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Un Papa abogado del migrante en Arguineguín

Se hace el silencio en el puerto de Arguineguín. Hasta provocar escalofríos. León XIV lanza una corona de flores al mar. Por los miles de hombres y mujeres, ancianos y niños que se han dejado la vida en el mar. En el cementerio del Atlántico. Le sigue una hilera de migrantes que arrojan otros tantos ramilletes por los compañeros de cayuco que no lograron superar la travesía lo mismo de Senegal que de Mauritania. Justo después Robert Prevost bendice a dos de estos jóvenes. En el muelle de la vergüenza en el que estuvieron hacinadas 3.600 personas en un espacio que solo estaba preparado para acoger 400. El Papa persigna en la frente a dos hijos de Dios. Mucho más que una declaración de intenciones. Como lo hiciera Francisco en el que fue el primer viaje de su pontificado justo hace ahora trece años. En Lampedusa.

León XIV aterrizó este jueves por la mañana en el aeropuerto de Gran Canaria en su penúltimo día de estancia en nuestro país, con el obispo José Mazuelos como anfitrión. El Pontífice agustino no solo asume el deseo que no pudo cumplir su predecesor de viajar al archipiélago canario, sino que redobla su defensa de los derechos de los que vienen de fuera. Así se desprende del determinante discurso que pronunció ayer en este puerto canarión, donde abanderó de nuevo la defensa de la dignidad humana, su palabra más repetida ante cerca de 1.800 migrantes y quienes los acompañan en su proceso de integración. Con más crudeza incluso que lo ha hecho en sus jornadas previas de estancia en España. «No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido», apuntó en un momento. En otro instante, comentó que «no podemos acostumbrarnos a contar muertos». Incluso llegó a decir que «la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

Con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en primera fila, León XIV lanzó sus dardos a «las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo», pero también a «las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales». A la par, criticó el cinismo de Europa, «que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». A la comunidad internacional solicitó «una cooperación eficaz y perseverante».

«Fui forastero»

Sirviéndose del «Fui forastero y me acogisteis» que pronunció Jesús, expuso con detalle cuál es el posicionamiento eclesial respecto al fenómeno migratorio. No solo reivindicó «vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra».

El Papa también reclamó «el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños». «Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad», dijo, elevando la mirada a su interlocutores. Sabedor de que se le esperaba en la isla de El Hierro, arrancó su reflexión citándola para recordar que «esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. El Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles», sentenció. Por ende, apuntó que la Iglesia «no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche», añadió.

Con esta premisa, dio un tirón de orejas a los líderes católicos que relegan la acogida al migrante a «algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios». Así, retomó su homilía del domingo en Madrid para señalar que no es compatible arrodillarse ante Jesús en la eucaristía y «luego pasar de largo ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso».

Asimismo, no dudó en alzar la voz contra «las mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan a mujeres y niños». Pero también condenó «la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido». Y a modo de examen de conciencia de todos y cada uno planteó un interrogante: «¿Qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?».

El testimonio de Blessing, una nigeriana víctima de la trata que relató una amiga suya por motivos de seguridad, le permitió al Papa referirse a sí a su vida: «Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla. Si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable», enfatizó León XIV.

«Una cifra que duele»

Pero no fue esta la única voz que se escuchó al margen de la del Pontífice agustino. También tomó la palabra Tito Villarmea, capitán de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania, una de las embarcaciones encargadas de rescatar migrantes de los cayucos. Villarmena recordó que «durante estos años, junto a mi equipo, he rescatado a más de 20.000 personas. Es una cifra que duele y que no se olvida. Ojalá nunca más tuviéramos que rescatar a nadie. Trabajemos como sociedad para que este drama disminuya y para construir un mundo más justo», comentó este marinero.

La voluntaria de Cáritas María Fernanda López recordó cómo vivió la crisis humanitaria de 2020: «La experiencia de Arguineguín nos confirmó que, incluso en los momentos más difíciles, el Evangelio sigue vivo cuando nos atrevemos a construir fraternidad».

