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Homenaje a las series españolas de los años 90: la ficción con ganas de entender a su sociedad

La memoria menguante nos hace creer que somos siempre los primeros. Incluso que somos protagonistas de edades de oro. Como la de las series. Aunque las series duren menos que antes. Aunque las series nos aguanten en el recuerdo un fin de semana. Aunque ni siquiera hablen demasiado de lo que nos hace únicos en un mundo tan globalizado.

Osados de nosotros, pensamos que hay más ficción que nunca. Cuando la ficción española ha desaparecido del prime time de las cadenas generalistas, las que llegan al gran público. Quedará un vacío en la historia de la televisión que ha sido la historia de grandes producciones dramáticas. Desde Curro Jiménez hasta Verano Azul. Desde Turno de oficio a Aquí no hay quien viva. Desde Anillos de Oro a El Ministerio del Tiempo. Desde Farmacia de Guardia a Vis a vis. De aquellas historias dirigidas por Josefina Molina rodadas en celuloide que transmiten la magia eterna de la textura del cine a las grabadas con el sistema de vídeo de los noventa y que han sufrido más los gajes de las cosas del envejecer. Lo que ha propiciado que los listos de la mirada de hoy sentencien estas series como menores. Pero hay que reivindicar la ficción de los años noventa que asentó una industria estable y comprometida con su sociedad.

Las productoras tenían en cartel durante todo el curso series que permitían equipos de guionistas permanentes. Escribían la serie en emisión y pensaban la de mañana. Creadores que echaban un ojo a lo que pasaba en otras televisiones, pero sobre todo miraban lo que nos pasaba aquí. Creadores -y directores de casting como Luis San Narciso- que nos descubrían intérpretes, como Carmen Machi, Blanca Portillo, María Pujalte, María Adanez o Belén Rueda, transformadoras del texto sobre papel en autenticidad en primer plano. Así se asentaron citas fijas en la rutina del público a través de personajes de ficción que nos acompañaban cada semana a la misma hora y en el mismo día. Personajes de ficción que sentíamos desde la verdad, a pesar de que el decorado fuera de cartón-piedra. Porque, en el fondo, entendían un país que parecía tener claro lo que quería ser y lo que no.

Farmacia de Guardia, Chicas de hoy en día, Médico de Familia, Periodistas, Pepa y Pepe, Compañeros, El Comisario, Hospital Central, Colegio Mayor, Siete Vidas… Todas eran ficciones de autor. De autores que exploraban los barrios, los colegios, los bares, los hospitales, los polígonos, las playas. Con sus miedos incluidos. Con sus cautelas, también. Con sus osadías, cuando las cadenas dejaban. Antonio Mercero, Fernando Colomo, Joaquín Oristrel, Vicente Escribá, Daniel Écija, Emilio Aragón, Manuel Valdivia, Juan Carlos Cueto, Víctor García, Manuel Iborra, Arantxa Écija, Manuel Ríos San Martín, Begoña Álvarez Rojas, Pepa Sánchez-Biezma...

Guionistas con la capacidad de pasar de la risa al susto, del thriller al enamoramiento. Y la audiencia transversal se sentía reflejada en sus tramas. Porque las series españolas siempre estaban. Estaban en el humor que nos pone a salvo. Estaban en el drama del que nadie está a salvo. Estaban en la España que empezaba a quitarse eufemismos de encima. Series con tramas antifascistas, anti prejuicios. Series que enfocaban los afectos y los desafectos. Y el deseo. Mucho deseo, descamisaban a sus protas para que alzáramos la vista. Pero, también, series que afrontaban el bullying, la droga, el sexismo, el envejecer, la pobreza, la soledad, los cuidados. Series que comenzaban a incorporar la diversidad. Aunque costara. Por directivos que veían la diversidad que es parte esencial de la vida, de todas las vidas, como cuota que entraba cual nota de color y se iba.

