes descubrir algunos de los espacios más emblemáticos de la bodega, como la Cava Vella, donde reposan los cavas de larga crianza; el Celler de les Aus, escenario de las catas; y los nuevos viñedos de la finca Cal Regent.

Un territorio único a través de catas inéditas

El Celler de les Aus acogió la mayor parte de las catas de la jornada. La primera fue la Cata del Canto de los Pájaros, dirigida por Mireia Pujol-Busquets, segunda generación de Art Laietà, el periodista Jordi Luque y el ornitólogo Pere Alzina. Durante la sesión se degustaron los vinos Puput, Tallarol y Merla, mientras los asistentes descubrían estas especies que habitan en el Parque Natural de la Serralada de Marina y sus cantos.

A continuación, tuvo lugar la cata Ópera Vertical de Cau d’en Genís, con las añadas 2024, 2021 y 2014, dirigida por el sumiller de Alella Marc Guallar y maridada con tres piezas de ópera interpretadas por la mezzosoprano Helena Ressurreição y la pianista Oriana Kemelmajer.

El fundador de la bodega, Josep Maria Pujol-Busquets, y el primer Master of Wine catalán, Álvaro Ribalta, protagonizaron la tercera cata, una vertical en la que se degustaron seis añadas de los cavas de colección AA10 y AA5.

Y para los amantes de los vinos dulces, el Centro de Enoturismo acogió un show de chocolate maridado con el vino Dolç Mataró (añadas 2023 y 2010), a cargo de Miquel Antoja, chef y fundador de Foodlona, y Mireia Pujol-Busquets.

Homenaje a Javier Pagés y otras actividades

Más allá de las catas, la bodega acogió numerosas actividades durante toda la jornada. Degustación de todas las referencias de Art Laietà, propuestas gastronómicas de chefs y restaurantes de proximidad, visitas a los nuevos viñedos, cata de vinos seleccionados de todas las bodegas de Grandes Pagos de España, arte en directo sobre los Oeuf de Beaune y la presentación de la última novedad de la bodega: su primer vino low-alcohol de Macabeo (8 % vol.).

Al mediodía se vivió un momento muy especial durante un acto sorpresa en el que Mireia y Josep Maria Pujol-Busquets rindieron homenaje a Javier Pagés, presidente en funciones de la D.O. Cava, por la labor realizada durante los últimos ocho años. En el acto participó también Joaquim Tosas en representación de la Asociación de Elaboradores de Cava (AECava).

El DJ Axel Pi (Sidonie) puso el broche final a la celebración en la Terraza Mirador, en un ambiente festivo y cercano, con los pájaros sobrevolando los viñedos y el mar como telón de fondo.

© Jordi Gatell

Una jornada intensa
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Playas con bandera azul, rutas de senderismo y pazos históricos en una de las localidades costeras más grandes de la Ría de Arousa

Playas con bandera azul, rutas de senderismo y pazos históricos en una de las localidades costeras más grandes de la Ría de Arousa

Este municipio gallego reúne algunos de los paisajes más variados de las Rías Baixas: mar, montaña e historia a pocos kilómetros de distancia

Cuatro senderos clave para explorar a fondo el Monte Xiabre en Vilagarcía: su duración y recorrido

El agua quieta refleja los colores del cielo. Las bateas mejilloneras flotan apacibles sobre la ría y, en el horizonte, la silueta del Monte Xiabre domina el paisaje. Mar y montaña conviven en una tregua permanente. Vilagarcía de Arousa sabe de eso, lo vive cada día. Es una de las localidades costeras más grandes y activas de la Ría de Arousa, pero no presume de ello. Su perfil es el de una ciudad que ha sabido crecer manteniendo su carácter marinero. En sus alrededores, este enclave ofrece atractivos para todos los públicos: el paseo marítimo más largo de las Rías Baixas, playas con Bandera Azul, rutas de senderismo y pazos históricos escondidos entre jardines centenarios.

