Del clavel a la seriedad: la tormenta saca una potente versión de Roca Rey, Talavante y Hernández
Beneficencia nos traía de nuevo a Madrid. A Las Ventas. Al cierre del ciclo continuado. Fuera de abono pero con las figuras. La segunda y última de Roca, la tercera de Talavante y la esperada de Víctor Hernández después de transitar dos de los milagros de San Isidro (que no han sido pocos). El primero de Victoriano fue protestado y de ello al descaste. Poca cosa llegó a la muleta. Talavante no se complicó y nos dejó una estocada baja.
La tarde empezó cuando Víctor Hernández quitó al segundo y Roca replicó. Cuando empieza a haber esas cosas entre los toreros trasciende. Brindó al público y esperó después en los medios de rodillas acercando posiciones para pegarle un pase cambiado por la espalda. El explosivo vino después cuando se le paró a un metro. Aguantar ahí sí que entra en los registros del valor auténticos y de ser capaz de mantener las pulsaciones en orden. Una barbaridad para los sentidos. Por eso la plaza fue un resorte de emoción como respuesta. Intentó faena Roca con la muleta muy por abajo y también punto por fuera. Pronto llegaron las protestas y tan fugaz como habían entrado en faena salieron. Se rajó el toro y en las tablas le entró a matar.
Como si cielo y tierra se pusieran de acuerdo cuando Víctor Hernández paró al tercero se despertó el viento amenazante de tormenta mientras las nubes se tornaban a negruzcas y Antonio, que vende las mejores almendras del mundo, ofrecía chubasqueros. Lo teníamos claro. No había escapatoria. Se fue al Seis a hacer faena para resguardarse del vendaval y fue una pena porque el toro lo hubiéramos visto de otra manera en los medios. Por la zurda vinieron los mejores momentos en esa puesta en escena repleta de verdad y entrega y algunos muletazos espectaculares, por largos y puros. El toro tenía la primera arrancada buena, larga y explosiva, era la de la inercia, según avanzaba y más en esos terrenos, se quedaba más por abajo. La espada demoró lo que había hecho Hernández con ambición y profundidad.
La tormenta se desató en el cuarto con Talavante. Fue tremendo. En nada la plaza era un auténtico barrizal. De ahí el mérito de Alejandro, porque solo estar delante y sacar la faena ya era todo. La espada no le acompañó. De buen juego el toro. El ruedo una piscina.
La plaza estaba impracticable, pero el duelo de fieras hacía que tirarán para adelante como fuera y a pesar del peligro que suponía Roca tiró con el quinto. La vida le desafió más porque fue toro complicado, exigente, mirón, que se la tenía guardada. Expuso y arriesgó Roca como si se tuviera todo que ganar. Firme, con todo, arrestos puro, seguridad en la incertidumbre del toro. Subió hasta la cima y la espada le derribó.
Colocó la cara bien abajo el sexto, pero le costó viajar y eso era muy desafiante por la cortedad del viaje. La honestidad de la faena de Víctor fue abrumadora, hiciera el toro lo que hiciera y más allá de las imperfecciones se imponía la verdad del toreo y la búsqueda de una manera de ser y estar en la plaza que no busca atajos y eso, en estos tiempos, vale mucho. La espada, cómo puede ser esa espada... La espada, en general, no estuvo a la altura de una tarde que era de clavel y acabó siendo para héroes.
Ficha del festejo
Beneficencia. Toros de Victoriano del Río, bien presentados. El 1º, descastado; 2º, noble y a menos, se raja; 3º, repetidor y con transmisión; 4º, de buen juego; 5º,complicado; 6º, humilla pero corta arrancada. Lleno de «No hay billetes».
Alejandro Talavante, de catafalco y oro, estocada caída (silencio); media, dos pinchazos, estocada baja, tres descabellos (ovación).
Roca Rey, de pizarra y oro, estocada baja (palmas); dos pinchazos, aviso, estocada baja (ovación).
Víctor Hernández, de verde hoja y oro, estocada, dos avisos (silencio); estocada baja, aviso (ovación).


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