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La guerra en Oriente Medio eclipsa el declive y la persecución religiosa a los católicos y ortodoxos

14 June 2026 at 07:03

Este viernes, mientras el Papa León XIV regresaba a Roma tras su visita apostólica a España, la Administración Trump daba por hecho un acuerdo con Teherán para negociar durante 60 días, sin violencia, las condiciones del programa nuclear iraní. Aunque el régimen de los ayatolás no ha firmado aún el flamante memorando de entendimiento y se antojan duras negociaciones por delante para un cese definitivo de la violencia, la región respira este fin de semana, de Irán al Líbano pasando por Israel, las monarquías del Golfo, Jordania y Siria.

Para los cristianos de Oriente, su cuna histórica, sin embargo, la situación cambiará poco en los próximos tiempos. Olvidados —invisibles— para los medios y la opinión pública internacionales salvo cuando se produce una desgracia en forma de atentados, matanzas o exilio forzoso, su declive demográfico, político, social y cultural en el conjunto de la región ha sido irremisible en las últimas décadas.

El último gran líder en acordarse de ellos fue precisamente el actual pontífice, que no casualmente inició sus viajes apostólicos en Turquía con motivo de los 1.700 años del Concilio de Nicea y el Líbano el país de la región con mayor porcentaje de cristianos entre noviembre y diciembre de 2025 y en abril de este año el primer papa agustino visitó Argelia cuna de San Agustín de Hipona con el telón de fondo de la (pen)última crisis regional.

"Mi oración y mi preocupación por el pueblo del Líbano y por las iglesias del Medio Oriente es diaria", afirmó el Papa durante tras su encuentro mantenido el pasado mes de mayo en el Vaticano con el católicos Aram I, jefe de la Iglesia apostólica armenia. El tiempo dirá si la elección simbólica de León XIV al haber optado por tres países de mayoría musulmana en sus primeros viajes fuera de Europa tiene consecuencias positivas para una minoría que, como dice el maestro de periodistas en la región Tomás Alcoverro, es "la sal de Oriente Medio".

Siria e Irak, las consecuencias del terror yihadista

A pesar de la derrota del Estado Islámico y su califato en 2019, la situación más precaria la siguen viviendo los cristianos de Siria e Irak, donde han pasado en tres lustros de representar más del 10% de la población a verse relegados a porcentajes inferiores al 2% y avanzan, por tanto, hacia la extinción a medio plazo tras décadas de persecución, marginación y exilio.

A pesar de los malos augurios que despertó la caída del régimen de Bachar al Asad y la llegada al poder de los antiguos yihadistas de Hayat Tahrir al Sham comandados por Ahmed al Sharaa a Damasco hace ahora año y medio, la existencia de las últimas minorías de cristianos mayoritariamente ortodoxos de Damasco, Alepo y el occidental Valle de los Cristianos, sobre todo, transcurre con una relativa normalidad no exenta de tensiones. No en vano, la comunidad ortodoxa de Damasco se vio sacudida en junio del año pasado cuando un terrorista suicida se inmoló durante la celebración de la misa dominical en la iglesia de San Elías del barrio de Dweila dejando más de dos decenas de muertos, en el más grave de los incidentes registrados en Siria. El nuevo presidente y su gobierno insisten en trabajar por una Siria inclusiva donde los cristianos tengan su sitio.

Aunque la peor parte de la violencia sectaria protagonizada por grupos islamistas radicales se la han llevado drusos y alauíes la secta emparentada con el chiismo a la que pertenecía el clan Asad y la mayoría de altos cargos del régimen baazista, el número de cristianos sigue menguando, y las otrora vibrantes comunidades de la capital siria y de Alepo son solo ya un recuerdo. El deseo de emigrar de las generaciones más jóvenes es ampliamente mayoritario, como ha podido constatar este medio de representantes de las distintas iglesias católicas de Damasco.