Vilagarcía de Arousa es la ciudad más importante de la ría que le da nombre, en la comarca de O Salnés. Su ubicación la convierte en un atractivo destino para visitantes de distintos puntos de Galicia. Se encuentra a 29 kilómetros de Pontevedra (unos 35 minutos en coche), a 46 kilómetros de Santiago de Compostela (unos 42 minutos en coche) y a 53 kilómetros de Vigo (unos 47 minutos en coche). A Coruña es la más alejada de las ciudades gallegas, situada a unos 117 kilómetros (aproximadamente una hora y veinte minutos en coche). La localidad también cuenta con estación de tren propia, bien conectada a la red ferroviaria. En cualquiera de los casos, la visita merece el desplazamiento.

Arenales frente a la ría

En total, el municipio de Vilagarcía cuenta con ocho playas que suman casi cuatro kilómetros de fina arena blanca y aguas calmadas. Sorprendentemente, estos arenales no suelen encontrarse entre los más concurridos de la región; más bien al contrario. Son playas de afluencia moderada, perfectas para desconectar y relajarse. Esto es una rareza en el litoral gallego, que durante el verano suele concentrar grandes cantidades de visitantes. Entre las ocho playas, dos lucen año tras año el distintivo de Bandera Azul: Compostela y O Campanario.

La primera, A Concha-Compostela, se lleva buena parte del protagonismo. Son casi dos kilómetros de arenal que se extienden entre los núcleos urbanos de Vilagarcía y Carril, unidos por el paseo marítimo. Durante los meses de verano, esta playa atrae no solo a vecinos del municipio, sino también a visitantes de otros puntos del interior de Galicia, que se acercan a disfrutar de su infraestructura —duchas, quioscos, servicio de socorrismo y limpieza diaria— y de su tranquilo ambiente de ría, alejado de la fuerza del Atlántico.

La segunda, O Campanario, situada entre Vilagarcía y Catoira, cuenta con una personalidad propia y muy diferente a la de A Concha-Compostela. Se trata de una playa fluvial donde las aguas dulces del río se mezclan con la influencia marina. Es una orilla tranquila, mucho menos concurrida que Compostela, perfecta para disfrutar con niños pequeños.

El reconocimiento de Bandera Azul no se concede en vano. Se otorga únicamente a aquellas playas que cumplen estrictos criterios de calidad del agua, accesibilidad, servicios y sostenibilidad, incluyendo equipos de socorrismo y primeros auxilios. Son entornos especialmente cuidados para una visita sin sobresaltos.

Los caminos del Monte Xiabre

Las playas muestran la cara más amable de la región. El Monte Xiabre, por el contrario, exhibe su vertiente más natural. Se trata de un macizo rocoso que supera los 600 metros sobre el nivel del mar y que se reparte entre tres municipios: Caldas de Reis, Catoira y Vilagarcía de Arousa. Es la montaña más alta de la zona y, aunque el ascenso requiere esfuerzo, la recompensa desde la cima es una de esas panorámicas difíciles de olvidar: los valles interiores de O Salnés, los meandros del Ulla, la península de Barbanza, la desembocadura de la ría de Arousa y, en los días despejados, las islas de Cortegada, Sálvora y Ons.

El monte ofrece diferentes alternativas de senderismo que permiten descubrir sus distintas vertientes. Todas parten desde los alrededores de Vilagarcía de Arousa y están adaptadas a distintos niveles y tiempos. Los caminantes más experimentados pueden optar por la Ruta del Monte Xiabre, un recorrido circular de 8,6 kilómetros de alta dificultad. Por otro lado, quienes buscan vistas destacadas en menos tiempo pueden recorrer los 3,6 kilómetros que conducen a la Cruz de Xiabre y su mirador de 360 grados. Para familias o principiantes, el Mirador de Bamio ofrece un paseo de 1,5 kilómetros entre pinares y áreas de descanso. Como alternativa llana junto al mar, la Vía Verde do Salnés aprovecha una antigua vía ferroviaria totalmente accesible para peatones y ciclistas.

