Y el vehículo papal empezó a avanzar por la calle Viana. Ni rápido ni lento. Sin ningún tipo de cubierta. A su derecha, varios miles de personas. En las azoteas y balcones, más espectadores. Eran las 11:38 horas de una mañana soleada y de cielo limpísimo. El papa León XIV de pie, saludando, sonriente. Todo con un halo casi cinematográfico. Historia en directo. Pero no una historia pequeña y efímera, sino de esa otra que aparecerá en los libros. Era como si la Aguere episcopal, la de las procesiones, la que vive la tradición como un asunto de estado, hubiese tocado el techo (o el cielo) que sus vecinos más castizos siempre soñaron.