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La sangre derramada de 'La Barraca' de Magüi Mira que acerca al presente la novela de Blasco Ibáñez

La sangre derramada de 'La Barraca' de Magüi Mira que acerca al presente la novela de Blasco Ibáñez

La directora escénica adapta poéticamente, pero de manera fiel, la adaptación protagonizada por Daniel Albadalejo

Juan Mayorga reaviva las cenizas de la memoria histórica en 'El jardín quemado'

La palabra insurrecta y la profundidad política de La Barraca de Vicente Blasco Ibañez ha llegado por primera vez a escena. Magüi Mira dirige una sintética adaptación en la que consigue plasmar toda la fuerza del escritor valenciano ante la injusticia y acercarla al presente con una puesta en escena nada costumbrista. No hay barraca, no hay casita, no hay siglo XIX. En cambio, un espacio vacío va llenándose de territorio, de albufera, de sangre y de sudor de unos actores entregados a una propuesta física, violenta y animal.

Llevan una larga gira desde que la obra se estrenó en Albacete hace casi un año. Más de cincuenta funciones, con más de 80 sacos a cuestas llenos de un caucho rojo que en escena serán símbolo de esa tierra cultivada con sangre. Ahora, están en temporada en el Teatro Fernán Gómez de Madrid hasta el 21 de junio. Luego seguirán de gira: San Javier, en agosto; Salamanca, Murcia y las Palmas, en octubre; Galicia, en noviembre, y cerrarán el círculo, ya en diciembre, otra vez en Hellín (Albacete).

El montaje está aupado por un elenco de ocho actores encabezados por Daniel Albadalejo —Batiste, un campesino que viene de fuera a trabajar las tierras del amo— y Antonio Hortelano, que interpreta con gran fuerza a Pimentó, labriego embrutecido, alcoholizado, al que sus amos han dado la confianza de administrar las aguas y que lidera la voz del pueblo que acabará matando al hijo de Batiste y quemando su Barraca. El odio al que viene de fuera, el analfabetismo, el hombre reducido a bestia por la explotación laboral… Un panorama que un joven Blasco Ibáñez de 30 años reflejó con crudeza y maestría en 1889.

La obra de teatro de 'La Barraca'.
La obra de teatro de 'La Barraca'.

La versión está escrita por Marta Torres. “Fue ella quien tuvo esta gran idea. Cuando me la ofreció, me palpitó el cuerpo entero, me puse a temblar”, confiesa a este periódico Magüi Mira, quien dice conocer muy bien de lo que habla Blasco Ibáñez en la novela. “Soy valenciana y me he criado en la huerta, hay vivencias que nadie me tiene que explicar”, señala esta mujer nacida en 1944, que dice recordar muy bien lo que era el hambre.

Magüi Mira comenzó como actriz en los 70 con José Sanchis Sinisterra. Lo ha hecho todo en teatro. Al preguntarle por la posguerra dice recordar, como si fuera ayer, su infancia con su abuela, con quien la mandaban porque en el pueblo había comida. “Me acuerdo cuando anochecía que salíamos a recoger lo que hubiese en el huerto, un pequeño calabacín, un tomate, para así poder comer algo. Recuerdo a mi abuela diciéndome, mira por ahí Magüisa, a ver si encuentras algo”, evoca con la mirada en otro lugar.

“Me acuerdo de mi tío Pepe que tenía un horario muy restringido para abrir la portezuela del canal y así poder regar, justo como en la novela; y también me acuerdo de no tener luz ni agua, de limpiarme en un balde de estaño con lo que tuviera, con una piedra o una hoja de nogal”, recuerda Mira, y añade que, cuando le llegó el proyecto, se le levantó la niña de posguerra que lleva dentro. “Y se me levantó también con lo que está pasando hoy, que seguimos en la misma salvajada. ¿Acaso solucionamos los conflictos con la palabra? No, seguimos enfrentando a los unos con los otros, seguimos con los pies en el mismo barro y enfrente tenemos esa enorme hipocresía, como hemos podido ver en el Congreso con los siete minutos de aplausos al Papa. Siete minutos de hipocresía total”, zanja.

Blasco Ibáñez y la prioridad nacional

La directora ha urdido un espacio simbólico con unos grandes espejos móviles al fondo de la escena, ideados por los escenógrafos Curt Allen y Leticia Gañán, donde todo es reflejo, donde la palabra de Blasco Ibáñez se expande. Porque la fuerza de la propuesta es el reflejo que nos llega desde ese siglo XIX, en teoría tan alejado, hasta hoy en día. “Sí, pero es importante que la palabra que se dice en escena sea tan solo la del autor, no hay más”, apunta Mira, que ha dotado al elenco de una unidad a través de un registro donde la palabra surge del cuerpo. Una apuesta muy física que la directora acompaña de una coreografía coral a cargo de Marta Gómez.