Los pazos: cuando la historia no necesita museos

Normalmente, la historia se cuenta en museos o en libros. Aquí no. Aquí se descubre al aire libre, entre jardines centenarios y fachadas de piedra que nunca dejaron de estar habitadas. En los alrededores de Vilagarcía se conservan diferentes pazos que mantienen, en la mayoría de los casos, todo el porte de épocas pasadas. La localidad ha trazado su propia Ruta de los Pazos para recorrerlos con calma.

El más destacado de todos es, sin duda, el Pazo de Rubiáns, residencia del único señorío de Galicia. Este enclave llama la atención por sus jardines de camelias y por su bodega del siglo XVI. La ciudad también alberga el Pazo-Convento de Vista Alegre, declarado Monumento Histórico-Artístico, además de A Golpelleira y O Rial, completando una ruta patrimonial que complementa la oferta de playas y espacios naturales del municipio.

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Qué ver en el pueblo que logró ser el primero del norte reconocido como el Más Bonito de España

Qué ver en el pueblo que logró ser el primero del norte reconocido como el Más Bonito de España

Del empedrado medieval a las cuevas de Altamira: una guía para recorrer 'La Villa de las Tres Mentiras'

Historia medieval, deporte en la naturaleza y un castillo del siglo X en este pequeño pueblo del Pirineo catalán

Fachadas de piedra y balcones de madera o herrería, muros de altura contenida de los que cuelgan plantas, edificaciones centenarias, calles empedradas y vistas hacia valles verdes: así se pasea por Santillana del Mar, la conocida como 'Villa de las Tres Mentiras'. Un enclave cuya historia no empieza en la Edad Media, sino mucho antes: a dos kilómetros de su casco histórico se encuentran las cuevas de Altamira, con pinturas rupestres de más de 14.000 años de antigüedad. Es uno de los pueblos más bonitos de España, al menos según los múltiples rankings en los que figura año tras año.

“Ni es santa, ni es llana, ni tiene mar”, se repite constantemente respecto al nombre del pueblo. Y es una verdad a medias: su nombre sí proviene de una santa —Santa Juliana—; sus calles tienen cierto relieve, aunque el pueblo está enclavado en un valle y las pendientes son moderadas. Y, aunque la localidad no tiene salida al mar, el municipio de su mismo nombre sí cuenta con acceso al Cantábrico. Pero las discusiones sobre su nombre son, en realidad, lo que menos importa cuando se recorren sus calles.

Declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1889, esta villa cántabra se sitúa a apenas 30 kilómetros de Santander, lo que la convierte en una escapada ideal para realizar en un día. Su reconocimiento no ha hecho más que crecer con el paso del tiempo: Santillana del Mar fue el primer pueblo del norte de España en obtener el sello de Los Pueblos más Bonitos de España y lleva años figurando entre los destinos mejor valorados de esta lista.

Adentrarse en Santillana del Mar es recorrer un conjunto histórico que ha conservado gran parte de su trazado medieval. Y para descubrirlo conviene empezar por el principio: la Colegiata de Santa Juliana alberga entre sus muros del siglo XII los restos de la joven noble cuyo martirio dio nombre al pueblo. Se trata de un edificio de estilo románico que constituye el principal referente monumental de la localidad. Pero más allá de la fachada, su mayor tesoro es el claustro interior. Cuenta con 42 capiteles que reproducen diferentes escenas bíblicas y constituye el núcleo alrededor del cual creció el pueblo.

La Colegiata invita al visitante a recorrer con calma sus espacios. El sarcófago de Santa Juliana descansa en el altar mayor, que domina la nave central. Pero es el claustro donde muchos visitantes detienen más tiempo su visita: rodeado por un jardín y en un ambiente tranquilo, sus capiteles representan pasajes y personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Cada columna presenta detalles diferentes.