En Irak, la población cristiana en Irak pasó de casi 1,5 millones de personas en 2003 a menos de 250.000 en la actualidad. Este éxodo masivo fue impulsado por la violencia sectaria, la persecución extrema del grupo terrorista Estado Islámico y la posterior inestabilidad económica. Como resultado, gran parte de esta minoría ha huido a Occidente o a la región autónoma del Kurdistán, dejando comunidades históricas diezmadas

Líbano, el declive imparable de su bastión regional

Si Siria e Irak presentan la situación más crítica, Líbano constituye aún el principal bastión de la religión de Oriente Medio, aunque las distintas denominaciones cristianas vienen experimentando un innegable retroceso en todos los ámbitos desde hace décadas. Pese a que no se hace un censo oficial desde 1932, se estima que al menos el 30% de la población del pequeño Estado levantino es aún cristiana, siendo la confesión mayoritaria la de los católicos de rito maronita. Así, la emigración masiva y razones demográficas —menor natalidad— explican una mengua sostenida que ha ido en paralelo a la pérdida de relevancia política, aunque el sistema político libanés establece aún que el presidente de la República y el jefe de las Fuerzas Armadas han de ser obligatoriamente cristianos maronitas.

"Hay una cuestión indiscutible, que es la pérdida de peso demográfico en los últimos cincuenta años. En cuanto a la pérdida de influencia política, el acuerdo de Taif implicó una profunda reforma al sistema republicano, que pasó del presidencialismo al parlamentarismo", explica a 20minutos el director del núcleo de Estudios de Medio Oriente de la Universidad Austral (Argentina) Said Chaya. Al respecto, el investigador recuerda que "en el régimen post-Taif, el presidente de la República, aunque conserva la jefatura de las Fuerzas Armadas, tiene asignadas funciones más protocolares o vagas, como 'la custodia de la unidad, 'la integridad territorial' o el otorgamiento de perdones y condecoraciones. El primer ministro, en cambio, reforzó su protagonismo".

"Mi hipótesis es que el conflicto Riad-Teherán se llevó puesta a la proyectada unidad política de los cristianos, debilitándolos profundamente al impedirles formar un frente unido como comunidad subnacional, como demostraron otros grupos durante el mismo periodo, tanto los suníes bajo Hariri, los chiíes con el tándem que formaron Hezbolá y Amal [el otro gran actor político chií libanés] y los drusos con Jumblatt", estima el investigador y profesor de Análisis Internacional.

Además, la actual guerra entre Israel y Hezbolá, la principal milicia afiliada a la República Islámica de Irán, ha vuelto a poner de relieve la complejidad interna del tejido social libanés, pues una gran parte de la sociedad del país de los cedros no solo no participa en la contienda sino que la considera ajena, empezando por los propios católicos maronitas. Las zonas objeto de los ataques israelíes son fundamentalmente chiíes, pues la comunidad seguidora de esta rama del Islam constituye la base del movimiento proiraní aunque no siempre: esta semana los mandos militares instaban al desalojo del barrio cristiano de Tiro, en el sur, lo que viene agravando en los últimos meses de conflicto bélico las tensiones sectarias latentes en un país de equilibrios precarios.

Sobre el futuro político de los cristianos en el país de los cedros, Chaya cree que "el presidente Joseph Aoun presenta una oportunidad renovada para esa unidad en la representación política comunitaria, aunque los tiempos son difíciles". "El Líbano está enclavado en una negociación compleja entre Irán y Estados Unidos que determinará el futuro de la región, mientras además debe soportar los abusos de las incursiones y bombardeos israelíes que día a día suman nuevas víctimas fatales. A ello se suma la presión de Hezbolá, que, aunque debilitado, da muestras de su negativa a alinearse a las negociaciones que lidera Aoun", concluye el docente.

Con todo, los cristianos egipcios constituyen la mayor comunidad en términos numéricos absolutos, entre el 10% y el 15% de la población, de todo Oriente Próximo, lo que en un país que ha superado ya los 100 millones de almas se traduce en al menos 10 millones de personas, la mayoría seguidores de la Iglesia ortodoxa copta de Alejandría. Lo cierto es que tras la ola de violencia yihadista de los años 2017 y 2018, las comunidades cristianas han gozado de una situación de relativa normalidad gracias al reforzamiento de la seguridad por parte de las autoridades egipcias.

"Estado crítico" en Turquía y el Kurdistán

Si agónica es la situación de los cristianos en Siria e Irak, no más prometedor es el panorama en otra de sus cunas históricas: Asia Menor. "El cristianismo en Turquía, donde históricamente ha habido tres grandes comunidades, armenios, siríacos y griegos, se encuentra en un estado crítico provocado por dos factores: por una parte, políticas del gobierno expresamente diseñadas para entorpecer la vida religiosa de la comunidad cristiana; por otra parte, el propio desdén que muchos turcos sunitas conservadores muestran a la hora de tratar con sus compatriotas cristianos", asegura a 20minutos el profesor de historia de las religiones y doctor en Filosofía Islámica por la Universidad de Sevilla Alejandro Colete.

