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Descubren el mayor cementerio de ballenas del planeta

A casi siete kilómetros bajo la superficie del océano Índico existe un lugar que parece sacado de una novela de Julio Verne. Allí, en una remota fractura submarina situada entre Australia y la Antártida, los científicos han descubierto el mayor, más profundo y más antiguo cementerio de ballenas conocido. El hallazgo incluye cerca de 500 restos de cetáceos distribuidos a lo largo de más de 1.200 kilómetros de fondo oceánico, algunos de ellos con una antigüedad superior a los cinco millones de años. El descubrimiento, publicado en Nature, ofrece una ventana única a la evolución de las ballenas y a uno de los ecosistemas más extraños del planeta: los llamados whale falls, o "caídas de ballena", comunidades biológicas que surgen cuando el cadáver de un cetáceo se hunde hasta el fondo marino.

Pero comencemos por el principio. El fondo abisal suele ser un lugar extraordinariamente pobre en nutrientes. A varios miles de metros de profundidad apenas llega alimento desde la superficie. Por ello, cuando una ballena muere y su cuerpo se hunde, ocurre algo parecido a la caída de un árbol gigante en medio de un desierto: los restos se convierten en una enorme fuente de energía.

Los primeros en llegar son carroñeros como peces y crustáceos. Después entran en escena bacterias especializadas capaces de aprovechar los compuestos liberados por los huesos en descomposición. Finalmente aparecen organismos extremadamente especializados, entre ellos gusanos perforadores de huesos del género Osedax, estrellas frágiles y moluscos que viven gracias a bacterias quimiosintéticas. Una sola carcasa puede alimentar ecosistemas completos durante décadas.

Los autores del estudio, liderados por Xiaotong Peng, exploraron la llamada Zona Diamantina, una gigantesca fractura submarina del sureste del océano Índico que alcanza profundidades de entre 4.600 y 7.000 metros. Tras decenas de inmersiones detectaron 476 fósiles de cetáceos y cinco comunidades activas asociadas a cadáveres relativamente recientes. Nunca se había documentado una concentración semejante. Eso ha hecho que el hallazgo rompa además varios récords.

No solo se trata del mayor cementerio de ballenas conocido, sino también del más profundo. Hasta ahora, las comunidades activas de "caídas de ballena" se habían observado a profundidades considerablemente menores. En esta ocasión, algunas aparecieron cerca de los 6.800 metros bajo la superficie. Pero uno de los aspectos más sorprendentes del descubrimiento es su antigüedad. Las dataciones indican que los restos más antiguos tienen al menos 5,3 millones de años. Esto significa que la zona ha estado acumulando cadáveres de cetáceos desde antes de que aparecieran los primeros ancestros humanos.

Para ponerlo en perspectiva, cuando algunas de estas ballenas murieron, el Mediterráneo acababa de llenarse nuevamente de agua tras la llamada Crisis de Salinidad Mesiniense y nuestros antepasados apenas comenzaban a caminar sobre sus dos patas traseras por África. Los científicos describen el lugar como una auténtica "necrópolis" marina: un archivo natural que conserva millones de años de historia evolutiva. Y la pregunta es lógica: ¿por qué se acumularon tantas ballenas allí?

La explicación más probable para el equipo de Peng combina biología, geología y pura física. La Zona Diamantina tiene forma de enorme valle en V. Los autore creen que esta topografía actúa como una especie de embudo capaz de concentrar cadáveres procedentes de una amplia región oceánica. Una vez allí, las condiciones ambientales favorecen una conservación excepcional.

Además, muchos de los fósiles pertenecen a zifios o ballenas picudas, un grupo famoso por realizar algunas de las inmersiones más profundas del reino animal. Estos cetáceos pueden descender varios kilómetros en busca de calamares y peces de aguas profundas. Sus huesos son extraordinariamente densos, lo que aumenta las probabilidades de preservación durante millones de años. La combinación de huesos muy compactos, bajas tasas de sedimentación, temperaturas extremadamente frías y la acumulación de minerales sobre los restos parece haber convertido el lugar en una cápsula del tiempo submarina.