Claustro de la Colegiata de Santillana del Mar
Claustro de la Colegiata de Santillana del Mar

Tras la visita a este centro religioso, el recorrido puede continuar por otra de las caras más reconocibles de la villa: sus torres y casonas blasonadas, reflejo del poder aristocrático que tuvo durante siglos. El pueblo conserva entre sus calles y plazas un amplio repertorio de fuentes, pequeños palacios y edificios históricos. La Torre del Merino es quizá la más emblemática. Durante siglos fue sede del poder judicial y símbolo de la autoridad señorial sobre la villa.

A pocos metros, la Torre de los Velarde y la Casa de los Quijano también son paradas destacadas para comprender la personalidad histórica de este enclave. Su arquitectura refleja la relevancia que tuvo Santillana durante la Edad Media. Hoy en día, algunas de estas construcciones están abiertas al público, que puede conocerlas mientras disfruta de la gastronomía local.

Al avanzar desde la calle principal hacia la Plaza Mayor, el trazado urbano cambia y da paso a un espacio más amplio. Tras las estrechas calles empedradas y los balcones de madera, la plaza aparece como uno de los principales puntos de encuentro de la localidad. Pese a su nombre, no se trata de una plaza monumental, sino de un espacio de dimensiones contenidas que mantiene la escala propia del pueblo. Está repleta de terrazas pertenecientes a restaurantes y cafeterías que ocupan los bajos de las casonas históricas sin alterar la estética del conjunto. El Parador de Santillana Gil Blas preside la plaza. Se trata de un edificio señorial del siglo XVIII que destaca entre el resto de construcciones del entorno.

Altamira: 14.000 años en la colina de al lado

A tan solo dos kilómetros del casco histórico, la historia de este enclave deja atrás la Edad Media para remontarse miles de años en el tiempo. La Cueva de Altamira, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, alberga algunas de las pinturas rupestres más importantes del mundo: bisontes, ciervos y caballos trazados durante el Paleolítico Superior. Sin embargo, la cueva original permanece prácticamente cerrada al público para garantizar su conservación y solo un número muy reducido de visitantes accede a ella cada año mediante sorteo.

Lo que el viajero sí puede visitar es el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, que incluye la Neocueva: una reproducción detallada del interior original. Esta instalación permite contemplar las pinturas en unas condiciones muy similares a las de la cavidad auténtica y acercarse a algunas de las manifestaciones artísticas más importantes de la Prehistoria.

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A ogni arrivo a Lampedusa, Bruxelles scopre di avere una coscienza. Per rimetterla subito nel cassetto

Lampedusa è di nuovo lì, come un promemoria che l’Europa si ostina a ignorare. Ogni volta che succede qualcosa sull’isola, Bruxelles scopre di avere una coscienza. E puntualmente la rimette nel cassetto. Ancora sbarchi nell’ultimo mese sul molo Favaloro, che ne seguono diversi altri. Anche se nessuno ne parla, siamo nel pieno della stagione degli sbarchi!

Sbarco è una parola che confonde. È un termine non umanitario, piuttosto è militare. Si sbarca in Normandia, non a Lampedusa.

Cosa c’è di umano nel chiamare sbarco, ad esempio, quello avvenuto a metà maggio caratterizzato dalla storia di una neonata ivoriana di un mese morta di freddo? Vestiti fradici, barca di sette metri, partenza da Sfax-El Amra. I rianimatori hanno provato tutto, ma il suo cuore aveva già deciso che non valeva la pena aspettare l’ennesima riunione dei ministri dell’Interno. La seppelliranno a Cala Pisana, accanto a tombe senza nome: il cimitero più visitato dai vivi solo quando c’è da fare passerelle. Accanto alla morte della bambina, l’ennesimo orrore: diverse donne stuprate durante il viaggio. Lo conferma Francesco D’Arca, responsabile del poliambulatorio dell’isola: “Non è un episodio isolato, ma l’ennesima ferita aperta nel Mediterraneo”.

