La sanidad europea (y la española) espera a que enfermemos
Han leído bien. El año pasado, las bajas laborales costaron a España 18.400 millones de euros. Es ya la segunda mayor partida del gasto en Seguridad Social, solo por detrás de las pensiones. Y lo más preocupante no es la cifra en sí, sino su tendencia: crece cada año desde 2012 sin señales de corrección.
Sin embargo, el debate público rara vez aborda el problema de fondo. Se queda en la superficie: más coordinación, mayor control, agilizar las reincorporaciones. Medidas tácticas que esquivan una realidad estructural incómoda: España, como la mayor parte de Europa, envejece mientras aumenta el peso de las enfermedades crónicas. Dolencias que se desarrollan durante años, que en gran medida son prevenibles y a las que el sistema llega, sistemáticamente, demasiado tarde.
Esta disfunción no es nueva. Crecí observando a dos médicos, mis padres, trabajar en un sistema público que fallaba antes de empezar. Sus pacientes llegaban tarde, en fases avanzadas de enfermedad, arrastrando problemas que llevaban meses gestándose en silencio. El sistema no tenía forma de intervenir antes. Y fue ahí donde entendí que el problema no estaba ni en los profesionales, ni en la medicina, ni en las personas. El fallo estaba en la arquitectura. En el sistema.
Porque la sanidad europea sigue diseñada en torno a la enfermedad. El dinero se moviliza cuando algo ya se ha roto. Las consultas se activan cuando aparecen los síntomas. La prevención, cuando existe, queda relegada a un trámite: un folleto, una recomendación genérica, una casilla a marcar.
El caso de la salud mental es paradigmático. En España, es ya el principal motor del aumento de las bajas laborales. Entre los menores de 35 años, la incidencia ha crecido un 67% desde 2017. No se trata de episodios súbitos. Son procesos largos en los que el sistema nunca intervino a tiempo. No hubo señales detectadas ni apoyo temprano. Cuando llega la baja, el deterioro lleva meses consolidándose. Nada nuevo, un dato silencioso, pero que ha dado el salto de la conversación privada a la pública.
Durante décadas, el argumento era claro: faltaban herramientas para anticiparse. Ese argumento ya no es válido. La irrupción de la inteligencia artificial (sí, la IA, que tiene un poderoso prisma positivo en el campo de la salud) abre una ventana inédita: permite detectar patrones de riesgo antes de que se conviertan en crisis, eliminar barreras de acceso y convertir la prevención en algo integrado en la vida cotidiana, no en un lujo para quien tiene tiempo, información o recursos.
«No es una discusión sobre números sino de modelo de sociedad»
La evidencia práctica empieza a acumularse. Lo veo cada día en Alan. Facilitar el acceso directo a un psicólogo, sin receta ni lista de espera, provoca que el 75% de las personas acudan a terapia por primera vez. Convertir el hábito de caminar en algo cotidiano y divertido hace que las personas den 1.000 pasos más al día. Ofrecer un programa guiado para el dolor de espalda logra que el 80% de quienes lo siguen reporten una mejora real. No porque antes no lo necesitaran, sino porque el sistema nunca estuvo diseñado para facilitarlo.
En un país líder mundial en consumo de benzodiacepinas, y donde los problemas musculoesqueléticos y la salud mental son los principales motores de las bajas laborales, ese cambio importa más de lo que parece. La pastilla ofrece una solución rápida; la prevención accesible, una solución duradera. Cuando ambas opciones compiten en igualdad de acceso, las personas eligen la prevención.
El problema, por tanto, no es ya de diagnóstico ni de tecnología. Es de infraestructura. De quién construye el sistema que hará posible este cambio.
Estados Unidos y China no esperan. Están definiendo, mediante inteligencia artificial, cómo será el acceso a la sanidad en las próximas décadas, bajo sus propios incentivos y su propia concepción del bienestar. Europa, mientras tanto, encara una decisión estratégica: desarrollar su propia arquitectura o limitarse a regular la que otros diseñen.
El continente parte de una fortaleza indiscutible: la convicción de que la Salud es un derecho universal. Lo que ha faltado hasta ahora es la tecnología capaz de hacer esa idea operativa a gran escala y de convertir la prevención en una realidad accesible para todos, no solo para una minoría informada.
Porque, en el fondo, esta no es una discusión sobre números. Es una cuestión de modelo de sociedad. Si queremos seguir reaccionando tarde, pagando cada vez más por gestionar las consecuencias, o si apostamos por un sistema que evite que las personas enfermen en primer lugar. La respuesta parece evidente. Lo que sigue pendiente es tomarla en serio.


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