Pero había ganas de tratar la vida cotidiana desde lo extraordinario de la ficción. Así aquellas series marcaron agenda social. Consiguieron emocionarnos desde los valores de los noventa que ahora parecen una transgresión. Porque todas las tramas solían nacer o acabar en la belleza de querer entender hasta lo que no entiendes. Revolucionario en la civilización de la susceptibilidad que habitamos en la actualidad, donde elegimos acusar antes de descubrir, palabra que añadiéndola un apellido sintetiza la experiencia de una buena ficción, sea de 1990 o sea de 2456: Descubrir Emociones.

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Todo lo que nos permitió mirar Valentina: la sociedad que crece en la diversidad que ya no se calla

En las palabras empieza todo. También la discriminación. “Minusválido”, "sordomudo" e "invidente" son malos usos lingüísticos que la sociedad sigue naturalizando. Porque ya sabemos, o ya deberíamos saber, que nadie es "inválido". Que todos somos. Y todos contamos con mirada. Así se lo explicó Valentina, que nació con síndrome de Leber y solo distingue luces y sombras, a los Reyes y el papa León XIV antes de contarnos las particularidades de la nueva torre de Jesucristo con la que la Sagrada Familia toca el cielo. Nadie es "invidente". "Las personas ciegas podemos tener imágenes mentales a través del tacto sobre las cosas", subrayó Valentina.

Minutos antes, Valentina, preguntaba "¿Quién es usted?" a una mujer que estaba dándole la mano. "Soy la Reina, encantada", contestó Letizia. La risa de complicidad de Valentina iluminó su cara. Un gesto que significa mucho sobre cómo hemos cambiado. Las personas con discapacidad ya no se quedan calladas ante la duda por el miedo al qué dirán. Al contrario, se reivindican. Ya no permiten ser escondidas detrás de las columnas, relegadas a guetos o simplificadas en condescendencias. Saben que su visibilidad ensancha caminos de realidades que son parte esencial de la vida. Ocupar espacios, que son de todos, es una de las mejores maneras de desactivar prejuicios de un mundo atestado de clichés fruto de la ignorancia.

Con las presentaciones hechas, Valentina empezó a compartir curiosidades de la arquitectura de la Sagrada Familia. Incluso recordó cómo Gaudí ideó el reciclaje de botellas de vino para dar más brillo a los escudos de la Torre. "Habla más alto, Valentina, porque no te oigo nada con el helicóptero", expresó Letizia que, como Valentina, también ha aprendido que más relevante que el protocolo es expresarse para no perderse nada. Para no dejar de estar comunicados.

Valentina estaba protagonizando un prolegómeno esencial para que la emisión fuera más redonda. Porque la vida se convierte en experiencia cuando atesoramos el conocimiento. Ese que nos estaba entregando Valentina. En otro lado, algún ego adulto se hubiera querido apropiar de este solemne momento con Reyes y papa. Aquí, en cambio, se optó por el entusiasmo de la curiosidad de cuando todavía nos sentimos infinitos. Valentina, a sus trece años, estaba representando a los adolescentes que son y que fuimos.

Su estudio de la torre de Jesucristo nos dio el contexto y fue abriéndonos las mente a matices que se les escapan por completo a otros que creen ver con precisión. Lo hizo tocando la maqueta creada para que las personas con discapacidad visual puedan sentir la creatividad de las formas de la Sagrada Familia. Tocar lo tangible para explicar lo intangible.

Y cuando tocaron las despedidas, Letizia también otorgó contexto a Valentina con idéntica empatía: "se despide de ti el Rey, también. Y yo". Y la abrazó. Aunque el papa guardaba otro detalle más: un rosario, que ella recibió con toda la cara de adrenalina feliz de la edad del pavo. Un rosario que tocará, que sentirá, que imaginará. Todos lo hacemos. Todos transformamos nuestro día a día en memoria a través de la gran herramienta de la inteligencia humana: la imaginación.

La vida, de hecho, siempre la mejoran los que entrenan la imaginación de la curiosidad de aquellos tiempos más ingenuos y despreocupados. Aquellas edades en las que creíamos que podíamos cambiar el mundo. Aquella juventud libre de susceptibilidades y rebosante de ganas de descubrir. En este equilibrio de ideales, Barcelona transformó la bendición de la torre de Jesucristo en un recuerdo social inolvidable: se invirtió más en imaginación colectiva que en ego individual. Y la celebración caló. Porque las historias dejan huella si no se improvisan, se sueñan: antes, durante, después y siempre.

