Santidad, ¡hasta siempre!
El pasado sábado, el Papa León XIV llegaba a Madrid dando comienzo a una intensa semana de visita apostólica en España, que ayer concluyó en la isla de Tenerife, volando de regreso a Roma. Mas allá de opiniones diversas en cuanto a la interpretación de sus palabras, en especial las dedicadas hacia la inmigración en las Islas Canarias, lo que resulta evidente, es que la persona que hace cabeza de la Iglesia como vicario de Jesucristo en la Tierra y sucesor número 267 de Pedro en la bimilenaria Historia de la Iglesia, es que en España se le recibe con una emoción, respeto y adhesión, que no es en absoluto la que correspondería a un mero Jefe de Estado por muy importante que éste pudiera ser.
La devoción popular y el clamor en las calles por donde se desplazaba, tanto en Madrid como en Barcelona, y en todas las localidades de las Canarias, no dejan margen a la duda y a la interpretación al respecto. Que no es otra que reconocer que España es una nación cuyas identidad histórica está inseparablemente unida al Cristianismo.
Desde el comienzo de la evangelización de la entonces Hispania romana por el apóstol Santiago el Mayor , confirmado en su misión por la Virgen del Pilar en la Cesar Augustae del momento el 2 de enero del año 40 , (hoy Zaragoza), pasando por la solemne conversión del Rey visigodo Recaredo el 8 de mayo de 586, la historia de España lo acredita fehacientemente. Hasta el punto que historiadores de la talla de Claudio Sánchez Albornoz, Ramón Menéndez Pidal, Marcelino Menéndez Pelayo entre otros, reconocen que la invasión musulmana de 711 que concluyó en 1492 con los Reyes Católicos, significó para España una dura prueba para forjar en ella unas sólidas raíces cristianas.
Necesarias para acometer inmediatamente la conquista para la evangelización de todo un nuevo mundo, misión que los «inescrutables designios de la Providencia» le habían asignado a España. Sin perjuicio de que todos los españoles individualmente considerados, experimentan, al igual que toda la Humanidad, pruebas y contradicciones como corresponde experimentar a todos los hijos de Dios para, libremente, optar por intentar cumplir Su Voluntad y ganar el Cielo. Su etapa final en Canarias, como estaba previsto tuvo en la inmigración un destacado papel en la agenda papal, el jueves en el puerto de la bella localidad costera de Arguineguin caracterizado por la gran cantidad de inmigrantes que acceden a él en cayucos.
Hasta el extremo de ser calificado por algunos grupos como «el muelle de la vergüenza». Entre los mensajes que al respecto ha trasladado el Papa, pueden destacarse por su claridad «la dignidad humana no tiene pasaporte»; «los migrantes no sois cifras, sois personas con sueños»; «la dignidad humana no pierde su valor al cruzar una frontera», o «no acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios». Todos ellos como se puede ver, son mensajes que ponen la dignidad humana propia de todo inmigrante, en el centro de su atención. Dignidad que tiene su raíz en ser hijos de Dios redimidos por Cristo en la Cruz, y no porque sea o no reconocida por las leyes humanas.
Ayer en el centro de acogida Las Raíces en Tenerife, incidió en ellas. Para interpretarlas debidamente, no puede olvidarse que todas esas personas, no son migrantes por exclusiva voluntad propia, sino movidos en no pocas ocasiones por obligación.
Para tener la oportunidad de acceder a un futuro digno, en paz, respeto y esperanza, como algunos inmigrantes expresaron ante el Papa. Lo que conduce a la necesidad de aplicar una política que tenga como máxima prioridad la ayuda y cooperación para el desarrollo económico y social en los países de procedencia de esas personas.
De tal manera que no se vean abocadas a emigrar a otros países para poder vivir en una condiciones que respeten su dignidad humana personal e irrenunciable .
Cooperación en origen y con los países en tránsito para llegar a su deseado destino, son pues la clave de una adecuada política migratoria. A la que debe añadirse que sin un gobierno en sus países de origen que respete esa dignidad en sus propios ciudadanos, resulta casi obligada esa decisión por parte de no pocos de ellos. Y una última (que en absoluto es la menos importante) obligada reflexión: los países democráticos tiene derecho a defender sus fronteras y a que se respeten sus leyes. Y su identidad histórica y nacional, que todo ciudadano, extranjero o no tiene el deber de respetar.


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