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Crímenes

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Si hace algunos años un productor audiovisual hubiera visitado a un directivo de una cadena de televisión ofreciéndole una serie basada en unos hechos similares a un muy conocido accidente mortal acaecido durante una excursión a la montaña sagrada de los catalanes, probablemente la reunión se hubiera dado súbitamente por finalizada aduciendo cualquier pretexto. O bien, directamente, el proyecto seria descalificado por lunático. Se adjudica a Mark Twain o a Óscar Wilde –probablemente ninguno de los dos como suele suceder en este tipo de atribuciones– la autoría intelectual de una reflexión: la realidad supera a la ficción. Esto era así porque entonces se consideraba que las rocambolescas ocurrencias de los guionistas no serian aceptadas por los espectadores. Paradójicamente, si que asumirían que un suceso, por terrible que fuera, se les contara pero nunca surgido de la imaginación de un creador y si de la vida misma.

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