"Antes de la Primera Guerra Mundial estas comunidades muy numerosas y ocupaban precisamente las zonas con los asentamientos más antiguos de Anatolia. Pero con la adopción del concepto de Estado nacional importado de Europa, los Jóvenes Turcos empezaran a tomar una serie de medidas que inauguran esta peligrosa decadencia de la comunidad cristiana, medidas que continuarán incluso después de que el Imperio otomano caiga y se instaure la moderna República de Turquía liderada por Atatürk", explica Colete.

"Para hacernos una idea, abunda el profesor de historia de las religiones: en 1914 los cristianos eran el 20% de Turquía y en 2014 el 0,2%. Tenemos tres limpiezas étnicas diferentes a principios de siglo: El genocidio armenio, el genocidio asirio o siríaco y el genocidio póntico", abunda Colete. "Aunque ya no se legisla activamente en contra del cristianismo o los grupos étnicos no-turcos, las instituciones tienen toda una serie de mecanismos pasivos para hacer la vida de la comunidad cristiana más difícil", concluye el especialista.

A pesar de la autonomía política de las regiones de mayoría kurda de Siria e Irak, la situación no es mejor para las comunidades cristianas. "Aunque el gobierno de Ahmed a Sharaa quiere ser inclusivo y centrarse en la reconstrucción, muchos cristianos se quejan de que se sienten desamparados", asegura el profesor de historia de las religiones y doctor en Filosofía Islámica por la Universidad de Sevilla. "Aunque Rojava [región de facto autónoma en el norte y noreste de Siria] todavía cuenta con cierto grado de autonomía, el futuro es incierto", advierte.

En el caso del Kurdistán iraquí, el investigador recuerda que es donde "los cristianos siríacos han sufrido sus mayores reveses, especialmente durante 2014-2016, los años más crudos del Estado Islámico. Robos, secuestros, matanzas y desplazamientos forzados fueron durante un tiempo su pan de cada día". "La comunidad se encuentra ahora en una situación precaria en la que, además, siguen en un vacío institucional: no cuentan con representación política y además siguen siendo víctimas de violencia esporádica por parte de milicias locales o suníes progresivamente radicalizados", asegura Colete a 20minutos.

La extinción de Gaza

Capítulo aparte merece la situación de los cristianos palestinos. Aunque la situación presenta notables diferencias entre los distintos lugares con presencia de cristianos palestinos, Cisjordania, Gaza, Jordania e Israel, lo cierto es que las comunidades, mayoritariamente ortodoxas griegas, es la de un declive imparable desde hace décadas.

La situación más crítica la presenta la franja. La comunidad cristiana de la Franja, una de las más antiguas del mundo, se encuentra al borde de la extinción. Antes del conflicto, rondaba el millar de personas, pero tras más de dos años de intensos bombardeos, asedio y destrucción, la cifra se ha desplomado drásticamente. En la actualidad, apenas unos pocos cientos de ellos permanecen refugiados en los recintos de la parroquia de la Sagrada Familia, la iglesia de San Porfirio y la iglesia bautista de Gaza.

Y es que, según la tradición bíblica, el territorio de la actual Gaza –citado una decena de veces en el Nuevo Testamento– se encontraba en el camino del exilio egipcio de la Sagrada Familia en su huida de las intenciones del rey Herodes. Antes de la llegada del Islam, en el siglo VI d. C., los cristianos eran mayoría en la Franja. Finalmente, en Cisjordania el escenario no es mucho más alentador, pues el porcentaje de cristianos se sitúa entre el 1 y el 2,5% de la población palestina.

Israel y Hezbolá empujan al Líbano (otra vez) al abismo: más de un millón de personas obligadas al éxodo en un país ya exhausto

7 June 2026 at 07:14

Huye el cronista como puede de las metáforas manidas y las referencias históricas cuando de escribir sobre el Líbano se trata, pero la realidad no lo pone fácil. El pequeño país del Mediterráneo oriental, creado por el Imperio francés a fin de crear un refugio seguro para los católicos maronitas y consolidar su presencia en el Levante, es sinónimo desde hace medio siglo de guerra y divisiones sectarias, del sueño frustrado de la Suiza de Oriente Medio que dejó de ser (o quizá nunca llegó a ser más allá de otra metáfora forzada).

