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La batalla por las actas impugnadas aboca a Perú a un escenario de máxima incertidumbre

Una semana después de que los peruanos acudieran a las urnas para elegir a su noveno presidente en una década, las calles parecen estar a punto de entrar en un estado de ebullición. Keiko Fujimori, la hija del autócrata que fue condenado a 25 años de cárcel por delitos de lesa humanidad, ha conseguido remontar en la curva final del escrutinio y estira su ventaja voto a voto sobre Roberto Sánchez. Al cierre de este viernes, con el 98,32% de las actas escrutadas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), la derechista superaba al izquierdista por 4.310 votos. Un margen mínimo, visto desde cualquier parte del mundo, pero no en Perú, donde las dos últimas elecciones se resolvieron por milésimas.

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© Leslie Moreno (REUTERS)

Puesto de periódicos en Lima, Perú, el 5 de junio.
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El peso del voto de los peruanos en el exterior profundiza la grieta política en el país

En una segunda vuelta tan ajustada, que se pelea voto a voto, los peruanos que un día hicieron las maletas y se marcharon han vuelto a ocupar un lugar central en el debate nacional. Desde la noche del miércoles, cuando Keiko Fujimori superó a Roberto Sánchez con los votos del extranjero, se ha producido una nueva fisura entre los peruanos. De un bando están aquellos que celebran que su voto haya encaminado un probable triunfo de la hija de Alberto Fujimori. Del otro, en cambio, están quienes se preguntan, con una mezcla de frustración y enojo, por qué alguien que ya no hace una cola interminable en un hospital público, no mira a todos lados cuando sale a la calle o no soporta el tráfico de Lima debería tener el mismo derecho a decidir el futuro del país.

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© Martin Mejia (AP Photo/Martin Mejia)

Keiko Fujimori fuera de su casa, en Lima (Perú), este jueves.
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