El Apocalipsis según Gaudí
El miércoles, León XIV visitó la Sagrada Familia de Barcelona para bendecir la última y mayor de sus torres. Daba así por oficialmente estrenada la silueta de una obra que lleva ciento cuarenta y cuatro años en marcha. Ya solo falta rematar la que será la fachada principal del templo, la dedicada a la Gloria, en la que está por verse cómo se plasmará ese «más allá» invisible hacia el que todos caminamos. El sueño místico de Antoni Gaudí -cuyo centenario de su muerte también se celebró el miércoles- lo debe todo a las catedrales góticas, tan rodeadas de fe como de misterio. La de Notre-Dame de París tardó en levantarse ciento ochenta y dos años; la de Compostela, ciento treinta y seis. A excepción de Chartres, que fue una suerte de «prototipo» que se alzó en mitad de la campiña francesa en menos de tres décadas, a la mayoría de estos lugares sagrados les cuesta crecer. A veces da la impresión de que estamos ante secuoyas gigantes, vivas, que escalan en altura, anchura y profundidad de un modo casi biológico.
Como no podía ser de otro modo, León XIV se ha sobrecogido al comprobar la magnitud de la empresa gaudiniana, y ha dicho que «es mucho más que un monumento». Cuando lo vimos caminar bajo sus bóvedas, mirándolas de reojo, recordé una lectura que me impresionó años atrás y que quizá aclare sus palabras. Era un librito corto, escrito por el famoso novelista y egiptólogo francés Christian Jacq, en el que narraba su tropiezo con un sabio, a las puertas de la catedral de Metz, que le guio con encomiable paciencia por cada uno de sus medallones, esculturas, vitrales y requiebros. Aquel hombre, al que el escritor escondió tras el evocador pseudónimo de Pierre Deloeuvre -algo así como la piedra de la obra-, le contó que los sillares de Metz eran ladrillos que hablaban. León XIV, frente a la Sagrada Familia, predicó algo parecido al referirse a la basílica como «una elegante catequesis hecha de piedras, colores y luz». Pero Deloeuvre añadió algo más: para iniciar un diálogo con lugares así es necesario interrogarlos con dulzura. «Si tus preguntas salen del fondo del corazón», dijo, «encontrarán en ellas una respuesta».
En ese librito se desgranan los interrogantes que Christian Jacq fue articulando ante cada uno de sus símbolos. En conjunto, la iconografía de Metz le dio la impresión de ser un relato, una especie de breviario en el que se exploraba el camino de transformación del ser humano, desde su simpleza animal a su exaltación espiritual. Y Jacq, bregado asimismo en arcanos europeos, cita entonces al obispo Guillermo Durando, un intelectual del siglo XIII al que sus contemporáneos llamaron «El especulador», y que advirtió que «todas las cosas pertenecientes a los oficios, a los usos y costumbres o a los ornamentos de la Iglesia, están llenas de figuras divinas y de misterio», añadiendo que solo se revelan «cuando encuentran a un hombre que las examine atenta y amorosamente, que sepa extraer miel de la piedra y aceite de la más dura roca».
León XIV es, ahora, el último de esos hombres. Lo intuí en su mirada y en sus gestos de admiración y asombro. La Torre que bendijo, llamada de Jesús pero también del Cordero en los viejos bocetos del templo, le fue inspirada al arquitecto catalán por una frase del último capítulo del Apocalipsis. Es un texto en el que se describe la «Jerusalén celestial» que descenderá sobre nosotros al final de los tiempos: «El trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad». La Sagrada Familia rebosa de esa catequesis metafórica. Las cuatro almenas que flanquean a la del Cordero están dedicadas a los cuatro evangelistas, remitiendo a otro capítulo del Apocalipsis, el quinto, en el que Juan escribe que «de pie, en medio del trono y de los cuatro vivientes (una metáfora de los evangelistas), está el Cordero». Súmesele a esto sus emblemas zodiacales, las alegorías vegetales, los reptiles e insectos, y hasta las cifras ocultas en el cuadrado mágico inscrito por Josep María Subirachs en la fachada de la Pasión, para intuir que todo en la Sagrada Familia pretende transmitirnos un mensaje de revelación. Eso precisamente significa Apocalipsis en griego. Y que esté clavada en medio de una ciudad tan industrial y mercantil como Barcelona, no es azar. Es el recordatorio perenne de que no todo acaba en la materia.
Quizá Gaudí no inició sus trabajos con esa vocación apocalíptica, pero en la cuaresma de 1894, cuando llevaba doce años ya de trabajo en el solar de la calle Menorca, algo lo llevó a ella. Un ayuno que casi acabó con él, como los de san Juan en Patmos, lo alejó de la imagen de arquitecto de la jet que se había forjado, convirtiéndolo en un ermitaño, un visionario capaz de escuchar lo inaudible y ver lo invisible.
Antes de que acabe el año, León XIV anunciará su beatificación. Eso será cuando un comité dé por buena la curación milagrosa de un bebé que se está investigando. Pero para mí, como para muchos, su verdadero milagro siempre será otro: el habernos hecho visible lo invisible, estremeciéndonos como ya lo lograron sus predecesores góticos. Eso es, precisamente, revelar. Apocaliptear. Lo insinuó Jacq en su librito -El iniciado (1998)- y hasta el propio Papa cuando dijo en Barcelona que la Sagrada Familia es «un signo visible de Dios invisible». ¿Acaso existe mejor definición de revelar que esa?
Javier Sierra es escritor y premio Planeta de novela


© Barrio

