Los momentos del viaje del Papa
Cuando estas líneas salgan a la luz, el Papa estará yéndose de España, pero hay mucho que comentar todavía. De los momentos más recientes me permitiría destacar la explicación de Valentina, una niña ciega, que palpando una maqueta de la torre de Jesús, que se estaba inaugurando, dio todo tipo de lecciones: de arquitectura, de teología y de Gaudí. Todavía suena en mis oídos su juvenil voz y su fluidez en el habla. Lo hizo ante el Rey, la Reina y el propio Santo Padre, los tres atónitos escuchándola muy atentos lo mismo que quienes lo hicimos a través de la radio en directo. Si creíamos que el paso de León por Barcelona iba a ser algo como para cubrir un expediente e inaugurar un lugar sagrado estábamos bien equivocados y la presentación ante el mundo de la última fase de la Sagrada Familia fue un espectáculo que nos dejó boquiabiertos. Los catalanes saben de sobra hacerlo; les falla ese afán por resaltar la catalanidad de Gaudí, que está muy bien presumir de los genios que da la tierra, pero lo hacen mal, con poco estilo, aunque esto es lo de menos, lo importante es fue un momento en que aquellas luces resaltaron los detalles de la fachada y la majestuosidad de la nueva torre, mientras los fuegos artificiales marcaron un instante de emoción colectiva.
Eché en falta un recuerdo a Josep María Subirachs, gran amigo mío, a quien vi trabajar incansablemente, dando forma a una de las partes más controvertidas y reconocibles de la Basílica: la Fachada de la Pasión, resaltando su estilo expresionista buscando transmitir dolor, tensión y dramatismo más que belleza clásica, con formas angulosas y geométricas y una extrema austeridad, como él era, viviendo en un apartamento que creó allí, en el propio templo para no alejarse de la belleza que estaba creando.
La Sagrada Familia, en fin, volvió el miércoles a situarse como un símbolo universal de belleza, innovación y patrimonio compartido, subrayando esto último ya que es Barcelona, sí, pero Barcelona también es España.


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