Una escena de 'La Barraca'.
Una escena de 'La Barraca'.

Daniel Albadalejo no es nuevo en estas lides. Aunque el público lo conozca más por sus montajes con Juan Mayorga o su paso por el teatro clásico a manos del director Eduardo Vasco, este murciano comenzó su andadura en una de las experiencias más hondas y experimentales de la historia escénica española, la de la compañía Arena Teatro dirigida por Esteve Grasset. “Cuando Magüi Mira me propuso esta manera de hacer, para mí fue volver de repente a un sitio que me resulta fascinante, que es encontrar la emocionalidad a partir del propio trabajo físico”, explica. Al final de la obra, cuando ya la barraca ha sido quemada y su familia es de nuevo expulsada a la intemperie y la indigencia, su personaje portará a su hija, que se retuerce sobre su espalda y su cuello (una estupenda Elena Alférez) como un cofrade de Semana Santa sujeta a su virgen, con creencia y dignidad.

La obra consigue tener una dureza extrema, pues la distancia se borra y el dolor de esa familia que es rechazada por ser “de fuera” es imposible que no resuene hoy en día. Se puede palpar la sorpresa de los espectadores que esperaban el típico montaje “costumbrista” que situase la acción en aquella lejana Valencia. Magüi Mira afirma que ella ha preferido trabajar con el concepto. “He buscado la esencia, la poética escénica que pudiese albergar la palabra del autor, pero desnuda, en esencia”, explica.

Al preguntarle a Albadalejo por la experiencia de llevarla por toda España, por esos grandes teatros como el Palacio de Festivales de Santander, el Jovellanos de Gijón, el Campoamor de Oviedo, el Cervantes de Málaga o el Arriaga de Bilbao, el actor destaca sobre todo la impresión de ver los teatros repletos hasta el gallinero. “Cuando sales a decir el primer monólogo y ves el teatro así, caray, te emocionas”, explica. “Pero lo fuerte ha sido ver a la gente realmente tocada, tras la función muchos vienen a verte, te quieren tocar, abrazar, dar las gracias. Tengo el WhatsApp lleno de mensajes muy descarnados. Eso hacía mucho que no me pasaba, al final lo que más le importa al actor es que le agradezcan, ahí te tocan la patata”, confiesa.

La obra de 'La Barraca'.
La obra de 'La Barraca'.

Albadalejo, que ahora está grabando casi a diario para la serie Sueños de libertad, en la que interpreta al capellán don Agustín y se mete jornadas de más de 14 horas entre el teatro y el plató, recuerda una función con especial cariño, cuando al terminar fueron al Teatro Olympia de Valencia, un espacio que antes fue la cárcel conde justo hace 100 años encarcelaron a Blasco Ibáñez por luchar contra los carlistas. “Que resonaran ahí sus palabras con la sociedad valenciana presente fue muy emocionante”, explica sobre este montaje en el que precisamente en su última escena suena el himno valenciano en una versión de Santi Martínez.

“Pero no se trata solo de la sociedad valenciana, el discurso de Blasco Ibáñez se expande hasta lo global. Viendo la obra es imposible no acordarse de Torre Pacheco, de los niños de Gaza, de los desplazados, de los desahuciados”, afirma este actor, que además confiesa que para este papel está bebiendo del presente para construirlo día a día. “Tendrías que ver el cuaderno que llevo, lleno de imágenes, de noticias, de músicas… Estos días claro que pienso en esa mujer desahuciada de 87 años, Maricarmen, y en esas palabras de Juan Diego Botto que fueron toda una lección. Hace cuatro días, al sur de Italia, quemaron vivos a cuatro jornaleros de Pakistán y Afganistán en un coche al que le cerraron las puertas. Yo soy de Murcia, donde no es la primera vez que hemos encontrado jornaleros de Mali asesinados y enterrados en cal viva en los pozos… Todo eso me remueve por dentro y me lo llevo a escena para poder interpretar a Batiste con toda la honestidad de la que soy capaz”, concluye.

Magüi Mira detalla a su vez otra reflexión nada desdeñable. “Al final de la obra, Pimentó, que tiene una situación privilegiada respecto a otros jornaleros, confiesa: 'La marquesa me va a desahuciar, me quita las tierras'. Esto es importante, no hay uno de fuera y otro de dentro, los dos viven la misma opresión, son pobres a los que se enfrenta. Ese espejismo es el mismo que el de la actual 'prioridad nacional'”.