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Barcelona lo ha vuelto a hacer: así ha creado una postal para la posteridad en prime time

Barcelona lo ha vuelto a hacer. Ha unido tradición y modernidad en prime time. Ha creado una postal para la posteridad. Como hizo en las Olimpiadas y el prendido de su pebetero. Con sensibilidad. Con suspense. Con implicación del público. Ahora, con la inauguración de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, tras ser bendecida por el papa. La belleza en armonía que surge de una historia planificada al detalle con un magistral guion y mucho ensayo detrás para que ningún engranaje de la emoción fallara.

Todo empezó antes de la eucaristía. Porque para entender una buena historia siempre es imprescindible el prolegómeno. Así, el pontífice León XIV y los Reyes, Felipe y Leticia, eran recibidos por Valentina, de 13 años, que nació con la neuropatía del síndrome de Leber y solo distingue luces y sombras. Ella, junto a la maqueta de la Torre de Jesús, nos puso en contexto de todas las particularidades de su arquitectura. Nos implicó con lo que íbamos a sentir después, mientras tocaba la maqueta. Tocando lo tangible para explicar lo intangible. Con su explicación, todos supimos lo que no sabíamos. Entendimos la intención de Gaudí con una cruz que refleja por el día el brillo del Sol y alumbra la noche de la ciudad con sus haces de luz. Como protegiendo el cielo condal.

Después vino la misa. Con toda su solemnidad. Pero a diferencia de otras ceremonias religiosas tenía la expectativa de un giro final: ver cómo cambiaba para siempre la imagen de la Sagrada Familia que ha ido creciendo con nosotros. En una sociedad ávida de días históricos en decorados de usar y tirar, por fin el papa estaba en un templo pensado para la eternidad. Había llegado la jornada que pasará a la historia de verdad.

Y se bendijo la torre. Y se obró el colofón, bajo la dirección creativa de Igor Cortadellas. Porque una buena historia debe acabar con un final que te deja con ganas de más. Si se inició el relato de la ceremonia con una joven, Valentina, que mira al futuro más allá de las condescendencias que reducen a las personas con discapacidad, el acto empezó su desenlace con la aparición de unos niños cantando en la fachada del nacimiento, la que llegó a ver Antonio Gaudí casi completada en vida. Portaban una luz que se fue contagiando al público. La fuerza colectiva como un latido luminoso hasta encender por completo la Sagrada Familia al ritmo de la emoción de la música sinfónica. La que no se puede resumir en un vídeo de TikTok.

Y la realización de la televisión -con Paulí Subirá de TV3, al frente- bailando al exacto compás, entremezclando directo e imagen en falso directo, para que la catarsis desde casa fuera mayor. Para que fuéramos descubriendo cada matiz, cada emoción, cada detalle en el instante que tocaba. Y en crescendo. De repente, la sorpresa: la orquesta del Liceo estaba en el corazón de la nueva Torre. La cruz empezó a lanzar su luz. Como soñó el arquitecto. Nuevo giro de guión. Ahí apareció él, Antonio Gaudí, recreado por drones, cual rostro celestial dando el visto bueno a su obra casi acabada. El propio papa ya lo avanzó: la vida es eso, una obra siempre por acabar.

“Primero el amor, después la técnica. A. Gaudí”, escribieron las estrellas del cielo de drones. La emoción era difícil de contener. De nuevo, la apoteosis de la creatividad teatral que los barceloneses redondean tan bien. Tal vez porque saben que la modernidad brota de las raíces de la cultura que los hace únicos. La cultura mediterránea que es capaz de transformar tradición en vanguardia, fuegos de artificio en rito con enjundia, un edificio en una alegoría y una ceremonia en un espectáculo completo, con su introducción, con su clímax y con su final en alto para querer volver a ese momento. La belleza que surge de los atrevimientos de la imaginación que hacen la vida más bella, más emocionante, más compartida, más viva.

