Mercedes Domecq recibe en un espacio que funciona a la vez como estudio, showroom y declaración estética. Hay manteles bordados, vajillas con grecas, cojines estampados y una sensación constante de casa habitada. Todo responde a la misma lógica que ha convertido a IQ Collection, la marca que fundó junto con su hermana Inés, en uno de los sellos españoles con mayor identidad visual de los últimos años: la reivindicación del detalle frente a la uniformidad contemporánea. “Todo ahora es blanco, minimal y frío”, dice. “Yo no quiero vivir en un hotel”.
Esta semana, el alcalde de la ciudad canadiense de Windsor (provincia de Ontario), Drew Dilkens, anunciaba la inminente apertura al tráfico del controvertido puente internacional Gordie Howe, que conectará Canadá y EE UU entre las localidades de Windsor y Detroit, a finales de esta semana, después de encontrarse durante meses con la oposición de Donald Trump.
"No permitiré que este puente se abra hasta que Estados Unidos sea totalmente compensado por todo lo que les hemos dado y, además, y esto es importante, hasta que Canadá nos trate con la justicia y el respeto que merecemos", denunció el magnate neoyorquino en redes sociales en el mes de febrero, acusando además a su vecino del norte de tratar a Estados Unidos "muy injustamente durante décadas", aunque "ahora la situación está cambiando".
La retahíla de motivos para su oposición fue infinita. Se quejó de que Ottawa poseyera la totalidad del puente y que este hubiera sido construido "prácticamente sin material estadounidense", acusando al Gobierno canadiense de pretender "aprovecharse de Estados Unidos", de quien no obtendría, según él, "absolutamente nada". También afeó al país vecino otros asuntos como el hecho de que "Ontario ni siquiera vende licores, bebidas y otros productos alcohólicos estadounidenses; tiene absolutamente prohibido hacerlo", o los "inaceptables" aranceles canadienses a los productos lácteos estadounidenses, que, según Trump, "ponen a los agricultores en un gran riesgo financiero".
"Con todo lo que les hemos dado, deberíamos poseer, quizás, al menos la mitad de este activo", remató el inquilino de la Casa Blanca.
Como en tantas otras ocasiones, el enfado de Trump cogió a muchos por sorpresa, empezando por el primer ministro canadiense, Mark Carney, quien no tardó en desmentir las afirmaciones del líder de la Casa Blanca. Él mismo quiso informar a Trump de que "Canadá pagó por el puente" más de 4.000 millones de dólares estadounidenses y que en su construcción se habían utilizado materiales y personal de Estados Unidos. "Hay acero de EE UU y trabajadores de EE UU participaron en este proyecto, que lo construyeron. Es un gran ejemplo de la cooperación entre nuestros países", le aseguró.
Lo que olvidó Donald Trump mencionar a lo largo de su queja, fue un apellido, Moroun, vinculado a toda esta historia.
Con más de 2,6 kilómetros de longitud, seis carriles e infraestructura para peatones y ciclistas, el imponente puente atirantado se ha convertido en el más largo de Norteamérica y permitirá el comercio y el turismo entre los dos países. Pero la estructura rompe también con el monopolio del tráfico fronterizo que mantiene desde 1929 el puente internacional de peaje Ambassador, cuyos propietarios, la familia Moroun, están vinculados con el presidente de EE UU, Donald Trump.
El alcalde de Windsor, Drew Dilkens, ya declaró a EFE en febrero que "la familia Moroun ha intentado desde el principio dificultar la construcción del nuevo puente para proteger sus intereses económicos". "Una vez que el puente esté abierto, se calcula que entre el 60 % y el 70 % del tráfico actual del puente Ambassador lo absorba el puente Gordie Howe. Tendrá un impacto dramático e inmediato en el negocio del Ambassador", añadió.
El puente Ambassador fue construido en 1929 y se estima que genera anualmente hasta 270 millones de dólares en ingresos para su propietario, el multimillonario estadounidense de 52 años Matthew Moroun. Este empresario de Michigan es presidente de la Detroit International Bridge Company, la corporación privada que gestiona el puente Ambassador junto con la Canadian Transit Company. Es un hombre de negocios de tercera generación, único hijo del multimillonario Manuel (Matty) Moroun, un hombre hecho a sí mismo que comenzó despachando gasolina y limpiando autobuses en las gasolineras de su padre en Detroit y se convirtió en un magnate del transporte por carretera e inversor inmobiliario que en 1979 compró el puente de construcción privada. Así, construyó una vasta red de transporte y logística que abarca Norteamérica y que le valió un lugar durante un tiempo en la lista de los estadounidenses más ricos de la revista Forbes.
Matty Moroun murió a los 93 años en el 2020. Se estimó su fortuna, en aquel momento, en 1.500 millones de dólares estadounidenses.
La oposición por parte de la familia Moroun a la construcción de otro puente que conecte Canadá con EE UU no es nueva. Lleva décadas ejerciéndola. Pero esa oposición se ha conectado ahora con la de Donald Trump.
Días después de las críticas del presidente estadounidense al proyecto, “The New York Times” desveló que Matthew Moroun donó 1 millón de dólares al comité de acción política MAGA Inc. menos de un mes antes de que Trump amenazara con bloquear la apertura del puente.