Hay una escena de la obra, casi al final, hiperviolenta, donde todo el elenco se embrutece hasta la animalidad a base de cazalla y odio en una taberna del infierno, donde el pueblo se ahoga en su miseria. Una escena estupenda que recuerda incluso a Las bacantes de La Cuadra de Sevilla, a los primeros Atalaya, a la fuerza posterior de algunas obras de Calixto Bieito, a un teatro que alguien podrá tildar de ya pasado, pero que en manos de esta directora retorna con la fuerza de la palabra Blasco Ibáñez, ese socialista y republicano incapaz de quedarse indiferente ante la injusticia.

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La 'buena vida' de Carolina África: una defensa de la sanidad pública y la cultura de los cuidados

La 'buena vida' de Carolina África: una defensa de la sanidad pública y la cultura de los cuidados

El actor Jorge Kent ofrece una de las mejores interpretaciones de su carrera en el papel de un enfermero que encarna la resiliencia de toda una profesión en 'Una buena vida'

Juan Mayorga reaviva las cenizas de la memoria histórica en 'El jardín quemado'

Carolina África ha levantado una obra de teatro donde la emoción, como pocas veces, explota en la platea. El público que asiste a ver la obra se conmociona con esta historia cotidiana de unos personajes atrapados en la tragedia de la pandemia del covid-19 y una sanidad pública que se tambalea. Una buena vida es un alegato en defensa de la cultura de los cuidados y la sanidad pública, una pertinente crítica al desmantelamiento de lo social. Pero esta obra pequeña y en apariencia simple —en el Teatro María Guerrero de Madrid hasta el 21 de junio— es también una acusación a una sociedad enferma y amnésica.

La tragedia que provoca esa catarsis entre el público no se debe tan solo al sufrimiento de los personajes, sino también a la verdad que esta obra pone frente al espectador: la de un país que ya ha olvidado lo que pasó, la de una sociedad que salía con denuedo a los balcones a agradecer a los sanitarios, pero que hoy ya ni se acuerda. Una buena vida trata sobre la trágica capacidad del hombre contemporáneo en olvidar las cosas que decidió que eran importantes.

La trama es sencilla: una mujer (la propia Carolina África) resbala a la salida del hospital cuando sale de haber parido a su hija. Se fractura el pilón tibial y ha de estar internada varias semanas. El resbalón es debido a que todavía quedan restos de la borrasca Filomena. Es enero de 2021 y el hospital está con nuevas restricciones ante una nueva ola del covid-19. La mujer está en una habitación con Teresa (Ahimsa), una enferma mayor con demencia senil, y la cuida un atento enfermero (Jorge Kent).

La historia surge de una vivencia personal de la propia autora, pero la obra no tira del género de la autoficción. En escena se respeta la unidad de tiempo y espacio y las actuaciones son de un realismo descarnado, de un naturalismo muy cotidiano. Pero África compone un dispositivo que, aunque tarde en aparecer y tenga algo de efectista, quebrará la obra.

El universo de esta creadora escénica, que comenzó hace 15 años con su compañía La Belloch, es reconocible, particular. Es el suyo un teatro de las emociones, un teatro que parte de lo cotidiano, de personas de carne y hueso. La autora poco a poco va mostrando sus intimidades y sus miedos, hasta que los pliegues y complejidades de cada personaje afloran. En sus obras, África une crudeza y humor, aunque a veces tiende a dulcificar, a embellecer en exceso, a dejarse llevar por la ternura imaginada de sus personajes. Todo esto está en esta obra, pero en esta ocasión sale victoriosa.

Ahimsa en la obra 'Una buena vida'.
Ahimsa en la obra 'Una buena vida'.

Las causas son varias. Por un lado, consigue que el efecto teatral del final de la obra funcione, conmueva hasta la parálisis del teatro. Cuando ocurre, no lo vamos a contar, hay un silencio en que uno puede escuchar hasta el temblor de las butacas vecinas. Por otro, cuenta con un personaje, un Juan nadie', un ser anónimo que se come la escena. Jorge Kent, que interpreta al enfermero, está enorme. En cada gesto, en la energía donde coloca el cuerpo, en la composición del arco emocional.