Ferite sul corpo, certo, ma soprattutto dentro. Solita storia: mentre i migranti provano a ricominciare, medici, psicologi e volontari tengono insieme i pezzi di un’umanità che i governi europei trattano come un fastidio stagionale. Dopo il ciclone Harry, che tra il 19 e il 21 gennaio ha devastato diverse coste di Sicilia e Calabria, il mare è diventato una lavatrice impazzita. Più di 1.800 persone morte. In alcuni giorni si muore più nel Mediterraneo che in un giorno di guerra in Iran.

La rotta tunisina resta una delle più pericolose al mondo, ma tranquilli: c’è sempre qualcuno pronto a spiegare che “la situazione è sotto controllo”. In questo scenario, la visita di Papa Leone il prossimo 4 luglio non è un evento: è un dito nella piaga. Tredici anni dopo Papa Francesco e la sua “globalizzazione dell’indifferenza”, un nuovo pontefice torna nello stesso punto della ferita, perché la ferita è ancora lì. E sanguina.

Papa Prevost arriva mentre il Mediterraneo vive una delle sue stagioni più tragiche. La sua presenza non sarà la solita foto da tg: sarà un appello diretto ai governi europei ad aprire corridoi umanitari, a creare vie legali a superare la logica emergenziale che da anni è diventata la foglia di fico perfetta per non fare nulla. Eppure, anche in mezzo alla distrazione generale, questa visita ricorda che l’umanità concreta esiste: volontari, medici, famiglie, comunità locali che non hanno mai smesso di accogliere. Senza decreti, senza conferenze stampa, senza hashtag.

Di fronte alla morte della neonata, alle donne violentate, ai corpi senza nome, risuonano ad esempio le parole del cardinale Matteo Zuppi, uno che non ha paura di dire le cose come stanno: “Non possiamo permettere che il Mediterraneo diventi un confine di morte. È il luogo dove si misura la nostra umanità, non la nostra paura.” E ancora: “L’Europa deve decidere se vuole essere una comunità solidale o un condominio dove ognuno chiude la porta.” Tradotto: o siamo un continente, o siamo un insieme di citofoni.

Lampedusa pertanto non è un confine periferico ma piuttosto il centro morale dell’Europa. La morte della neonata, le violenze sulle donne, le 1.800 vite inghiottite dopo il ciclone Harry: tutto questo non chiede solo lacrime, ma politica. Non commozione, ma decisioni. La visita di Papa Prevost arriva come un invito — o forse un monito — a non voltarsi dall’altra parte. Perché, come ricordava Papa Francesco nel 2013, “le migrazioni non sono un’emergenza, ma un segno dei tempi”. I tempi e le troppe morti, oggi, ci chiedono coraggio e non comunicati stampa.

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I morti di Amendolara sono il sintomo di un’Italia che ha dimenticato troppo in fretta la propria storia

Ci sono momenti in cui un Paese è costretto a guardarsi allo specchio, anche quando lo specchio restituisce un’immagine che non vorremmo vedere. Le fiamme di Amendolara, che hanno inghiottito quattro giovani migranti intrappolati in un’auto, è uno di quei momenti. È una ferita aperta che non si può coprire con la retorica, né archiviare come episodio isolato. Piuttosto pare essere il sintomo di qualcosa di più profondo, più antico, più radicato: un’Italia che ha smesso di vedere gli esseri umani che lavorano nei suoi campi, che raccolgono la sua frutta, che reggono pezzi interi della sua economia. Un’Italia che ha dimenticato troppo in fretta la propria storia.

