Manual de instrucciones para hacer el ridículo en verano
Creo que el verano tiene una virtud extraordinaria. ¡Claro! Convierte en razonable una cantidad de conductas que, observadas en febrero, justificarían una llamada discreta a los servicios competentes... (Sonrío)
Hay personas perfectamente sensatas durante once meses al año que, en cuanto aparecen dos días seguidos de sol, desarrollan la convicción de que deben reinventarse. ¡El verano es la estación oficial de la reinvención inútil!
Sí, de repente, quien jamás ha corrido más de veinte metros para alcanzar un autobús anuncia que está preparando un triatlón. Ah, y el que no ha abierto un libro desde la comunión en verano compra tres novelas de mil páginas para ir a la playa.
Y qué me dicen de la mujer que detesta la arena y se fotografía sonriente junto al mar como si acabara de descubrir un paraíso personal y no una superficie abrasiva donde se pega absolutamente todo. Todo, todo...
Y por si fuera poco existe además una obligación tácita de disfrutar.
En invierno uno puede estar triste, aburrido o cansado sin dar explicaciones. En verano, no. En verano hay que ser feliz de manera visible. Hay que exhibirlo. Si alguien pregunta qué tal va agosto y uno responde: "Normal", se produce un silencio incómodo.
—¿Normal?
Sí, normal. Me levanto, trabajo, como, duermo y procuro no pillarme una insolación. Pero esa respuesta decepciona profundamente a una sociedad que espera de agosto una mezcla de epopeya, romance mediterráneo y anuncio de cerveza.
Y por si fuera poco luego están los turistas (categoría humana fascinante) que se desplaza miles de kilómetros para reproducir exactamente las mismas costumbres que tienen en casa. Son la pera melonera (fruta veraniega) viajan al otro extremo del continente para desayunar lo mismo, comer a la misma hora y quejarse de que los habitantes locales hablan un idioma incomprensible que, incomprensiblemente, es el suyo. ¿Me he explicado bien?
Pero la verdad hay una escena particularmente conmovedora: la del visitante que se fotografía delante de un monumento que no piensa mirar. El monumento es un mero accesorio. Lo importante es la prueba documental de haber estado allí.
Antiguamente la gente viajaba para ver cosas. Ahora parece que las cosas existen para salir detrás de la gente.
Y no me voy a olvidar de ellas. Las playas merecen un capítulo aparte. ¡Qué gozada! Miles de ciudadanos acuden a ellas con una logística propia de una operación militar... Sombrillas, neveras, sillas plegables, juguetes, raquetas, flotadores, altavoces y provisiones suficientes para resistir un asedio medieval.
Y después de una hora de montaje consiguen reproducir exactamente las condiciones de incomodidad de su salón, pero con cuarenta grados de temperatura y arena dentro de los bocadillos.
Tampoco conviene olvidar la liturgia del cuerpo veraniego.
Durante meses se nos informa de que debemos llegar al verano en condiciones óptimas. Como si el verano fuera una oposición del Estado y hubiera inspectores tomando notas en la playa.
La realidad es mucho más sencilla: nadie está tan pendiente de nuestro aspecto como imaginamos. Cada cual está ocupado lamentando el suyo.
El hombre preocupado por su barriga observa su barriga. La mujer preocupada por sus piernas observa sus piernas. Y así sucesivamente hasta formar una gigantesca comunidad de individuos que han pagado por acudir a la costa para ignorarse mutuamente.
Sin embargo, hay algo entrañable en toda esta comedia.
Porque el verano es, en el fondo, una conspiración colectiva. Todos fingimos que este año será distinto. Que descansaremos más, leeremos más, comeremos menos, viviremos mejor y regresaremos transformados.
Luego llega septiembre y comprobamos que seguimos siendo exactamente los mismos, salvo por una ligera pigmentación cutánea y una colección nueva de fotografías que nadie volverá a mirar.
Y, pese a todo, repetiremos la operación el año siguiente...
Porque pocas cosas hay tan humanas como hacer el ridículo con entusiasmo y llamar a eso vacaciones.


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