Entre los estrenos limitados en cines surgen llegadas revestidas de un carácter especial. La vía de los pases-evento ha sido la fórmula elegida para exhibir en 18 ciudades españolas The Furious, una de las últimas sensaciones entre los amantes de la acción y las artes marciales.
Ganadora del premio especial del jurado en Sitges el año pasado, supone la gran afirmación como director del japonés Kenji Tanigaki, de amplia trayectoria como responsable de las coreografías de acción y del trabajo de los especialistas en títulos de la temática.
Con Bill Kong, detrás Tigre y dragón, Hero o La maldición de la flor dorada, entre los productores, está protagonizada por el chino Xie Miao y el indonesio Joe Taslim, uno de los rostros imprescindibles de la vertiente. Entre los secundarios destacan las aportaciones de Brian Le, Joey Iwanaga, Yahan Ruhian (más de uno identificará al peligroso esbirro del arco) y Jija Yanin.
Crítica de 'The Furious'
Pensar en películas potentes de acción y artes marciales de los últimos 15 años conduce a títulos como Redada asesina (The Raid), su secuela o The Night Comes for Us, sin olvidarse, fuera del cine asiático, de la saga John Wick. Una lista mental que conviene ampliar con The Furious, entregada al despliegue continuo de secuencias imponentes, vibrantes y magnéticas.
El repertorio de coreografías escenificado por Kenji Tanigaki resulta apabullante, hasta el punto de que hay momentos en los que el espectador no tiene capacidad de retener todo lo que ofrecen las peleas y los golpes. En la planificación y la ejecución se detecta el enorme dominio del director, que deja detalles de maestría.
La hongkonesa The Furious se guía por el 'dos contra todos', con Xie Miao (un descubrimiento) y Joe Taslim (figura de dos de los filmes mencionados) mano a mano llenos de rabia frente a una red dedicada al secuestro y la venta de menores. El primero busca salvar a su hija y el segundo, comprobar si su esposa, la periodista que destapa el horrible negocio, sigue viva.
Desde el prólogo y la posterior persecución a la carrera de la furgoneta, Tanigaki hace gala de un sentido hiperbólico que eleva y amplifica en el tramo final con la reaparición del esbirro más 'animal' y la locura vengativa del joven en la cúspide de la organización criminal. Una cargada resolución en la que las peleas se desarrollan a distintos niveles.
El tratamiento de la historia se mueve entre lo correcto y lo funcional sin que se oculte el perfil esquemático. El desarrollo (raro sería lo contrario) está concebido para explayarse en términos de acción en cada uno de los pasajes conforme los protagonistas dan sus contundentes pasos.
No hay en El día de la revelación un momento tan poético como el de la secuencia final de Encuentros en la tercera fase. No esperes de la última película de Spielberg que te haga sentir la fascinación con la que François Truffaut recibía el saludo musical de los alienígenas.
Tampoco parece que esa sea la intención del cineasta que,allá por 1975, cambió para siempre el cine y, de paso, nuestra despreocupación a la hora de bañarnos en el mar.Su nueva incursión en la ufologíaes una película de tesis y no habla tanto sobre la existencia de vida más allá de nuestro planeta, algo que la película da por hecho, sino del derecho que tenemos los humanos a ser informados de la misma.
Por supuesto, como buena película de Steven Spielberg, es, a la vez,una muestra más de su superlativo talento como narrador cinematográfico, de su incuestionabledestreza para el entretenimiento.Mitad película de persecuciones, mitad thriller conspirativo, El día de la revelación sigue a una serie de personajes en su afán por desvelar al gran público las pruebasde la existencia devida no humanainteligenteen la Tierra que el gobierno deEE UUlleva ocultando desde los años 40.
Al siempre sensible y empáticoJosh O’Connor,unwistleblowerdispuesto a revelar esas pruebas, le viene al pelo este típico personajespielbergiano: un tipo corriente que, de buenas a primeras, tiene la suerte del mundo en sus manos y que, en el proceso,pone en riesgo a su familia (en este caso, a su pareja Jane, pero sin niños por medio).