Nel 1989, quando Jerry Essan Masslo venne ucciso a Villa Literno, il Paese si scoprì improvvisamente vulnerabile, colpevole, impreparato. La sua morte scosse le coscienze, portò in piazza migliaia di persone, costrinse la politica a muoversi e tutto ciò sembrava l’inizio di una nuova stagione. Invece, 36 anni dopo, siamo ancora qui a raccontare storie che assomigliano troppo alla sua. Cambiano i nomi, cambiano i luoghi, ma non cambia la sostanza: uomini e donne costretti a vivere ai margini, a lavorare in condizioni che non chiameremmo mai “lavoro” se riguardassero i nostri figli, i nostri fratelli, i nostri amici.

Il caporalato non è un fenomeno marginale né un’emergenza improvvisa: è un sistema economico strutturale del valore di oltre 5 miliardi di euro l’anno, coinvolge circa 230.000 lavoratori sfruttati, di cui almeno 150.000 migranti, e prospera in tutte le regioni italiane. Le ispezioni dell’Ispettorato Nazionale del Lavoro mostrano che più del 70% delle aziende agricole controllate presenta irregolarità, e in un caso su tre si tratta di sfruttamento grave. Pertanto questo fenomeno non è un incidente della storia italiana: è una sua ombra lunga. Muove miliardi, sfrutta centinaia di migliaia di persone, si insinua nelle pieghe di una filiera che premia il prezzo più basso e ignora il costo umano.

Le baraccopoli che bruciano, i turni massacranti, le paghe da fame, i trasporti gestiti dai caporali non sono eccezioni: sono la normalità per chi vive senza tutele, senza diritti, senza voce. E quando la vita di un essere umano vale meno di un cassone di pomodori, allora non è solo il lavoratore a essere tradito: è la nostra democrazia. La tragedia di Amendolara non è solo cronaca nera, piuttosto è un grido! Un grido che ci chiede dove eravamo mentre tutto questo accadeva. Dove erano le istituzioni quando quei ragazzi dormivano in baracche senza acqua né luce. Dove eravamo noi, cittadini, quando il linguaggio pubblico trasformava i migranti in numeri, in problemi, in minacce. Dove eravamo quando l’odio diventava normale, quando la paura diventava argomento politico, quando la dignità diventava un lusso.

Eppure, basterebbe poco per cambiare rotta. Basterebbe ricordare che l’Italia è stata un Paese di emigranti, che milioni di nostri connazionali hanno vissuto sulla propria pelle lo stesso disprezzo, la stessa esclusione, la stessa fatica. Basterebbe guardare negli occhi chi oggi lavora nei nostri campi e riconoscere in lui la stessa speranza che animava i nostri nonni quando partivano con una valigia di cartone. Basterebbe capire che migliorare le condizioni di lavoro dei migranti non è un favore: è un dovere. È un atto di giustizia. È un modo per dire che la vita umana non è negoziabile.

Alle famiglie delle vittime di Amendolara, e a tutte le famiglie che hanno perso un figlio, un fratello, un padre nelle pieghe oscure dello sfruttamento, va un cordoglio che non può essere solo una formula. Il vero cordoglio è la promessa di non voltarsi più dall’altra parte. È l’impegno a combattere l’odio che avvelena il dibattito pubblico. È la volontà di spezzare il meccanismo dello sfruttamento che condanna migliaia di persone a vivere nell’ombra. È la scelta di dire basta a un caporalato che gioca sulle spalle di chi, ogni giorno, contribuisce alla nostra economia in condizioni che non dovrebbero esistere in un Paese civile.

Non possiamo restituire la vita a chi l’ha persa. Ma possiamo fare in modo che la loro morte non sia inutile. Possiamo costruire un’Italia che non abbia paura dell’accoglienza, che non tolleri lo sfruttamento, che non accetti più che qualcuno viva e muoia ai margini. Possiamo farlo per loro, per noi, per la nostra storia. E soprattutto per il Paese che vogliamo diventare.

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