Ponemos nota a El Campero, en la calle Lagasca
Madrid tiene una capacidad infinita para convertirlo todo en acontecimiento. Llega un restaurante con historia, se rehabilita un palacete, se encienden las luces adecuadas, se descorchan unas cuantas botellas y la ciudad, que nunca tuvo problemas de apetito, acude en tropel. Así ha sucedido con El Campero, desembarcado en el barrio de Salamanca con el aval de una leyenda gaditana y el músculo empresarial de Azotea Grupo. La pregunta no es si hay público. Lo hay. La pregunta tampoco es si hay producto. Lo hay. La pregunta, más resbaladiza, es si Barbate cabe de verdad en la calle Lagasca.
El espacio impresiona. No estamos ante una sucursal perezosa ni ante un decorado de franquicia con cuatro guiños marineros puestos a la carrera. Hay inversión, oficio de interiorismo y voluntad de levantar una casa seria. El palacete rehabilitado se despliega con empaque, con esa mezcla de luz, madera, piedra, redes, texturas naturales y cierta elegancia atlántica domesticada que tan bien funciona en la capital. Todo resulta cómodo, amplio, organizado, quizá demasiado perfecto para quien busque el pellizco áspero del origen. Pero tampoco conviene ponerse estupendos: Madrid no es Barbate, ni falta que le hace. Madrid tiene otras liturgias.
La carta mantiene el corazón del asunto. Aquí se viene a comer atún rojo de almadraba y a recorrer sus cortes como quien consulta un mapa antiguo. Está la gilda de tarantelo, bocado limpio y simpático, con ese punto salino y graso que funciona como saludo inicial. Está la tosta de atún con trufa, ya casi pieza de repertorio, de esas que el público pide con la seguridad de quien entra en una iglesia y busca el altar mayor. Están los crudos, los sashimis, los guiños japoneses y esa pedagogía del ronqueo que en El Campero fue siempre más que una moda.
Pero donde una casa de atún se la juega de verdad es en el fuego. El tarantelo a la plancha, ese corte noble de la parte baja, llega con buena materia y ejecución correcta. Correcta, que no es poco, aunque quizá el punto roce ese peligro leve de pasarse. La plancha exige una precisión casi moral: un minuto de más y el atún deja de ser emoción para convertirse en plato cumplidor. Aquí se salva por el producto, que tiene fondo, grasa y memoria. Pero uno espera siempre algo más de temblor en una casa que enseñó a España a mirar al atún de otra manera.
También aparece el atún con tomate y huevo frito, plato de raíz popular, casi doméstico, de esos que no necesitan pedir permiso a la modernidad. Ahí El Campero se acerca más a su verdad antigua. El tomate manda, el huevo acompaña, el atún se deja envolver por una memoria de cocina andaluza sin demasiada literatura. Es quizá en esos platos menos solemnes donde se entiende mejor la grandeza original de la casa: cuando el atún no posa, sino que se sienta a comer con nosotros.
Los postres juegan otro partido. Los mini filipinos tienen gracia, esa travesura de final dulce que busca la sonrisa del comensal madrileño, tan dispuesto al guiño como al pecado. El chocolate en texturas cumple con el ritual contemporáneo de cerrar con intensidad, aunque ya sabemos que estas arquitecturas golosas a veces emocionan menos que un flan bien hecho. No es reproche, sino constatación. La alta hostelería actual teme demasiado a la sencillez.
Y queda el asunto de fondo, que no conviene convertir en sermón, pero tampoco esconder debajo del mantel. Hay restaurantes que nacen de una vida y otros que nacen de un diseño. Los primeros tienen torpezas, manías, aristas, una forma propia de mirar al cliente y hasta de equivocarse. Los segundos suelen tener mejores sillas, mejor luz, mejor cuenta de explotación y una eficacia admirable. El problema aparece cuando un grupo entra en una casa que se hizo importante desde la intemperie y, con la voluntad de ordenarla, acaba domesticándola. No la destruye. Sería injusto decir eso. La deja más cómoda, más fotografiable, más exportable. Pero en ese proceso puede limarle la identidad hasta convertir el alma en concepto, el origen en decorado y la memoria en una amable línea de carta.
El Campero nació de Barbate, no de una presentación de marca. Nació de un producto que formaba parte de la vida diaria, de una familia y de un fundador que convirtió el atún en destino, oficio y casa. Ahí estaba el alma. En la obsesión, en la cercanía al puerto, en el conocimiento casi corporal de cada corte, en esa entrega que no se aprende en una escuela de negocio. Cuando esa presencia desaparece y el restaurante entra en otra escala, la cuestión no es si se come bien. Seguramente se come bien. La cuestión es si todavía se reconoce la vieja respiración de la casa o si solo queda una versión impecable de lo que fue.
¿Importa? Depende de lo que uno vaya buscando. Si se quiere comer buen atún en Madrid, El Campero ofrece una respuesta sólida, cómoda y bien armada. Si se busca Barbate, quizá convenga recordar que Barbate no cabe entero en un palacete. Ni falta que hace. Lo que sí cabe exigir es que el éxito no termine confundiendo la identidad con su escenografía. Porque hay grupos que salvan restaurantes, los profesionalizan y les dan futuro. Y hay otros que, sin romper nada a simple vista, les roban lo más difícil de nombrar. El atún viaja bien. El alma, bastante peor.
LAS NOTAS
BODEGA 6,5
COCINA 6,5
SALA 6,5
FELICIDAD 6,5
GHGHG


© PHOTOGRAPHERS
@ Gonzalo Pérez