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Madonna y Leticia Sabater: el arte que empieza a tocarse

Madonna no lo sabe. Pero está haciendo un homenaje a nuestra Leticia Sabater. La intérprete del Leti-Rap, Mi vecina favorita, La salchipapa o Mr Policeman es la artista que más bolos de bar, discoteca y verbena popular realiza en España. Y no solo canta, se fotografía con el mundo entero. Porque sabe lo que quiere el público de ella: reencontrarse con la presentadora infantil con la que creció y reírse de su reconversión al burlesque más tremendo.

El bufoneo ha sido la forma de Leticia para mantenerse en un oficio complicado. Leyó la necesidad de una audiencia que demanda memes de carne y hueso en sus fiestas de guardar. Y se los da, vamos que si se los da, con propuestas musicales repletas de alegorías dialécticas que no siempre distinguen sensual con sórdido.

Pero quién nos iba a decir que, con el paso de los años, la iconografía de Madonna se iba a terminar pareciendo a la estética de Leticia Sabater. Y no al revés. Su vestimenta. Sus botas altas. Su rosa chicle. Las coreografías de la reina del pop y la diva del ‘okey, makey’ empiezan a tocarse. La primera, representa la modernidad liberada de las opresiones del qué dirán. Es defendida por lo que ha sido y eternamente será. La segunda, la chica que conocimos en programas infantiles donde nos llamaba "tronquis" mientras coreaba coletillas random. "¡A mediodía, alegría!, ¡con mucha, marcha! ".

Leticia siempre fue una comunicadora que no se parecía demasiado a las comunicadoras. No cumplía el canon perfecto. Quería ser sexy, pero le salía regular. Quería ser cantante, pero le salía regular. Quería ser actriz, pero le salía regular. Quería ser una estrella. Y conquistó el firmamento del imaginario colectivo. En España, igual que Madonna. Aunque, en su caso, porque era terrenalmente como nosotros.

Nosotros, que queríamos ser sexis y nunca nos quedaba la ropa como en el póster de Superpop. Nosotros, que queríamos ser populares y éramos incapaces de saltar el potro del colegio. Leticia éramos todos. No le salía nada del todo bien, pero lo intentaba. Siempre lo intentaba. Lo sigue intentando. Es su éxito. Es su triunfo. Es su libertad conquistada. Y la de Madonna: conseguir que gasten mucha energía en tus quehaceres hasta aquellos que creen que solo se están riendo de ti. Pobres ingenuos. Ellos critican, ellas continúan bailando.

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El Papa y el triunfo de la cultura del encuentro

La vida echa raíces en la contradicción. Y la vida de Madrid siempre es muy contradictoria. Hasta conseguir que las calles se sientan vacías y llenas al mismo tiempo. La gran ciudad es así, propicia el sentimiento de soledad entre la multitud. La sobreinformación de las redes sociales replica esta percepción: nos acompañan y, a la vez, nos invitan a sentirnos que nos estamos perdiendo cosas, nos descubren y, a la vez, nos frustran, nos conectan y, a la vez, nos encierran en nuestros propios prejuicios.

Los tres días de la visita oficial del papa a la capital de España han remarcado aquello que algunos ven como incongruencias. Aunque solo verifiquen que siempre somos fruto de muchos matices, rincones, vericuetos y confusiones. Estas mañanas, tardes y noches con el papa en casa era fácil sentir las calles desiertas y repletas. Se notaban los madrileños huidos de la multitud. La feria del libro estaba más vacía que otros años, los barrios del centro más silenciosos que otros fines de semana. Al menos, hasta que girabas la esquina y era fácil intuir que, por ahí, iba a cruzar el papamóvil. Entonces, el caos de la ciudad se ordenaba con precisión. Hileras de policías, columnas de gentes, ristras de la ilusión por aquello que rompe nuestra rutina.