La latinoamericana María Fernanda López Meza echó la vista atrás para explicar cómo ha sido su devenir en tres décadas de presencia en Canarias. «Gracias a las personas que confiaron en mí, que me dieron su apoyo y sus primeros proyectos, he podido cumplir un sueño que parecía imposible cuando dormía en la calle», apuntó al respecto.

Junto a Sánchez escucharon las palabras del Papa el presidente de Canarias, Fernando Clavijo; y el lehendakari, Imanol Padrales, cuyo gobierno mantiene desde hace años varias líneas de colaboración en materia migratoria con Canarias. También estuvieron los ministros Ángel Víctor Torres y Elma Saiz, así como numerosas personalidades de la política local de Gran Canaria.

© AP

Se acercó a la orilla del muelle para lanzar un ramo de flores al mar en recuerdo de las víctimas mortales de la ruta canaria
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El obispo de Tenerife: «Los migrantes no pueden ser tratados como objetos»

Lleva poco más de un año al frente de la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna. Esta visita papal le ha graduado con algo más que un máster de mitra y báculo. Mañana se convertirá en el último anfitrión de León XIV en España y, por tanto, en poner el broche de oro al viaje del Pontífice.

Serán solo seis horas en Tenerife, pero bien aprovechadas…

Yo creo que más no se puede exprimir. Hemos querido aprovechar cada instante precisamente por lo que indicas: la limitación de tiempo y las escasas horas que estará entre nosotros. Hubiéramos querido que permaneciera más tiempo, por supuesto, incluso toda la jornada, pero también comprendemos que la organización del viaje, teniendo en cuenta que desde aquí regresa a Roma y las horas de vuelo, haya obligado a acortar su estancia. En cualquier caso, creemos que quedan cubiertos los dos aspectos fundamentales: por un lado, la cuestión migratoria y, por otro, la visita a la diócesis y la celebración de la eucaristía, presidiéndonos en la fe.

¿Qué le gustaría que el Papa se llevara en la mochila?

Me gustaría que el Papa viera una Iglesia viva, alegre y acogedora; una Iglesia que recibe su magisterio y su enseñanza de poner a la persona en el centro, de reconocer y defender la dignidad humana, también la de los migrantes. Una Iglesia que vive la fe y el compromiso con los pobres y los más necesitados; una Iglesia unida, que vive en comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal.

El Papa va a pisar Las Raíces, que en un momento determinado fue un lugar de hacinamiento de migrantes. ¿Su sola presencia es ya una denuncia?

Su presencia y su palabra siempre serán una llamada de atención para reconocer la dignidad de las personas, que deben ser acogidas y tratadas conforme a esa dignidad inherente a todo ser humano. Ese espacio llegó a albergar cerca de 4.000 personas, superando ampliamente la capacidad prevista. Ahora acoge a muchas menos y, además, se está trabajando para dotarlo de unas instalaciones más adecuadas. Pero sigue siendo un recordatorio de que los seres humanos no pueden vivir hacinados como si fueran objetos. Son personas que merecen respeto, atención y unas condiciones dignas. Ya es suficientemente duro e inhumano el viaje y el drama migratorio. Al menos, la acogida debe ser verdaderamente humana.

Y ahí es donde entra en juego la Iglesia. Cuando muchos de estos jóvenes cumplen 18 años, la Administración los deja literalmente en la calle. Son Cáritas y otras organizaciones eclesiales los que salen a su encuentro para ofrecerles un presente y un futuro.

Efectivamente. Ese será precisamente el segundo momento de este encuentro con la realidad migratoria. Cuando el Santo Padre abandone el centro de acogida de Las Raíces y se traslade a la plaza del Santísimo Cristo, en La Laguna, se encontrará con diversas realidades eclesiales que trabajan por la promoción y la integración de los migrantes. Estarán presentes entidades como la Fundación Buen Samaritano, la Fundación Don Bosco y otras organizaciones que desarrollan una labor que va más allá de la acogida: trabajan por la promoción e integración de estas personas. Queremos subrayar precisamente ese aspecto. Allí escucharemos testimonios de migrantes latinoamericanos y africanos que llegaron en situación irregular y que hoy tienen un empleo, participan en la sociedad y también en la vida de la Iglesia. Es el caso, por ejemplo, de una migrante colombiana que trabaja en Cáritas y está vinculada a una parroquia.

