Los dos cuerpos del presidente
Los juristas medievales enseñaban que el rey tenía dos cuerpos. Uno era de carne mortal, enfermaba con los inviernos, envejecía y se equivocaba como cualquier otro hombre; el otro –la Corona– ni moría con su titular ni cargaba con sus pecados, porque pertenecía al reino entero. De aquella doctrina viene la fórmula de que el rey nunca muere, acuñada para que el reino no quedara huérfano ni rehén a cada relevo, y de su semilla aprendió el Estado moderno su separación más fecunda, la del cargo y la persona, la del tesoro público y el bolsillo del señor.
España lleva casi medio siglo de Constitución puliendo esa frontera, pieza a pieza, con jueces, fiscales y Policía Judicial dispuestos alrededor del poder como una fábrica de frenos. La libertad moderna nació de una desconfianza elegante, la certeza de que la virtud de los gobernantes es material demasiado escaso para sostener nada duradero, y de que resulta más prudente encomendar la vigilancia a la ambición de unos sobre la ambición de otros, que no se toma vacaciones.
El sumario que el juez Santiago Pedraz desclasificó a comienzos de junio lee esa herencia al revés. La finalidad de la organización que presuntamente dirigía Santos Cerdán era, escriben los investigadores, proteger los intereses del presidente, y esas dos palabras finales, del presidente Pedro Sánchez, dejan fuera al Gobierno, al Estado y hasta al partido para quedarse únicamente con el hombre. Siglos de paciencia jurídica, gastados en separar a la persona del cargo, y unos pocos años han bastado para volver a fundirlos.
España conocía de sobra la corrupción que roba. Los sumarios vecinos de este describen, con sus presuntas comisiones y sus mordidas en obra pública, el género de toda la vida, el que desvía caudales hacia bolsillos particulares y contra el que los Estados criaron anticuerpos, jueces, fiscales, prensa libre. La pieza instruida por Pedraz describe otra cosa, la maquinaria montada para proteger a los protegidos, para cegar los ojos que miraban. El blanco eran los fiscales, jueces y guardias civiles que investigaban al entorno del Gobierno; el método, según el auto, desestabilizar de forma sistemática sus investigaciones; el dinero salía –escribe la UCO– «de un mismo origen: el PSOE». La pregunta de quién vigilará a los propios vigilantes llevaba nada menos que diecinueve siglos escrita –Juvenal, siglo II d.C–, y ha necesitado un sumario para convertirse en diligencia.
La propia existencia de la trama delata más de lo que esconde. Nadie paga una operación cara y sostenida contra jueces que ya obedecen, contra fiscales que ya callan, contra una Policía que ya extravía los informes incómodos; las cloacas son, sin quererlo, un elogio de las instituciones que el poder no logró domesticar a base de nombramientos y cuotas. La prensa bautizó como fontanera a la ejecutora de los encargos, y pocas veces un mote popular definió mejor un oficio. Los testigos que desfilarán ante el juez desde finales de junio hasta bien entrado julio dirán hasta dónde llegaba el encargo, mientras el Gobierno ensaya el encogimiento de hombros, nadie supo, nadie avaló, nadie encuentra nada en esas páginas.
Los partidos nacieron para juntar a quienes comparten una idea común y la defienden a la luz del día. Cuando un grupo se junta únicamente para guardar lo suyo frente al derecho de los demás, la cosa adquiere otro nombre, facción, y la diferencia recuerda a la que separa al ejército de la partida de bandoleros, pues ambos llevan armas y solo uno sirve a algo más grande que sí mismo. El día en que la bandera se arría y queda el botín, la tropa sigue desfilando un tiempo por costumbre.
En la sede de Ferraz conocen el atolladero mejor que nadie. Las federaciones reclaman una querella contra la fontanera y la dirección la frena. El silencio sale caro, la querella saldría más cara para sus intereses particulares, y entre ambos precios el PSOE, claro, ha elegido esperar, que es la forma que tiene el miedo de parecer prudencia.
Donde el derecho levantó una muralla entre la persona y el cargo, la maquinaria abría boquetes, y por esos boquetes regresa una manera antigua de mandar, la del señor que confunde el Estado con su casa y gobierna lo de todos como quien administra lo suyo. Una casa así tiene servidumbre, tiene secretos de familia y, por lo visto, hasta tiene fontaneros; dentro caben los parientes y los enemigos, estorban los ciudadanos, y los asuntos públicos se despachan entre susurros y pasillos.
El caso seguirá su curso durante meses, con sus testigos, sus autos y sus portadas. Los juzgados pueden instruir las cloacas, encausar a sus operarios y archivar sus facturas, pero ninguna sentencia restituye por sí sola la frontera que aquí se ha borrado, la que separa defender la institución de defender al inquilino. Los dos cuerpos del presidente se han fundido en uno solo, y el país conoce ya la consecuencia, que cada estornudo del hombre obliga al Estado entero a guardar cama.


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