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Científicos españoles descubren que estábamos equivocados con el origen de nuestras células

Las ciencias son complejas, aunque, de vez en cuando, hojeando los libros de texto, podemos dar con explicaciones que casi parecen fábulas. Érase una vez, un microorganismo que engulló a otro y, en lugar de ser digerirlo, lo mantuvo vivo en su interior, dando lugar a las células que constituyen animales, plantas, hongos… Siendo estrictos, en un libro de texto encontraríamos esta explicación adornada con términos técnicos. Algo así como que una bacteria interiorizó a una arqueobacteria, ambas células sencillas cuyo interior todavía no tiene compartimentos (orgánulos) en los que guardar el ADN o sintetizar proteínas. A estas células sencillas las llamamos procariotas frente a las eucariotas que nos forman a nosotros.

Esta “fábula” científica sobre el origen de las células eucariotas se llama “teoría endosimbionte” y explica, por ejemplo, cómo adquirimos unos orgánulos llamados mitocondrias, capaces de producir energía mediante la “respiración celular”. O, por ejemplo, cómo adquirieron las células vegetales sus cloroplastos, que también producen energía, pero mediante la fotosíntesis. Tanto las mitocondrias como los cloroplastos fueron, hace mucho muchísimo tiempo, arqueobacterias que quedaron atrapadas por las bacterias. Pues bien, esta teoría propuesta por Lynn Margulis cuenta con un enorme consenso, pero un grupo de investigadores de instituciones españolas acaba de proponer una versión más compleja y menos fabulada de esta historia.

Detectives del genoma

"Durante mucho tiempo, hemos explicado el origen de las células complejas como una historia con dos protagonistas principales: una arquea y la bacteria que dio lugar a la mitocondria. Nuestro estudio sugiere que esta narrativa es incompleta y que hubo más actores en el escenario, incluidos otros grupos bacterianos y virus gigantes que pudieron facilitar el intercambio genético", explica el Dr. Toni Gabaldón investigador ICREA en el IRB Barcelona y el Barcelona Supercomputing Center-Centro Nacional de Supercomputación, BSC-CNS.

Para hacernos una idea, reconstruir el pasado es difícil cuando tenemos que remontarnos 66 millones de años y contamos con fósiles de reptiles realmente descomunales. En este caso, desentrañar el origen de las células eucariotas supone retroceder 30 veces más, hasta hace 2000 millones de años. Y, por supuesto, en lugar de tener fémures del tamaño de una persona, hay que buscar indicios de formas de vida realmente minúsculas. En este caso, los investigadores han apostado por una estrategia diferente y, en lugar de buscar huellas en las rocas, las han buscado en el ADN de los descendientes de aquellas primeras células eucariotas a la que llamamos LECA (último ancestro común de los eucariotas). Porque, del mismo modo que cada uno de nosotros conserva fragmentos del genoma de sus abuelos, hay genes que arrastramos casi sin cambios desde aquellos tiempos proverbiales.

Más protagonistas

"Todos los genomas conservan huellas de su historia. En el caso de los eucariotas, esas huellas nos hablan de antiguas alianzas entre microorganismos. Comprenderlas nos ayuda a responder una pregunta muy profunda: qué somos y de dónde venimos", concluye el Dr. Gabaldón. Y, tras compararlos y dar con fragmentos en común que podrían haber sido heredados de LECA, los expertos han concluido que entraron en escena más personajes de los que imaginábamos. Aparte de aquella bacteria y la arqueobacteria que interiorizó, hubo al menos otros tres. Una bacteria conocida como Myxococcota pudo aportar funciones relacionadas con el metabolismo de los lípidos y la producción de membranas celulares. Otra llamada Planctomycetota contribuyó a la aparición de esos compartimentos internos tan propios de las eucariotas.

De hecho, los investigadores sospechan que LECA pudo haber surgido en ambientes con una gran cantidad de microorganismos, permitiendo estas simbiosis y la transferencia de ADN entre unas bacterias y otras. En concreto, este paso de material genético pudo estar relacionado con un virus de gran tamaño, el Nucleocytoviricota.

"Estamos tratando de reconstruir una historia que ocurrió hace miles de millones de años y de la que no tenemos fósiles directos. Por eso hemos sido muy conservadores: solo hemos conservado las señales evolutivas más robustas, aquellas con una fuerza comparable a las señales ya aceptadas para la arquea ancestral y para la bacteria que dio origen a la mitocondria", explican Moisès Bernabeu, Saioa Manzano-Morales y Marina Marcet-Houben, coautores del estudio e investigadores del grupo de Genómica Comparativa liderado por el Dr. Gabaldón en el IRB Barcelona y el BSC. Dicho con otras palabras, puede que para contar la historia completa tengamos que introducir incluso más personajes, pero han preferido ceñirse a aquellos de los que tenemos pruebas realmente firmes.

Y es que, aunque hemos empezado etiquetando a la teoría endosimbionte clásica de “fábula”, la verdad es que toda explicación humana es una simplificación por el mismo motivo que los mapas no pueden ser nunca tan detallados como el territorio que representan.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • La teoría endosimbionte de Lynn Margulis ha ganado un gran apoyo académico hasta el punto de que se imparte en la enseñanza segundaria obligatoria. Sin embargo, cuando se propuso en los años 60, la comunidad fue especialmente crítica con ella y tardó en abrirse camino hasta los libros de texto.

REFERENCIAS (MLA):

  • Gabaldón, Toni, et al. "Gene Ancestries Reveal Diverse Microbial Associations during Eukaryogenesis." Nature, vol. 634, no. 8034, 10 June 2026, doi:10.1038/s41586-026-10639-9.

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Interior de LECA, el último ancestro común eucariota
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