Cincuenta años después del inicio de la Guerra Civil —quince años de contienda fratricida e internacional a la vez— el Líbano, una estrecha franja de territorio montañoso entre la cordillera del Antilíbano y el mar Mediterráneo de 10.452 km² —la cifra es un eslogan político que reivindican unos y por otros— en la que conviven hasta 18 confesiones religiosa, es de nuevo escenario de una guerra que no es (del todo) la suya, como repiten sus autoridades actuales. Algunos de los actores han cambiado respecto a aquella contienda, no así el hecho ineluctable del conflicto y la destrucción.

Con el lanzamiento de varios cohetes hacia el norte de Israel el 28 de febrero pasado, apenas unas horas después de conocerse el asesinato en un bombardeo israelí sobre Teherán del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, Hezbolá arrastraba al Líbano a una nueva guerra. O más bien comenzaba una nueva fase de la contienda que había arrancado a finales del verano de 2024.

Golpeada duramente por el Ejército israelí durante aquel otoño, las partes alcanzarían el 27 de noviembre una tregua auspiciada por el entonces presidente electo de EEUU, Donald Trump, que las fuerzas del Tsahal no respetarían —los bombardeos nunca cesaron— justificando los movimientos de rearme de Hezbolá (una reorganización que, a la luz de la resistencia de la milicia en el sur, el tiempo ha demostrado).

Por su parte, la milicia leal a Teherán, un auténtico Estado para un país huérfano de un Estado funcional, evitó, sin embargo, atacar contra territorio o posiciones durante más de un año Tel Aviv mantuvo presencia en cinco puntos del sur del Líbano cercanos a la Línea Azul- israelíes. Hasta el inicio de la agresión israelo-estadounidense contra la República Islámica.

Un éxodo de más de 1,2 millones de personas

No tardarían las fuerzas israelíes en responder militarmente al ataque de Hezbolá —que demostraba así que su lealtad primera es al régimen de los ayatolás— y el día 5 de marzo desde los mandos militares del Tsahal se anunciaba la evacuación forzosa de toda la población comprendida entre el río Litani y la frontera —esto es, un 15% de la superficie libanesa— y del suburbio meridional de Beirut conocido popularmente como el Dahiyeh en vísperas de una inminente campaña aérea.

Duramente castigado ya por la anterior contienda, el espacio llamado a evacuar masivamente concentra, no casualmente, el mayor porcentaje de población chií, base popular de Hezbolá, de todo el Líbano. La orden atañó específicamente a los casi dos centenares de municipios de mayoría o total predominio chií del sur libanés, donde la organización proiraní esconde sus drones y sistemas de lanzamiento de misiles y cohetes, así como a sus combatientes. No así a las localidades de predominio cristiano, menos de un centenar, cuya población se mantuvo mayoritariamente en sus casas aun a riesgo de verse afectada por el fuego cruzado (como ha ocurrido en varios casos).

Las dos órdenes simultáneas provocaron el éxodo de más de 1,2 millones de personas, 800.000 personas de todas las edades residentes en núcleos del sur del país y más de 400.000 del suburbio-bastión de Hezbolá en la banlieu sur de Beirut hacia otras zonas más seguras del centro del país, empezando por áreas céntricas o periféricas de la capital. A ello hay que añadir las miles de personas forzadas a dejar sus hogares desde las poblaciones de mayoría chií del oriental valle de la Becá.

Llovía sobre mojado, porque las tres zonas habían sido ya duramente castigadas por la campaña israelí de finales de 2024, y en parte desalojadas. Y sólo hacía unos meses desde que cientos de miles de familias habían podido regresar a sus hogares (en el mejor de los casos) para tratar de comenzar de nuevo, cuando no para certificar las dimensiones de la destrucción. En cualquier caso, ni en la guerra de 2024 ni en la de este año toda la población civil decide marcharse de sus localidades ante el riesgo de perderlo todo aun a riesgo de perder la vida.