Pero más interesante resulta el personaje desu cómplice en esta misión,unametereólogaque trabaja para una televisión local de Kansas City, y que, también inesperadamente, descubre que es capaz de comunicarse con los extraterrestres.Primero, por lo novedoso de una heroína femenina en una filmografíaen la que no se prodigan las protagonistas. Y, segundo, por el entusiasta trabajo de la actriz que la interpreta, Emily Blunt, actriz quehace la película suya con una facilidad pasmosa, logrando que lasigamos ciegamente en los momentosmás peliagudos y sacando todo el provecho a los apuntes cómicos de su personaje.
Es digno de halago que una película que habla sobre la revelación de información administre tan bien la suya. Porque El día de la revelación combina las tramas de varios personajes, el desvelamiento de los secretos que el gobierno ha ocultado durante décadas sobre su conocimiento y contacto convida no humanainteligente, las reflexiones sobre el caos que esas informaciones van a causar en el mundo, la mirada de la iglesia católica (Spielberg, siempre conciliador), y por supuesto, la acción, la emoción y la intriga que un blockbuster de verano y una película del director de Indiana Jones requieren.
Lo consiguegracias alas dotes habituales de John Williams, a un guion (del propio Spielberg junto a su colaborador habitual DavidKoepp) y un montaje afinado con precisión y también apoyándose enun repartocoralque sumaa Wyatt Russell, Colman Domingoo el malo malísimo Colin Firth a los citados Blunt y O’Connor,a los que siempre estás encantado de seguir cuando la trama salta en su montaje paralelo entre unos y otros.
Spielberg, I Want to Believe
Steven Spielberg cree en los extraterrestres. Cree que han estado aquí, entre nosotros, y que probablemente todavía estén.Su cinees la prueba definitiva de ello, desdeFirelight(corto que dirigióde adolescente) hasta El día de la revelación, pasando, por supuesto, por E.T., Encuentros...,La guerra de los mundos, Inteligencia Artificial I.A. o Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, y eso solo en su faceta de director.Sin obviar, claro, que el propio logo desuproductora lleva unalienincluido.
Pero en el último año el cineasta ha sido bastante vocal al respecto. En el propio tráiler de El día de la revelacióno en las entrevistas de promoción ha dejado claro quecree. Y es desde ahí desde donde hay que leer su nueva película, desde cierta actitud activista a favor de la revelación de las pruebas que atestiguan la existencia devida no humanainteligenteen la Tierra.
Muchos detalles del guion pertenecen directamente a las informaciones que se han filtrado a los medios en los últimos añoso que han sido desclasificadas por el gobiernoy que, no casualmente, se conocen comoDisclosureMovement: por ejemplo, que el gobiernotiene en su posesión tecnología no humanarecolectada en las últimas décadasy que ha practicado ingeniería inversacon ella.
Otros parecen pertenecer (porque uno nunca sabe qué fuentes maneja un hombre del estatus de Spielberg) al terreno de la imaginación y de la ciencia ficción, porque en El día de la revelación se nos presenta una tecnología alienígena quepermite la invisibilidad, la teletransportación y una suerte de posesión de terceras personas. Poderes un tanto peliculeros pero que nada tienen que envidiar a la habilidad que los activistas delDisclosureMovementles atribuyen a nuestros hipotéticos vecinos para activary desactivar armas nucleares.
Pero donde brillaEl día de la revelación en esta deriva fantástica es en otorgar a esa especie alienígena un superpoder del que lamentablemente cada vez carecemos más los humanos. La empatía es, sin duda alguna, la ventaja evolutiva más eficaz en estos tiemposmundiales absurdos que vivimosy que Spielberg menciona de pasada en esos informativos plagados de guerras y tensiones internacionales.Si los extraterrestres existen y es lo que quieren enseñarnos (Spielberg tan optimista siempre), no nos extraña que el director nos intente convencer de que creamos en ellos en estos tiempos en los que es tan difícil creer en cualquier cosa.