Contra la superioridad moral del madrugar
Decimos que las cosas importantes suceden en torno a una mesa pero en realidad tienden a pasar sobre una cama: al fin y al cabo, comemos durante una hora al día, pero un tercio de la vida la pasamos acostados. En la cama nacemos y morimos, sufrimos la enfermedad y desciframos el placer, nos tumbamos para descansar y —aún más dulce— para vaguear un poco. De niños nos leen para dormirnos y de adolescentes dejamos de dormir con tal de seguir leyendo un rato más. En la cama arropamos a nuestros hijos como nos arroparon nuestros padres y en la cama, imagen de la vida, descubrimos unos terrores nocturnos y unos sueños pletóricos que después ni la propia vida tiene. En la cama examinamos el día pasado y meditamos en el día por venir: el lucubrum, la vela que se llevaban al lecho los romanos, alumbró nuestro “elucubrar”. La mayoría de los niños de mi época nos criamos en la ambivalencia: si por una parte teníamos la protección de “cuatro ángeles” en las esquinas de la cama, también sufrimos la crueldad de ese “cine de las sábanas blancas” con que nos llevaban a rastras a nuestro cuarto. Tantos años después, al final todos somos ese personaje del que escribió el poeta Pascoli: “Hombre que velas en la estancia / iluminada. ¿Qué te hace velar? / ¿Dolor antiguo o joven esperanza?”. Algunos, claro, llegaron a ser un poco más: Churchill salvó a Europa sin perdonar la siesta con pijama, y Proust alzó la gran literatura de su siglo sin salir de un cuarto tapizado en corcho.

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