Pero, por si esto fuera poco, hay más. Entre los fósiles recuperados, el equipo de Peng identificó una especie extinta de zifio que no había sido descrita anteriormente. La bautizaron Pterocetus diamantinae, en honor a la propia Zona Diamantina donde fue encontrada. Su descubrimiento demuestra que este gigantesco depósito de fósiles todavía puede esconder numerosas especies desconocidas para la ciencia.

Esto convierte al “cementerior sumergido” en, simultáneamente, un museo y un laboratorio vivo. Mientras algunos esqueletos llevan millones de años fosilizándose, otros siguen alimentando ecosistemas activos repletos de organismos especializados. Es como si los paleontólogos hubieran encontrado un bosque donde convivieran árboles petrificados del Mioceno junto a árboles vivos creciendo sobre el mismo terreno.

Los autores creen que podrían existir otros cementerios similares ocultos en distintas regiones profundas del planeta. Pero hasta ahora ninguno se había revelado con tanta claridad. La necrópolis de la Zona Diamantina demuestra que los océanos todavía conservan enormes archivos naturales de la historia de la vida. Y que, incluso en las regiones más remotas y oscuras de la Tierra, la muerte de una ballena puede convertirse en el origen de un mundo entero.

© Global TREnD, IDSSE

Restos de las ballenas encontradas en el lecho submarino
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Mundial 2026: La enfermedad que más preocupa a la OMS

Cuando más de seis millones de aficionados comiencen a desplazarse entre Estados Unidos, Canadá y México para asistir al Mundial de Fútbol de 2026, no solo viajarán camisetas, banderas y pasiones deportivas. También lo harán millones de microorganismos invisibles. Los grandes acontecimientos internacionales siempre han representado un desafío para la salud pública. Aeropuertos abarrotados, estadios llenos, hoteles, transportes públicos y zonas de aficionados crean las condiciones perfectas para que los patógenos viajen junto a las personas.

Sin embargo, contra lo que podría parecer, la principal preocupación de los epidemiólogos no es el ébola, ni una nueva pandemia desconocida, ni siquiera la gripe aviar. La enfermedad que más inquieta actualmente a las autoridades sanitarias es el sarampión, el virus más contagioso conocido por los humanos, de acuerdo con el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC).

La razón es sencilla: una persona infectada puede transmitir el virus simplemente respirando en una habitación. El patógeno puede permanecer suspendido en el aire durante hasta dos horas después de que el enfermo haya abandonado el lugar. En una población sin inmunidad, una sola persona puede contagiar a entre 12 y 18 individuos, una cifra muy superior a la de la gripe o incluso muchas variantes del coronavirus.

“El sarampión es lo que más me preocupa”, afirmaba recientemente la especialista en enfermedades infecciosas Krutika Kuppalli, profesora de la Universidad de Texas Southwestern, en declaraciones a The Washington Post. El problema no es solo su capacidad de propagación, sino el contexto actual. Durante años, muchos países consideraron el sarampión prácticamente controlado gracias a las campañas de vacunación. Sin embargo, la situación ha cambiado.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha alertado de que los casos están aumentando rápidamente en todo el continente americano justo cuando se acerca el Mundial. Hasta mediados de mayo se habían confirmado más de 20.000 casos y 25 fallecimientos en la región, una cifra que cuadruplica los registros del mismo periodo del año anterior.

México ha registrado más de 10.000 casos desde principios de año. Estados Unidos ronda los 2.000 y Canadá también ha experimentado importantes brotes. Según la OPS, la inmensa mayoría de los afectados no estaban vacunados o se desconocía su estado vacunal. Por sí mismo, un partido de fútbol no genera una epidemia. Lo que preocupa a los expertos es el extraordinario movimiento de personas que rodea al torneo.