Decía Almudena Grandes que el gran río de Madrid no es el Manzanares, es el Paseo de la Castellana. Con sus farolas de autopista, con el atasco de la prisa, con sus árboles que nadie mira y todos respiran, con su fuente con peces que escupen agua por la boca. Ahí mismo, un poco más arriba de esos chorros saltarines, se unieron en la vigilia del sábado miles de jóvenes venidos de colegios católicos, grupos de scouts, excursiones de parroquias... Todos movilizados. Todos festejando la cultura del encuentro. Y la cultura de la silla portátil, asiento de comodidad justita pero que te permite crear tu propio corrillo con quien quieras, donde quieras y como quieras. Incluso okupar la vía pública liberada de coches. Solo si eres feligrés, eso sí.

La celebración de la convivencia ha sido la otra función de la influencia de la Iglesia católica que, históricamente, ha ordenado nuestras anarquías, ha definido nuestras culpabilidades y ha dado un hilillo de esperanza al sentido de existir cuando no se atesoraba el saber de hoy.

En tiempos más deprimidos, las parroquias se convirtieron en refugios donde compartir, hacer planes, solemnizar los hitos de nuestra corriente existencia (bodas, bautizos y comuniones) y encontrarse hasta desde el desencuentro. Iglesias donde tantas mujeres hicieron comunidad, construyeron vínculos y salieron del ámbito doméstico a las que se las reducía. En una sociedad donde no todos contaban con espacios para alzar metas vitales y desengrasar sus monotonías, los entornos de las templos del barrio, pueblo o aldea era un patio de recreo, con su teatralidad, deseos, sueños, conquistas y cuchicheos.

Esa España que solo tenía posibilidad de un único refugio en la fe ya quedó muy atrás. Ahora sabemos que la solidaridad es mejor que las limosnas, que nos empobrecen a todos. Ahora sabemos que somos la diversidad, que nos enriquece a todos. Ahora sabemos que la igualdad es la antítesis de la homogeneidad.

Se han normalizado los discursos deshumanizadores

Ahora, también, tenemos un móvil que no soltamos de la mano, desde el que recibimos constantemente sermones de unos y otros. Sin ir a misa, la homilía se ha democratizado y los discursos de gente diciendo cómo debemos ser se han transformado en un entretenimiento constante de nuestras vidas. De ahí que aún nos sea más curioso cómo aparece el papa Leon XIV con su predicación, que podía haber sido previsible. Y, en cambio, la percibimos cual acontecimiento revolucionario. Porque se han normalizado los discursos deshumanizadores. Los mensajes de empatía son aplastados en este presente trepidante en el que ganan los matones de la clase. Con ayuda de un ecosistema viral que visibiliza lo que irrita y esconde lo que aporta.

Es el triunfo social que ha impulsado estos días la popularidad de Leon XIV. La sociedad necesita referentes de paz y la liturgia que rodea al pontífice ha creado un festival de eventos que emocionan por la necesidad de volver a la ideología de comprendernos más que imponernos, de conocernos más que señalarnos, de aplaudir más que insultar. Por un momento, el cauce noticioso ha relegado la tensión narrativa del ‘y tú eres peor” para recordarnos que la vida es congregación. Con todas nuestras contradicciones incluidas. Las del papa, también. Se nota que nos estaba haciendo falta coger aire de cordialidad entre tanto enfrentamiento y tanta tertulia incendiaria. La foto con el papa continúa poseyendo ese poder de unir. Hasta con los partidos que derribaron opresiones del clero y zanjaron debates sobre derechos humanos que no pueden estar nunca a debate.

Todos quieren estar cerca del papa. Incluso dejándole el púlpito del Congreso de los Diputados. Unos por sus creencias, otros por respeto, otros por marketing, otros porque el papa despista, otros por la ambición sedienta de formar parte protagónica de la historia y subir la imagen a Instagram. Y todos, en el fondo, demostrando que todavía somos más papistas que el papa. Prensa inclusive. No tanto porque venimos de una honda educación católica, que también, sino sobre todo porque en España nos gustan las visitas. Somos país de acogida, somos folclóricos del arte del recibimiento: anfitriones como modo de vida. Queremos que vuelvan. O que no se marchen nunca. Queremos que sientan que somos únicos. Queremos sentirnos únicos.