Para hacerse una composición de lugar sobre las características demográficas del país, los 1,2 millones de evacuados suponen más del 20% de la población de un exiguo territorio cuya población oficial roza los seis millones de habitantes. Porque el Líbano alberga una importante población refugiada: cerca de 1,3 millones de sirios (incluidos más de 716.000 registrados en ACNUR) y casi 500.000 refugiados palestinos registrados por la UNRWA, de los cuales alrededor del 53% residen en campamentos oficiales y el 47% en comunidades de acogida. Se trata de datos oficiales, y nadie duda de que las cifras reales son más elevadas.

Durante esta primavera, las agencias de la Organización de las Naciones Unidas (como OCAH y ACNUR) han calificado la situación humanitaria en Líbano como crítica y en constante deterioro. Según análisis de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC) de la ONU, 1,24 millones de personas (casi 1 de cada 4 habitantes en Líbano) sufren inseguridad alimentaria aguda. Esto se ha agravado por la quema de campos agrícolas en el sur y el aumento de más del 65% en el precio del carburante.

La sociedad libanesa ha demostrado una enorme capacidad de resistencia en los últimos años, pero a la vez está sometida a una enorme presión. Lo que llevamos viviendo desde 2024 ha exacerbado todo lo que ya venía pasando, pues desde 2019 el país atraviesa una crisis multidimensional. Hay un efecto acumulativo de trauma social que afecta en muchos aspectos a la sociedad libanesa”, recuerda a 20minutos la jefa de la delegación de Cruz Roja Española en el Líbano Alejandra Salvat.

Una capital al límite

Desde comienzos de marzo, Beirut, una ciudad ya castigada por la superpoblación, la deficiencia de los servicios públicos, la escasez de vivienda asequible, los cortes de electricidad o la contaminación, es un refugio al aire libre. Centenares de miles de personas han venido en los últimos meses buscando techo sobre todo en su área metropolitana y comarcas vecinas con suerte desigual.

Las más afortunadas encontraron refugio en viviendas de familiares o amigos o lograron alquilar espacios vacíos. Muchos de los que, teniendo medios económicos para hacerlo, intentan arrendar temporalmente se encuentran con el problema añadido del rechazo de los propietarios a alquilar a población de religión chií por el miedo de dar cobijo, sin saberlo, a miembros de Hezbolá —la organización esconde a sus combatientes entre la población civil— buscados por Israel, lo que, a su vez, está incrementando la brecha sectaria en un país en el que el espectro de la confrontación civil nunca se disipó del todo.

Otras personas, también afortunadas, unas 150.000, habitan a día de hoy en los 634 refugios públicos colectivos habilitados (principalmente escuelas), los cuales se reportan completamente desbordados y con graves carencias de privacidad y saneamiento. Para otros muchos la solución pasa por dormir en parques o en los escasos espacios públicos abiertos, como el frontal marítimo de la capital, en tiendas de campaña o en el interior de vehículos.

Por otra parte, las mujeres y niñas representan el 52% de los ocupantes en estos refugios improvisados. La situación para la población femenina es especialmente difícil en las actuales circunstancias. “Albergues superpoblados, falta de privacidad, acceso limitado a agua potable y servicios de salud interrumpidos hacen que la menstruación, el embarazo, la atención postnatal y el cuidado infantil sean significativamente más difíciles e inseguros”, explica a este medio Ghewa Nasr, responsable de la ONG local WingWoman Lebanon, cuya labor principal es la dela defensa de la dignidad y la salud y los derechos sexuales y reproductivos” de las mujeres del Líbano. “Estas condiciones afectan particularmente a las mujeres y niñas, mujeres embarazadas, madres recientes, mujeres con discapacidades y mujeres jefas del hogar”, afirma la activista.

El 1 de junio, vuelta a empezar

Después de un mes de horror para la población civil, la tregua alcanzada por EEUU e Irán el 8 de abril supuso un indudable respiro en el Líbano que no tardaría en mostrarse fútil. En el país de las historias cíclicas y la eterna vuelta a empezar, en la ciudad, Beirut, que —otra manida metáfora— ha sido una y otra vez ave fénix a su pesar, la alegría para quienes habían decidido regresar a sus hogares iba a durar poco. Alegando repetidas violaciones del cese el fuego, el primero de junio el Ejército de Israel llamaba nuevamente a la evacuación del Dahiyeh beirutí. Vuelta a empezar.