Por primera vez en la historia, un Mundial se celebra simultáneamente en tres países distintos. Durante más de un mes, millones de personas viajarán continuamente entre sedes separadas por miles de kilómetros. Desde el punto de vista epidemiológico, es una especie de experimento a gran escala: individuos procedentes de más de cien países mezclándose en espacios cerrados y regresando después a sus lugares de origen.

Un viajero infectado puede atravesar varios aeropuertos, alojarse en hoteles, utilizar transportes públicos y asistir a distintos partidos antes incluso de desarrollar síntomas. Por eso la OPS ha pedido reforzar la vigilancia epidemiológica, aumentar la capacidad de detección rápida y promover activamente la vacunación entre los viajeros. La situación deja una enseñanza curiosa. Las mayores amenazas sanitarias no siempre proceden de enfermedades nuevas. A veces llegan de patógenos conocidos que parecían haber desaparecido.

El sarampión fue durante siglos una de las principales causas de mortalidad infantil. La introducción de la vacuna transformó radicalmente ese panorama. En muchos países, las nuevas generaciones apenas han visto casos de la enfermedad. Sin embargo, cuando disminuyen las tasas de vacunación, el virus encuentra de nuevo oportunidades para propagarse.

Los expertos no esperan que el Mundial desencadene una gran crisis sanitaria internacional. Las autoridades de los tres países llevan años preparando sistemas de vigilancia específicos para el torneo. Pero sí consideran que el campeonato será una prueba importante para la salud pública global en una época marcada por la recuperación desigual de las coberturas vacunales.

En cierto modo, el Mundial de 2026 servirá para algo más que coronar al mejor equipo del planeta. También mostrará hasta qué punto las sociedades modernas siguen siendo capaces de contener enfermedades que la ciencia aprendió a prevenir hace más de medio siglo.

© AP

Avalancha en el estadio de Heysel en la final de la Copa de Europa entre Liverpool y Juventus
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Alemania presenta una “cúpula de hierro móvil” para ejércitos en movimiento

En las guerras del siglo XXI, un dron que cabe en una mochila puede representar una amenaza tan seria como un avión de combate. El problema es que aparece sin previo aviso y puede hacerlo mientras un ejército entero está en movimiento. Hoy el panorama es mucho más complejo. Un ejército moderno puede enfrentarse simultáneamente a drones de reconocimiento, drones kamikaze, helicópteros, aviones de combate, misiles de crucero e incluso enjambres de vehículos no tripulados. El problema no es solo detectarlos. También hay que hacerlo mientras las tropas avanzan.

Esa necesidad ha impulsado una nueva generación de sistemas de defensa aérea móviles, capaces de desplazarse junto a las unidades terrestres y proporcionar protección casi instantánea. Alemania acaba de presentar uno de los ejemplos más recientes: el IRIS-T SLS MK 4, una evolución de su conocida familia de sistemas antiaéreos IRIS-T. Básicamente una “cúpula de hierro sobre ruedas”.

Tradicionalmente, un sistema de defensa aérea requiere varios vehículos: uno para el radar, otro para el centro de mando y otros para los lanzadores de misiles. El nuevo IRIS-T SLS MK 4 reúne todos esos elementos en una única plataforma móvil. Radar, sistema de mando y control, sensores y misiles viajan juntos.

Según Diehl Defence, la empresa alemana responsable del proyecto, el objetivo es disponer de una solución "todo en uno" capaz de desplegarse rápidamente allí donde sea necesaria. La elevada automatización del sistema también reduce el número de operadores requeridos y permite responder con gran rapidez ante amenazas inesperadas. La idea recuerda a la evolución de los teléfonos móviles. Lo que antes exigía varios dispositivos separados (teléfono, cámara, navegador GPS o reproductor de música) terminó concentrándose en un único aparato. El IRIS-T SLS MK 4 sigue una filosofía parecida aplicada al campo de batalla.

La guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto un desafío que apenas existía hace unas décadas. Los drones son relativamente baratos, pueden atacar en grandes cantidades y obligan a mantener una vigilancia permanente. En algunos casos, un aparato de unos pocos miles de euros puede amenazar vehículos o infraestructuras valoradas en millones. Por eso los sistemas modernos de defensa aérea ya no están diseñados únicamente para interceptar aviones. Deben ser capaces de detectar y neutralizar objetivos mucho más pequeños y difíciles de localizar.

El nuevo sistema alemán está pensado específicamente para proteger tropas en movimiento e infraestructuras críticas frente a amenazas aéreas de baja altitud. Su alcance efectivo ronda los 12 kilómetros y puede interceptar objetivos a alturas de hasta 6 kilómetros. Quizá una de las características más llamativas del proyecto sea una capacidad denominada "fire-on-the-move". En términos sencillos, significa que el vehículo podrá lanzar misiles sin necesidad de detenerse completamente.

Puede parecer un detalle menor, pero representa una ventaja importante en un entorno donde permanecer quieto aumenta las posibilidades de ser localizado y atacado. Es el equivalente militar a intentar cambiar una rueda con el coche en marcha: una tarea técnicamente compleja, pero que ofrece una enorme ventaja operativa cuando se consigue.

Para ello utiliza el misil IRIS-T, un proyectil originalmente diseñado para combate aire-aire y posteriormente adaptado para lanzamiento desde tierra. Este misil constituye el núcleo de varios sistemas de defensa europeos y ha demostrado una elevada eficacia en servicio. Los estrategas militares suelen comparar la defensa aérea con una cebolla. La protección más eficaz no depende de un único sistema, sino de varias capas superpuestas capaces de interceptar amenazas a diferentes distancias.

Los sistemas de corto alcance actúan como la última línea de defensa. Más allá operan sistemas de alcance medio y largo capaces de detectar y destruir amenazas antes de que se aproximen. El IRIS-T SLS MK 4 forma precisamente parte de esa arquitectura escalonada desarrollada por Alemania y otros países europeos. Dentro de la familia IRIS-T existen variantes capaces de cubrir distancias mucho mayores, creando una red de protección integrada.

“También es posible la integración de efectores adicionales, como el misil electrónico C-UAV CICADA de Diehl Defence o una estación de armas – aclaran los fabricantes -. El sistema SLS ya está completamente integrado en el concepto de defensa aérea multicapa de Diehl Defence. Como sistema de defensa aérea con capacidades preparadas para el futuro, el IRIS-T SLS MK4 garantiza un alto rendimiento en escenarios de amenazas dinámicas”.

© Diehl Defense

El próximo objetivo es aumentar el alcance y la altura del sistema
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Dos meses para el eclipse que va a oscurecer España

Es una conjunción única y si bien se da en otros planetas del sistema solar (menos en Mercurio y en Venus), la Tierra tiene una particularidad: solo tiene una luna que se interponga entre el planeta y el Sol, lo que hace que un eclipse sea único: Marte tiene 2 y, en el otro extremo, Saturno, con 146 lunas. Eso nos da una exclusividad cósmica.

El 12 de agosto de 2026, la Luna se interpondrá entre la Tierra y el Sol y proyectará sobre nuestro planeta una sombra de apenas unos cientos de kilómetros de ancho. Esa sombra recorrerá el Atlántico Norte, cruzará Groenlandia, Islandia y llegará a la Península Ibérica. Y durante unos minutos, pasará exactamente por aquí. Y el aquí, para quien escribe, significa Luarca, justo en el centro de la franja de la totalidad. No es una forma de hablar. La sombra de la Luna viajará a más de 2.000 kilómetros por hora y uno de los lugares situados cerca del centro de su trayectoria será esta villa asturiana.