Solemos asociar el fenómeno migratorio en Canarias a África, pero nos olvidamos de que la mayoría de los extranjeros llegan de América Latina por el aeropuerto…

Así es. Hay un grupo muy numeroso de migrantes procedentes, sobre todo, de Venezuela, Cuba y Colombia, no solo en Canarias sino en toda España. Son personas que se incorporan a nuestra sociedad y también a nuestra Iglesia. En muchas parroquias encontramos agentes de pastoral de todos estos países. Todo ello manifiesta la riqueza de una Iglesia que sabe acoger y que vive lo que nos pide la Conferencia Episcopal: ser comunidades acogedoras y misioneras. Estos hermanos enriquecen, renuevan y rejuvenecen nuestras comunidades eclesiales, que en muchos casos están bastante envejecidas.

¿Se imaginó alguna vez el obispo de Tenerife que, con tan poco tiempo al frente de la diócesis, le tocaría ser anfitrión de Su Santidad?

No, en absoluto. Si nunca pensé que sería obispo, mucho menos imaginé que me tocaría recibir al Papa, y menos aún durante mi primer año al frente de la diócesis. Siempre se veía una visita papal a Canarias como un sueño, algo prácticamente imposible porque nunca había ocurrido. Cuando el Papa Francisco expresó su deseo de venir a Canarias, se abrió una posibilidad real. Sin embargo, su fallecimiento impidió que ese proyecto se hiciera realidad y pensamos que seguiríamos siendo esa periferia que nunca recibiría la visita del Papa. Por eso la alegría es inmensa. Mi mayor alegría no es personal, sino la de todo el pueblo de Dios que peregrina en La Gomera, El Hierro, La Palma y Tenerife. Todos los esfuerzos organizativos que estamos realizando tienen sentido por eso: por la alegría de nuestra gente. Mucha gente quizá nunca podrá viajar a Roma ni participar en una audiencia papal. Ahora tendrán la oportunidad de verlo de cerca y sentir su presencia entre nosotros.

¿Y queda la espinita clavada de no haberle podido enseñar El Hierro y el sufrimiento que ha vivido la isla?

Es una espinita que queda ahí. Hablamos de una isla con una población limitada que se ha visto superada en infraestructuras y recursos. Ha habido años en los que han llegado hasta 24.000 migrantes a una isla con apenas entre 9.000 y 10.000 habitantes. Aunque la mayoría son derivados posteriormente a otras islas, la primera acogida se realiza allí. Entendemos que, por cuestiones de agenda y logística, la visita no pudo incluir El Hierro. Los desplazamientos, la seguridad y los tiempos hacían muy difícil compatibilizarlo con el resto de actos previstos en Tenerife. Aun así, El Hierro estará presente. En los testimonios que escucharemos en la Plaza del Cristo participará el padre Darwin, párroco venezolano y voluntario, que trabaja directamente en la acogida de migrantes. También estarán presentes otras personas vinculadas a esa labor y representantes de la isla. Aunque el Papa no visite El Hierro, El Hierro sí estará presente en este encuentro y también en la misa, porque es una celebración de toda la diócesis y de las cuatro islas.

¿Y cómo hace el obispo de Tenerife para no perderse en la gestión y vivirlo con plenitud como pastor junto a su pueblo?

La preparación espiritual es fundamental, no solo para mí, sino para toda la diócesis. Por eso hemos celebrado una jornada de oración en toda la diócesis, para pedir por los frutos de este viaje apostólico. La verdad es que vivo estos días con relativa tranquilidad porque contamos con un excelente equipo de trabajo. El comité diocesano organizador y los numerosos voluntarios están realizando una labor extraordinaria. Hay mucho trabajo, por supuesto, pero está muy repartido y bien coordinado.

¿Qué les diría a aquellos tinerfeños que quizá no esperan la visita del Papa con la misma ilusión que los católicos y que tendrán que asumir cortes de tráfico y limitaciones de movilidad durante toda la jornada?