Kent lleva años trabajando mucho y bien con directores como Alfredo Sanzol, Rakel Camacho o Marta Pazos. Es uno de los mejores actores de su generación. Pero en esta pieza realiza un trabajo —que debería girar por todas las escuelas de teatro— donde hace sin hacer, donde no hay ni un exabrupto ni un gesto o un decir que busque el reconocimiento o la floritura. Kent se repliega por completo para y en su personaje y consigue albergar toda la subtrama de la pieza, acarrear el peso de toda la obra.

La acompaña África, que compone un personaje cercano, verborreico hasta llegar a ser pesada, una madre desesperada que ya no sabe qué decir o hacer para abrazar a su recién nacido a quien por las normas de la pandemia no puede ni visitar. Ella lleva la batuta de todos los diálogos, del ritmo de la función, y consigue ser efectiva y creíble. Y completa el reparto Ahimsa, que compone una anciana enorme, Teresa, un papel duro de hacer, dificilísimo para que tenga verismo sin llegar a la afectación, pero que esta actriz borda.

Alguien podrá esgrimir que África es un poco terrorista emocional, que juega con las emociones del público. Es cierto que a veces lo bordea, como en el final de la obra en el que el uso de unas sombras demasiado simbólicas pueden echar al espectador de la función por el grado de caramelo utilizado. Pero la obra está llena de recovecos estupendos.

Carolina África y Jorge Kent en 'Una buena vida'.
Carolina África y Jorge Kent en 'Una buena vida'.

Uno de ellos es el uso del lenguaje, que no es otro que el que usamos en la calle, pero que nos sigue sonando malsonante encima de un escenario, algo que pone sobre el tapete una interesante pregunta: ¿qué es lo que esperamos ver en un teatro? Otro acierto es el uso de los cuerpos que reflejan con naturalidad, sin melindres, la dureza de un hospital. Una manera efectiva y honesta de romper con el artificio y acercar la severa realidad del paciente. En escena vemos cómo el enfermero cuida el cuerpo de Teresa, le limpia el culo, las axilas, la espalda… Son escenas bellísimas en que la actriz Ahimsa interpreta a esa Teresa ya ida con una dignidad inconmensurable.

Destaca también la gran capacidad de África de mostrar a través de la historia, sin tener que recalcarlo con textos dirigidos a público, la crudeza de una sanidad cada día más precarizada e inhumana. Cuando vemos a esos enfermos pasando frío porque no hay más mantas, utilizando frascos de orina con chinchetas dentro como sonajeros que sustituyan a los timbres que no funcionan o pidiendo cuidados a unos enfermeros desbordados, nos asalta la certeza de que sabemos lo que está pasando y lo que permitimos con nuestros votos.

Todo ese entramado de aciertos, en ese escenario que llega a oler a detergente industrial y comida recalentada, confronta al espectador no ya solo con la precariedad de la sanidad pública, sino también con las prioridades que nos estamos dando como sociedad y como individuos.

La escenografía y el vestuario de 'Una buena vida' corren a cargo de Pablo Menor Palomo.
La escenografía y el vestuario de 'Una buena vida' corren a cargo de Pablo Menor Palomo.

Esa Teresa ahí callada, qué gran acierto es que no diga ni una sola palabra, nos habla de los miles de ancianos que se abandonó en las residencias a su buena suerte, pero también de qué hacemos nosotros para incluirles, cuidarles y darles un espacio donde tengan palabra y dignidad. África, en definitiva, consigue que aparte de la crítica social, cada espectador se pregunte sobre su propia vida, sobre si aquello que creyó era importante todavía sigue siéndolo o lo ha perdido en la vorágine de un presente que no cesa.

Esta sociedad está hecha, construida y sostenida por gente anónima. Gente que en ocasiones vive vidas más o menos placenteras, pero en otras es tocada por la tragedia, desahuciada, explotada o forzada a pasar por calvarios donde su padecer no importa. Su dolor es demasiado pequeño ante un Estado que los trata como números, pero también ante una sociedad civil amnésica que anda pegada a las pantallas de óxido de indio y estaño, absorta en la trifulca política o la última polémica mediática inventada. Y en ese acontecer absurdo lo importante se va desdibujando, quedándose atrás. No importa lo que haya pasado, todo se olvida en un presente unidimensional, amorfo. A esa amnesia que crece a la velocidad de un virus es a la que ataca esta obra.

Es una pena que esta producción del Centro Dramático Nacional no haya sido coproducción y, por lo tanto, no pueda girar sino de manos del CDN. Es una obra pequeña y la dirección de este centro, que tiene dineros muy limitados para hacer girar sus producciones, debería ver el modo para que no muera en junio con la última función programada. Consigue algo muy especial y valioso, tanto a nivel teatral como social, que debiera recorrer muchas de las ciudades de este Estado.

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