Resulta extraño pensarlo. Durante años uno contempla el mismo puerto, las mismas playas, los mismos acantilados y el mismo horizonte. Y, un día, por una combinación exquisita de mecánica celeste, ese pequeño rincón del Cantábrico se convierte en uno de los mejores lugares del planeta para observar un fenómeno que ha fascinado a la humanidad desde mucho antes de que existiera la astronomía.

Los eclipses totales de Sol son relativamente frecuentes a escala planetaria. Se produce alguno cada año y medio aproximadamente en algún lugar de la Tierra. Lo excepcional es que ocurran en el mismo sitio. La última vez que la España peninsular contempló un eclipse total fue el 30 de agosto de 1905. Han pasado más de ciento veinte años. Varias generaciones completas de españoles nacieron, vivieron y murieron sin tener la oportunidad de ver uno desde su propio país.

Cuando la oscuridad caiga sobre Asturias en agosto de 2026, ningún habitante de España habrá vivido antes una experiencia semejante. Y eso convierte este eclipse en algo más que un acontecimiento astronómico. La geometría de un eclipse total es tan precisa que parece casi imposible. El Sol tiene un diámetro unas cuatrocientas veces mayor que el de la Luna. Sin embargo, también está unas cuatrocientas veces más lejos. Gracias a esta coincidencia extraordinaria ambos cuerpos presentan prácticamente el mismo tamaño aparente en el cielo. Por eso la Luna puede cubrir exactamente el disco solar y cuando ocurre, el día se transforma. Las sombras se vuelven extrañas. La temperatura desciende. Las aves modifican su comportamiento. El horizonte adquiere los colores de un atardecer simultáneo en todas las direcciones.

Y entonces aparece la corona solar: la atmósfera exterior del Sol, normalmente invisible debido a su intenso brillo. Es una visión tan poco habitual que muchos astrónomos la describen como una experiencia emocional antes que científica. Lo más sorprendente es que el de 2026 no llegará solo. España vivirá una secuencia excepcional de eclipses. Tras el eclipse total del 12 de agosto de 2026 llegará otro eclipse anular en agosto de 2027 y un nuevo eclipse total en enero de 2028. Los astrónomos españoles ya hablan de una auténtica "trilogía ibérica".

Sin embargo, el de 2026 posee algo especial. Ocurrirá al final de la tarde, cuando el Sol se encuentre relativamente bajo sobre el horizonte occidental. La totalidad coincidirá con la luz del verano asturiano, creando unas condiciones fotográficas y paisajísticas extraordinarias. No será simplemente un eclipse observado desde Asturias. Será un eclipse sobre Asturias. La sombra atravesará montañas, valles, pueblos marineros y acantilados. Durante unos minutos, el Cantábrico reflejará una noche imposible en pleno mes de agosto.

Después habrá que esperar Lo que hace verdaderamente único este acontecimiento no es únicamente lo que veremos, sino el tiempo que tardará en repetirse. Por eso los cazadores de eclipses recorren miles de kilómetros para perseguir unos pocos minutos de oscuridad. En agosto de 2026, por una vez, serán ellos quienes viajen hasta nosotros. Y lo harán por millones, si tenemos en cuenta que en 2024 se desplazaron cerca de 7 millones de personas para ver el eclipse de aquel año, según la NASA. Quizá esa sea la mejor forma de entender la magnitud del acontecimiento. No seremos espectadores que acuden a ver un eclipse. Seremos habitantes de uno de los pocos lugares del mundo donde ocurrirá.

Quienes han contemplado un eclipse total suelen coincidir en algo curioso: recuerdan perfectamente dónde estaban cuando ocurrió. Como si durante unos minutos hubieran visto el mecanismo del sistema solar desde su casa. Y lo hubieran comprendido... con lo complejo que puede ser esto, teniendo en cuenta que habitamos sobre una roca que se desplaza a decenas de miles de kilómetros por hora por el cosmos, girando alrededor de una estrella que viaja, inevitablemente, hacia el agujero negro en el centro de su galaxia.

© NASA

Diagrama de un eclipse solar y de la zona de cobertura
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