“Las renovadas amenazas de ataques israelíes el 1 de junio provocaron otra vez una enorme ola de desplazamiento desde los suburbios del sur de Beirut, con miles de familias huyendo una vez más hacia otras partes de Beirut y el Monte Líbano, muchas hacia refugios ya superpoblados o a casas de familiares y amigos”, recuerda a 20minutos el portavoz de la de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) Dalal Harb.

“Muchos pasaron el día en sus autos esperando a ver cómo se desarrollaba la situación. Esto refleja un patrón más amplio en todo Líbano, donde la gente se ve repetidamente obligada a moverse al ritmo de los ataques israelíes y las órdenes de evacuación, en busca de seguridad, regresando a menudo brevemente durante los períodos de calma solo para huir nuevamente cuando la violencia se reanuda”, detalla.

Esta semana se ha producido uno de esos picos, cientos de miles de personas otra vez con lo mínimo huyendo de sus hogares, pero con incertidumbre, dudando entre volver al norte o quedarse con sus familiares

En medio de la nueva emergencia, la jefa de la delegación de la Cruz Roja Española en el Líbano, Alejandra Salvat, explica a este medio cómo “esta semana se ha producido uno de esos habituales picos, cientos de miles de personas otra vez con lo mínimo huyendo de sus hogares, pero con incertidumbre, dudando entre volver al norte o quedarse con sus familiares”.

Una frágil tregua

La situación en el Líbano sigue siendo extremadamente volátil e impredecible. Aunque los intensos esfuerzos diplomáticos han ayudado a prevenir una mayor escalada en Beirut por el momento, los ataques casi diarios de Israel en el sur del Líbano y otras áreas continúan aumentando la inseguridad, las víctimas civiles y la destrucción generalizada de casas, hospitales e infraestructura civil. Las familias viven con miedo constante, sin saber si o cuándo es seguro regresar a casa”, constata el portavoz de ACNUR en el país levantino. Desde la entidad se denuncia que “a medida que el desplazamiento de población continúa creciendo y se hace cada vez más prolongado, las necesidades humanitarias superan rápidamente los recursos disponibles”.

Así las cosas, en un nuevo giro de guion, la intervención in extremis primero de Trump tras su tensa llamada telefónica al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y la reunión auspiciada en Washington por la Secretaría de Estado entre los embajadores de Israel y Líbano en Estados Unidos permitían esta semana que Beirut y Tel Aviv alcanzaran un acuerdo para la implementación del alto el fuego para el Líbano.

Horas después, no carente de realismo, el presidente de EEUU, Donald Trump, recordaba a sus interlocutores en la Casa Blanca que en esta parte del mundo la tregua equivale a “niveles moderados de violencia”. Y, en efecto, la violencia no se ha detenido en estos tres últimos días. Cierto es que Israel no ha bombardeado los suburbios de Beirut, pero sí sigue castigando objetivos de Hezbolá en el sur y avanzando con sus tropas por el interior del país, y la milicia proiraní continúa enfrentándose a las tropas del Tsahal.

Una parte de los libaneses respira aliviada este fin de semana, pero todos son conscientes de que solo se ha ganado algo tiempo y que un alto el fuego definitivo, por muchas que sean las promesas de las autoridades libanesas sobre un eventual repliegue de su Ejército hacia el sur y el desarme de Hezbolá, exigirá una negociación entre EEUU e Irán, que tendrá que decidir sobre la suerte de la más mimada de sus fuerzas proxy en Oriente Medio.

Estoy muy mal, harta. No quiero buscar trabajo en Beirut, lo que quiero es poder irme del Líbano. El problema es que quiero demasiado a este país.

Finalmente, desde Qlayaa, un pueblo de mayoría cristiana —y, por ende, fundamentalmente a salvo de los estragos de la guerra— situado a pocos kilómetros de la frontera con Israel, la joven Marie Fayad, quien ha evitado marcharse a pesar de la guerra circundante, admite y resume la dolorosa realidad de esta parte del Líbano en un soleado fin de semana de junio.

La localidad se vio sacudida esta semana por la muerte de dos hermanos y su progenitor como consecuencia de fuego de dron israelí que alcanzó su vehículo en la carretera de Khardai cuando los dos jóvenes regresaban de Beirut de hacer un examen. “Estoy muy mal, harta de la situación. No quiero buscar trabajo en Beirut, lo que quiero es irme definitivamente del Líbano. El problema es que quiero demasiado a este país”, confiesa.

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