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José Sacristán y su clase magistral de comunicación con Broncano: así sacó brillo a 'La Revuelta'

El código cómico de La Revuelta se ha hecho más grande este lunes con el control escénico de José Sacristán, que no solo entiende la ironía de David Broncano y su equipo, sino que además la saca brillo con su capacidad para escuchar, replicar y rematar.

Broncano empezaba la entrevista con la destreza de compartir una anécdota personal que, encima, era identificable para el público desde casa: soñó con alquilar la plaza de garaje de Sacristán, residentes ambos de una concurrida zona del centro de Madrid. Broncano intentó quedarse con su parking. Sin éxito. Quién no ha envidiado a ese vecino que no tiene que hacer grandes maniobras cuando llega con su coche. El solo le basta con tirar hacia delante y ya tiene el vehículo perfectamente estacionado.

Así empieza una entrevista en la que, por supuesto, Sacristán va abriendo melones. Incluso adelantándose al propio presentador: reflexiona sobre la visita del papa y el poco amor al prójimo de la ultraderecha, recuerda el valor de la transición española y hasta comparte la emoción de ver cómo le homenajeó su pueblo. Imposible parpadear, pues su manera de comunicar atesora la habilidad para relativizar su portentosa experiencia con la comedia más astuta, la que coge carrerilla en el arte de un buen silencio a tiempo.

De esta forma, cuando la entrevista es interrumpida para el surrealismo que ensancha La Revuelta, Pepe Sacristán da una lección de la precisión del actor cómico que se toma muy en serio: que sale Manu Álvarez a comer un limón en directo, Sacristán dice al trabajador del programa que regrese a escena y é mismo culmina el gag como lo hubiera hecho Fernando Fernán Gómez o Paco Raval. "Ah, este es guionista...", satiriza.

Lo mismo sucede cuando aparece otro compañero del programa, esta vez Edu de producción, vestido de árbol cutre. "Te pagan mucho por hacer esto, porque hay que tener valor". Si los sketches se sienten de función de colegio, los grandes de nuestro cine lo subrayaban hasta crear un retrato costumbrista con la mordacidad que no sabes muy bien si es fruto de la irritación o de la devoción. O de las dos cosas juntas.

La Revuelta es sublime en los capítulos que alcanza este ping-pong diléctico entre invitado y presentador. El programa crece cuando la ironía que surge se sustenta en una reflexión profunda. Y la entrevista no solo se queda en la anécdota: transmite la confianza de compartir aprendizajes con el superpoder de la risa que todo lo lo permite. Hasta el último minuto. Cuando José Sacristán va a salir por la puerta y él por sí mismo cierra el arco narrativo con la maestría del actor que también es autor. "Si llego a saber que lo iba a pasar tan bien, te hubiera cedido la plaza de garaje".

Escuchó, comprendió, compartió, jugó y se guardó el guiño para redondear su visita con un final feliz. Porque el teatro es menos teatro sin un colofón. Pepe Sacristán no solo conoce la teoría, la ejerce con esa generosidad que convierte lo que podría ser otra entrevista de promoción de tantas en una complicidad compartida, en la tele disfrutona que nos implica. Porque sus protagonistas se implican.

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Mercedes Milá y Revilla: cuando la grabación se complica y toca empujar la caravana del programa

Mercedes Milá y Miguel Ángel Revilla empujan la caravana del programa Me meto en un jardín de La 2. Milá nunca ha temido pisar charcos. Ella, si hace falta, es capaz de saltar sobre arenas movedizas. No es de extrañar, pues, que las ruedas de su furgoneta se hayan quedado atrapadas en un prado, mientras recorría pueblos de 'La Tierruca' con el ex presidente de Cantabria.

Y no, no había manera de sacar el vehículo del terraplén. Mercedes intenta levantar la caravana como en los dibujos de superhéroes. Revilla, también. Equipo e invitados, arremangados. Pero, finalmente, hubo que pedir auxilio a un tractor. Y allí apareció: con el alcalde de la aldea puesto encima. “Este me ha quitado la alcaldía con un tránsfuga”, exclamaba Revilla al ver el percal. Mercedes Milá se desternillaba.