Les pediría comprensión y también que vivan los valores de la ciudadanía, que consisten en saber compartir las alegrías de los demás. Todos estamos acostumbrados a que determinados acontecimientos –como los carnavales, eventos deportivos o grandes celebraciones– impliquen cortes de calles y limitaciones de tráfico. Nos gusten o no esas actividades, solemos comprender que forman parte de la vida colectiva, de un momento histórico. En este sentido, agradezco la enorme colaboración por parte de las administraciones, instituciones públicas y entidades privadas para que todo se desarrolle de la mejor manera posible y afecte lo menos posible a la vida cotidiana. Aun así, somos conscientes de que un acontecimiento de esta magnitud tendrá consecuencias inevitables sobre la movilidad en determinados momentos. Por eso solo puedo pedir comprensión.

© EUROPAPRESS

Obispo de la Diócesis de Tenerife, Eloy Santiago
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Guinea Ecuatorial: del legado español a una Iglesia «firme»

El arzobispo de Malabo, Juan Nsue Edjang Mayé, tomó la palabra esta mañana para agradecer a Robert Prevost su presencia. «El señor ha estado grande con nosotros», comentó el pastor. Con esta premisa, agradeció al Pontífice «la palabra clara que ha iluminado nuestras conciencias y ha orientado nuestro caminar como Iglesia y como sociedad».

En su intervención, el prelado repasó el papel que han jugado en estos 170 años de evangelización del país los españoles. «La Iglesia en Guinea Ecuatorial ha recorrido un camino fecundo y providencial, sin faltar dificultades históricas», expuso el pastor que lidera la principal diócesis de las cinco con las que cuenta el país.

Al echar la vista atrás, el arzobispo recordó la figura del padre Gerónimo Mariano Usera, misionero cisterciense enclaustrado, al que definió como un «pionero» dentro de los primeros precursores que llevaron «la semilla de la fe». Después se detuvo en 1857, cuando se creó la prefectura apostólica de la mano de un grupo de sacerdotes diocesanos de Toledo. El siguiente paso lo protagonizaron los misioneros claretianos, que «crearon la estructura eclesiástica que ha ido creciendo y consolidándose a lo largo de la historia con la presencia de otras congregaciones misioneras, así como la participación activa de los laicos». Hoy el 90% de los ecuatoguineanos se consideran católicos.

Con este legado por delante, comentó que la Iglesia ecuatoriana «siempre se ha mantenido firme a la fidelidad al Evangelio del amor, de la misericordia y del perdón». A partir de ahí, el arzobispo definió la visita papal como «un acontecimiento de gracia singular, un momento histórico que permanecerá impreso para siempre en la memoria de nuestro pueblo».

Sabedor de los frutos que dejan tras de sí los tres días de peregrinación de León XVI, el pastor aseguró que su presencia implica «dignificación, cercanía y reconocimiento que reaviva nuestra identidad como cristianos y católicos, y nos impulsa a caminar con mayor fidelidad al Evangelio». «Nos confirma en la fe, refuerza nuestra esperanza y renueva inquebrantablemente nuestra comunión con la Iglesia universal», enfatizó. Y aplaudió cómo Robert Prevost ha dejado tras de sí en estos días una «palabra clara que ha iluminado nuestras conciencias y ha orientado nuestro caminar como Iglesia y como sociedad».

Sobre el compromiso que adquiere la Iglesia tras este viaje, el arzobispo aseguró que los católicos ecuatoguineanos continuarán «sembrando ilusión, invitando a la responsabilidad y al compromiso para la defensa de la dignidad y seguir construyendo una sociedad más justa, solidaria, fraterna e inclusiva».

Tras las palabras de Nsue Edjang Mayé, varios peregrinos entregaron al Papa algunos regalos, entre ellos, algunas obras artísticas, productos locales e instrumentos musicales. El Pontífice correspondió entregando un cáliz a la Iglesia local.

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África ancla a León XIV como líder global

Poco después de las seis de la mañana, una nube cubrió Malabo. En apenas unos minutos el cielo se oscureció. Y cayó un aguacero a los que ya están acostumbrados los ecuatoguineanos. Pero que impactan al que llega de fuera. En veinte minutos frenó en seco la tormenta y la gente se echó a la calle para despedir su invitado durante tres días: León XIV.

