Homenaje a las series españolas de los años 90: la ficción con ganas de entender a su sociedad
La memoria menguante nos hace creer que somos siempre los primeros. Incluso que somos protagonistas de edades de oro. Como la de las series. Aunque las series duren menos que antes. Aunque las series nos aguanten en el recuerdo un fin de semana. Aunque ni siquiera hablen demasiado de lo que nos hace únicos en un mundo tan globalizado.
Osados de nosotros, pensamos que hay más ficción que nunca. Cuando la ficción española ha desaparecido del prime time de las cadenas generalistas, las que llegan al gran público. Quedará un vacío en la historia de la televisión que ha sido la historia de grandes producciones dramáticas. Desde Curro Jiménez hasta Verano Azul. Desde Turno de oficio a Aquí no hay quien viva. Desde Anillos de Oro a El Ministerio del Tiempo. Desde Farmacia de Guardia a Vis a vis. De aquellas historias dirigidas por Josefina Molina rodadas en celuloide que transmiten la magia eterna de la textura del cine a las grabadas con el sistema de vídeo de los noventa y que han sufrido más los gajes de las cosas del envejecer. Lo que ha propiciado que los listos de la mirada de hoy sentencien estas series como menores. Pero hay que reivindicar la ficción de los años noventa que asentó una industria estable y comprometida con su sociedad.
Las productoras tenían en cartel durante todo el curso series que permitían equipos de guionistas permanentes. Escribían la serie en emisión y pensaban la de mañana. Creadores que echaban un ojo a lo que pasaba en otras televisiones, pero sobre todo miraban lo que nos pasaba aquí. Creadores -y directores de casting como Luis San Narciso- que nos descubrían intérpretes, como Carmen Machi, Blanca Portillo, María Pujalte, María Adanez o Belén Rueda, transformadoras del texto sobre papel en autenticidad en primer plano. Así se asentaron citas fijas en la rutina del público a través de personajes de ficción que nos acompañaban cada semana a la misma hora y en el mismo día. Personajes de ficción que sentíamos desde la verdad, a pesar de que el decorado fuera de cartón-piedra. Porque, en el fondo, entendían un país que parecía tener claro lo que quería ser y lo que no.
Farmacia de Guardia, Chicas de hoy en día, Médico de Familia, Periodistas, Pepa y Pepe, Compañeros, El Comisario, Hospital Central, Colegio Mayor, Siete Vidas… Todas eran ficciones de autor. De autores que exploraban los barrios, los colegios, los bares, los hospitales, los polígonos, las playas. Con sus miedos incluidos. Con sus cautelas, también. Con sus osadías, cuando las cadenas dejaban. Antonio Mercero, Fernando Colomo, Joaquín Oristrel, Vicente Escribá, Daniel Écija, Emilio Aragón, Manuel Valdivia, Juan Carlos Cueto, Víctor García, Manuel Iborra, Arantxa Écija, Manuel Ríos San Martín, Begoña Álvarez Rojas, Pepa Sánchez-Biezma...
Guionistas con la capacidad de pasar de la risa al susto, del thriller al enamoramiento. Y la audiencia transversal se sentía reflejada en sus tramas. Porque las series españolas siempre estaban. Estaban en el humor que nos pone a salvo. Estaban en el drama del que nadie está a salvo. Estaban en la España que empezaba a quitarse eufemismos de encima. Series con tramas antifascistas, anti prejuicios. Series que enfocaban los afectos y los desafectos. Y el deseo. Mucho deseo, descamisaban a sus protas para que alzáramos la vista. Pero, también, series que afrontaban el bullying, la droga, el sexismo, el envejecer, la pobreza, la soledad, los cuidados. Series que comenzaban a incorporar la diversidad. Aunque costara. Por directivos que veían la diversidad que es parte esencial de la vida, de todas las vidas, como cuota que entraba cual nota de color y se iba.
Pero había ganas de tratar la vida cotidiana desde lo extraordinario de la ficción. Así aquellas series marcaron agenda social. Consiguieron emocionarnos desde los valores de los noventa que ahora parecen una transgresión. Porque todas las tramas solían nacer o acabar en la belleza de querer entender hasta lo que no entiendes. Revolucionario en la civilización de la susceptibilidad que habitamos en la actualidad, donde elegimos acusar antes de descubrir, palabra que añadiéndola un apellido sintetiza la experiencia de una buena ficción, sea de 1990 o sea de 2456: Descubrir Emociones.