Dicen que las vidas longevas riman con la niñez. Y, a estas alturas, el cántabro ejercita un yoísmo infantil cada vez más imparable. Su incontinencia verbal se agranda con el paso de los años, aunque nunca supo morderse del todo la lengua. Así se transformó en un filón para la tele. Le hemos visto en todos los horarios televisivos: en prime time, late night, en daytime... En los archivos de las cadenas, existen horas y horas de Revilluca reflexionando sobre la monarquía, el gobierno, la oposición, la corrupción… También lo hace con Milá. Tiene para todos. Que si la debilidad de Pedro Sánchez es que se rodea de pelotas, que si la “gran decepción” de su vida es el Rey Emérito, que si “Rato era uno de los mayores defraudadores de hacienda siendo él ministro de hacienda”.

Aunque, entre complicidad y complicidad, Mercedes logra llevar a Revilla a otros rincones. Lejanos rincones. Tanto que, de repente, asoma una desconocida timidez de Revilla. Brota entre recuerdos de aquella juventud en la que intentaba ligar y no le salía.

La memoria del público relegará la política y se quedará con lo importante: el empático recuerdo de aquellos flirteos en el Pumanieska de Bilbao, uno de los primeros cabarets de la postguerra. O en la emoción de la sonrisa de placer de Revilla remojando pan en el aceite de las anchoas. Entonces, mira a Milá. Y le dice: “Ser feliz no es caro, niña”.

Mercedes sonríe fuerte. Porque, también, Mercedes ha ido aprendiendo a festejar lo cotidiano. Y ahí uno se percata de cómo Milá siempre consigue trasladar al entrevistado y al propio espectador a otros terrenos movedizos que no todos pisan con su firmeza. Porque programas de entrevistas hay muchos hoy. Reivindicativos, pelotas, gamberros, serios, livianos, profundos, trascendentes, intrascendentes, pero Milá, sea en un trepidante directo o en un docushow bonito de ver como este, mantiene el poder de la curiosidad de la juventud en la que te sientes infinito.

Curiosidad pulida en un oficio que le enseñó la responsabilidad de estudiarse bien la entrevista para, luego, explorar mejor lo inesperado del trayecto. Así Milá encuentra incluso cuando se pierde. Incluso cuando la furgoneta queda atrapada en un bardal cántabro. No pasa nada, su apabullante pasión acaba siendo antídoto: abraza lo extraordinario de lo más ordinario. La vida era eso. Y nadie nos lo explicó.

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La mirada de Mónica Naranjo a Rocío Jurado

El público se pone en pie en el que fue plató más grande de TVE. Y de Europa. Bajo los focos de aquellos desaparecidos Estudios Buñuel en los que tantos aplausos fueron solo interpretación, esta vez, la emoción es tan auténtica que no se puede simular. Mónica Naranjo mira a Rocío Jurado, Rocío Jurado mira a Mónica Naranjo. Respiran, se dan la mano, empiezan a cantar en El Punto de Partida y nacen diez minutos de catarsis de vocal.

Tanto que Naranjo se queda paralizada en un momento de la actuación. Observa fuertemente a La Jurado. El tiempo se paraliza en su rostro, mientras Rocío saca todo su poderío vocal. No sabemos lo que se le pasaba por la cabeza a Mónica, pero se puede intuir el magnetismo de percatarse de la suerte de admirar.

Porque de la admiración brotan los grandes afectos de la vida. A veces, incluso es mutua. A veces, incluso se logra disfrutar del instante compartido, a pesar de la tensión de una grabación en la que dos grandes cañones de luz alumbran a cada una. Para que nadie pierda detalle.

Rocío Jurado siempre entendió la teatralidad de la tele a lo grande. No solo cantaba, ella celebraba el escenario y cuidaba la liturgia de la actitud en escena: su manera de entrar por el decorado, su manera de tocar el micrófono, su manera de abrir las manos, su manera de mimar el vestuario. “Yo me sueño los vestidos e invierto un millón de pesetas al año porque la imagen es muy importante en una actuación televisiva”, dijo en una entrevista a Jesús Hermida.