Prueba de ello es que el estadio de la capital estaba repleto esta mañana de peregrinos preparados para celebrar la última misa del Papa agustino en suelo africano, después de su primera gira en el continente, que durante doce días le ha llevado también a Argelia, Camerún y Angola. León XIV culmina este viaje habiéndose resituado como referente de la conciencia global por sus constantes llamamientos a la paz. Los ataques verbales recibidos por el presidente de Donald Trump justo antes de despegar de Roma y su serena pero contundente respuesta contra la guerra le sacaron del anonimato mediático de este primer año de pontificado para erigirse como autoridad ética y moral.

Y así ha llegado a la jornada de este jueves, pisando con seguridad el altar ante las 30.000 personas que le jaleaban. El presidente ecuatoguineano, Obiang Nguema Mbasogo, y la primera dama, Constancia Mangue Nsue Okomo, abanderaban una delegación internacional de autoridades de diferentes países que se sumaba a una nutrida representación de obispos y cardenales de países del entorno. La locura se desató en el estadio cuando el papamóvil irrumpió en el terreno de juego en torno a las nueve y media de la mañana.

Sin embargo, la algarabía se transformó en recogimiento y solemnidad en cuanto dio inicio la procesión de entrada de la eucaristía, poco antes de las diez de la mañana. Los cantos litúrgicos del coro se combinaron con temas tradicionales que visibilizaban el entusiasmo y el ritmo que va en el ADN de los africanos, a pesar de cualquier adversidad. En el altar, una imagen de una Virgen Madre con rasgos inculturados.

«Cristo es la luz de Guinea Ecuatorial, y vosotros, sois sal de la tierra y luz del mundo», lanzó en su mensaje de despedida al finalizar la misa. «Hoy África está llamada a contribuir significativamente a la santidad y al carácter misionero del pueblo cristiano», encomendó a sus interlocutores. En este adiós, desveló que «me voy de África llevando conmigo un tesoro inestimable de fe, esperanza y caridad». «Es un tesoro grande hecho de historias, de rostros, de testimonios alegres y sufridos, que enriquecen abundantemente mi vida y mi ministerio», añadió.

En su homilía, León XIV se mimetizó con la invitación del Papa Francisco al pedir a los católicos presentes que encarnen en su día a día «la alegría del Evangelio» frente a la «tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada».

«Por ello, los animo a todos ustedes, Iglesia que peregrina en Guinea Ecuatorial, a continuar con alegría la misión de los primeros discípulos de Jesús», ratificó el Papa agustino.

El Pontífice advirtió de que «cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios».

De hecho, comentó que «la cerrazón» de ese individualismo no lleva a ninguna parte. Como alternativa, ofreció el amor de Dios como el ingrediente fundamental que «sostiene nuestro compromiso, especialmente al servicio de la justicia y de la solidaridad».

Por ello, compartió con los ecuatoguineanos que «la evangelización nos involucra a todos»: «El anuncio de la salvación se hace gesto, se hace servicio, se hace perdón; en una palabra, se hace Iglesia».

En su alocución Robert Prevost tomó punto de partida las lecturas de la misa, en las que se relata precisamente la experiencia de Felipe con un eunuco que regresa de viaje de África, en el que se considera uno de los primeros contactos del cristianismo con el continente. «Precisamente mientras regresa a su patria, África, convertida para él en lugar de servidumbre, el anuncio del Evangelio lo libera», explicó el Sucesor de Pedro sobre el pasaje, recogiendo de esta manera la llamada que a lo largo de estos días ha hecho con relación a la capacidad transformadora de la Palabra de Dios y del seguimiento de Cristo.

León XIV comenzó su homilía expresando su más «sentido pésame» por la muerte del vicario general de la Archidiócesis de Malabo, Fortunato Nsue Esono, que falleció días antes de su llegada al país. El Pontífice instó a afrontar este duelo «sin dejarse llevar por comentarios y conclusiones apresuradas». De la misma manera, confió en que hagan «plena luz sobre las circunstancias de su muerte».

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