Poco antes, el mismo medio ya había informado de que Moroun se reunió con el secretario de Comercio, Howard Lutnick, el 9 de febrero, y que, horas después de la reunión, Lutnick llamó a Trump. Posteriormente, este criticó el puente Gordie Howe cuando en 2017, durante su primer mandato, lo había elogiado como un gran impulso para el comercio entre Estados Unidos y Canadá.
Por último, “The New York Times” también informó que Detroit International Bridge Company, propiedad de los Moroun, pagó 250.000 dólares el año pasado a la firma Brian Ballard, "un importante recaudador de fondos de Trump cuyos clientes han donado millones a MAGA Inc.", y que la firma presionó a la Casa Blanca, al Congreso y al Departamento de Estado "en nombre de la compañía de puentes sobre 'asuntos relacionados con la construcción y operación de puentes internacionales'".
Madrid ha cambiado mucho en los últimos cinco años, por la vía de dejar que el capital y el espectáculo arrolle a lo humano que no puede permitirse un tardeo diario en la calle Ponzano. Pero en lo que no ha cambiado es en su incapacidad para votar a alguien con un mínimo sentido del gusto y la trascendencia
La visita del Papa a España ha servido para recordarnos lo felices que estamos encastillados en nuestras creencias, que nos hemos vuelto bastante insensibles a las desgracias de otros seres humanos, que en este país cambiar de opinión es un pecado capital y que vuelve la rivalidad entre Barcelona y Madrid. Madrid se comportó como lo que es gracias a la acción sostenida del PP durante los últimos 30 años y, especialmente, a la de su baronesa actual, empeñada en vivir en un Miami hecho a su imagen y semejanza, un Miami un poco hortera cuya esencia se resume en una conocida marca de cerveza con h intercalada. El encanto de Madrid, y lo escribo como madrileña, era (es) no tener una identidad definida. El arraigo en la Villa y Corte no tiene sentido porque fue siempre la ciudad de los desarraigados felices e infelices, la gente iba y venía y lo pasaba muy bien y muy mal, la vida en comunidad radicaba en los barrios y no había tradición ni modernidad. Una ciudad estupenda, si me preguntan, para vivir y trabajar pero incapaz de tener un sentido estético refinado y una ética elevada porque eso se educa a lo largo de décadas, quizá siglos, y en Madrid nadie educa ni se deja educar para la ética ni para la estética. Madrid ha cambiado mucho en los últimos cinco años, por la vía de dejar que el capital y el espectáculo arrolle a lo humano que no puede permitirse un tardeo diario en la calle Ponzano. Pero en lo que no ha cambiado es en su incapacidad para votar a alguien con un mínimo sentido del gusto y la trascendencia. De hecho, Madrid es famosa por acoger con los brazos abiertos a cualquier cantamañanas de provincias y elevarlo a la categoría de líder de opinión y también por su incapacidad para organizar un evento de masas que no sea intrínsecamente hortera y también popular. Eso se hizo en la visita del Papa porque Madrid no puede hacer las cosas de otra manera. Recordemos que cuando Manuela Carmena organizó una Cabalgata de los Reyes Magos distinta a la que se venía perpetrando en Madrid no pudo sustraerse al horror: fue tan hortera como siempre pero soliviantó a todo el barrio de Salamanca que querían la horterada rancia de siempre. No hay remedio.
Barcelona es lo que Madrid nunca podrá ser, para lo bueno y para lo malo. Tradiciones arraigadas, sociedad cerrada (a veces a cal y canto), aspiración al refinamiento y la cultura pero también a fantasías sobre el ego y el convencimiento de que la belleza es la llave que abre todas las puertas, hasta la del cielo. Con una orografía opuesta a Madrid (mar y monte contra la meseta infinita), es una ciudad consciente de sus límites que perdió su preeminencia económica e industrial en pleno proceso independentista: 2017 fue el año en el que Madrid superó por primera vez a Barcelona en PIB. En esos años de un procés tan inacabado como la Sagrada Familia, la ciudad cayó en una suerte de marasmo, que alentó un modelo económico de turismo caníbal en lugar del tradicional industrioso, innovador y financiero. Nunca se reconocerá el papel del gobierno de Pedro Sánchez en la construcción de una salida a ese ensoñamiento catalán alentado desde dentro y desde fuera, también desde el Madrid más competitivo. Con la visita del Papa, Barcelona ha escenificado su poderío y su vuelta al ruedo nacional, como alternativa a un Madrid que se lo quiere comer todo, incluidos sus ciudadanos, y lo ha hecho sin la presencia de elementos tan tóxicos como Sílvia Orriols y dando gracias al Altísimo porque el numerito de Míriam Nogueras se produjera en la capital de España.
¿Y el resto de España? Lo que más une a Madrid y Barcelona es la ignorancia de lo que sucede fuera de las fronteras de su abono de transportes, ahora también afectado por la prioridad nacional/regional. El Papa terminó su viaje en Canarias pero madrileños, barceloneses y la prensa adscrita lo habían finalizado antes de que el Pontífice pusiera pie en Tenerife. ¿Os acordáis de lo que vino a decirnos?