Pero, sobre todo, Rocío Jurado era maestra del arte de buscar la cámara con sus ojos. Nunca se olvidaba de cantar al público. Su público. Y de dirigirse a él. Desgañitándose a capella, si hacía falta. Seducía al objetivo de la cámara sin falsa humildad. Ella, prefería invertir su energía en comprender bien las letras de las canciones para ejercer la revolución de las emociones. Virtud que compartía con Mónica Naranjo. Las dos hablaban el mismo idioma. Y, claro, las dos no competían: se relamieron vocalmente en el disfrute de un primer encuentro musical que habitaron como si fuera el último. Así fue.

En el 20 aniversario de la muerte de Rocío Jurado, Tesoros de la tele de TVE ha recuperado esta actuación que no fue una mera actuación: fue una comunión de la música que nos cambia, que nos hace sentirnos reconocidos, que nos permite sentirnos menos solos cuando la vida se tuerce. La música es el punto de partida a la esperanza. Y este programa, de dos horas de duración, recorre el archivo de RTVE a través de las canciones y, a la vez, de la habilidad para comunicar en televisión de Rocío Jurado. Porque Rocío Jurado era, es y será el carisma en primer plano. Incluso representa la música que convierte la tradición en modernidad eterna. La modernidad que nos hace más libres porque no nos permite dejarnos dentro los sentimientos. Tampoco a Mónica Naranjo.

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El suspense de la aparición de Pedro Sánchez agazapado tras Leire Díez en las noticias de TV3

La pantalla central del informativo de TV3 está protagonizada por Leire Díez. El periodista de la televisión autonómica de Cataluña, Toni Cruanyes, explica las novedades de la investigación sobre los llamados fontaneros de Moncloa. Pero la cámara, que enfoca al presentador, se va moviendo. Entonces, el giro dramática sobreviene sin necesidad de añadir palabra. La imagen de Pedro Sánchez irrumpe, agazapado, tras la imagen de Leire Díez. Dos imágenes de fotoperiodistas con toda la intención informativa. No solo son capturas de sus rostros, describen su actitud. Y las 'Noticies' de TV3 las une con un juego visual que ilustra los vínculos de aquello que se está contando: la supuesta trama en la sombra para proteger intereses del Presidente del Gobierno.

Este travelling del informativo es un ejemplo de cómo la información se queda mejor en la retina de un espectador cada vez más impaciente si se cuida el arco narrativo. Con la liturgia de la imaginación repleta de intriga. Sin embargo, erráticamente, el suspense solo se suele asociar al cine de sustos. Cuando cualquier buena historia crece en la emoción del paulatino giro de guion.

Giro de guion que no riñe con la honestidad y es capaz de despertarnos la curiosidad en sus múltiples versiones. Incluso en el periodismo, que es un género literario cuando está bien armado. También a través de la tele. En este sentido, los programas de éxito juegan con el misterio. Siempre. Ya sea con las pruebas de Pasapalabra o llenando de la excitación de músicas de tensión un magacín de actualidad. De nuevo, el susto como vehículo.

Aunque un buen silencio a tiempo dice más que cualquier soniquete. Así este ejercicio de TV3 representa cómo aprovechar la escenografía visual de un programa para narrar más que contar. Para trazar un guiño de complicidad con el espectador con el uso creativo de unas pantallas, poniendo la idea por delante de la estridencia. Incluso enseñándonos que todo es cuestión de perspectiva.

A Sánchez no le llegábamos a ver a la primera porque la expresividad de la foto elegida de Leire captaba todo el protagonismo. Solo bastó que esa perspectiva de la cámara se moviera unos centímetros para que se descubriera lo que no llegábamos a atisbar en la luz de la sombra. Muy Chicho Ibáñez Serrador: la autoría que no olvida que la televisión no solo es hablar, sobre todo es la realización, la iluminación y el sonido que sabe filmar. Para retratar.

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