Desde el mismo día que se retiró, el 2 de septiembre de 2022, Serena Williams dejó una puerta abierta al retorno. Esa noche, sobre la Arthur Ashe de Nueva York y con 41 años, la campeona de 23 grandes deslizó un mensaje enigmático antes de marcharse a cantar a un karaoke: “No lo sé… No estoy segura de si este ha sido mi último momento [en las pistas] o no”. La estadounidense no empleó en ningún caso la palabra retiro ni tampoco hablaba de un adiós, sino de “evolución”. “Ha sido divertido”, añadía. Y esa es, precisamente, la simple y llana causa de que ahora vuelva a la actividad profesional. ¿Dinero? No parece necesitarlo, teniendo en cuenta que posee una fortuna cifrada por la revista Forbes en 300 millones de euros. ¿Superación? Ya se pasó el juego, más que de sobra... Entonces, ¿por qué regresar con 44 años?
Hace poco más de un año, después de caer en la primera ronda de Wimbledon y acentuar así su crisis de resultados, Alexander Zverev se abrió en canal y confesó de forma pública que estaba sumergido en una profunda crisis que traspasaba la línea de los resultados y abarcaba también lo existencial. “A veces me siento muy solo ahí fuera, en la pista, sufriendo mentalmente; tratando de encontrar el camino para salir del agujero”. “No sé, en general, me siento solo en la vida. Muy, muy, muy solo…”, decía el alemán, quien después de un truculento viaje identitario por la soledad, las dudas y la crisis, con el yugo del marcador de un deporte tan erosivo como el tenis, encontró por fin la redención en París.
Termina este Roland Garros retorcido con él, hombre de negro, brazos en alto. Por fin, Alexander Zverev triunfa y engarza ese grande que seguramente le debía su deporte y que se le había negado hasta aquí, a las puertas de la treintena. Tres opciones se le habían esfumado, pero no así esta cuarta redentora en la que Flavio Cobolli, consumido de tanto esprintar de un lado a otro, acaba desinflándose en la recta final: 6-1, 4-6, 6-4, 6-7(5) y 6-1, tras 4h 16m. El alemán, pues, ya tiene ese ese trofeo que le faltaba y le correspondía, habiendo resistido durante una década al empuje de dos fuerzas generacionales supersónicas, una por delante y otra por detrás: de Djokovic, Nadal y Federer a Sinner y Alcaraz. Demasiado para él, demasiado para cualquiera. Tiene 29 años, ahora 25 títulos y suceda lo que suceda a partir de aquí, morirá deportivamente en paz. Con un palmarés de campanillas.